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jueves, 19 de enero de 2012

UN TEMPLO DEL SABER PAGADO CON JUEGO Y TABACO

El rey Felipe V, llegado al trono tras una guerra, buscaba congraciarse con sus súbditos y accedió a crear en 1711 una Real Biblioteca de carácter público con fondos incautados a sus rivales
Trescientos años de archivo universal
Así será el 300º cumpleaños de la Biblioteca Nacional
FOTOGALERÍA Tesoros de tres siglos de historia
EL PAÍS, TEREIXA CONSTENLA Madrid, 18Ene12 - 19:40 CET



Felipe V era más devoto de las cartas –entiéndase: sota, caballo, rey– que de los libros. También era el duque de Anjou, un francés reinando sobre españoles tras una guerra larguísima que en puridad aún no había concluido (1701-1713). En 1711, por tanto, estaba dispuesto a coger al vuelo todas las propuestas que contribuyesen a afianzar su imagen entre sus nuevos súbditos. Su confesor, el jesuita Pierre Robinet, le sugirió una: crear una Real Biblioteca con los fondos que el rey había traído de Francia (6.000 volúmenes), los acumulados por los Habsburgo (otros 2.000) y los incautados a los perdedores de la Guerra de Sucesión. La gran osadía que Robinet defendió ante el monarca fue el carácter público de la biblioteca. En fin… pública a la manera de 1711: cerrada a mujeres (no accedieron hasta 1837, la primera fue Antonia Gutiérrez Bueno, autora de un Diccionario histórico y biográfico de mujeres célebres) y menesterosos. Pública para estudiosos y eruditos de los círculos cortesanos.
Se abrió en un pasillo cerca de las cocinas del Alcázar Real, con Robinet como primer director y con plagas de ratones cada dos por tres. Y dado que la financiación de las cosas públicas es un quebradero en cualquier época –con la dudosamente honrosa excepción de los años del imperio y su sistemático saqueo de las colonias–, Robinet también se ocupó de dar con la fuente del dinero. Según José Manuel Lucía Megías, catedrático de la Universidad Complutense y comisario de la exposición de la BNE 300 años haciendo historia, para costear su proyecto al confesor del rey se le ocurrió recurrir a los impuestos sobre algo muy querido por el monarca: las cartas. También aquí se salió con la suya: en el Real Decreto fundacional de 1716 se le asigna un presupuesto de 8.000 pesos anuales procedentes de los impuestos sobre tabaco y naipes.
Gracias a esa manía de los vencedores de despojar a los vencidos de gloria y bienes, en 1715 la Real Biblioteca ya contaba con 28.242 libros impresos, 1.282 manuscritos y 20.000 medallas. “Los partidarios de Carlos, archiduque de Austria, vieron cómo sus bibliotecas eran trasladadas a Madrid y casi todos ellos terminaron sus días en el exilio, desposeídos de tierras y títulos, por lo que perder sus libros seguramente fue la menor de sus preocupaciones”, escribe Javier Pavía Fernández, en el blog de la BNE.
Fondos incautados
Entre esos fondos incautados figuraron los del duque de Uceda, el marques de Mondéjar (propietario de 5.903 libros, entre ellos el Beato de Fernando I), el duque de Terranova o el arzobispo de Valencia, Folch de Cardona, cuya biblioteca fue devuelta a un convento que posteriormente la vendió a la Biblioteca Nacional de Viena.
En aquellos años de arranque hubo también otras vías más elegantes que engrosaron el depósito: compras y donaciones. Y a partir del 26 de julio de 1716 entra en vigor algo que sigue vigente y que es el manantial que ha nutrido la vastísima colección que atesora hoy la BNE (30 millones de documentos): el depósito legal. Un real decreto de Felipe V estableció: “De todas las impresiones nuevas que se hicieren en mis dominios, se haya de colocar en ella un ejemplar del tomo o tomos de la Facultad que trataren, encuadernados y en toda forma en la misma que se practica dar a los del Consejo; colocándose también en dicha Biblioteca todos los libros y demás impresiones que se hubieren dado a la estampa desde el año 1711, en que tuvo principio esta Biblioteca”. Una ley que fue modificada el 30 de julio de 2011 para incorporar “los documentos electrónicos en cualquier soporte, que el estado de la técnica permita en cada momento, y que no sean accesible libremente a través de Internet” y “los sitios web fijables o registrables cuyo contenido pueda variar en el tiempo y sea susceptible de ser copiado en un momento dado”. ¿Habrá que modificar el depósito legal dentro de tres siglos? ¿Se atreven a imaginar cuántos documentos almacenará la BNEde 2311?

martes, 17 de enero de 2012

LIBRO: "TIERRAS DE SANGRE: EUROPA ENTRE HITLER Y STALIN" TIMOTHY J. SNYDER

EL MUNDO, Madrid, JUAN AVILÉS | Publicado el 13Ene12
Traducción de Jesús de Cos. Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2011. 609 páginas, 25 euros.

Timothy J. Snyder muestra las similitudes y las diferencias entre las políticas de exterminio de Hitler y Stalin, la interacción entre ambas, y la terrible realidad de que, en países como Ucrania o Polonia, unas y otras atrocidades se superpusieron.
A veces la cultura se concibe como un artículo de lujo, un toque de distinción que permite aparentar refinamiento, algo en definitiva superfluo, de lo que se puede prescindir en tiempos de ajuste. Esa debe ser la concepción de quienes han dejado de apoyar a una publicación tan útil como la Revista de Libros, una excelente iniciativa que se ha visto truncada. Pero lo cierto es que la verdadera cultura proporciona los recursos necesarios para comprender el mundo en que vivimos, tanto mediante los ensayos de psicólogos, economistas o historiadores, como a través de las grandes obras de ficción, ya se trate de Ana Karenina o The Wire. Existen además ciertas cuestiones fundamentales que ninguna persona culta puede evitar plantearse y una de ellas es la de la inmensa ola de violencia que se abatió sobre Europa entre 1914 y 1945, es decir en la era de las guerras mundiales y de las espantosas atrocidades nazis y soviéticas.
La bibliografía sobre los crímenes de Hitler y Stalin es por supuesto inmensa y no faltan obras excelentes traducidas al español, pero no son tan comunes los libros que los aborden desde una perspectiva conjunta, como lo hace Tierras de sangre. Su autor, Timothy Snyder, nacido en 1969, profesor en la universidad de Yale y especialista en la historia de Europa central y oriental, ha escogido para ello un enfoque original, el análisis de lo ocurrido desde la llegada de Hitler al poder hasta el final de la Segunda Guerra Mundial en las tierras situadas entre el mar Báltico y el mar Negro, que bien merecen la denominación de tierras de sangre porque en ellas murieron la mayoría de las víctimas de Stalin y Hitler. En los países bálticos, Rusia occidental, Bielorrusia, Polonia y Ucrania fueron asesinadas catorce millones de personas, incluidos los judíos occidentales que no eran nativos de la zona, pero perecieron en los campos de exterminio nazis situados en ella. Dos tercios de esas víctimas fueron asesinadas por los nazis y un tercio por los soviéticos, con la peculiaridad de que la mayor parte de las víctimas de Stalin perecieron antes de que comenzara la segunda guerra mundial, mientras que muy pocas personas fueron asesinadas por orden de Hitler antes de 1939. Al abordar en su conjunto todas las matanzas que se perpetraron en aquellas tierras durante aquel período, Snyder ha conseguido mostrar las similitudes y también las diferencias entre las políticas de exterminio de Hitler y Stalin, la interacción entre ambas y la terrible realidad de que, en países como Ucrania o Polonia, unas y otras atrocidades se superpusieron en un breve lapso de tiempo.
La edición original inglesa de Tierras de sangre, que ahora aparece en una cuidada versión española, tuvo una acogida muy favorable y una decena de publicaciones, entre ellas The Economist y The Financial Times la incluyeron entre sus recomendaciones del año. No faltó sin embargo una recensión bastante negativa, la que Richard Evans, prestigioso historiador británico especializado en la historia de la Alemania nazi, publicó en la London Review of Books, en la que, además de numerosas críticas sobre puntos concretos, le reprochó que al destacar los paralelismos entre las políticas de asesinato masivo de Hitler y Stalin había difuminado el carácter único del genocidio judío. Pero en realidad, Snyder no afirma que hubiera una equivalencia entre las respectivas políticas de uno y otro tirano y cualquier lector desapasionado de Tierras de sangre concluirá que los nazis no sólo mataron a más personas que los soviéticos, sino que sus crímenes tuvieron un grado de atrocidad adicional. Un Dante de nuestros días tendría que excavar un décimo círculo para albergar a Stalin y sus colaboradores en su infierno y un undécimo para Hitler y los suyos. También queda claro en Tierras de sangre que el holocausto judío fue un crimen de una categoría excepcional, porque ninguna otra matanza de aquellos años tuvo el propósito definido de exterminar por entero a un grupo étnico, hasta el último de sus hombres, mujeres y niños. La aportación de Tierras de sangre, un libro escrito para que pueda ser entendido sin tener conocimientos previos sobre la historia del periodo, es la de situar el holocausto judío en el contexto de las matanzas perpetradas por los nazis contra gentes no judías y de las matanzas soviéticas, lo que facilita la interpretación histórica de los tres fenómenos.
La documentación histórica en que se basa Snyder está a la altura del tema que aborda. Cita archivos de Polonia, Inglaterra, Rusia, Alemania, Ucrania y Estados Unidos, y en su bibliografía aparecen, junto a obras en inglés o alemán, otras muchas en polaco y en ucraniano, algo que no es común entre los historiadores occidentales. Destaca su esfuerzo por precisar minuciosamente el número de víctimas que se produjeron en cada caso, huyendo de las exageraciones a que en ocasiones ha llevado la pugna entre las políticas nacionales de memoria histórica, que tratan de incrementar el número de víctimas propias, pero también proporciona algunas pinceladas, demasiado escasas, acerca de algunas víctimas individuales, para evitar que las personas sean recordadas sólo como números. Pero en mi opinión lo más valioso del volumen es su esfuerzo por clarificar la génesis y la implementación de cada una de las políticas de asesinato en masa que analiza.
Tierras de sangre se inicia con la terrible hambruna que Stalin permitió deliberadamente que se cebara sobre el campesinado ucraniano a comienzos de los años treinta. Examina a continuación el Gran Terror estalinista, que llegó a su ápice a partir de 1936. La doble ocupación de Polonia por alemanes y soviéticos entre 1939 y 1941 muestra un caso en que ambos tiranos colaboraron para destruir una nación, mientras que la invasión de la Unión Soviética supuso la aplicación parcial del sueño nazi de exterminar a suficientes eslavos para librar espacio a la colonización alemana. Tras ello el libro llega a su tema central, el holocausto. Por último, la trágica suerte de Varsovia, la ciudad europea que más sufrió entre las situadas al oeste de la frontera soviética, merece un capítulo aparte, en el que destaca el desesperado heroísmo de la insurrección judía del gueto y la insurrección nacional de toda la ciudad. Fue uno de esos casos en que morir matando parece la única salida para defender la propia dignidad.
En las tierras de sangre la inmensa mayoría de las víctimas no tuvieron ni siquiera esa oportunidad y es nuestro deber moral conocer las circunstancias históricas que les llevaron a su terrible destino.
EL MUNDO, Madrid, JUAN AVILÉS | Publicado el 13Ene12

Voracidad

Doce, trece, catorce millones de muertos. Niños, ancianos, mujeres, muchedumbres inermes que jamás pisaron un campo de batalla. Ciudadanos que perecen a consecuencia de hambrunas intencionadas, en campos de concentración, en gulags, a tiros, gaseados o por cualquiera de los innumerables y eficaces procedimientos debidos a la inventiva humana. Imposible determinar con precisión el número de víctimas. Número que es como una enorme goma de borrar rostros y nombres. La matanza no es gratuita. La desencadena una combinación de frenesí ideológico y pulsiones elementales como la conquista de los recursos, el control de la tierra, el sometimiento del individuo a la comunidad (el pueblo, la raza, la clase dominante) o la aniquilación de toda posible disidencia. Ocurre en el siglo XX. Dos colonias de hormigas, una alemana y otra rusa, dirigidas por sus respectivos faraones, se lanzan a la devastación del espacio que separa ambos hormigueros. Convendría no olvidarlo. FERNANDO ARAMBURU

lunes, 22 de agosto de 2011

ARDOR PASIONAL NEOYORQUINO EN CRUCERO DE VERANO, DE CAPOTE

EL PAÍS, Madrid, Por: Winston Manrique Sabogal, 22Ago11
Continúo con el rescate de algunos de los pasajes veraniegos clave en la obra de destacados escritores. Periodos estivales que nos sirven para conocer o visitar veranos de otras épocas y lugares de la mano de narradores de todos los tiempos. Vamos, pues, al Verano literario de hoy, de Truman Capote y su verdadera ópera prima, Crucero de verano:


"-Grady, ¿por qué demonios quieres quedarte en Nueva York en pleno verano?
Grady quería que la dejasen tranquila; seguían insistiendo, la mañana misma en que zarpaba el barco: ¿quedaba por decir algo más de lo que ya había dicho? Después de aquello sólo quedaba la verdad, y no tenía del todo la intención de decirla.
- Nunca he pasado un verano aquí -dijo, eludiendo los ojos de ellas, y miró por la ventana: el resplandor del tráfico realzaba el silencio de la mañana de junio en Central Park, y el sol, lleno de joven verano que seca la corteza verde de la primavera, atravesó los árboles que había delante de la plaza, donde estaban desayunando-. Soy terca; haced lo que queráis. (...)
A Grady le ascendía por dentro una risa incontenible, una agitación feliz que convertía el verano blanco extendido ante ella en un lienzo desenrrollado donde dibujar esos primero trazos, puros y toscos, que son libres".
Era su primer verano, de ella y para ella. Sola. Una chica de 17 años que quiere dar rienda suelta a sus impulsos para alcanzar la felicidad, saber qué es eso que llaman dicha, y en cuya carrera descubrirá las diferentes gamas del amor y la pasión, hasta desviarla por rutas insospechadas. Pocos como Truman Capote (1924-1984) para contarnos esa historia de iniciación en el Nueva York de los años cuarenta bajo el título de Crucero de verano. Iniciación en variados ámbitos de la vida de una muchacha rica y sola en la Gran Ciudad. Pero mucho más allá de esas arandelas que encantaban a Capote, el valor de este relato no es sólo que se trata de una obra póstuma del periodista y escritor estadounidense, sino que es su ópera prima, el relato que empezó a escribir antes de su emblemático y oficial y autobiográfico debut de 1948 con Otras voces, otros ámbitos. Pues este Crucero de verano lo empezó a escribir en 1943 en unos cuadernos escolares y lo continuó puliendo hasta mediados de los años sesenta donde ya eran cuatro cuadernos que al final se extraviaron en unas cajas que reaparecieron en 2004. Unas páginas que constituyen el nido, el relicario creativo, el big bang de lo que habrá de ser el universo Truman Capote, autor de obras como A sangre fría, Música para camaleones y Los perros ladran.
Volvamos a Grady, y empecemos a descubrir por qué no quiere ir con sus padres en un crucero por Europa. Y no puede ser por otra cosa que el amor: ella está enamorada, y nada más y nada menos que de un muchacho mayor que ella, de 23 años, que trabaja en un parking y está a unos cuantos escalones sociales por debajo de ella. Eso es lo de menos, si se siente correspondida y puede hacer realidad su felicidad:
"Él estaba dormido en el asiento trasero del coche. Aunque la capota estaba bajada, no le había visto porque estaba hecho un ovillo y quedaba oculto. En la radio sonaba el débil zumbido del noticiario, y Clyde tenía en las rodillas una novela policíaca abierta. Una de las muchas magias que existen es la de observar cómo duerme alguien a quien amamos: sin ojos e inconsciente, por un momento te adueñas de su corazón; indefenso, es entonces, por irracional que sea, todo lo que esperabas que fuese: puro como un hombre, tierno como un niño. (...)
El tiempo estaba descomponiéndose en Lexington Avenue, y sobre todo porque habían salido de un cine con aire acondicionado; a cada paso que daban, el rancio soplo de calor les barría la cara. Un cielo nocturno sin estrellas se había cerrado como la tapa de un féretro, y la avenida, con sus quioscos de prensa anunciando catástrofes y el sonido del neón parpadeante, semejante al zumbido de una mosca, parecía un cadáver extendido y estancado. Una lluvia de un color eléctrico había mojado la acera; los transeúntes, salpicados por aquellos resplandores húmedos, cambiaban de color con una rapidez camaleónica: los labios de Grady se volvieron verdes y después violeta. (...)
La agarró de la mano, tiró de ella y corrieron hasta una callejuela más silenciosa y engalanada de árboles. Encorvados, jadeantes, él le puso en la mano un ramo de violetas y ella supo, como si lo hubiera visto con sus propios ojos, que las había robado".
Y aquella gloria de Grady no es más que el comienzo de una tragedia. Es Truman Capote con solo 19 años. Dudaba si incluir este episodio veraniego o alguno de Otras voces, otros ámbitos, donde aparece la recreación de su vida en el campo del sur estadounidense, con pasajes maravillosos; pero al final opté por este porque me parece más sorprendente, menos conocido y, claro, por contener su mundo primigenio. Ahí están los acordes iniciales de su prosa musical, su sarcástica mirada sobre sus congéneres y sus juicios inclementes, su debilidad por la vida glamurosa, sus metáforas y trazos sobre el paisaje real, el abismo que circunda a la realidad, su baile narrativo entre la comedia y la tragedia, su tendencia a la aventura y dejarse llevar por las emociones, hasta poner el freno de mano; ahí nace, incluso, la Holly Goligtly de Desayuno en Tiffany's. Trazos de un verano y un ardor pasional que a él mismo le hubiera gustado vivir, hasta el penúltimo episodio.
Crucero de verano, de Truman Capote, en la traducción de Jaime Zulaika (Anagrama)
Imagen: Mañana en la ciudad, de Hopper.

martes, 5 de julio de 2011

CON TODOS USTEDES, EL DIBUJANTE FRANZ KAFKA

EL PAÍS, Madrid, Por: Winston Manrique Sabogal, 04Jul11
"Mis dibujos no son imágenes, sino una escritura privada", Franz Kafka.
El pensador.

Con las palabras-epígrafe de Franz Kafka (1883-1924) que abren este post-retrospectiva sobre sus dibujos, el escritor checo revela cómo concebía y definía sus ilustraciones y su vertiente artística; aquélla que lo acompañó desde niño, y por siempre, y que dejó a un lado en beneficio de la literatura. Dibujos dispersos, algunos más o menos conocidos, pero que nunca habían sido reunidos y vistos uno tras otro, hasta ahora que se publica el libro Franz Kafka. Dibujos, editado en España por Sexto Piso, lo cual permite una apreciación más completa de uno de los autores fundamentales del siglo XX. En Babelia, a través de su blog Papeles perdidos y EL PAÍS.com, ofrecemos un avance en primicia de esta novedad literaria, que llega hoy a las librerías. Una obra que brinda una doble lectura, cada dibujo tiene el texto original que lo acompañaba, es decir donde Kafka lo dibujó, o algún pasaje de su obra literaria o personal elegido por el editor. El conjunto ilumina aún más el universo del gran autor checo. Más misterio, más enigma, más arte. Una especie de retrospectiva artística de 40 ilustraciones del creador de obras como La metamorfosis y El proceso, uno de cuyos fragmentos encaja en el siguiente dibujo titulado Dos que esperan:

El interés y la pasión de Kafka por el dibujo, y por el arte en general, fue tal que con 24 años aún no sabía a qué quería dedicarse al crear imágenes como la que abre esta pieza titulada El pensador que invita, como tantas interpretaciones de sus propios escritos, a concebirla como un autorretrato. Otro registro de su trazo es el dibujo que sigue a continuación, Tres corredores:

Aunque en muchos casos se desconoce la técnica empleada, pluma de tinta o lápiz, se trata de un Kafka calificado como expresionista por su amigo y artista Fritz Feigl, o como un escrupuloso realista, según su amigo y albacea literario Max Brod, quien sin éxito simpre deseo publicar algo como este libro y no pudo, y al que debemos que muchas de las obras de Kafka vieran la luz. Incluso, el escritor ha sido emparentado con Kandinsky, o relacionado con otros artistas abstractos y algunos más por hacer ilustraciones como esta Mujer serpiente: (No se ha incluido en el texto por problemas técnicos)

Lo cierto es que Brod siempre creyó en el valor artístico de ese Kafka al que le encantaba el arte japonés, fantaseaba con obras de Ingres y le fascinaban artistas como Van Gogh. Esta vinculación con el mundo artístico llevó a Kafka a que dos artistas lo invitaran, infructuosamente, a posar como modelo desnudo. Kafka tuvo clases de dibujo en la escuela elemental pero fue en la universidad cuando descubrió el gusto por esta expresión. Sobre todo en los últimos años de la carrera de Derecho (1903-1905) cuando el aburrimiento lo llevaba a garabatear "acertijos" o "pintarrajos", como los llamaba él, en el margen de sus cuadernos. Esta época es la central de este libro-exposición; aunque también se incluyen dibujos hechos en postales, cartas, cuadernos o blocs de notas y cuadernos a rayas.
"Observe el lector que no sólo la prosa de Kafka, sino también sus dibujos reciben las más diversas interpretaciones", dice el texto de presentación de este libro editado por Sexto Piso.

O su mirada más literaria y existencialista cuando se refiere a la serie de hombrecillos (7 dibujos conocidos como "las marionetas negras de hilos invisibles"), la cual es señalada como variaciones de la inicial de su apellido, la K: "Vienen de la oscuridad para desvanecerse en la oscuridad".
O su mirada más filosófica, más platónica: "Todas las cosas del mundo humano son imágenes que han despertado a la vida". Mamá leyendo y Kafka

Son cuarenta dibujos de Franz Kafka, cuarenta piezas con espejos reflectantes en los textos que los acompañan que crean un álbum de doble lectura de uno de los escritores fundamentales del siglo XX. El resultado no es comparable al de su creación literaria, pero es valioso conocer el resultado de un secreto en un hombre como él. El libro se cierra con una ficha biografía de cada uno de los dibujos y su posible técnica, fecha y aparición. Todo ello gracias a que, como habría dicho el propio Kafka: "Y pese a la mejor de las voluntades... ha de ser la pluma quien, en mi mano, siga por el mal camino".
PD. Este sábado 9 de julio, Babelia publicará más dibujos de Kafka acompañados por un artículo de Max, ilustrador y autor de cómic y novela gráfica.
Kafka era muy crítico con sus dibujos y, según Gustav Janouch, en 1922, dos años antes de su muerte, se refirió a ellos en los siguientes términos: "No son dibujos para mostrar a nadie. Tan sólo son jeroglíficos muy personales y, por tanto, ilegibles. (...) Mis figuras carecen de las proporciones espaciales adecuadas. No tienen un verdadero horizonte"... "Los dibujos son rastros de una pasión antigua, anclada muy hondo".
También recuerda su mirada más entusiasta y profunda de concepción del arte: "La pasión está en mí. Desearía ser capaz de dibujar. Quiero ver y aferrar lo visto. Esa es mi pasión".
O su mirada y anhelo de creador: "Intento cercar lo visto de una manera totalmente propia". Esgrima

martes, 14 de junio de 2011

EL HOMBRE QUE FUE A SU VEZ UN ALEPH

LA NACIÓN, Buenos Aires, Hugo Beccacece, 14Jun11
Jorge Luis Borges / A 25 años de su muerte


Como aquel objeto mágico de su libro, el genial escritor permitió descubrir universos infinitos a través de una obra extraordinaria.
En la nota publicada el viernes último en ADNCultura, Beatriz Sarlo se preguntaba cómo habría sido la literatura argentina del siglo XX sin Borges. Una pregunta atractiva, original, pero imposible de responder, porque para contestarla de modo acabado uno debería olvidarse de los efectos que produjo la obra de Borges en nuestra formación estética y literaria y, también, dejar a un lado el concepto mismo de lectura que él impuso. Algo irrealizable por razones estrictamente borgianas. Uno no puede alterar un detalle del pasado sin alterar todo el pasado, el presente y el futuro.
Otra pregunta posible es la del lugar que ocupa Borges en la literatura mundial. Veinticinco años después de la muerte del autor de Ficciones , aniversario que hoy se cumple, es casi un lugar común afirmar que integra con Marcel Proust, James Joyce y Franz Kafka el cuarteto de los mayores escritores del siglo pasado. Un detalle anecdótico: ninguno de ellos ganó el Premio Nobel.


Mitología de su tierra
Uno de los aspectos notables en el caso de Borges es que su obra haya surgido en un país de escasa tradición literaria.

A él le correspondió inventar una mitología de su tierra, de su ciudad natal, y dar un giro inesperado a la exigua literatura de su patria.
En estos últimos años, los estudiantes extranjeros y los turistas que llegan a Buenos Aires recorren itinerarios que él les señaló en sus cuentos y poemas.
El hecho de que hoy, para los amantes de la literatura, Palermo sea no sólo la ciudad de Sicilia, sino también el barrio porteño por excelencia es el producto de los versos borgianos. A la vez, expresó y adelantó temas de su época con un criterio universal.

Cuando la crítica Ana María Barrenechea escribió, en 1957, su tesis doctoral La expresión de la irrealidad en la obra de Borges , alguien señaló que ese trabajo de importancia fundamental tenía una imprecisión: la "irrealidad" era la expresión de lo real para Borges. Sus personajes viven para descubrir que son el sueño de otros, que todo lo que los enfrenta no es más que una pesadilla sin autor.
Esos textos son el fruto de una experiencia, no de una mera conjetura filosófica o de un ejercicio literario. Esa sensación de irrealidad, de súbito extrañamiento en la que se desvanece la vivencia del yo, es el núcleo de la sensibilidad de Borges, pero también del hombre contemporáneo. ¿Quién no ha tenido la impresión en algún momento de que otro u otros hablan, deciden y sienten por él?
Cuando Borges le dedicó a Estela Canto el cuento "El aleph", introdujo en el relato un objeto mágico que permitía ver al mismo tiempo, concentrado en un punto, todo lo que en el mundo existe y existió, desde un grano de arena del Sahara hasta la batalla de Waterloo. Esa curiosa creación, rodeada de un halo místico, tiene un parecido notable con el clic de un mouse , que nos abre el universo infinito de Internet en una pantalla.
Por cierto, en el mundo virtual todo ocurre en forma sucesiva, pero la fantasía de la simultaneidad está allí, al alcance de los dedos de cualquiera.
Entre las múltiples reinvenciones de Borges quizá la más íntima haya sido la del lector en "Pierre Menard, autor del Quijote".
La historia de ese oscuro escritor francés que se propone escribir de nuevo todo el Quijote con las mismas palabras, pero con otro significado porque esas palabras, aunque idénticas, han sido atravesadas por el tiempo, es quizás una de las reflexiones más profundas que se hayan hecho sobre la creación, la temporalidad y el yo.
Hacia el final de su vida, Borges se había convertido en una figura popular en la Argentina.
La mayoría del público que celebraba su nombre no lo había leído; sin embargo, él había alcanzado la estatura de un guía espiritual al que la gente escuchaba con deleite, reverencia y superstición porque ese anciano ciego había alcanzado la sabiduría y la sencillez por obra de una fabulosa inteligencia, enriquecida por su eterno enemigo: el tiempo.

En cuanto a los detalles biográficos, su nacimiento en Buenos Aires, el 24 de agosto de 1899; su adolescencia en Ginebra; su regreso al país; la amistad con Bioy; sus numerosos premios; sus pasiones fracasadas; el encuentro con la mujer que habría de representar para él la cifra final del amor, María Kodama, todas esas peripecias, todos esos nombres, podrían haber sido otros, porque, como él decía, en la historia de cada hombre están todos los hombres.
Y hoy quizá Borges mismo se haya convertido en el aleph , en ese objeto mágico que todo nos muestra en un eterno presente, como si, por medio de sus palabras, nos hubiéramos fusionado con Dios.

domingo, 29 de mayo de 2011

EDITADA EN ESPAÑA LA PREMONITORIA BIOGRAFÍA DE EMIL LUDWIG (*) SOBRE HITLER, EL DUCE Y STALIN

LA VANGUARDIA, Barcelona, Domingo Marchena, 30May11, 01:49 hora española.
El 'Führer', un ser demencial, convulso, proclive a las locas empresas e incapaz de amar | El autor adelantó la invasión nazi de la URSS y que Hitler sufriría atentados | La obra también supo ver que tras la guerra Alemania acabaría partida en dos.


Hitler es quizá después de Napoleón el personaje histórico que más biografías y ensayos ha suscitado. No hay en su pasado ni un palmo de terreno sin explorar. Resulta sorprendente encontrar entre el alud de obras sobre el peor verdugo del pueblo alemán una que destaque por su originalidad, lucidez y clarividencia. Esa obra existe y explica de forma tan concisa como brillante las causas del ascenso y caída del Führer. Se trata de Tres dictadores: Hitler, Mussolini y Stalin (Acantilado). Su autor, Emil Ludwig (1881-1948), parece tener una máquina del tiempo, pues adelanta el desastroso final del pacto Ribbentrop-Molotov, los juicios de Nuremberg o la división de Alemania en dos bloques, entre otros muchos acontecimientos. Y lo hace en la temprana fecha de septiembre de 1939, cuando la Segunda Guerra Mundial acababa de comenzar.
La intuición de este escritor, hoy casi olvidado y que consagró la biografía como género literario, no es un caso único en la literatura. La estadounidense Kressmann Taylor lanzó en 1938 una premonitoria advertencia contra la vesania nazi y el holocausto con una breve y maravillosa novela epistolar, Paradero desconocido (RBA, en castellano y catalán). Y el austriaco Stefan Zweig, el genio hecho carne, puso punto final en 1929 a dos obritas maestras, dos muescas más en su brillante bibliografía, Mendel el de los libros (Acantilado) y Viaje al pasado (Acantilado y Quaderns Crema, en catalán). La primera es un aldabonazo contra el odio irracional y los campos de concentración; la segunda, contra el fanatismo que se iba a apoderar de Alemania ("¿qué quieren estos locos? ¿qué quieren?", se pregunta el protagonista). Reparen de nuevo en el año: 1929.
Pero no todos los intelectuales que anunciaron la tormenta supieron prever su final. El propio Zweig se suicidó en 1942 en Brasil con una carta de despedida que todavía hoy pone los pelos de punta: "Saludo a mis amigos. Ojalá puedan ver el amanecer de esta larga noche. Yo, demasiado impaciente, me adelanto". Por el contrario, el alemán Emil Ludwig, nacionalizado suizo cuando tuvo que huir de su país y sus libros fueron condenados a la hoguera por Joseph Goebbels, supo desde el principio que la pesadilla acabaría tarde o temprano con la derrota de Hitler, "el más consumado farsante de la historia moderna". Y así lo proclamó en Tres dictadores..., un ambicioso opúsculo que ahora se publica por primera vez en España y que entre sus muchos méritos tiene una traducción de lujo, la que realizó Francisco Ayala en su exilio de Buenos Aires.
Ludwig se ocupó de un sinfín de personajes, de Goethe a Bolívar, Freud o Lincoln. Con él, las biografías dan un paso adelante y ya no se limitan a una enumeración de datos, a una retahíla aséptica de fechas. Los biografiados no nos cuentan su vida, la viven. En su obra sobre Napoleón (Juventud), el lector siente un pellizco cuando Madame Mère dice, al enterarse de que la estatua de su hijo, ya fallecido en su último destierro de la isla de Santa Elena, va a ser repuesta: "El emperador regresa a París". En Tres dictadores..., subtitulada Y un cuarto: Prusia, el escritor va más allá y crea algo así como si Manhattan Transfer o La colmena hubieran sido escritas por un historiador, y no un novelista.
El antisemitismo y las locuras de Hitler cobran un nuevo sentido en función de la pusilanimidad de Mussolini o la frialdad de Stalin. La fórmula ha dado lugar a todo un género, las biografías cruzadas, del que dan fe recientes éxitos, como Napoleón y Wellington (Almed), de Andrew Roberts; Caballo Loco y Custer (Turner), de Stephen E. Ambrose; o Dictadores, la Alemania de Hitler y la Unión Soviética de Stalin (Tusquets), de Richard Overy.
Emil Ludwig allanó el camino en el que otros han alcanzado la excelencia, como los ya citados o Ian Kershaw con Hitler (Península), Paul Preston con Franco, caudillo de España (Grijalbo) y Geoffrey Parker con Felipe II (Planeta). Todas ellas son monografías monumentales, canónicas, pero una vez más hay que recalcar que nuestro autor escribía en 1939. Llama poderosamente la atención que muchas de las cosas que sostuvo entonces coincidan con las conclusiones que, más de medio siglo después y con la perspectiva histórica, alcanzó Kershaw en su impresionante biografía sobre el Führer o con las explicaciones de los autores de otro manual de referencia sobre la Segunda Guerra Mundial, La guerra que había que ganar (Crítica), de Allan R. Millet y Williamson Murray.
Hitler era, en palabras de Ludwig, un "convulso demencial", un ser de aspecto insignificante "proclive a las locas empresas". La guerra, sostiene, acabaría indefectiblemente con su derrota. En caso de que todavía estuviese vivo, "este hombre incapaz de amar y con una capacidad inagotable de odiar" debería afrontar un juicio por crímenes contra la humanidad ante un tribunal especial, que él sitúa en la corte de justicia de La Haya, lo cual vuelve a ser insólito, puesto que el tribunal penal internacional de esta ciudad no se creó hasta 1998 (acertar con Nuremberg ya hubiera sido cosa de brujos o augures). El autor agrega que la vista oral sería el momento en que psiquiatras serios deberían decidir sobre la cordura del acusado y su imputabilidad, aunque "si le consideran un enfermo mental, entonces habría que castigar a todos los cuerdos que le han obedecido".
Del retrato que Emil Ludwig traza sobre el personaje "se deduce cuán poco significa un tratado con él o una promesa suya". Francisco Ayala, que iba traduciendo a medida que el historiador le enviaba sus manuscritos, precisa que este capítulo le llegó el 15 de septiembre de 1939. Apenas un mes antes se firmó la alianza de no agresión entre el III Reich y la Unión Soviética, el pacto Ribbentrop-Molotov. Tres dictadores... ya dejaba claro en su época que ese acuerdo era papel mojado y que Hitler sólo trataba de ganar tiempo antes de lanzarse sobre la URSS, como ocurrió el 22 de junio de 1941 con la operación Barbarroja. Ludwig también se adelanta al desenlace de aquella terrible tormenta de fuego: "Todo el mundo puede comprender –admitió con modestia– que Hitler y Stalin quisieran engañarse el uno al otro al concertar su pacto. Pero no todos saben que el segundo tiene muchas perspectivas de ganar en este gran juego". El autor acertó incluso al asegurar que sólo el Padrecito Stalin seguiría en el poder tras la guerra.
A pesar de declararse un enfervorizado enemigo del fascismo, Emil Ludwig no puede evitar una sombra de ternura por Mussolini, el más humano de los tres sátrapas. De ellos, "el único loco es Hitler; el único convencido, Stalin; y el único con personalidad, Mussolini". Del Duce explica algo que parece alcanzar en el tiempo al mismísimo Silvio Berlusconi: "Es tan consciente del efecto de la apariencia externa que de buena gana daría una batalla ganada a cambio de no ser calvo". Por desgracia para él, no hizo caso de la advertencia del libro: si decide apoyar a Hitler, "se hundirá con él".
Los vaticinios no acaban ahí. El autor barrunta la operación Walkiria, uno de los atentados fallidos para asesinar a Hitler en las postrimerías de la guerra, cuando afirma que podría llegarle "un fin violento por parte de su propia gente en circunstancias malas". La guerra, añade, "terminará con la partición de Alemania". El biógrafo se humaniza con algunos errores de bulto y afirma, por ejemplo, que Estados Unidos ayudaría a las democracias europeas contra el nazismo "con todo lo imaginable, a excepción de hombres". No tenía una bola de cristal para ver el enorme tributo en sangre que pagarían los estadounidenses, tanto en Europa como en el Pacífico.
Es una isla negra en un mar de aciertos. El escritor está convencido de que llegará un día en que diremos adiós al tiempo de los dictadores y "nuestros hijos viajarán con pasaportes europeos". Probablemente ese optimismo sea su peor fallo. Hoy más que nunca hay que estar alerta ante el peligro de los totalitarismos. Nadie lo resume mejor que la periodista y escritora Martha Gellhorn en el capítulo Una mirada a la madre Rusia, incluido en sus Cinco viajes al infierno (Altaïr):
–La situación nunca volverá a ser tan mala– dije.
–¿Qué?–El mundo. Nunca volveremos a tener un Hitler y un Stalin, ni siquiera un Mussolini.
–Oh, Martha– dijo la señora M., y se puso a reír y a toser.



Sin escrúpulos, sin enemigos y sin moral
Emil Ludwig también fue profético al meter en el mismo saco a Hitler, Mussolini y Stalin. Muchos años después, Sartre seguía siendo condescendiente con el régimen soviético y Juan Benet lanzaba herrumbrosas lanzas contra Solzhenitzin y su Archipiélago Gulag (Tusquets). El desastre del estalinismo no ha penetrado tanto en la conciencia colectiva occidental como el nazismo. A la historiadora estadounidense Anne Applebaum, autora de Gulag, la historia de los campos de concentración soviéticos (Debate), le sorprendió ver en Praga cómo otros turistas que no tolerarían lucir la esvástica se compraban recuerdos con la hoz y el martillo. Es la misma inconsciencia con la que los músicos de la Fundación Tony Manero pedían en la carátula de su disco Bikini: "Amor, unidad y todo el poder para los sóviets". Quizá la explicación sea que los ideales del nazismo eran intrínsecamente perversos y los de la URSS no, aunque se acabaran pervirtiendo. Así lo reconoció Martin Amis en el 2002 con Koba el Terrible (Anagrama), un mazazo contra la tolerancia de los intelectuales occidentales ante el estalinismo. En 1939, Emil Ludwig, hijo de una acomodada familia de judíos alemanes, políglota y culto, periodista e historiador, lúcido y clarividente, ya dijo que Stalin, como Hitler o Mussolini, se caracterizaba por "una voluntad de poder que no consiente ningún escrúpulo, aniquila a todo enemigo y no conoce moral alguna". Su voz tardó en oírse.
Otros estudios comparados
Andrew Roberts. Napoleón y Wellington (Almed)
La obra de Roberts es la de un clásico. Napoleón, explica, denostaba en público a Wellington y le admiraba en secreto; Wellington le elogiaba ante los demás y le criticaba en privado. Debemos a este historiador de Cambridge, de 48 años, más revelaciones sorprendentes, como los accesos de locura que asaltaban al mariscal Blücher y que le hacían creer a sus 74 años que estaba embarazado ¡de un elefante!
Stephen E. Ambrose. Caballo Loco y Custer (Turner)
Ambrose (1936-2002) es el gran historiador estadounidense del siglo XX. Esta biografía comparada, subtitulada Vidas paralhttp://www.blogger.com/img/blank.gifelas de dos guerreros americanos, es un hito en su brillante obra y narra los destinos de los protagonistas con la objetividad de un ensayista y la pasión de un novelista. Dos existencias marcadas desde su nacimiento y condenadas a encontrarse al final en la batalla de Little Bighorn.

NOTA DE CLAVE 88: Información sobre Emil Ludwig, clic aquí.

sábado, 7 de mayo de 2011

PÉREZ-REVERTE, TRAS SER CONDENADO POR PLAGIO: «ES UNA EMBOSCADA»

ABC, Madrid, 06May11, 18:05 hora española.

El escritor recurre ante el Supremo la sentencia de la Audiencia Provincial de Madrid que le obliga a pagar 80.000 euros al cineasta Antonio González-Vigil
Foto: Pérez-Reverte, el pasado 29 de abril en el Círculo de Bellas Artes de Madrid
La Audiencia Provincial de Madrid ha condenado al escritor y académico Arturo Pérez-Reverte a pagar 80.000 euros al cineasta Antonio González-Vigil, que demandó al novelista por plagiar el guión de la película «Gitano», estrenada en el año 2000.

La Audiencia ha estimado parcialmente el recurso de apelación interpuesto por González-Vigil y la entidad Dato Sur S.L contra la sentencia dictada en 2008 por el Juzgado de lo Mercantil de Madrid número cinco que absolvía a Arturo Pérez-Reverte y al director de cine Manuel Palacios de copiar el guión del demandante. Ya en 2003, González-Vigil presentó una querella ante el Juzgado de Instrucción número 29 de Madrid que también fue archivada. Ahora, ocho años después del inicio del proceso judicial en diferentes instancias, el fallo de la sección vigésimo octava de la Audiencia Provincial, al que ha tenido acceso Efe, considera probado que la línea argumental del guión de «Corazones púrpura» de González-Vigil «se ha incorporado» a la obra «Gitano» de Pérez-Reverte, «sin perjucio de que ésta esté además enriquecida con otros matices». En la sentencia, que no es firme y contra la que Pérez-Reverte ya ha presentado recurso ante el Tribunal Supremo, la sala estima que existe «un alto grado de coincidencia entre ambas obras» tras la lectura de los guiones y del análisis de siete informes comparativos. En cuanto a la condena, la Audiencia rebaja de 160.890 a 80.000 euros la indemnización que solicitaba González-Vigil.
Pérez-Reverte, que ya comentó la setencia en Twitter, cree que la decisión de la Audiencia Provincial de Madrid es «una emboscada» de este tribunal y «una clara maniobra de chantaje» para sacarle dinero «después de diez años». En declaraciones a Efe, el novelista considera «extraña» la sentencia y destaca que después de casi diez años, la Audiencia Provincial ha ignorado «dos sentencias penales firmes y una sentencia del juzgado mercantil, además de cinco informes periciales solventes de peritos de la SGAE» y de otras entidades.
«En las tres sentencias se afirma que no hay plagio», asegura Pérez-Reverte, que no entiende cómo ahora la Audiencia basa su fallo, según él, «en un informe parcial de una perito argentina y en el testimonio como perito de un jugador profesional de ruleta que afirma en un informe que, según el cálculo de probabilidades, hay plagio en el guion». Según Pérez-Reverte, el informe de la perito argentina «estuvo encargado y pagado por el demandante, frente a los cinco informes periciales que fueron encargados a petición de juez y fiscales» de las anteriores sentencias. «Me han hecho una cama preciosa», asegura el autor. «Que me digan que necesito copiar un guion de un tío que no conozco ni por lo visto conoce nadie es tan grotesco y ridículo, que sería para reírse si no hubieran llegado tan lejos como han llegado», concluye el novelista.

UNA MIRADA SOBRE LA FERIA DEL LIBRO

LA GACETA, Tucumán, por Irene Benito para LA GACETA - Buenos Aires, 30Abr11
Se siguen anteponiendo las necesidades mercantiles de las -grandes- editoriales a las apetencias de escritores y lectores. Donde mandan las ventas todo lo demás es anecdótico y lo mismo da que suceda o no (que la gente lea realmente, que un autor desconocido consiga firmar algún ejemplar).


Donde hay pantallas hay gente: esta es la paradoja constante de una Feria del Libro, todavía regida por el modelo de negocio del papel. Un acontecimiento masivo e inexpugnable en el que algunos ven síntomas de buena salud en la industria editorial y otros advierten una preocupante lentitud para adaptar el comercio de libros al entorno digital.
Es una Feria con un millón de ofertas previsibles (Yo, la autobiografía con título narcisista de Ricky Martin) y algunas novedades ambiciosas (la justificada reedición de la obra borgeana en cuatro tomos). Una Feria colonizada por éxitos falaces cuyos márgenes garantizan los mejores hallazgos: en el stand de Tucumán, por ejemplo, unas Lecciones preliminares de Filosofía esperan al lector deslumbrado con la versión "fotocopia" de la obra de Manuel García Morente.
Salvo por las editoriales especializadas y sus contadas rarezas, los 45.500 metros cuadrados de muestra ofrecen casi lo mismo que las mesas y anaqueles de las librerías bien provistas de cualquier ciudad del país. Pero es lo que hay: un espacio de exposición especial para volúmenes que ya gozan de un lugar privilegiado en el mercado con peores condiciones de pago que las corrientes (la excusa del supuesto descuento de Feria autoriza a buena parte de las empresas a prescindir de los planes en cuotas sin intereses).
Las ventas mandan pero escasean los vendedores con conocimiento amplio del universo editorial. En general, la política de los sellos es resolver la atención al público con jóvenes -promotores- capaces de aguantar las fatigas feriales aunque no necesariamente cultivados en el oficio de vender libros.

El asesoramiento disponible no ayuda a encontrar títulos escurridizos (Argentina: años de alambradas culturales, de Julio Cortázar, y Neuromante, de William Gibson, por mencionar dos de los buscados) ni orienta en la narrativa foránea menos divulgada, donde la exposición minúscula de la obra de autores extranjeros (incluso de figuras de las letras castellanas como Juan Marsé y Ana María Matute, respectivos ganadores del Premio Cervantes en 2008 y 2010) pone en entredicho el carácter internacional de la muestra.
La Feria es una locura de 20 días de duración. En esa vertiginosa obnubilación, cada cual hace lo que debe o puede mientras pasan inadvertidos la mayoría de los creadores que transitan por allí y se olvida, por ejemplo, de que Ernesto Sabato cumplirá 100 años este 24 de junio; o que el 25 de abril hizo un siglo de la muerte de Emilio Salgari. Y tanto libro apilado, apelotonado y apelmazado convoca cada vez menos a una audiencia dispuesta a hacer cola en los espacios interactivos con el afán de llevarse una somera impresión de las prestaciones de las tabletas electrónicas.
¿Qué quedará de esta Feria si el libro digital desplaza al papel tal y como anuncia la tendencia? El programa de presentaciones de títulos, conferencias y diálogos con creadores sin duda sobrevivirá. Contenido el comercio en los territorios intangibles de la red, habrá más lugar para el encuentro entre autor y lector. Si aquello sucede, las pantallas serán paradójicamente la causa de la recuperación de una cantidad infinita de libros hoy descartados por la lógica cerril del best seller.
© LA GACETA

jueves, 5 de mayo de 2011

BEATRIZ DE MOURA, LA DUEÑA DE TUSQUETS, LA CÉLEBRE EDITORA QUE DESNUDA LA INTIMIDAD DE LOS ESCRITORES

LA NACIÓN, Alejandra Rey, LA NACION, Buenos Aires, 05May11
Tuvo trato directo con Vargas Llosa y Kundera.- Beatriz De Moura fue declarada Huésped de Honor de la ciudad; habla de todos sin concesiones y humor. / Eduardo Carreras / AFV


Hay pocas cosas más mezquinas que los datos fríos de una biografía, pero nunca fue más avaro que en este caso. Es que Beatriz de Moura, creadora, dueña y editora de Editorial Tusquets, no se merece que todo comience con una circunstancial fecha de nacimiento y datos de su niñez, sino con lo otro, con eso que dice y con lo que reímos a carcajadas. Por ejemplo:

-Marguerite Duras era fea como un sapo y muy antipática.

-Adolfo Bioy Casares, un machista.

-Emile Cioran [el autor de En las cimas de la desesperación] era casi un muerto de hambre que escribía libros con mucho humor.
-Mario Vargas Llosa vivía obsesionado con la raya de los pantalones, y su mujer de entonces, la famosa tía Julia, era una mandona que lo miraba planchar.

La entrevista se realizó en el coqueto bar del hotel Alvear, donde Beatriz, nacida en Río de Janeiro, en 1939, radicada en España, adora sentarse. Es una mujer muy linda, elegante, de risa fácil, conmovedora por todo lo que sabe y detallista para el relato, que le sale con mucha facilidad.
Durante una hora ella hablará de todo y habrá que hacer pausas para secarse los ojos de lágrimas de tanto reír. Porque Beatriz, que sabe mucho de la vida íntima de algunos escritores, cuenta anécdotas desopilantes. La editora viajó a Buenos Aires para participar de la 37a. Feria del Libro.

-La declararon huésped de honor de la ciudad de Buenos Aires.
-Sí. Fue un lindo homenaje, especialmente porque para mí no hay corte cuando vengo de Barcelona para acá; es como más de lo mismo, son ciudades similares. Y a mí me encanta estar en Recoleta, porque acá conocí a todo ese grupo de escritores, como Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo, Pepe Bianco...

-¿Se juntaban a charlar?
-Más bien acompañábamos a Bioy a La Biela a que comiera su bife, o el revuelto gramajo, las comidas que más le gustaban y que matarían a cualquiera antes de los 30 años. El decía que se sentía mejor en Madrid que en Barcelona, porque había más bife.

-¿Cómo era el trato de Bioy?
-El sabía a quién tenía que seducir y a quién no, y siempre nos trataba con una distancia aristocrática. Era machista y tenía una enorme incapacidad para comunicarse naturalmente con las mujeres.

-¿Y con Silvina cómo era?
-Muy cariñoso, tenían mucho humor juntos, con ella se reía mucho. Pero ya ves, con estas contradicciones, por un lado, un seductor nato, por el otro, la incapacidad de comunicarse naturalmente con las mujeres y, por último, eso de comportarse como un hijo, como un hermano de Silvina.

-¿Coincidió con Borges alguna vez?
-Sí, estaba con mi marido. Lo curioso que Borges, que ya estaba ciego, llegó solo y se pusieron a hablar entre ellos, con Bioy. Creo que a nosotros no nos vieron directamente. La que se puso mal fue Silvina, se hundió en un silencio profundo.

-¿Y por qué cree que es?

-Porque creo que Silvina pensaba que Borges no lo trataba a Bioy como se merecía.

-¿Por qué la editorial se llama Tusquets?

-Porque era el apellido de mi primer marido. En realidad, primero fuimos pareja viviendo juntos, en plena era franquista. Y si no te casabas, casi que te delataban; los porteros no te sacaban la basura ni te limpiaban la escalera. De modo que nos casamos. Decidimos no tener hijos, luego nos separamos y me he vuelto a casar, pero seguimos siendo muy amigos.

-Me imagino que por la época usted debe de haber pertenecido al Partido Comunista.
-Sí, pero sin carnet. En mi juventud yo estudiaba en Ginebra y tenía un 600. Entonces me daban una dirección, yo dejaba el auto, me lo llenaban del diario Mundo Obrero y, como tenía pasaporte diplomático (mi padre lo era), pasaba la frontera y nadie me paraba.

-¿También contrabandeaba armas para la resistencia?

-No... Bueno, supongo que no [carcajadas].

-¿Cuáles fueron los primeros grandes éxitos de Tusquets?

-Milan Kundera, a quien yo traduje del francés personalmente, y Marguerite Duras.

-¿Cómo era ella?
-Fea como un sapo. La pobre estaba devastada. Era una vieja dura y antipática. Jeanne Moreau, que puso la voz en la película El amante de la China del Norte , siempre decía: "Y pensar que hablé para ese sapo". Después, la Duras tuvo un amante, Jean Andrea, que fue quien la llevó a la bebida y que vivía en una buhardilla de París pagada por ella. La misma a la que fue a vivir años más tarde Enrique Vila-Matas.

-Un París muy concurrido, ¿no?
-Sí, allí vivía Gabriel García Márquez, para nosotros Gabo, que decía que escribía, y un día llegó su amigo Mario, que no era otro que Vargas Llosa, con Julia, su mujer, que era su tía. Recuerdo que eran tan pobres que colgaba un cable desde la lamparita para planchar la raya del pantalón.

-¿Cómo era Julia?
-Muy mandona, guapetona, inteligente, pero mandona. Y allí llegó Patricia, la sobrina de los dos, y supongo que se enamoraron y ya. Debe de haber sido un escándalo, me imagino.

-Usted habló de Cioran...

-Sí, una vez le dije: "A mí sus libros me hacen reír mucho" y él me contestó: "¡Por fin alguien que se ríe con mis libros!". El era un apátrida, que vivía en una buhardilla infame, porque sus libros no se vendían, y si lo invitabas a comer, lo hacía con fruición.

-En cuanto a la literatura argentina y española...
-Nunca se tocaron. Lo hispano no cruza el Atlántico, ni siquiera se mezcla en el continente. Lo que es una verdadera lástima.

sábado, 30 de abril de 2011

MCEWAN, CORROSIVO Y ECOLÓGICO

LA NACIÓN, ADNCultura, 29Abr11
El escritor británico habla de Solar, su novela sobre el cambio climático, y de su escepticismo acerca de la condición humana
Por Jesús Ruiz Mantilla
El País
Fitzroy Square es una plaza londinense de aire literario. No por su situación o la discreta y elegante belleza dieciochesca de su trazado, sino por sus ilustres vecinos. Allí moraron Virginia Woolf y George Bernard Shaw. Allí vive hoy Ian McEwan, protegido, en mitad del céntrico barrio donde ya hizo historia el grupo de Bloomsbury, de los impactos que va causando por el mundo la publicación de Solar (Anagrama).
Si en sus dos novelas anteriores McEwan abordó con éxito el siglo XX, ahora se ocupa de los traumas del siglo XXI, con el cambio climático y el estado de ánimo derretido de su protagonista. Michael Beard es uno de los que están llamados a ser personajes emblemáticos en la obra de este escritor inglés polémico, agitador e incómodo.



Ha construido ahora un científico derrotado, cínico y amoral, amante empedernido de todo lo que se le pone a tiro y depredador de ideas ajenas. A través de él, McEwan se deja de buenismos y entra de lleno -en tono de sátira- en los aspectos más puntillosos de este apocalipsis más real que bíblico, más posible que amenazante, al que todos nos enfrentamos sin remisión.
No son las buenas intenciones ni los santos quienes nos salvarán de la quema final, sino el egoísmo y las contrapartidas que las industrias y los países desarrollados puedan ver al negocio de las energías renovables y otras salidas jugosas. Las advertencias de los científicos han servido para la hora del gran mejunje final. Da lo mismo de dónde venga la solución. El caso es que nos salvemos, cree McEwan.

- Leyendo su libro, uno se da cuenta de que el apocalipsis es un tema inacabable para el arte, como el amor y la muerte.
-Existe una noción muy poderosa en la historia de la cultura: la noción del fin. Tendemos a pensar que vivimos el fin de los tiempos por el simple hecho de acomodar esa percepción a nuestra propia muerte. Una manera de reconciliar nuestro destino individual con el del mundo. Para mucha gente, sobre todo para quienes tienen fuertes creencias religiosas, la idea de morir en medio de nada y que todo continúe es intolerable.

-No lo pueden soportar.

-No tiene sentido. Existe un verdadero solipsismo en la religión, una tentación de creer que el mundo sólo se circunscribe a ti, que Dios lo creó para ti, creó la Tierra y el Sol para ti, que sólo se preocupa por ti y que cambiará de idea según te convenga. Pero aquella concepción del apocalipsis era religiosa. La de hoy es científica. Ése es el problema. Porque éste parece tener todo el sentido. Parece que va en serio. Hubo ya en el siglo XX alguno que tenía sentido: la amenaza nuclear. Todavía lo tiene. Fue copado por los religiosos también.

-Aunque era tremendamente humano.
-Sí, pero los ultras religiosos de Estados Unidos en los años cincuenta y sesenta vieron la oportunidad de dar sentido a sus delirios interpretativos de la Biblia. Un fuego que derritiera todo y destruyera la Tierra en un día, eso era el apocalipsis nuclear. Pero lo de ahora cambia en un amplio sentido. Tenemos un fuerte temor por lo que pueda ocurrirle al planeta, pero sabemos que esta vez es responsabilidad nuestra y somos conscientes de eso. No es un castigo divino y debemos arreglarnos nosotros mismos.

-¿Cómo?
-No es que esperemos un cataclismo natural con todas sus consecuencias, pero sí uno de la civilización como tal.

-¿Pero no predican todos los apocalipsis el fin de las civilizaciones incluido en el precio del fin del mundo?
-Sí, y es lo que más se teme porque, por más que envenenemos la Tierra y se presente lo peor del cambio climático, pasarán millones de años hasta que se concrete la desaparición del planeta. Peligra más la civilización.

-El caso es que resulta un tema recurrente de nuevo en la creación artística desde hace unos cinco años. Pero usted lo trata con sentido del humor. Como una sátira. ¿Es para reírse?
-¿La era Bush traumatizó mucho los ánimos? Bueno, ahora tenemos la era Obama y casi nada ha cambiado. El camino es larguísimo y va a requerir muchos esfuerzos colectivos. ¿Tendremos éxito? No lo sé.

-El humor se agradece en estos asuntos.
-Me alegro de que así sea.

-No me he muerto de risa leyendo la novela, pero hay en ella un patetismo que a veces se tornaba gracioso para mí.
-Como en La divina comedia o en La comedia humana , ésta es la lucha del ser humano frente a un problema desconocido o nuevo. No acertamos mucho al afrontarlo. Cada vez que ocurre algo, tiene un elemento bíblico. Pero existe un factor positivo. Y hará que la virtud y la necesidad se alíen. Necesitamos hallar nuevas fuentes y modos de energía. En eso, el punto de vista chino es curioso. En Copenhague los chinos no querían límites en las emisiones de gases, pero ahora han cambiado. ¿Por qué? Porque han levantado una gran industria de energías alternativas y les conviene.

-De nuevo los principios de Adam Smith. ¿El egoísmo nos beneficiará a todos?
-En algunas circunstancias parece que sí. No por virtud, es que merece la pena.

-Es lógica, no utopía.
-Sí, pero eso se vuelve en contra también. Todavía no somos capaces de ver más allá de nuestros entornos. Como hemos tenido dos inviernos consecutivos muy fríos, la gente se relaja y tiende a desconfiar del calentamiento. Otra ventaja es la posición de algunos en Estados Unidos sobre la seguridad nuclear. Como la necesitan, ya que consumen muchísima energía y deben comprarla fuera, últimamente hay sectores que defienden como un derecho la posibilidad de crear la propia por razones estrictamente económicas.

-Negocios...

-Empleo, riqueza, negocio, todo eso será más útil para luchar contra el cambio climático que la bondad. Da igual las razones por las que lo hagamos, la cosa es que se logre.

-Entremos en la literatura. Para esta novela se ha vuelto a concentrar en la creación de personajes poderosos. El protagonista aúna el apocalipsis interior con el exterior. Toda una metáfora de los derrumbes. ¿Qué hay de usted ahí dentro?
-Me identifico con él en su visión del cambio climático. Lo que hablábamos de la virtud y la necesidad. Y ya, básicamente eso.

-No, no. Tiene que haber algo más. En el lado oscuro.
-Bueno, su escepticismo sobre la aceptación de la posmodernidad; lo sacan de quicio todos aquellos que relativizan los valores.

-Para él todo resulta relativo salvo si se trata de sí mismo y su ego.
-En eso es absolutista. También comparto su respeto por Einstein, esa visión de que debe de haber explicaciones más sencillas en el mundo y no tanta multiplicidad de ángulos. Hay cosas de su pensamiento que comparto, pero en lo referente a su personalidad, casi nada. No tiene hijos y probablemente los hijos sean lo más importante que yo he tenido en la vida. No me interesa la comida basura. Me he casado dos veces, no cinco...

-Ya, pero esa obsesión de Michael Beard acerca de que la especie humana no tiene remedio, ¿usted la comparte?
-Es lo que hay. Con lo que debemos contar. Y no va a mejorar.

-Para beneficio de la literatura y los escritores.

-Bueno, la peor inclinación de los políticos es pensar que pueden regenerar al ser humano y su naturaleza. Es un error que han cometido sin cesar, una y otra vez, en la Unión Soviética, en Camboya; los nazis... Esa idea de que puedes crear un hombre nuevo, amoldarlo. Es una visión utópica horripilante que ha dado lugar a las mayores atrocidades.

-Todavía.

-Así es. De manera que los escritores debemos aceptar que la condición humana es así. Pero los sistemas, las sociedades, deben establecer los marcos para mejorar, nada más. Evitar el embrutecimiento porque la verdad es que en circunstancias límite, en tiempos de conflicto y guerra, hasta la gente aparentemente razonable es capaz de cometer crímenes, robos, para sobrevivir. Pero yo creo que el lector acaba sintiendo afecto hacia Beard. No es malo. Tiene vicios que compartimos: el sexo y la comida, a todos nos gustan; el éxito.

-Bueno, no sé si en ese grado: cinco esposas y once amantes.
-Las once amantes son sólo en su último matrimonio.

-Me preguntaba también si cuando usted estuvo cerca del Polo Norte se sintió tan miserable y hundido.

-No, la verdad es que no. Lo disfruté bastante.

-¿Lo inspiró?
-Bueno, basé muchas escenas de esta novela en las sensaciones que me produjo aquel viaje. No es una memoria ni nada parecido. Hay legiones de artistas que hacen lo mismo. Mucha gente me echa en cara que me disgustan los creadores que utilizan el cambio climático como motor de su trabajo, se ha escrito mucho de eso.

-¿De verdad?
-Así es, pero no me disgustan en absoluto. No soy como Michael Beard, pero sí tengo derecho a utilizar mis propias experiencias.

-Bueno, es que parece que se ha abierto la veda contra usted en los medios de comunicación. Empezando por aquellas acusaciones de plagio sobre Expiación con las memorias de una mujer que trabajó en un hospital durante la guerra. ¿Dónde están los límites al utilizar las lecturas de otros textos?
-Lo interesante de aquello fue el apoyo a esa acusación por parte de otros escritores que hacen lo mismo, como Thomas Pynchon. ¿Quién está libre de eso, de beber en otras lecturas? Otra cosa es transcribir pasajes. Si escribes una novela histórica o, como en este caso, una novela en la que se describían procedimientos médicos, una de dos: te los inventas -lo que es de locos- o acudes a memorias de la época, en las que encuentras las medicinas y los tratamientos que se usaban. Eran los años cuarenta. Leí aquellas memorias y las utilicé, pero mencioné a su autora en cada acto público, la reivindiqué; cuando murió hablé en la radio sobre ella. Mis únicos remordimientos son no haberle escrito para contarle que había utilizado sus memorias para mi libro y no haberle mandado una copia de la novela. Si le hubiera escrito una carta con mi reconocimiento a su trabajo puede que nada de aquello hubiese saltado, pero no lo hice. En fin, tenemos una prensa que muere por encontrar acusaciones de plagio, es lo que más le gusta.

-¿Qué ha sido de aquella idea suya de escribir su autobiografía?

-Primero quería, luego no.

-¿Qué pasó con aquel hermano suyo aparecido con los años, de quien no sabía nada?
-Ahí tiene una novela.

-Parecida a Príncipe y mendigo.
-Bueno, él escribió un libro y yo le hice el prólogo. Se titula Complete Surrender y está bien. Cuenta toda su historia. La vida de un chico criado por una familia pobre que lo trataba muy bien; cómo dejó los estudios y comenzó a trabajar de albañil y con el tiempo descubrió su conexión conmigo. Quizás algún día yo me decida a escribir una novela sobre aquello...

-Alguna vez ha contado que la forma de hablar de su madre los convirtió en escritor. ¿Cómo era?
-Se sentía insegura con su manera de hablar. Nerviosa, tensa. No era una persona muy culta. Mi padre, militar, al convertirse en oficial, cambió su círculo de relaciones sociales y ella tuvo que acceder a un mundo donde las líneas de clase están muy marcadas y diferenciadas. Los oficiales pertenecen a las clases medias altas, y los soldados, a las bajas. Muy pocos atraviesan la línea de una a otra parte. Mi madre sintió entonces que, por su forma de hablar, quienes la rodeaban notarían que no era de los suyos.

-En Inglaterra, la manera de hablar, los acentos definen a las clases sociales.
-Desde luego, entonces eso estaba clarísimo, quizás ahora no tanto. El caso es que ella nunca más se volvió a sentir segura con su manera de hablar; sentía que no lo hacía de manera apropiada y sus intentos por remediar esa situación eran bastante cómicos. A mí me influyó aquello en mi adolescencia. Cuando era pequeño hablaba muy parecido a ella; en la medida en que fui creciendo, me di cuenta de esas pequeñas trampas que nos provoca el lenguaje y eso me convirtió en alguien muy consciente de la importancia de las palabras. Me fijaba en si las cosas que escribía expresaban exactamente lo que pensaba. Entonces ya leía mucho y observaba que los escritores manejaban y gobernaban el lenguaje. Fue el momento en el que de alguna forma tomé la decisión de mejorar mi dominio de la lengua. Es algo quizás inconsciente, pero debes elegir entre manejarte en tu vida con un vocabulario de entre casa y una gramática básica y palabras que pronuncias con dificultad o ir más allá. Ése es un viaje que muchos escritores en lengua inglesa hemos hecho. Aquellos que hemos gozado de más educación que la que tuvieron nuestros padres y no nos hemos visto alienados por nuestros orígenes.

-¿Hablaba más con su madre que con su padre? Creo que su literatura es más comprensiva con las mujeres que con los hombres. Es menos cruel con ellas.
-Algunas mujeres opinan lo contrario, pero yo también creo lo mismo que usted. Aunque trato de ser equilibrado con hombres y con mujeres. Emocionalmente, yo estaba más cerca de mi madre que de mi padre. No hablábamos mucho, la verdad. En los años cincuenta los padres no hablaban con los hijos. Los querían, los cuidaban, pero hablar...

-De algo hablarían.
-De qué había para cenar, de lavarse, del cuidado. Fue en los años sesenta cuando todo cambió.

-Ése es el momento de Chesil Beach , su novela anterior. El prólogo de la liberación emocional, sexual.
-Cuando yo crié a mis hijos todo era diferente; me involucraba en todo cada día de sus vidas, profundamente; los llevaba al colegio y los iba a buscar; pasaba noches en vela por ellos.

-Los padres y las madres de hoy son ambas cosas a la vez: padre, madre y viceversa.
-Hoy a un chico de ocho años se lo escucha. Antes a nadie le importaba lo que pensaran. Recuerdo que una vez, cuando tenía once años, viajé en avión hacia Inglaterra de regreso del norte de África y un hombre que iba a mi lado, con quien mantuve una conversación, me preguntó: "¿Crees en Dios?" Me pareció alucinante. Nadie me lo había preguntado antes.

-Ni siquiera usted mismo, a lo mejor.
-No recuerdo. Pero el hecho de que recuerde que alguien me lo ha preguntado demuestra el impacto que me produjo aquello. También me acuerdo de una conversación con mi madre. Yo debía de tener cinco años. Me iba a acostar y me estaba lavando los dientes. Entonces le dije: "La pasta de dientes debe de ser venenosa". Y ella me preguntó: "¿Por qué dices eso?". Yo respondí: "Porque todo el mundo la escupe". Y se rio. Ahí terminó la cosa. Pero el hecho de que me preguntara por qué fue impactante.

-¿Se sentía protector hacia su madre?
-Bueno, más tarde sí. Era bastante tímida. Temía a mi padre porque, aunque él era amable, también era dominante. Yo sentía, en ese espacio raro de los hijos únicos, que todo era un triángulo; nada que ver cuando tienes hermanos: entonces se establece una relación de unos contra otros... Sentía que mi madre y yo debíamos ocultar cosas que no interesaban a mi padre, cosas con las que se mostraba impaciente, de las que no quería ni enterarse; en fin, ahorrarle preocupaciones.

-¿Ha vuelto a dar sus novelas a escritores para leer o su experiencia con Philip Roth fue lo suficientemente traumática como para no volverlo a hacer? ¿Qué fue lo que pasó con él?
-Les doy mis novelas a algunas personas pero no a novelistas. Solar se la di a un científico y a un periodista divulgador de ciencia. La anécdota con Roth fue fantástica en algún sentido. Se tomó tiempo para leer mi novela. Ya el hecho de que una leyenda como él se tomara la molestia de leer mi trabajo, esparciera la obra por el suelo con sus notas y me diera su opinión fue algo grande. El caso es que él me recomendaba convencido cambios a los que yo me resistía. Era una fuerza de la naturaleza, me podía aturdir, pero yo no podía aceptar los cambios porque si lo hubiera hecho, el texto se habría convertido en una novela de Roth, no mía. Pero guardo un recuerdo grato de aquella experiencia.

-¿Cree que los escritores anglosajones están demasiado cerrados en su mundo y no miran a la creación en otras lenguas?
-Creo que eso es injusto. En mi caso, siempre he mirado a otras literaturas que me han influido. Empezando por los rusos del siglo XIX y siguiendo por Kafka, Thomas Mann, Camus, Borges, Cortázar, Vargas Llosa o los escritores hebreos... Creo que hoy, en la gran tradición europea, hay un muro difícil de traspasar: el de la novela existencialista, que sencillamente me aburre y me hace sentir impaciente. Esas novelas en las que existe una ciudad sin nombre a la que llega un forastero que espera en un hotel alguna llamada sin motivaciones..., ¡ay, no! El mundo es demasiado rico, variado e interesante como para despreciarlo. El lector busca los olores de calles concretas, y quienes me daban esto eran los novelistas contemporáneos estadounidenses: Bellow en Chicago, Roth en Newark, Updike, Toni Morrison, mientras que muchos europeos pensaban que aquello era periodismo. Hoy todo está cambiando y existe una gran variedad. Lo que le he contado es un poco caricaturesco, pero ha existido. Por el momento me limito a leer a mis amigos y a los muertos.

-¿Sigue viajando compulsivamente, como cuando era un hippie a quien le gustaba perderse en países exóticos?

-Fui hippie unos meses, pero no iba conmigo. No podía deshacerme de mi ética del trabajo. Después de haber estado en Afganistán tomando drogas y escuchando rock, me aburrí. Añoraba el trabajo, los cielos grises, el clima fresco, qué maravilla. Aun así, viajar ha sido importante en mi vida, aunque ahora viajo para promocionar mis libros. La última vez di una vuelta al mundo alternando el placer de conocer sitios con algunos encuentros literarios en los que participaba. Fui a la India por primera vez en mi vida, luego a Nueva Zelanda, a Australia, Tasmania... Combinamos las visitas a amigos y los eventos con el placer de perdernos en sitios solitarios.

-A eso lo llamo yo ser un escritor global.
-A lo grande. Me gusta encontrar lectores ligados a mi trabajo en lugares tan dispares. Eso es muy sano para el ánimo.

-Y ese McEwan salvaje al que tantos se referían, el famoso "McAbre", aquel que salía a atacar al príncipe Carlos cuando se metía con la arquitectura contemporánea y se entregaba a contar historias turbias, ¿dónde quedó?

-De vez en cuando me meto en líos con la prensa, pero ya estoy cansado de que se me cite sacándome de contexto, se me malinterprete y todo se desquicie. Me quita energías y nada es satisfactorio. Los periodistas citan lo que les conviene; si hago algún comentario sobre el islam, enseguida agarran lo que les interesa porque en el fondo lo que echan de menos es una buena fatwa , que nos ataquen por la calle y que nos maten para luego levantar indignación en nuestros funerales. No es que yo no mantenga posiciones fuertes sobre las cosas, es que me canso de cómo se usan luego.

© El País
FAMOSO Y BRILLANTE

Ian McEwan (Aldershot, Hampshire, 1948) es uno de los escritores británicos más reconocidos internacionalmente. Alumno de Michael Bradbury en la Universidad de East Anglia, comenzó su carrera literaria con Primer amor, últimos ritos . Pero el reconocimiento le llegó con la que los críticos calificaron como su primera obra maestra: Amor perdurable .
A partir de ahí consiguió premios y polémicas, como la del Booker y su libro Ámsterdam , que originó adhesiones y rechazo en partes iguales. No ha sido el caso de sus últimas novelas: Expiación , que fue llevada brillantemente al cine por Joe Wright, y Chesil Beach , ambas muy aplaudidas. Con Solar , McEwan se adentra en forma de sátira en una de las cuestiones clave de este siglo: el cambio climático. Sábado , El placer del viajero , Niños en el tiempo y Los perros negros son otros de los libros de este importante autor de la actualidad.

jueves, 21 de abril de 2011

LA FERIA DEL LIBRO ARRANCÓ CON HOMENAJES A MARÍA ELENA WALSH Y DAVID VIÑAS

CLARÍN, BUENOS AIRES, 20Abr11 - 20:03 hora arfentina
Los autores, fallecidos este año, fueron recordados luego de la ceremonia oficial de apertura. Mañana disertará Vargas Llosa. También estarán Rosa Montero, Jorge Edwards y Wilbur Smith, entre otros.
La fiesta de los libros abrió otra vez sus puertas. Con la tradicional ceremonia oficial, alrededor de 1.500 expositores y una expectativa enorme por la disertación que realizará mañana el Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa.
Bajo el lema "Una ciudad abierta al mundo de los libros", la Feria ofrece su clásico menú de conferencias, debates y firma de ejemplares, aunque el foco estará puesto en los tributos a los recientemente fallecidos María Elena Walsh y David Viñas.


Como homenaje a la autora de "Manuelita la tortuga" y "El reino del revés", Sandra Mihanovich interpretó dos canciones suyas, mientras que el recuerdo del creador de "Literatura argentina y política" estuvo a cargo del psicoanalista Germán García.
Con un 20 por ciento de superficie adicional a la que disponía el año pasado, el tradicional evento literario reúne la cifra récord de 1.500 expositores provenientes de 42 países, además de la participación de 22 organismos nacionales, provinciales e instituciones oficiales y privadas.
Durante tres semanas -el cierre será el 9 de mayo- el espacio montado en La Rural funcionará como un lugar de encuentro entre autores, editores, libreros, distribuidores, educadores, bibliotecarios, científicos y los más de 1.200.000 de visitantes que pronostican los organizadores.
La ceremonia oficial estuvo a cargo del ministro de Educación, Alberto Sileoni, el secretario de Cultura, Jorge Coscia; y el jefe de Gobierno porteño, Mauricio Macri.
Por su parte, el jueves a las 18 será el turno de la esperada participación del Premio Nobel de Literatura, el peruano Vargas Llosa, quien en un principio iba a participar del acto de apertura pero finalmente brindará una conferencia magistral que dará inicio a las actividades culturales.

Entre los invitados que ya han asegurado su presencia figuran el sociólogo francés Francois Dubet, los españoles Juan José Millás, Adolfo García Ortega y Antonio Muñoz Molina, el alemán Diedrich Diederichsen, el chileno Jorge Edwards y el canadiense Louis-Philippe Hébert.
La máxima cita literaria será también sede de lanzamiento de Buenos Aires como Capital Mundial del Libro 2011, una distinción otorgada por la UNESCO cuya designación se concretará en la propia sede de la Feria el próximo sábado en coincidencia con el Día Mundial del Libro.
Una de las singularidades que presentará en esta ocasión la Feria es un segmento titulado Espacio de Lectura Digital, donde los visitantes podrán experimentar nuevos dispositivos de consumo literario (a tono con los debates actuales sobre las posibilidades del libro electrónico) y consultar algunos de los 15.000 títulos disponibles en castellano.
El espacio estará ubicado en el stand 632 del Pabellón Azul, donde los visitantes podrán experimentar en qué consiste un libro electrónico y cuáles son las distintas herramientas -tabletas, computadores portátiles, celulares inteligentes- que le permitirán al lector el acceso a este tipo de contenido.
También la Feria alojará al 6 Festival Internacional de Poesía, que tendrá lugar del 29 de abril al 3 de mayo con la participación de destacados poetas nacionales y del exterior.
La Feria estará abierta de domingos a jueves de 14 a 22; viernes y sábado de 14 a 23 -el sábado 23 de abril de 14 a 1- y será gratis para menores de 12 años. El valor de la entrada (15 pesos de lunes a jueves y 20 de viernes a domingos- se puede recuperar si en un stand se hacen compras por más de 170 pesos.

domingo, 3 de abril de 2011

CUENTO DE ENRIQUE ANDERSON IMBERT


CUENTO DE ENRIQUE ANDERSON IMBERT
Por comentarios de diversos lectores volvemos a publicar este cuento. Que lo disfruten.

LICANTROPÍA

sábado, 2 de abril de 2011

"PRESTO MÁS ATENCIÓN AL LEER QUE CUANDO ESCUCHO"

LA NACIÓN, Buenos Aires, por Josefina Licitra para LA NACION, 02Abr11
En Ediciones de la Flor, que fundó y dirige, publicó a autores talentosos y populares como Quino, Fontanarrosa y Rodolfo Walsh. El ego de los escritores, las redes sociales, el negocio de las palabras y las tramas (y trampas) del lenguaje según Daniel Divinsky


Los cientos de libros apretados en los anaqueles, la cabeza de Geniol llena de agujas, las columnas de carpetas y papeles que se alzan torpemente sobre el escritorio y dejan en el centro un claro, un lugar donde poner las manos o apoyar la frente; el televisor Toshiba viejo y marrón; los adornos, las ventanas y los cuadros, y este hombre compacto -este hombre que es la versión libre de algún sueño de Narnia- tienen una forma de relacionarse con el aire que recuerda a la gravedad y a la lluvia.
Todo cae acá. Todo busca la tierra.
-Igual voy al gimnasio tres veces por semana, no creas. Mi médico es amigo de la gimnasia y yo soy cada vez más amigo de mi médico, y a mi médico le gusta que sus amigos se conozcan entre sí.
Hasta que este hombre habla -una voz lúdica y fina- y las cosas, de improviso, se presentan de otro modo: lo que se ve cae (eso es cierto). Pero lo que no se ve vuela.
He aquí la vida equilibrada de Daniel Divinsky, fundador y director de Ediciones de la Flor.
-¿Por qué la actividad intelectual está tan reñida con la actividad física?
-No lo sé. Sí sé que hay una cuestión muy especial en la Argentina, que se relaciona con que en la dictadura el fomento del deporte tuvo una especial significación. Yo, que me fui luego de estar preso en 1977 y volví en 1983, cuando llegué me encontré con una patria deportista que no existía cuando yo me había ido. Los sectores de clase media que podían haberse dedicado anteriormente a otras inquietudes intelectuales se habían volcado a la vida de country club, que marcaba una sociabilidad bastante particular. Porque el deporte no está mal en sí mismo, el problema es cuando se hace como reacción a la represión de otras cosas.
-O sea que usted volvió del exilio y se encontró con un país atlético.-Sin duda. Un país que no tenía mucho que ver conmigo.
Antes de dirigir la editorial independiente más longeva de Argentina (con cuarenta y tres años en el mercado), y de ser el mayor veterano local que tiene la Feria del Libro de Fráncfort, y de ser el primer -y en algunos casos único- editor de Quino, Roberto Fontanarrosa, Sendra, Caloi, Rodolfo Walsh, Maitena y Liniers, y de recibir premios y homenajes (de la Biblioteca Nacional, del Congreso de la Nación, de la Fundación Konex, de las escuelas de periodismo TEA y Deportea) y de recibirse de abogado con diploma de honor a los veinte años; antes, en síntesis, de todo lo que pueda formar parte de una sorprendente hoja de vida, Divinsky fue un niño que a los cuatro años se enfermó y que en su lecho de enfermo empezó a leer. Fue una nefritis, un problema de riñón de curación muy lenta.
-Además tenía dos tías docentes, solteras, que me estimulaban mucho y me enseñaron a entender los libros como fuente de entretenimiento. Me acuerdo de uno que se llamaba Cómo divertirse en un día de lluvia. Era un libro traducido que, entre las miles de propuestas, tenía una para hacer muñequitos con limpiadores de pipa, como si en todas las casas hubiera limpiadores de pipa. Pero bueno: gracias a esas cosas entré en la primaria sabiendo leer de corrido, marcando las pausas... Las maestras me llevaban a sexto grado para que los chicos vieran cómo se debía leer, o sea: a ojos de mis compañeros yo era un asco. Pero para mí fue una ventaja comparativa y desde entonces leo todo lo que me pasa por delante.
-Una compulsión.
-Algo así. Me entero antes de lo que leo que de lo que oigo, lo que no es necesariamente bueno. Presto más atención cuando leo que cuando escucho.
-¿Hay libros que de antemano no le interesen?
-No descarto nada, pero tengo algo con las ciencias duras. Admiro que la gente lea a Paenza y me encanta que a Paenza, que es un buen tipo, le vaya bien. Pero jamás leería un libro que tenga siquiera un acercamiento amistoso a las matemáticas. Y no es que haya sido malo en matemáticas. Tuve el mejor promedio de todo el secundario, pero no me gustaban. Me acuerdo de que en 1958, cuando fui a anotarme en la carrera de Ingeniería, vi el plan de estudios y salí disparando.
-¿Y por qué había pensado en anotarse en Ingeniería?
-Porque quería estudiar Letras pero mi padre, médico, me había convencido de que iba a tener que ganarme la vida y de que eso no iba a ser posible si estudiaba Letras. Así que fui a anotarme a Ingeniería con gran convicción vocacional. Esa misma tarde, cuando me escapé, me fui a Derecho y ahí decidí, también con profunda vocación, ser abogado.
-¿Fue un buen abogado?
-Fui un abogado involuntario. Que vendría a ser como los bomberos voluntarios, pero al revés.
Se sabe -lo dijo muchas veces- que era un abogado tesonero y cuidadoso: joven. Se sabe también que en esos tiempos conoció a Jorge Álvarez, un hombre que le vendía los libros de derecho y que además tenía una editorial donde publicaban Rodolfo Walsh, Quino y Pirí Lugones, nieta de Leopoldo Lugones. Álvarez le ofreció abrir una editorial en sociedad. Se sabe lo que vino después: viendo las aspiraciones de Álvarez y Divinsky, Pirí Lugones dijo: "Ustedes quieren una flor de editorial".
Y así nació, se sabe, Ediciones de la Flor. Una empresa familiar -Ana María Miller, Kuki, compañera de Divinsky, también está en la dirección- fundada sobre un principio de transparencia: se sabe quiénes son los dueños, se sabe qué buscan, se sabe qué piensan.
-Voy a decir algo que sospecho que se va a leer como muy pedante: una marca fuerte de esta editorial es que publica los libros que es necesario publicar. No tengo una asamblea de accionistas a la que responder por las utilidades o pérdidas de la empresa. Por otro lado, tampoco tenemos un cuerpo de vendedores que nos exijan novedades cada mes. Nosotros seguimos vendiendo libros publicados hace veinte años y más: vendemos libros que los grandes grupos normalmente transforman en picadillo, que dejan de ofrecer porque no tienen la posibilidad de ocuparse de tal cantidad de títulos. Nosotros estamos publicando veintipico de novedades por año.
-¿Han tenido ofertas para vender la editorial a una multinacional?
-No a una: a varias. Incluso una oferta es reciente. Pero las rechazamos porque hasta el momento no lo necesitamos y porque los proyectos de las grandes editoriales nos parecen suicidas. Esa obligación de vivir de novedad en novedad es insostenible. Por eso, en la crisis de fines de 2001 y comienzos de 2002 los grandes grupos sufrieron mucho más: no podían alimentar toda la estructura que tenían montada porque no había mercado que absorbiera tantas novedades. La lógica de las novedades sobrevive porque cada tanto aparece un éxito como el de Stamateas, Coelho o Paluch, que financia todos los demás fracasos.
-Se puede decir, estadísticamente, que no es cierto que la gente no lee. ¿Leer cualquier cosa es mejor que no leer nada?
-Sí, porque uno puede equivocarse y deslizarse y terminar leyendo cosas de mejor nivel.
-¿Qué hay del ego de un autor de best sellers? ¿La vanidad de un escritor es proporcional a su éxito literario?
-En absoluto. Hasta los escritores más modestos tienen unas reservas narcisistas que nunca dejaron de sorprenderme. Yo no quiero opacar las honras fúnebres que mereció el talento literario de Fogwill, pero De la Flor fue la única editorial que se atrevió a publicar Los pichiciegos en 1983, cuando el manuscrito había paseado por una cantidad de editoriales que lo habían rechazado por temor a alguna represalia. Yo lo leí fascinado, hicimos inmediatamente el contrato y fue el primer libro que decidí publicar sentado en mi escritorio al regreso del exilio. Y el libro tuvo buenas críticas, pero se vendió muy poco. Y Fogwill tuvo una reacción absolutamente disparatada y dijo que el libro no se vendía porque yo le había hecho una tapa horrible. Lo dijo en términos mucho menos publicables. Y en realidad fue una tapa muy discreta: como los conscriptos en Malvinas sólo podían entrar en calor bebiendo licor Tres Plumas, que era una especie de brandy de mala calidad, el diseñador de la portada había hecho un motivo con plumas que no era para nada bélico. Y ahí Fogwill apareció a los gritos en la editorial diciendo que el libro no se vendía por esa tapa espantosa.
Relaciones exteriores
El de Fogwill fue un problema menor. El libro que más dolor le causó a la editorial -suponiendo que el problema era el libro- no fue Los pichiciegos sino Cinco dedos: una fábula infantil, publicada en tiempos de dictadura, que sostenía que "la unión hace la fuerza". Un decreto lo prohibió porque decían que el libro "preparaba a la niñez para el accionar subversivo", y en algún momento Divinsky y Kuki quedaron presos y a disposición del Poder Ejecutivo. Fueron 127 días de encierro.
-Estuvimos juntos casi un mes y medio en Seguridad Federal, antes de ser trasladados cada uno a una cárcel distinta, y para lograr un mejor trato desarrollamos estrategias que ninguno sabía que tenía. Yo intentaba tener poco contacto con los policías, pero Kuki jugaba con ellos interminables partidos de chinchón, que a mí me aburre muchísimo. Finalmente no tuvimos un maltrato mayor que el que resultaba de la situación. Digamos que fuimos unos privilegiados absolutos. Creo que ellos pensaban que éramos empresarios y estábamos presos por algún delito económico. Por eso nos trataban bien.
-Compartir la celda ya era un privilegio.
-Sí, rarísimo. Hasta teníamos un calentador eléctrico para preparar los alimentos que nos llevaban nuestras familias. Me acuerdo de algo: por esa dependencia siempre pasaba la gente que salía en libertad, gente que había cumplido su detención y quedaba ahí veinticuatro horas. Entonces un día llegaron unas chicas que venían de alguno de los penales y mi mujer les ofreció café, les dijo que su marido estaba durmiendo todavía... Y después de tomar el café y comer unas galletitas, una de las chicas le preguntó: "¿Y ustedes por qué viven aquí?".
Divinsky y Kuki Miller fueron liberados gracias a la presión de las asociaciones de editores internacionales encabezada por Rogelio García Lupo. Una vez afuera, salieron del país -la suegra de Divinsky quedó a cargo de la editorial en la Argentina- y pasaron buena parte del exilio en Venezuela, junto con su pequeño hijo.
En una ponencia en el Congreso de la Lengua Española Chile 2010, Divinsky usó un ejemplo de sus años en Venezuela para hablar de todos los idiomas que conviven en la palabra "castellano". En el exilio debió pensar qué tipo de español hablaría su hijo: "La idea era que el exilio duraría lo que impusiera la dictadura -dijo Divinsky en Chile-. Y como quería preparar a mi hijo para ser idiomáticamente argentino al regresar, le hablaba utilizando sinónimos en la misma frase. Podía decirle: 'Cerrá, cierra, el grifo, la canilla, la llave' para indicarle que no dejara correr excesivamente el agua del cuarto de baño. Alguna deidad protectora de la salud mental de los niños o la inveterada cordura de su madre salvó a nuestro hijo de la esquizofrenia".
-Yo hablaba tres idiomas distintos, sí. Porque al argentino y al venezolano debías sumarles el lenguaje para comunicarte con las empleadas domésticas dominicanas. El otro día recordaba una publicidad en Caracas que alentaba a la gente a disponer razonablemente de sus residuos y decía: "Bota tu pote en el pipote". Eso quería decir "tirá tu lata en el tacho". ¿Alguien puede decir, a estas alturas, que el castellano es un idioma único?
-Hay editoriales que no parecen registrar esta diversidad. Hay libros en español muy difíciles de entender.
-Algunos de Anagrama son ilegibles. Es algo que hablé con Jorge Herralde, el director de Anagrama, una editorial que por cierto me agrada mucho. Podrían adoptar no sé si un castellano neutro, pero al menos no el argot de los barrios bajos de Barcelona. En el caso de Trainspotting, que es uno de los más notorios, Herralde argumentó que la película Trainspotting en Inglaterra se daba con subtítulos en inglés para que la gente entendiera la jerga de estos personajes del submundo de la droga. Entonces el traductor de Anagrama lo había traducido bajo la jerga de los traficantes en Cataluña.
-Raro.
-Sí. Creo que es una especie de ombliguismo, de considerar que la lengua de los españoles es la verdadera y las latinoamericanas son variantes falsas. Nosotros, en el caso de la ficción, tratamos de traducirla al castellano argentino y, si no hay más remedio, al de Buenos Aires. Pero si es un ensayo, buscamos un idioma más neutro, que se pueda entender bien en todo el mundo hispanohablante.
-¿Es cierto que John Berger quiso que lo tradujeran al porteño?
-En realidad hubo una cosa muy especial. En su fantasía de izquierdismo infantil de tipo talentosísimo y brillante, él quería que hubiera una edición rioplatense de su novela King, que transcurre en una villa miseria y está contada por un perro. Él creía que si se traducía al castellano del Río de la Plata las clases populares leerían la novela. Nosotros aceptamos, pero Carmen Balcells, que es su representante y no da puntada sin hilo, quiso colocarnos un combo con otros dos libros muy antiguos de Berger, y ahí no lo hicimos. De todos modos, hemos publicado dos libros suyos, Mirar y Cada vez que decimos adiós, y hemos mantenido una correspondencia muy linda con su mujer. Todo por fax.
-¿Fax?
-Berger es muy especial. Vive en los Pirineos y... Es gracioso. Una vez el Consejo Británico quería invitarlo a la Argentina y nos pidieron el número de fax y él respondió que quería venir, pero preguntó si podía hacerlo en barco porque no creía que esos viajes tan largos pudieran hacerse en avión y porque decía que la aviación comercial era una especie de ideología que se le imponía a la gente... Un poco de delirio. Por cierto: Berger ya tiene correo electrónico.
-¿Y usted cómo se lleva con Facebook, Twitter, las novelas en 140 caracteres?
-Eh... No, no fumo.
-El avance de Internet supone, entre tantas cosas, una gran piratería. ¿Cómo lo resuelven?
-Hemos tenido éxito con un portal francés que había puesto los libros de Quino con el argumento de que no sabían que había derechos sobre esos libros. ¡Absurdo! Luego tenemos una causa contra Taringa! porque han metido una cantidad de libros que tienen derechos. Y ha ido prosperando. Y después está esto (toma una pila de libros). Esto que ves acá son libros pirata con la factura de compra. Los voy a llevar en los próximos días a Tribunales. De Operación Masacre hay ediciones hasta más lindas que la auténtica, pero los de Fontanarrosa son tan espantosos que les haría un juicio por piratería y otro por mal gusto.
Divinsky muestra las réplicas y luego invita a bajar al subsuelo: el vergel de los originales; la nave nodriza de esta casa. En el sótano de Ediciones de la Flor hay anaqueles morrudos con infinitos libros que nombran la literatura en términos numéricos pero también cromáticos: acá hay muchos ejemplares -de Liniers, Fontanarrosa, Maitena, Quino- y hay un derrame de colores vivos.
Un tiempo atrás, la escritora Luisa Valenzuela bajó, miró y tuvo un ataque.
-Le agarró como una fiebre -dice Divinsky-. "Ay, qué lindo, ¿puedo agarrar uno?", dijo. Pero no podía parar, se quería llevar todo.
Lo naranja, lo azul, lo violeta, lo verde.
-Todo -repite Divinsky.
Y cuando dice "todo", habla -parece hablar- no tanto de los libros como de la felicidad.