domingo, 25 de noviembre de 2007

UT PORTET NOMEN MEUN (Novela breve en fascículos)


Entrega 19 y penúltima
Encaramado en el hombro del notario, quien por supuesto no podía percibir su presencia, leía el escrito dirigiendo hacia mí sus ojos, ora alarmados por el contenido de determinadas partes del texto, ora interrogantes en los momentos en que, me pareció, el decir hermético propio de la profesión notarial, labraba párrafos para él (y para muchos) incomprensibles, hasta que de pronto se deslizó reptando hasta encaramarse en mi hombro, susurrándome al oído:
-¡¿Toda la herencia?!
Divertido, asentí con mi cabeza.
-¡¿Al padre Diego de Torres?!
-¡Claro que sí! ¿Porqué no a él? ¡Y ten mucho cuidado de faltar al respeto al provincial de los jesuitas, bellaco!- contesté en mi interior. Por la proximidad con que ahora lo contemplaba, o tal vez acentuada por mi admonición, pude ver lo profundo que había calado la transfiguración en el rostro del trasgo, que antes sólo percibida en sus movimientos: sus ojos habían trocado su habitual brillo picaresco por un toque de sombra angustioso subrayado por profundas ojeras, no existía más en ellos ese signo de interrogación que arrastraba a seguirlo en sus sugerencias, en su lugar ahora flotaba un ambiguo aguaitar desesperanzado; sus labios, en el sótano curvados por un gesto alegremente irónico, habían dejado caer sus comisuras cargadas por el peso de la decepción; el sino del duende había dejado de ser la curiosidad arrolladora, siempre plena de vida, optimista, ansiosa de futuro, para virar hacia su contracara: la duda. No era más un gnomo, me atrevería a decir que ahora era un espectro. Dejé a un costado al ser fantasmal, para meditar sobre mi legado, llegando una vez más a la conclusión que para nada me arrepentía de lo que había dispuesto. Este era un tema que no había surgido sorpresivamente, había sido analizado largamente en el interior de mi conciencia, y madurado en mis conversaciones con el padre Diego; no había improvisación, ni arrebato de magnanimidad: así como en Santiago del Estero había fundado el primer seminario del Tucumán, ahora quería ver una casa de estudios superiores, tal la universidad que había conocido en Lima, pero esta vez en Córdoba de la Nueva Andalucía.
Como siempre mis pensamiento bullían con mayor rapidez que mi capacidad para expresarlos o, como en este caso, de verlos desfilar ordenadamente ante los ojos de mi visión interior. De pronto, en un salto atrás de mis recuerdos, me vi escribiendo un párrafo de la carta que hacía dos años había dirigido al sabio seguidor de San Ignacio “...me obligo dar para ella veinte mil ducados de Castilla y cumplidos entregados al Padre Provincial que eso fuera de esta provincia o al Rector desta casa...” Cada vez que recuerdo este hecho siento el latigazo del remordimiento por un acto que con el tiempo juzgué motivado por la vanidad, y que para mi tranquilidad y salud de mi alma, he reparado con el sentido arrepentimiento; sin duda caí en pecado cuando terminé el párrafo escribiendo: “... el Padre General me ha de recibir por fundador de dicho colegio.” Vanidad, pensaba mientras el notario parecía a punto de terminar su escrito, cuantos pecados arrastra tras su cola esa horrible palabra; y como siempre me sucedía, una idea arrastraba a otra en una extensa cadena que terminaba distante del motivo que había dado origen al primer eslabón. Muchas veces el final inesperado estallaba con luz propia iluminando una realidad que por momentos me dejaba perplejo.
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Alfonso Sevilla

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