martes, 24 de julio de 2007

OSCURIDAD (Novela corta en fascículos)


(Entrega 10)
Ya había tenido experiencias como esas así que no me sorprendí para nada; todo parecía una escena de la vida real que sucediera en una madrugada de tenue luz, entre jirones de nieblas, y con las alucinaciones propias de lo onírico. Tomé al joven romano tiernamente pasando un brazo por sobre sus hombros, como si su abuelo realmente fuera, y lo conduje hasta lo alto de un otero cercano, desde el que se podía ver la totalidad del mundo. El joven no cabía en si de su asombro al sentir a su antepasado a su lado retornado de la muerte, y en un momento su emoción fue tal que comenzó a llorar en mi hombro; en la figura de su abuelo lo abracé tiernamente y mientras lo acariciaba le prohibí aflojarse a sus sentimientos, y señalándole la ciudad de Cartago que la teníamos muy próxima, le dije: “¿Ves aquella ciudad, que fue forzada por mí á rendirse al pueblo romano? Pues ahora renueva las antiguas guerras y amenaza nuevamente a nuestra Roma. En este bienio serás cónsul y la destruirás, y eso te valdrá que te llamen “Africano Menor”.
Pese a mi dureza de diosa, no pude dejar de emocionarme por la forma en que mi “nieto”, se inflamaba de amor patrio, hinchaba su pecho y sus ojos brillaban exaltados ante la bendición de poder servir para mayor gloria del Imperio.
En realidad nunca supe si cuando obraba así, perforando el tiempo en mis vuelos por la eternidad, hacía vaticinios o simplemente, pudiendo mirar el pasado y el futuro, decía lo que sabía que en alguna dimensión temporal ya había sucedido, o si bien mis predicciones eran las que forzaban a que los acontecimientos sucedieran, aún cuando yo los viera en el futuro... Ese es uno de los pocos misterios que mi condición de diosa no ha logrado penetrar, pero tampoco importaba mucho a mis fines, lo que me preocupaba es que la historia siguiera el curso que habíamos previsto, y como lo que veía en el futuro era siempre lo que deseaba que sucediera, quiero creer que era yo con mis visiones la que disponía el decurso de los acontecimientos.
En fin, nuevamente mis pensamiento vuelan en disquisiciones fútiles, apartándome de lo importante, Escipión. Continué jugando en su ensoñación, y siempre desde el otero del mundo reanudé mi discurso al joven romano: “Hijo- le dije- después de celebrar el triunfo en la Roma de nuestros amores serás nuevamente elegido cónsul para terminar una guerra tremenda en aquella península que ves, Hispania, que ya para aquel entonces le habrá costado a nuestra Roma el prestigio que con nuestra sangre ganamos: más de veinte mil soldados hijos de la loba fueron derrotados y vejados por los celtíberos fortificados en aquella ciudad que allí ves levantar sus murallas, y cuyo nombre es Numancia”
Satisfecha vi como los ojos del joven se inflamaban cuando le relataba las humillaciones de nuestras águilas arrastradas por el lodo, y sus soldados reducidos a la esclavitud o sacrificados en masa. El odio, junto al amor a la patria, me habían servido de mucho en el pasado y ahora nuevamente los tenía a mi disposición. Había que darle un toque de optimismo y exaltar su orgullo, por qué no, con el almíbar del reconocimiento de la Patria.
Y continué diciéndole: “Tú, “Africano Menor”, vengarás la dignidad vejada de Roma, levantarás del suelo sus águilas y asolarás a Numancia. Pero la Fortuna sólo te será favorable si te esfuerzas, si te preparas a ti mismo y si logras que tus legiones sean las que mejor combatan de las que portan águila a su frente. Si así procedes devolverás la dignidad de la Patria, que te distinguirá agregando a tu cognomento de “Africano Menor”, la de “Numantino”, todo para que Roma retorne a la cúspide del mundo.”
Esto fue todo lo que hablamos en sueño, Escipión el Africano Menor, y yo en la figura de Publio el Africano Mayor, y esas fueron las simientes que a través del tiempo fructificaron de la forma que yo esperaba. Sé que años después un tal Marco Tulio Cicerón mencionó en su “De la República” este sueño, pero recargado con adornos que no son reales. No importa, en mis pensamientos yo sé que ese sueño fue tal como lo rememoro en este momento... aunque quizás Escipión, en su ensoñación, vio cosas que yo jamás sugerí.
Esa fantasía que por mi voluntad viví en el tiempo, el espacio y la voluntad de uno de los grandes de Roma me sacó del sopor en el que había permanecido en aquel tiempo oscuro de Hispania, y así comencé a tomar conciencia de la realidad que se vivía en Numancia. Viriato había sido asesinado; Escipión, mi nieto en el sueño, comenzaba a establecer el cerco de la ciudad, sin pausa, sin apresuramientos pero con una calidad de experto que no habían demostrado sus antecesores. En la fortaleza nada sería igual desde la llegada de ese romano; el fantasma aterrador de la derrota se asomaba tras el horizonte del futuro, pero la posibilidad de quedar a merced de Roma no fue nunca aceptada por los numantinos. Ya fueran los grandes señores, o aún los esclavos, nunca caerían vivos en manos del enemigo... Claro, cada uno tenía sus formas de no caer vivos, la mayoría inmolándose en el combate o juramentándose a matarse entre si en caso de ser vencidos... Otros, muy pocos, pensaron en la huida cuando todavía el cerco no estuviera cerrado. Tal el caso de Frigia, mi sierva de ojos de gacela, que en aquellos días cada vez lucían más tristes... de noche permanecía postrada a mis pies concentrada en su oración, o bien me encendía incienso en el humilde pebetero que ella había traído para mí.
Su empecinamiento terminó por atraer mi atención y nada me costó leer sus súplicas: la niña estaba enamorada de un soldado romano desertor que había caído en mano de los numantinos; de nada le valió su defección y fue reducido a la triste situación de esclavo, y por sus condiciones de soldado dedicado a enseñar el arte de la guerra a los jóvenes de la casa. Frigia y el romano, Julius creo que se llamaba, estaban decididos a huir hacia una libertad difícil, pero siempre mejor que caer en manos de las legiones de Escipión que querrían con seguridad hacer un escarmiento bañando con la sangre de Numancia la faz del mundo, o por lo menos la de toda Hispania... y a Julius de nada le serviría su situación de prisionero ya que estaba convencido de que su nombre figuraba en la lista de desertores que tan prolijamente llevaban los romanos.
Ya he recordado la forma en que había aprendido a apreciar a Frigia: su devoción, su capacidad para reconocerme como la diosa de sus padres, la Gran Ishtar, habían abierto mi espíritu a sus súplicas y estaba dispuesta a usar de todos mis poderes para que sus deseos se hicieran realidad, y así fue... Cuando recuerdo a mi adoradora, se cruza en el tul de mi pasado otra súplica, también de una mujer, Aspacia... Pero no deseo mezclar tiempos, personajes ni sentimientos, que ya para embrollo, ¡suficientes con fantasmas de veinte y cinco siglos!
Arreglé mediante mis artes un escape nocturno lo que no me costó nada, acostumbrada como estaba a jugar con piezas mucho más pesadas... El problema de Frigia y Julius era para mi un juego de niños que no me exigiría esfuerzo alguno. Y así fue como ambos lograron trasponer murallas, guardias celtíberas y patrullas romanas, todo de acuerdo a lo que yo había previsto... ¡salvo una cosa que cambiaría mi existencia posterior!: mi adoradora no quiso desprenderse de la diosa de sus padres, y la noche en que ambos dejaban Numancia sentí los fuertes brazos de Julius que me abrazaban en la oscuridad, para introducirme en lo tenebroso de una alforja, y mi sueño de eternidad fue acompasado por días de cabalgar entre tinieblas o bajo soles lacerantes que caldeaban la bolsa que me acunaba. (Continuará- próxima entrega el sábado)

Alfonso Sevilla

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