viernes, 22 de junio de 2007

OSCURIDAD (Novela corta en fascículos)


(Entrega 1)
Oscuridad... ¿oscuridad o ausencia de todo?... ¿pesadez, liviandad, calor, frío, gozo, dolor?... Ninguna sensación... Nada, una nada total, absoluta, perdida en la inexistencia del tiempo en ese universo vacío...
Saliendo de alguna parte, si es que la nada tiene “alguna parte”, vibraciones... vibraciones que, por influjo de algún sortilegio desconocido, variaban en su esencia, se metían dentro mi ser inexistente, taladraban el nirvana que hasta entonces había sido la única realidad, y comenzaba por primera vez ha tener conciencia de que la nada no era tal, que había algo despertando al influjo de esas vibraciones: yo...
Las percepciones cambiaban; las vibraciones, inicialmente indefinidas, se hacían coherentes, se asociaban, dejaban de ser “algo”, para constituirse en “eso” que se introducía en mí sacándome lentamente de mi sopor. Después me enteraría de que esa sensación era el golpetear de un escoplo que trituraba mi continente de oscuridad...
Aquella fue la primera señal que recibí del mundo externo, en mi cuna de silencio e inexistencia; otras se irían sumando lentamente, y digo “lentamente” porque al tomar conciencia elemental de que era, el compás de los rítmicos golpes y de los pausados silencios me hicieron columbrar que si mi inexistencia había permanecido levitando en lo atemporal, ahora percibía que mi ser comenzaba a transitar la senda del tiempo, ese camino que tanto marcaría mi existencia aún no totalmente definida.
Y en medio de la sinfonía construida por cada una de las notas del golpetear y de las silenciosas pausas, una de esas percusiones me laceró profundamente abriendo una nueva faceta en mi sensibilidad naciente: una descarga de intensa energía aventó de mi las últimas telarañas de mi inconsciencia. Sería ridículo decir que me encegueció el primer rayo de luz que hirió mi sensibilidad, mal podía enceguecer quien nunca había visto, pero en realidad, si debo decir la verdad, más ciega quedé con la luz inundando la retina que tallaba el escultor que cuando había permanecido en la hornacina de oscuridad absoluta.
Ese recuerdo me impresiona tanto que hasta el día de hoy su evocación me hace perder el hilo de mi rememoración, espero que si alguien vibra conmigo al compás de los recuerdos sepa disculparme... Pienso que nuevas puertas se abrieron simultáneamente en ese instante, en el mundo de mi sensibilidad: la dimensión del dolor y la conciencia de ver, de poder percibir a la distancia la realidad dibujada por luces y sombras, y a partir de ese momento mi existencia fue un martirio. Después me enteraría que existían los dolores del parto, pero en mi caso los percibía desde otra perspectiva, la del nuevo ser, del hijo que también sufre al ser oprimido, estrujado, tironeado; suplicios que nadie menciona ya que el pobre infeliz deberá transitar un largo camino de olvido hasta poder expresarse.
Cada golpe de escoplo sobre mi piel fue una profunda puñalada lacerante que nadie advertía, y así, tormento tras tormento, el “obrero” me fue sacando del interior de la roca donde me hallaba. Cuando quitó el excedente de caliza que cubría mis orejas supe lo que era oír, y entonces tomé conciencia también de lo que era la indignación, sentimiento que desde entonces me ha acompañado, acentuado por mi imposibilidad de hacer voces mis quejas ante las iniquidades que escuché y escucharía hasta mis días actuales...
-¡Hermosa obra la que está logrando su genio, maestro!- fue una de las primeras frases que hirieron mis oídos, y que vaya a saber porqué designio de los dioses comprendí como si desde la eternidad esa lengua me fuera inteligible, así como por siempre entendería todas los idiomas que llegaran hasta mí.
-Gracias, gracias- dijo el picapedrero, sirio seguramente por el perfil de águila al acecho, mientras me atizaba otro escoplazo en la frente.
-“Vaya cretino”- pensé- “¿Yo obra suya?... si lo único que hace es desbrozar la piedra que sobra y liberarme de su opresión. A mí nadie me hace, yo he estado esperando, desde el fondo de los tiempos, al cantero que me saque de esta cárcel.”
El miserable, quizás para actuar mejor su papel de escultor, tenía ante si una modelo, alguna prostituta barata del puerto, a la que acariciaba con su mirada lasciva y con la que habitualmente se revolcaba ante mis ojos para mi escándalo, no por los actos que desarrollaban, sino por la falta de conocimientos de los más elementales modos, técnicas, refinamientos, que hacen de la cópula una obra de arte y no una simple acción del instinto animal...
Y decía que desde la eternidad esperé que un obrero me sacara de la piedra porque yo siempre fui, existía aún antes de manifestarme físicamente entre los hombres, y desgraciadamente, como son sus actos los que tallan la historia, quise aparecer ante ellos para dejar testimonio de mi ser, para impulsar sus mentes, para dar brío a sus cuerpos, para incentivar el ardor de la libido que asegura la continuidad de esta especie en la que tenía puestas tantas esperanzas, y que a través de los tiempos bastante me ha decepcionado por su imprevisibilidad, a veces rayana en la locura. Ese escape de la roca caliza sería, creo, el único error que cometí en mi existencia eterna...
Por mi gracia, desde siempre se dio el trono a los grandes, se aparearon los hombres y mujeres más aptos para engendrarlos, se marcaron sus sino con la miel de la victoria o con la hiel de la derrota, haciendo que sólo los seres superiores, los triunfadores, tuvieran en sus manos el destino del Universo... Mis predilectos fueron desde el comienzo de los tiempos los que tenían como yo la dureza de la piedra o del bronce; sólo ellos, los inmisericordes, los capaces de dominar, exterminar, esclavizar, fueron mis bendecidos; porque yo fui, soy y casi digo seguiré siendo, aseveración esta última en la que ya no creo con la firmeza de antaño. Hoy entreveo la competencia de otros dioses de estos tiempos encandilados por el resplandor del poder, que se desviven por expulsarme de mi sitial, a mí, la sucesora de mi madre Antu, la que por derecho propio soy diosa de la Guerra, la Procreación y el Amor...
Por eso no me sorprendí el día en que el más poderoso de los hombres se arrodillara para decirme con los ojos de frío acero vidriados por las lágrimas de la ambición y el agradecimiento: “Tu Ishtar, terrible Señora de los dioses, tú me has distinguido con la mirada de tus ojos; tú has querido verme reinar; tú me sacaste del medio de las montañas; tú me has confiado el cetro del mundo”. Así hablaba el Gran Assurbanipal, el Señor de las Cuatro Regiones, el que había llevado al pueblo asirio a la cúspide del mundo, con voz filosa como su lanza, en la ciudad de Dur-Sharrukin, la grandiosa capital, la perla del Imperio y el faro del Universo.
El Gran Rey; rostro cetrino y barbas negras cuidadosamente enruladas, oraba su alabanza frente a una imagen mía, que por cierto no era ésta desde la que ahora pienso, y la que, sepan disculparme por no haberlos advertido antes, fue sacada de la roca en la isla de Rodas, cinco siglos después de que el asirio me rindiera pleitesía ... En aquel tiempo yo lucía en todo mi esplendor, sentada en un trono con el arco en la mano, a mis pies el carcaj de flechas, y a mi vera el león que siempre me acompañaba, y, ¡oh, que épocas!, en el que tantas veces cabalgué...
A lo largo de los cortos milenios que actué entre los hombres, guié al universo... fui Shaushka para los hititas; Astarte para los filisteos; Indrani en los confines de la India; Tanit entre los cartagineses; Danu para los celtas; la Hathor de los egipcios, quienes me afearon con grandes cuernos; Afrodita para los griegos; Artemisa, esa chiquilla helena, se apropió de mi arco y de mis flechas para malgastarlas matando sólo animales; y hasta el Gran Rey Salomón hizo construir un templo para mi adoración en las cercanías de Jerusalén...
No sólo cambió mi nombre; el tiempo y las intrigas entre nosotros los dioses desgarraron mi esencia cercenándome atribuciones para reducirme sólo a Señora del Amor, la Belleza y la Fertilidad, terminando ya en época de los bárbaros romanos, por ponerme Venus; nombre horrible que incluso sirvió para que las enfermedades del sexo, propias de corruptos y no de seres superiores e inmisericordes, fueran bautizadas “venéreas” en honor de la impostora... allá ella, ya eso no me preocupa; lo que sí me duele es que junto con el nombre me cercenaron mi naturaleza; nunca más fui Señora de la Guerra, ese hermoso monstruo al que adoro, partero de los cambios que tallaron la historia de esta insignificante especie humana; esa potestad se la dieron a otro dios, por supuesto masculino, ese tal Marte que luego se pavonearía por toda la historia, sin recordar que las obras de destrucción que abrieron camino a la humanidad salieron de mi ingenio y crueldad sin limitaciones.
“Divide y reinarás”, debe haber pensado el decadente Zeus mientras se distraía jugando con los fusilos, quizás atemorizado porque el Amor y la Guerra estuvieran en manos de una sola persona, y más si era mujer... ¡Cuántas cosas hubiera yo podido continuar haciendo si las riendas de ambos monstruos hubieran permanecido en mis manos! No sé si el Señor del Olimpo hubiera seguido en su trono. No lo sé, y lo dudo... En fin, lo hecho, hecho está; nada ni nadie lo puede modificar y menos una escultura, por más memoriosa que sea... (Continuará- Las entegas se harán los jueves y domingos)

Alfonso Sevilla

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