Mostrando entradas con la etiqueta LA MEDALLA DE BAILEN. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta LA MEDALLA DE BAILEN. Mostrar todas las entradas

martes, 22 de abril de 2008

COMPLEMENTANDO LA NOTA CON INFORMACIÓN SOBRE LA “MEDALLA DE BAILÉN”


(Para consultar la NOTA CITADA, haga clic aquí)
La Medalla de Bailen la creó la Junta Suprema Gubernativa del Reino en representación de Fernando VII el 11 de agosto de 1808, para conmemorar la batalla que le da nombre; esta Orden es ampliada posteriormente por otras de 20 de septiembre y 9 y 27 de Noviembre de 1810 al resto del Ejercito de Andalucía. La Medalla es toda de oro, aunque algunos modelos lleven el centro esmaltado en blanco y en ella están grabados dos sables unidos por una cinta de la que cuelga un águila boca abajo, sobre los sables una corona de laurel y una cinta con la inscripción “Bailen, 19 de julio de 1808”. Su reverso es liso. Esta Medalla tiene una similar que es, la Medalla de la Rendición de la Escuadra Francesa. la cual conmemora el asalto el 14 de Junio de 1808 por parte de las fuerzas mandadas por Ruiz de Apodaca , Conde de Venadito, a la escuadra francesa. Ambas medallas son similares, con la diferencia que en esta ultima, la cinta lleva la inscripción de “Rendición de la Escuadra Francesa 1808”. Su reverso también es liso. De esta existe algún ejemplar con forma romboidal. Ambas condecoraciones, penden de una misma cinta con los colores rojo y gualda, que representan los colores de la bandera naval y plazas marítimas y que posteriormente serian adoptados como los colores de la Bandera Nacional. El que dichos colores fueran adoptados para dicha condecoración, se relaciona con el Puerto de Cádiz, punto de origen de las tropas que en ambos casos, vencieron al ejército francés.
Se agradece especialmente la colaboración prestada por el Instituto de Historia y Cultura Militar, Oficina de Comunicación y Relaciones Culturales, del Ejército de Tierra de España.

martes, 15 de abril de 2008

CAPÍTULO FINAL: LA MEDALLA DE BAILÉN.- LITERATURA HISTÓRICA


LA FRÍA CUCHILLADA DEL TIEMPO.- (adnCULTURA.- LA NACIÓN, Buenos Aires, Argentina) Por Jorge Fernández Díaz , de la Redacción de LA NACIÓN.
Treinta años después, San Martín, cansado y casi ciego, recorre Boulogne-Sur-Mer recordando el destino de los malogrados protagonistas de aquella batalla donde fue derrotado el ejército "invencible" de Napoleón.
Fue sumamente extraño. Treinta años después de aquellas crueldades, fatigado y algo perdido, el viejo general se encontró de pronto en el pequeño patio de las hortensias de su casa de Boulogne-Sur-Mer con aquella antigua medalla. Era un día de sol tibio e intermitente entre varios días grises, y se estaba terminando. El general dudaba entre un paseo por la ciudad amurallada y un breve descanso en ese rectángulo de flores donde solía quedarse un rato pensando en las guerras americanas. Tomó provisoriamente la segunda opción y se sentó en un banco. Las cataratas conducían sus ojos sin brillo hacia una ceguera, pero así y todo vio esa tarde el refulgir de la medalla caída. Un milagro de nitidez y pureza en una vida empañada y borrosa. El general tuvo que agacharse para levantarla y comprobar, con asombro, que efectivamente era una de sus condecoraciones. Desde hacía mucho tiempo sus dos nietas jugaban con ellas. La primera vez que se las había dado, Merceditas lloraba en un día de lluvia. Su madre, escandalizada, le había proferido una dulce recriminación. Pero el general le respondió encogiéndose de hombros: ¿Para qué sirve la gloria si no alcanza para detener las lágrimas de una chiquilla? Tal vez no era conciente de que estaba dictando una frase para la historia de la falsa modestia. Como sea, él jamás tocaba sus condecoraciones y sus nietas se habían acostumbrado de sacarlas del cajón, lustrarlas, portarlas y darles usos imaginarios. Se les tenía prohibido bajar con ellas al patio, pero a veces los niños no se atienen a esas disciplinas. San Martín examinó bien de cerca aquella pequeña pieza refulgente y extraviada. Era la medalla de Bailén. Reconoció su anverso ovalado, los dos sables ligeramente curvos y cruzados, y en su punto de unión la cinta de la que colgaba invertida un águila imperial napoleónica bajo una corona de laurel. En ese momento recordó la voz lejana del general Castaños. Casi podía verlo, luego de la capitulación, entrando en el cuarto de los ayudantes y diciendo, socarronamente, Al fin se rinden todos, águilas, aguiluchos y aguiluchillos . Hacía mucho que no veía al vencedor de Bailén, debía de andar por los noventa años, y alguien de Madrid andaba murmurando que luego de haber ocupado los más altos cargos en el reino de Fernando VII, Castaños estaba pasando una vejez llena de penurias. Nuestro destino es el olvido , se decía San Martín moviendo la cabeza. El marqués de Coupigny, héroe de la guerra de la independencia, se había tenido que defender, en proceso judicial, por haber nacido en Francia y por haber practicado la masonería. Tras el escarnio, sus perseguidores habían accedido a regañadientes a purificar su legajo y absolverlo. Pocos meses después, hacía ya más de veinte años, el marqués había muerto de mala sangre en su cama.

lunes, 14 de abril de 2008

CAPÍTULO 7: LA MEDALLA DE BAILÉN.- LITERATURA HISTÓRICA


LAS TRISTES HOGUERAS DE LA DERROTA
En esta entrega, la penúltima de la serie, se narran las impresiones que el capitán San Martín tiene al recorrer el campamento de los vencidos y una inquietante escena, donde sale a defender a un soldado francés.

Os entrego esta espada vencedora en cien combates , dijo Pierre Dupont para la Historia y le extendió ceremoniosamente al general Castaños su sable francés. Los dos ajedrecistas de Bailén se miraban a los ojos. Y el capitán ayudante del marqués de Coupigny, en primeras filas, contemplaba atentamente esos protocolos de la rendición. Habían pasado casi tres días desde el fin de los disparos, y las dilaciones habían crispado los nervios de todos los contendientes. Para forzar las negociaciones, los hombres de Castaños habían tenido que mover dos divisiones pesadas, colocarlas en posición disuasoria y amenazar a Dupont con una masacre para lograr que finalmente el general francés accediera sin muchas condiciones a la capitulación. El acuerdo se firmó en una casa de postas, a mitad de camino entre Andujar y Bailén, y el acta indicaba que los veinte mil militares franceses quedaban en condición de prisioneros de guerra. También que entregarían con honores sus artillerías y estandartes, que serían trasladados bajo custodia fuera de Andalucía y que luego los embarcarían rumbo al puerto de Rochefort. El capitán San Martín había recorrido el campamento francés, y la imagen de las secuelas le volverían una y otra vez en sueños. Había una interminable caravana de carros con heridos, y cirujanos improvisados que no daban abasto para amputar piernas, cauterizar heridas, aplicar torniquetes y vendar cabezas. Los jefes habían ordenado abrir fosas comunes en la tierra y allí sepultaban racimos de cadáveres ignotos. La tropa estaba triste, exánime y hambreada, y solo esperaba la confirmación de una rendición más o menos decorosa. Los soldados españoles los vigilaban a punta de bayoneta, y los civiles de la zona los amenazaban con burlas y con amagos de tormentos indecibles. Continuará.

domingo, 13 de abril de 2008

CAPÍTULO 6: LA MEDALLA DE BAILÉN.- LITERATURA HISTÓRICA


DUELO DE CAÑONAZOS Y DEGÜELLOS. (adnCULTURA.- LA NACIÓN, Buenos Aires, Argentina) Por Jorge Fernández Díaz de la Redacción de La Nacion. Hoy se narra por dentro el ajedrez de la guerra que llevaron a cabo el jefe español y su par francés en el momento culminante de la batalla que cambió Europa y en la que San Martín luchó a suerte y verdad.
Los dos ajedrecistas carecían de información, estaban enojados con sus generales y se cagaban diariamente en todos los dioses del Olimpo. Castaños no podía entender por qué sus dos divisiones no habían cruzado todavía la línea del Guadalquivir ni cómo era que tardaban tanto en unificarse, tal como lo habían planeado en el consejo de Porcuna. Para no seguir contrariándolo, la primera división cruzó entonces en Menjívar, con el agua a la cintura y las armas sobre la cabeza, y despanzurró durante catorce horas a las fuerzas francesas. La división de Coupigny llegó esa noche y los dos ejércitos se convirtieron finalmente en uno. San Martín pudo ver la enorme cantidad de soldados de ambos bandos que yacían muertos, heridos o terriblemente mutilados en las tiendas de campaña. El otro ajedrecista, leyendo el parte de aquel encontronazo, montaba en cólera con sus mariscales de campo y daba directivas a los gritos. Sabiendo que le estaban haciendo una encerrona y que su situación era delicada, resolvió en ese mismo momento retroceder hasta Bailén. Pero con muchísimo sigilo, burlando la vigilancia de Castaños. Dupont esperó hasta la madrugada del 18 de julio y, antes de abandonar Andújar, ordenó taponar silenciosamente el puente sobre el Guadalquivir con carretas y vigas, y dejó apostada allí una unidad de caballería para cubrir las apariencias. Castaños roncaba en su vivac cuando Dupont partía en puntas de pie hacia Bailén al frente de una columna que ya medía doce kilómetros de largo y en la que se movilizaban nueve mil soldados aptos para la guerra, familias y funcionarios, y carros con trofeos, víveres y enfermos.

CAPÍTULO 5: LA MEDALLA DE BAILÉN.- LITERATURA HISTÓRICA


"NO HABRÁ PIEDAD NI MIRAMIENTOS" (adnCULTURA.- LA NACIÓN, Buenos Aires, Argentina) Por Jorge Fernández Díaz , de la Redacción de LA NACIÓN.
En la quinta entrega de esta serie se relata un nuevo episodio protagonizado por San Martín: la caballería de Borbón y el batallón de Voluntarios de Cataluña cargan contra la columna francesa.

Madre que lo parió, es un plan muy peligroso , pensó el flamante ayudante del marqués de Coupigny. Aunque, claro está, se cuidó muy bien de no decir una palabra. El marqués le había permitido, en reemplazo temporario de otro de sus camaradas, pasarse un rato en el campo oval que forman, detrás de la mesa de los generales, sus hombres más experimentados. San Martín estuvo dos horas detrás de Coupigny mientras este debatía con el Estado Mayor, y sobre todo con el gran general Castaños, la estrategia para derrotar a los franceses. Estaban celebrando un consejo de guerra en la casa de una familia tradicional de Porcuna, y se mencionaba una y otra vez el nombre del diablo: Pierre Dupont de L ...tang.
Dupont era un aristócrata que había presenciado la toma de La Bastilla, había hecho carrera en la Legión Extranjera, acababa de ser nombrado conde por Napoleón y lo esperaba en París el bastón de mariscal si lograba aplastar la rebelión militar en Andalucía. Había entrado en Córdoba y había permitido que sus hombres la saquearan durante nueve días de horror y pesadilla, en los que los gabachos arremetieron contra iglesias, conventos y casas, asesinaron vecinos, degollaron niños, violaron monjas y se robaron dinero, joyas, imágenes religiosas, alimentos, vehículos y caballos. Después, al abandonar Córdoba, tuvieron que marchar muy lentamente por el botín que llevaban: siete kilómetros de carros. A Castaños y a Dupont les tocaba jugar el ajedrez de la guerra en aquel caluroso junio de 1808, y los demás serían solo piezas expiatorias del pavoroso tablero. El plan del general Castaños era arriesgado e imprudente. Había que cruzar el Guadalquivir con dos divisiones, reorganizar las tropas en Bailén y avanzar hacia Andújar para caerle al enemigo por la espalda. Mientras tanto, él mismo fijaría a Dupont en Andújar y lo acosaría para hacerle creer que el ataque principal llegaría por el frente. No sabemos siquiera cuánta tropa tienen los franchutes -se decía San Martín-. Y tenemos una marcha de cuarenta kilómetros en paralelo al flanco izquierdo del ejército de Dupont. Mala cosa. El marqués fue puesto a la cabeza de la segunda división, que contaba con más de siete mil hombres y que tenía por objeto tomar posición inmediata de un punto cercano a Villanueva de la Reina, el poblado donde estaban instaladas algunas tropas estratégicas del ejército francés. El capitán ayudante iría a su lado, preparado para entrar en acción directa en cuanto se lo ordenase. También eran de la partida el subteniente Riera, mucho más atrás, y el húsar Juan de Dios, que cabalgaba con los ojos entrecerrados. El ejército del marqués marchaba al infierno o la gloria en una explosión de color, cada uno con el uniforme del regimiento original al que pertenecía, por terrenos verdes, pródigos y alegres donde reinaba, sin embargo, un silencio de muerte. Coupigny era alto y rubión, casi colorado, y no gastaba mucha saliva. Pero sentía gran estima por su protegido, aunque tal vez presentía que San Martín estaba librando su propia batalla.

CAPÍTULO 4: LA MEDALLA DE BAILÉN.- LITERATURA HISTÓRICA


EMBOSCADA CAMINO A SALAMANCA (adnCULTURA.- LA NACIÓN, Buenos Aires, Argentina)
Por Jorge Fernández Díaz de la Redacción de LA NACION
En la cuarta entrega de esta serie se relata un nuevo episodio protagonizado por San Martín; vivió de cerca el peligro al ser atacado por delincuentes y se debatió dos día.

El general que los conducía se llamaba Francisco Castaños, había sido nombrado capitán de un regimiento a los diez años y una bala enemiga, en una reciente refriega, le había entrado por debajo de la oreja derecha y le había salido por encima de la izquierda. Estaba vivo de milagro, y aunque la oficialidad lo seguía hasta el mismísimo infierno también le recriminaba en voz muy baja que no apurara el paso. El Ejército de Andalucía avanzaba lentamente por una margen del Guadalquivir y el capitán San Martín marchaba a caballo junto al marqués de Coupigny, su nuevo jefe y mentor. El marqués provenía de una familia noble que había emigrado a España y era mariscal de campo de Castaños. Había conocido al capitán criollo en el Rosellón y tenían un amigo en común: el finado Solano. Coupigny encabezaba una división y San Martín seguía formando parte de aquel grupo de choque que tenía por misión adelantarse, entrar y salir de las zonas de dominio enemigo, molestar, distraer y hostigar a los gabachos. Era un equipo compuesto por caballería ligera de cazadores y húsares, y por caballería pesada de coraceros, dragones y granaderos a caballo.
San Martín también había dirigido servicios de instrucción en el campamento de Utrera y había confraternizado con oficiales degradados que cumplían su castigo enseñando los rudimentos de la guerra a los miles de vecinos voluntarios que se acercaban. En esos breves días, conoció al subteniente Riera, que sufría pena por haberse jugado al monte caudales de la milicia. Riera era un asturiano valiente, veterano de las guerras en Africa y Portugal, y realmente no tenía consuelo. El capitán, conmovido por su sufrimiento, pidió que sirviera a sus órdenes. Riera le recordaba a sí mismo, pero varios años atrás, cuando todavía era teniente y había sido enviado a Valladolid a reclutar voluntarios y a recoger la paga del personal. Siempre que evocaba el momento más bochornoso de su vida recordaba a aquellos cuatro hombres embozados, armados con espadas y cuchillos, sobre nerviosos caballos negros. San Martín iba cuesta arriba, distraído por los sonidos del bosque y todavía ensimismado en el recuerdo de los deleites que había probado en la ciudad. Había pasado la noche en los altos de una casa de citas con una ramera de fama nacional y se había calzado lentamente a sus espaldas el uniforme celeste y blanco del Regimiento del Murcia mientras el primer sol enceguecía en la ventana. Luego había recogido la cartera, donde guardaba los salarios de sus camaradas, había puesto unos reales sobre la almohada y había bajado a la taberna. Un andaluz le había servido un desayuno ligero para asentar el estómago, un mozo había preparado su cabalgadura. Luego había tomado el camino a Salamanca y había cabalgado como en sueños hacia la primera posta, donde lo aguardaban dos sargentos y varios reclutas. Apenas si saludó con un brazo el paso de dos peregrinos que iban y volvían de ningún lado. El teniente segundo José de San Martín era un joven alto y circunspecto, y daba siempre la impresión de ser temible. Sin embargo, esa mañana llevaba el ceño distendido y la cabeza en otro sitio. No se dio cuenta de lo que ocurría hasta que finalmente ocurrió. Al repechar la cuesta, sintió un relincho y vio a los cuatro jinetes siniestros. Los vio en lo alto, surgiendo de la niebla atravesada por el sol. Venían despacio, pero al divisarlo se largaron al galope. El teniente, acostumbrado a oler el peligro de muerte en las trincheras, tiró de las riendas, llevó instintivamente su mano a la cintura y oyó el grito: ¡Venga la cartera, en el acto! Supo enseguida que quienes formulaban aquella orden no esperarían una respuesta. Vendrían de atropellada y a degüello, le robarían los 3310 reales que portaba y lo coserían a estocadas y puntazos.

CAPÍTULO 3: LA MEDALLA DE BAILÉN LITERATURA HISTÓRICA


LA SOMBRA DE UN LINCHAMIENTO (adnCULTURA.- LA NACIÓN, Buenos Aires, Argentina)
A 200 años de la Batalla de Bailén, la tercera parte de esta serie protagonizada por San Martín; un relato apasionante combina la investigación periodística con la técnica.

De regreso del fogón, con un cansancio sobrenatural encima, el capitán ya se encontraba en su pequeña tienda de lona, baúl y candil, cuando Juan de Dios se presentó a brindar con él. Venía un poco achispado el cazador y traía de regalo dos frascos enfundados en cuero. El capitán dejó los correajes y brindó por el rey con aquel otro héroe de Arjonilla. Juan de Dios, tambaleante y emocionado, le deseó fama y gloria, y a punto estuvo de desmayarse con un hipo sobre el catre. San Martín, que ya había sido demasiado condescendiente, llamó a su ordenanza, le pidió que llevara a Juan a la cama, lo arropara y que avisara a los suboficiales que tenía dos días de arresto por presentarse en estado de evidente ebriedad. Cuando daba vuelta para lavarse la cara en un cubo de agua fría bajo la luz de un farol de petróleo, tres húsares que pasaban lo vitorearon. El capitán les devolvió el saludo con simpática parquedad, se lavó, se secó, volvió a entrar en la tienda y se quitó las botas. Afuera se escuchaban toques de cornetín y murmullos. Y qué dirán ahora en Cádiz -se preguntó-. ¿Seguirán diciendo que soy un afrancesado, esos hijos de la gran puta? Se sentó en el catre, prendió un cigarro habanero y, completamente insomne, procedió a afilar la hoja del sable sobre una piedra de esmeril. Mientras afilaba pensaba en el marqués del Socorro. Se llamaba Francisco María Solano Ortiz de Rosas, también había nacido en América, y era a un mismo tiempo maestro y espejo del capitán San Martín. Un hombre gallardo y teatral, capaz de utilizar por igual la pluma y la espada, un héroe y un caballero, capitán general de Andalucía y gobernador político y militar de Cádiz. Solano había tomado a San Martín bajo su mando. Se habían conocido en la guerra del Rosellón y habían combatido juntos contra la terrible epidemia de la fiebre amarilla. En casa del gobernador, el capitán de Yapeyú se había relacionado con el arte, con la política, con las ideas y con la masonería. Ambos eran, naturalmente, contrarios al oscurantismo de sacristía y admiraban los ideales luminosos y modernos de la Revolución Francesa. Pero la ocupación de España y la masacre del 2 de mayo de ese mismo año, cuando el pueblo de Madrid se levantó contra las tropas de ocupación y fue duramente castigado, los habían convencido de que debía declararse con urgencia una guerra contra Francia. Aunque las órdenes no llegaban y la gente tomaba la prudencia de Solano como un signo de traición. Una noche, cien de los más exaltados entraron a la residencia por la alameda. Iban armados con pistolas, escopetas y navajas. Y los soldados que custodiaban el lugar los alentaban o hacían falsos gestos de resistencia. Sabiéndose perdido y entregado, Solano sólo atinó a dar unos disparos al aire que no disuadieron a nadie; subió por unas escaleras interiores y ganó los tejados mientras sus compatriotas entraban en la Capitanía y destruían y saqueaban todo a su paso. El marqués del Socorro saltó una pared y pidió refugio en la casa de una vecina irlandesa, viuda de un banquero, que lo escondió en una cámara secreta. Pero entre sus perseguidores estaba el albañil que había construido aquellos pasadizos y la suerte de Solano quedó sellada. Todavía logró correr un trecho, pero un ex novicio de la Cartuja de Jerez salió a atajarlo. Y el general lo empujó a las corridas. El ex novicio cayó a un patio interno y murió.
Por Jorge Fernández Díaz
De la Redacción de LA NACION

lunes, 7 de abril de 2008

LA MEDALLA DE BAILÉN. Capítulo 2


"NOS QUITAN LA GLORIA, MI CAPITÁN"
Por Jorge Fernández Díaz
De la Redacción de LA NACIÓN (adnCULTURA.- LA NACIÓN, Buenos Aires, Argentina), domingo 6 de abril de 2008

Había estado en muchas reyertas y tenía varias cicatrices. Había conocido de cerca la muerte a los 13 y 14 años durante las batallas contra los moros de Melilla y de Orán; había aprendido a reconocer los terroríficos ruidos de la fusilería en la campaña del Rosellón y había sufrido penurias y privaciones a bordo de un buque que combatía contra los ingleses. Lo habían atacado a estocadas cuatro bandoleros camino a Salamanca y había escapado milagrosamente de una turba que quería colgarlo de un árbol en una plaza central de Cádiz. Al capitán no le temblaba el pulso en aquella madrugada de Arjonilla, pero sentía un ardor de úlcera en la boca del estómago. En los inicios de una carga de caballería había una especie de silencio pleno de gritos y amenazas, un sordo batifondo de tropel y una cierta suspensión de la cordura. Durante esa carrera sin obstáculos parecía como si nadie respirara, y el choque contra el metal y la carne llegaba como un estrépito y como un desahogo irracional y salvaje. En esos momentos nadie pensaba en la patria, ni en su familia ni en su destino, no había ni siquiera pensamiento: solo entrevero y ansias de matar.
San Martín, sin embargo, tenía la obligación de mantenerse lúcido en la tormenta. Salvo que lo decapiten, un verdadero estratega nunca pierde la cabeza en una arremetida. Los veinte jinetes de su pelotón galoparon a ciegas con los ojos bien abiertos y se llevaron por delante a los franceses vitoreando a España y a Fernando VII, y cagándose a viva voz en los antepasados de Bonaparte. La colisión fue eléctrica y estuvo llena de ruidos escalofriantes: tajos, golpes, quejidos, alaridos y relinchos de espanto. Un cazador español le partió el cráneo al medio a un cabo francés y dos soldados forcejearon para acuchillarse y rodaron al piso, enredados y sangrientos. Hombre contra hombre, espada contra espada, se escuchaban los tañidos de metal y los insultos. Hasta que una punta acertaba entre costilla y costilla o atravesaba el pecho de alguien o se enterraba en los riñones de un infeliz. O hasta que el filo de un revés bien dado degollaba a un dragón francés o le abría un callejón en la barriga. También había pistoletazos a quemarropa que destrozaban un corazón o borroneaban una cara. Disparos cortos y alaridos largos. El parte de batalla describiría luego la maniobra de San Martín como una acción de "inusitada intrepidez". Su pelotón surgió como un relámpago mortal y los dragones franceses caían como moscas. En la desesperación, y viendo quién mandaba en aquella mañana milagrosa, un oficial francés señaló a San Martín y les gritó a sus guerreros que se concentraran en darle muerte. Pronto lo rodearon cinco o seis tipos peligrosos llenos de cicatrices. El capitán atravesó a uno con su sable corvo y bajó a otro de un mandoble, pero alguien pechó a su caballo negro y lo hizo tambalear. Hombre y bestia rodaron y el capitán quedó por un momento aplastado y a merced de las espadas. San Martín no tuvo tiempo ni siquiera de pensar que estaba perdido: Juan de Dios, el cazador de los Húsares de Olivenza que había detectado a los franceses y corrido ida y vuelta con la orden de aniquilar al enemigo, apareció de la nada, derribó a un francés de un sablazo, mantuvo esgrima con otros dos y sirvió de escudo humano. Cuatro años después, un granadero salvaría al Gran Capitán de idéntica manera en el combate de San Lorenzo. Un sargento de la caballería de Borbón lo ayudó a ponerse en pie y le ofreció su propia montura, y Juan de Dios siguió peleando como si nada, mientras los cadáveres franceses cubrían el campo de batalla. El capitán dijo, entre dientes, Virgen Santa , tomó las bridas de su nuevo caballo y trepó de un salto. Desde esa posición vio cómo el oficial francés y varios de sus dragones volvían grupas y emprendían una alocada fuga por entre los olivares. ¡A ellos, a ellos! , gritaban los españoles, cebados por la victoria: diecisiete dragones franceses yacían muertos y otros cuatro se veían muy malheridos. Había un solo soldado español lastimado. Era un triunfo inmenso y el jefe de los gabachos corría como si se lo llevara el diablo. El capitán estaba sonriendo con ferocidad cuando lo traicionó el sonido de un clarín. Por un instante creyó que alucinaba, pero un segundo después volvió a escuchar el son de retirada y la sonrisa se le borró de repente. No podía ser posible. ¡Rediós! , gritó golpeando el aire con su sable. El sargento había recuperado caballo y ya estaba junto a él: tampoco daba crédito a lo que sucedía. Los tenemos, mi capitán, un rato y los tenemos , le rogó el sargento, y Juan de Dios se les unió montado sobre una yegua francesa. San Martín no los miraba. Sus ojos parecían clavados en la dirección de la que provenía la voz del clarín. Ya se habían acallado los sonidos de la batalla de Arjonilla y el capitán parecía debatirse entre el fuego y las brasas. Nos quitan la gloria, mi capitán, dijo Juan de Dios, que llevaba el rostro tiznado y que estaba haciendo uso y abuso de la extraordinaria confianza que le otorgaba el hecho da haberle salvado el pellejo a su jefe. El capitán se volvió entonces para observarlo. Por un momento fue como si creyera que el húsar era un insolente, pero después se le aflojaron las facciones, adoptó una expresión calma y ensombrecida, envainó su sable y le preguntó a su sargento: ¿No escucha la orden de nuestro comando? A retirada , dijo sin énfasis. Apretó los muslos y pasó a bridas flojas entre caballos huérfanos y cuerpos sanguinolentos. Sofrenados pero alegres, sus hombres se descargaban con abrazos, felicitaciones, risotadas y blasfemias. San Martín, en cambio, miraba los rostros fieros y descolocados de los dragones franceses, hombres de mostacho tupido, curtidos veteranos de huesos grandes y carnes duras, y también algunos imberbes que habían jugado a ser mayores y que terminaban su corta vida allí, a campo traviesa, de cara al cielo. El capitán despertó de esa abstracción del horror de la guerra solo cuando escuchó que sus hombres lo aclamaban. Un oficial que los conduce a un triunfo tan rápido y aplastante enardece siempre a la tropa y gana su admiración eterna. San Martín respondió con timidez a esos agasajos y organizó el regreso. Lo recibieron con algarabía en el campamento de Aguas del Río, pero tuvieron que oír sus quejas. Alguien del comando informó a la Gaceta Ministerial de Sevilla los detalles de la tremenda hazaña. "Mucho sintió San Martín y su valerosa tropa que se les escapase el oficial y demás soldados enemigos, pero oyendo tocar la retirada hubo que reprimir su ambición", escribió un periodista. Luego informó que San Martín había sido ascendido a capitán agregado del Regimiento de Caballería de Borbón y se refirió a cómo corrían aquel día en Arjonilla, horrorizados por la valentía española, el jefe francés y sus dragones, y anotó una frase memorable: "Los que así huyen son los vencedores de Jena y Austerlitz". Ese texto fue la base de un edicto que la Junta de Sevilla volanteó una y otra vez para retemplar el ánimo de su ejército y del pueblo. Todos se burlaban de cómo escapaban aquellos franchutes, que "hasta los mismos morriones arrojaban de terror". No sabían que aquella decisiva escaramuza del capitán San Martín era sólo el prólogo de la gran batalla de Bailén, donde correrían litros y litros de sangre y donde se cambiaría para siempre la Historia.
Continuará

sábado, 5 de abril de 2008

LA MEDALLA DE BAILÉN.




1.
El capitán pensó en Napoleón. Apenas un fogonazo en la memoria que barrió para no distraerse. Sostuvo en su puño el sable envainado, giró sobre su montura medio cuerpo y se alzó levemente sobre los estribos para ver más atrás y más lejos: veinte hombres a caballo y cuarenta a pie lo seguían en la oscuridad. Solo se oían los cascos y el tintineo de los metales, sombras detrás de sombras en medio de la nada. Caballería de Borbón y Húsares de Olivenza, y una infantería de apoyo surgida de su propio regimiento, los Voluntarios del Campo Mayor. El capitán vestía el uniforme de "El Incansable": una casaca verde, con su forro y bocamangas encarnados, botones y entorchados de plata, chaleco y calzón blancos, y un sombrero de dos picos con penacho rojo sobre la escarapela. En aquella madrugada del 23 de junio de 1808 tenía treinta años y una misión de sangre: tomar contacto con la avanzada de las tropas francesas y destrozarlas. Eran la vanguardia de la vanguardia, el ariete mismo del Ejército de Andalucía, y no podían hacer otra cosa que seguir adelante y encomendarse a la Inmaculada Concepción. Giró de nuevo sobre su caballo y avanzó mirando al frente, hacia la espesura, por el camino del arrecife, a través de campos de olivares y sierras, imaginando que detrás se escondían los treinta mil franceses que venían arrasando pueblos, saqueando casas, degollando niños y violando mujeres. Qué triste ironía. El capitán había combatido junto a esos hombres en otros tiempos, simpatizaba con su revolución de luces y admiraba el genio militar de Napoleón Bonaparte. Había estado a punto de ser linchado en Cádiz a manos españolas por esas simpatías. Pero los franceses habían invadido España, vejado sus tradiciones y usurpado el trono, y aunque el capitán había nacido en América aún se sentía parte de aquella patria descompuesta. Ahora sí pensó un rato en Napoleón. Once años atrás el capitán no era capitán sino teniente de caballería, y navegaba peligrosas aguas a bordo de la fragata Santa Dorotea. España era todavía aliada de Francia y el barco estaba fondeado en Tolón mientras la impresionante escuadra francesa ultimaba los preparativos para la campaña de Egipto. Hubo una fiesta de honor para la oficialidad española, y Bonaparte se abrió paso entre muchos y clavó la mirada en el teniente español. Fueron unos segundos mágicos y desconcertantes, que nadie pudo comprender, y entonces el futuro emperador dio un paso más y tomó un botón de la casaca blanca y celeste, y leyó el nombre de Murcia. El teniente le sostuvo la mirada, y Napoleón sonrió de manera enigmática como si entendiera con el instinto algo que no podía pronunciarse. Tal vez sólo se trataba de un vago presentimiento. No era de vanagloriarse, aunque el capitán de "El Incansable" había contado algunas veces ese breve encuentro con una mezcla de orgullo y escalofríos. Mirando las tinieblas de la noche cerrada casi podía imaginar que esos ojos célebres y penetrantes seguían observándolo detrás de la serranía. El avance de la columna era lento y grave: los jinetes no podían superar el ritmo pesado de la infantería y había que marchar ensimismado pero despierto, con las armas listas. El capitán se dio cuenta de que aún sostenía el sable envainado con la mano izquierda, como si fuera a caérsele al piso. Lo soltó para que pendiera y se pasó una mano por la frente. Faltaba poco para clarear, lo sentía en las tripas. Después de tantos años de guerra y cuartel podía reconocer el advenimiento de la alborada con solo ver la insinuación de un destello. Ya eran casi las cinco, hora de probar suerte. Tiró de las riendas y se apartó de la fila, pegó tres gritos roncos y secos y dos húsares se despegaron del grupo y clavaron espuelas. Eran dos soldados cetrinos y ágiles. Salieron al galope con la orden de adelantarse y explorar el terreno, y su jefe los vio desaparecer por el mojón. El capitán no dijo una palabra, volvió al trote a la cabeza de la fila y retomó el paso preparando la paciencia para un largo rato. Pero los húsares lo sorprendieron volviendo a la carrera y frenando con vehemencia. ¡Caballería enemiga se escapa por el arrecife!, gritó el mayor, que se llamaba Juan de Dios y que era nadie. El capitán le habló con voz clara esta vez. Le ordenó que regresara a Aldea del Río, sobre el Guadalquivir, donde su jefe estaba acantonado, y que volviera con las instrucciones. Se salía de la vaina por atacar y su tropa esperaba ansiosa y angustiada, pero la ida y vuelta del correo los mantuvo media hora en ascuas. Al fin Juan de Dios reapareció con la noticia de que la misión era atacar a los gabachos y meterles bala y acero. El capitán montaba un caballo de cinco años, negro y con la crin y la cola recortadas, y llevaba fundas de arzón con dos pistolas. Rozó irreflexivamente las culatas con la vista perdida, y después levantó la cara, acarició los belfos de su montura y ordenó marcha ligera. La tropa, que le seguía cada uno de los gestos, hizo ruido de armas, campanilleos de espuelas y espadas, y crujir de fusiles y correajes. La columna cobró movimiento y se lanzó al ruedo. A razonable distancia del arroyo Salado, hacia la zona de los Amarguillos, el pelotón se detuvo y un oficial le pasó un catalejo. Dos jinetes de la avanzada francesa cruzaban el arroyo y se perdían en la vegetación. Estaban muy lejos como para darles alcance. El capitán era un hombre frío pero estaba muy caliente. A punto estuvo de lanzar, con ira, el catalejo al piso. A cambio de eso, llamó a los gritos a los dos guías arjonillenses y les explicó someramente la situación. Decidme como diantres les damos alcance a esos mosiús de la gran puta, dijo de corrido, torciendo la boca. Hay una trocha, mi capitán, le respondió uno de ellos. Había efectivamente un atajo imperceptible entre los olivares que serpenteaba hasta las faldas de una colina cercana y que salía a las casas de postas de Santa Cecilia. La caballería, seguida a la carrera por los infantes, se metió por esos senderos invisibles y llegó a destino cuando ya el sol se alzaba nítidamente en un cielo sin nubes. Desde esa posición no era necesario utilizar ningún catalejo. Se veía con total claridad una línea entera de jinetes imperiales que, confiados en su amplia superioridad, esperaban a los españoles para hacerlos pedazos. En esa situación, solo un demente se atrevería a darles batalla. Fue entonces que el capitán José de San Martín, oriundo de Yapeyú, extrajo su espada y, para estremecimiento de todos, gritó acompasadamente a sus húsares: ¡En línea! ¡Sables! ¡A la carga!
Continuará.