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sábado, 28 de mayo de 2011

ENAMORADAS DEL MURO

LA NACIÓN, Buenos Aires, Enfoques, 28May11
De las admiradoras de Robledo Puch al club de fans de Charles Manson; de Berta "Pochi" André, hoy pareja del odontólogo Barreda, a las chicas seducidas por Fabián Tablado, el de las 113 puñaladas contra su novia Carolina Aló. El fenómeno de las mujeres que se enamoran de criminales presos excede los casos más famosos y se extiende a través de clasificados y páginas de Internet. Buscan a los reclusos, les escriben cartas y mails o responden a sus mensajes y avisos. Qué hay detrás de estas historias de amor, de locura y de muerte
Por Fernanda Sandez


/ FOTOS DE SHUTTERSTOCK / ARTE DE TAPA: SILVINA NICASTRO
De todos, ése. El que vive atrás del paredón, sorteando la reja, la requisa, las miradas de los guardias. Ese, justo ése. El asesino, el violador, el secuestrador convertido ahora en un preso más. No, no hay aquí Abelardos ni Eloísas, ni gente detenida por pensar distinto. No. Hay hombres arreglando sus cuentas con la ley y mujeres que -adrede o por azar- van hacia ellos. En el medio, un mar de cartas (o e-mails o chats) en donde viaja algo parecido a un corazón. Una flecha de fuego volando hacia el otro lado del muro. Casi siempre son ellos los que hacen el primer movimiento y ellas las que se sienten interpeladas por un Cupido extraño.

Un Cupido tumbero. "Me llamo Claudio G., 38 años, y si pensás que podemos compartir momentos imborrables dejando atrás el pasado, pensando en el amor, dejame entrar en tu vida. Si como yo conocés la soledad y la falta de afecto, espero tu carta. Marcos Paz, Módulo 2, Pabellón 6", publica la sección Correo de lectores de la revista Semanario. Y ahí está todo: la promesa de "momentos imborrables", el pasado pisado, el amor en germinación. En el caso de los detenidos "célebres", sin embargo, el circuito se invierte y son ellas las que toman la iniciativa. Rodolfo Palacios es periodista y autor, además, de dos libros enrejados: El ángel negro , sobre Carlos Eduardo Robledo Puch, y Pasiones que matan . Ha pasado en la cárcel el tiempo suficiente como para saber que el amor es una planta de hábitos curiosos; a veces se da mejor en la oscuridad y otras, al resplandor de la celebridad mal entendida. "Para que te des una idea: en una de las etapas finales de su proceso, los jueces ven que Robledo Puch está escribiendo en pleno juicio. Pensaron que era su alegato pero no. Estaba contestando cartas de mujeres. Incluso hace poco le escribió una chica porque había visto fotos de él cuando era joven y le había parecido lindo. De hecho, Charles Manson tiene club de fans, al igual que muchos otros asesinos seriales", cuenta.

Poderosa Afrodita

Cualquiera que haya recorrido alguna vez calabozos de comisarías sabe que las paredes hablan. Que -en birome, en tiza, en fósforo quemado- gritan de desesperación. Y que allí, entre promesas a la virgen y puteadas a la policía, brotan juramentos a marianas y cinthias. Cosas anotadas en medio del apagón, y como se respira. Algo de eso, de esas verdades que alumbran lo oscuro, aparece también en los amores encarcelados.
El momento del desamparo suele ser también el de la confesión. Y de allí a la idea -frecuente en el discurso de las enamoradas del muro- de haber accedido a una parte secreta del otro. Su costado de luz. Como en los boleros, aquí también la gente "nace" cuando (por obra y gracia de la poderosa Afrodita) alguien logra verlo a través del expediente, la sangre, las puñaladas. "Mientras a mí no me afecte y no vuelva a hacer cosas raras, el pasado no importa. Yo le digo a Barreda que se deje de joder y que empiece a vivir la vida", le confesó Berta "Pochi" André (pareja de Ricardo Barreda) al periodista Gastón Rodríguez en la única entrevista que dio hasta ahora. Ya no da más. "La señora Berta está afuera, de viaje. No la van a ver más por un bueeen rato", respondió una voz de mujer mayor al llamado de LA NACION. Pero no fue la única. Especialmente cuando se trata de casos de esos que los diarios llaman "resonantes", las enamoradas del muro hacen mutis. No atienden, no escriben, no están. Tan secretas como una flor de invernadero. "El arquetipo de esta historia es la Bella y la Bestia: el salvaje redimido por el amor de una mujer a quien, en realidad, su negación y su omnipotencia la exponen a acercarse a un hombre del que resto del mundo escaparía", advierte Faur. Pero el mundo no son ellas. Ellas no escapan, no corren. Y, si lo hacen, es exactamente en sentido contrario, al encuentro de ese ser roto y oscuro. "Sos la luz que alumbra, en mi oscuridad", dice la zamba que José Chango Rodríguez le escribió a su mujer estando preso. Y seguramente también eso -una luz- es lo que quiso ser Celeste Hazan cuando, casi adolescente y ya con una infancia deshecha sobre sus espaldas (pasó por la ESMA, y su familia fue diezmada por la dictadura), comenzó a cartearse con detenidos. Terminó conociendo a Claudio Alvarez y enamorándose de él, por entonces preso por homicidio y violación. Tuvieron un bebé, se mudaron juntos. Pero todo terminó mal: en diciembre de 2005, Alvarez (en ausencia de Celeste y de su hijo) atacó una vez más. Violó y mató a una mujer, violó y creyó haber matado a su hija, de trece años. La Bella terminó con la vida aún más rota, la Bestia en la cárcel. Y vuelta a comenzar. "Con él me siento muy protegida. Es muy tierno y dulce", le confesó años después a Palacios Natalia Lizarraga, por entonces novia de Alvarez, a quien había conocido en un chat telefónico. "Le pregunté si sabía quién era él", cuenta Palacios. "Me dijo que había leído el caso, pero que como él le había dicho que era inocente, ella le creía". La vida según la enamorada del muro es eso: un acto de fe. Lo mejor está por venir. Lo otro no estuvo nunca.

Romeo encadenado

Edmond Locard fue el primero en hablar de las mujeres atraídas por los criminales y hasta bautizó su raro mal: enclitofilia, o inclinación por el encierro. Mejor dicho, por los seres que pueblan ese encierro, a los que ellas se sienten llamadas a "liberar".
"Las enclitofílicas no tienen un perfil psicológico definido, pero lo central en ellas es la fantasía", dice el psiquiatra forense Miguel Maldonado, perito de parte en el caso Barreda. "Son como surfistas del amor: buscan las olas más altas y peligrosas. Pero ese rasgo de querer "abuenar" al otro no es sólo propio de las enclitofílicas, sino más bien algo típicamente femenino", sostiene. Tal vez por eso, mucho después de Locard, comenzó a hablarse del Síndrome de Florence Nightingale, una definición bastante más amable de quienes entienden al amor casi en términos de autoinmolación. De volverse, ellas mismas, una antorcha que guíe al extraviado. Ellas serán la "dama de la lámpara" (que es justamente como le decían a Nightingale), abriendo las tinieblas para que pase su amor. Para Enrique Foyo, médico legista, "el gesto de redención es a veces muy manifiesto. Ven al otro como la 'víctima de un sistema' y se solidarizan con él. Pero no racionalizan nada, justamente porque el victimario no modifica su conducta y eso es lo que no se tolera". Sin embargo, desde luego que no todas las mujeres que terminan de la mano de un detenido son exponentes de tal o cual patología. A veces es otra cosa, y se llama soledad, fragilidad. Amor, incluso. Lidia - en pareja con un detenido- ni lo duda. Según ella, "no hay amor más incondicional que éste, porque no es una pavada verse una vez por semana, pasando frío, calor, lluvias, requisas, esperas. No todas están dispuestas a pasar por eso, aunque también están las cazachorros, que es como se les dice en la cárcel a la mujer que busca a algún pibe que siga robando porque sabe que siempre la va a tener como a una reina". Gustavo Hazan (ex productor ejecutivo del programa Cárceles, que llegó a medir 20 puntos de rating) da fe de eso. Sabe del furor desatado por la sección Clasificados del programa, en la que los presos se presentaban buscando pareja. "Aparecían tres o cuatro por programa y la respuesta era increíble. Al otro día llegaban cincuenta mails por tipo. A las minas que iban a buscar a estos muchachos lo que ellos habían hecho antes no les importaba nada. Hasta tuve problemas con el director de la cárcel, porque después del programa comenzaban a caer chicas al penal buscando a tal o cual pibe", comenta. ¿Y aquello de las cartas, entonces? Persiste, pero casi como un gesto romántico. "Ahora se usa poquísimo", cuenta Ana, quien pide reserva de su identidad. "Tardan mucho y a veces no conseguís estampillas. Las personas se conocen o por medio de un pariente o de un amigo, pero sobre todo por el chat telefónico. Adentro hay teléfono de línea que anda con tarjetas. ¡No sabés la plata que se hace telefónica con los penales! Son un promedio de $200 por persona por semana", explica.

La duda
Como en un invernadero, en el marco de estos amores sin ventanas cada palabra suele volverse hipérbole. Y crea un mundo: la vida futura, felicidades sin hilachas, el nombre de los hijos. El porvenir. Dice la carta: "Cenicienta de mi vida, osita de peluche, corazón con patas: vistes (sic) que pese a todos los obstáculos, a la distancia y a las circunstancias el amor de nosotros pudo más, porque este amor de nosotros es el más grande, el más dulce, el más sufrido y el más maravilloso de todo el mundo. ¡¡¡Qué digo mundo, de todo el Universo!!!". Abajo, el dibujo de un oso de peluche y una firma: Faby. A la hora señalada, el tal Faby fue igual de exagerado y desbarrancó para el lado del récord: 113. Esas fueron las puñaladas (con tres cuchillos, primero; con un formón, después) que Fabián Tablado (el Faby de la carta del osito) le asestó a Carolina Aló, la chica que sonríe para siempre desde su foto en trenzas. Tablado fue condenado a 24 años de prisión. En el medio, se hizo universitario. Y evangélico. Estuvo de novio algunas veces. Una de ellas, con una mujer madre de cuatro hijos y "hermana de religión", llamada Gabriela Palavecino, hoy imposible de ubicar. No es casual. "Ella se escondió. Me contactó cuando empezó a temer por su vida", apunta Edgardo Aló, padre de Carolina. "Pero antes de desaparecer me dio las cartas que le escribía Tablado. ¡Y son calcos! Dibuja el mismo oso, los hijos, todo exactamente lo mismo. Carolina, la Palavecino, la nueva, son todas iguales. Ellas dejan de ser mujeres para ser posesiones de él. Y si dicen que no?". En la cárcel, Tablado finalmente conoció a Roxana Vallejos. Se casaron y hoy tienen dos hijitas. Una de las pocas fotos públicas de Roxana la muestra de espaldas y entrando a la casa de sus suegros en Tigre. La misma casa en donde su marido, en mayo de hace quince años, persiguió y apuñaló a Carolina. ¿Qué le lleva a estas mujeres a pensar que esta vez todo será distinto? Tal vez no sólo un cuadro psíquico determinado, sino también cierto discurso social sobre el amor y sus infinitos poderes. La certeza de que "es más fuerte" le asigna a cada uno de estos episodios un lustre de cuento. "Pero es sólo eso: una ilusión porque puertas afuera ese hombre sentirá que no quiere más deudas, aunque la mujer sienta que él le debe la vida", advierte Faur. "Ese fue el caso de una mujer enamorada de un preso que había sido secuestrador y homicida", acota Maldonado. "Logró sacarlo de prisión y se lo llevó a vivir a la casa. Al final, se separaron. Este es un caso claro de parafilia: ella estaba enamoradísima, pero después de que él salió, todo se fue a pique". Se acabaron, juntos, la epopeya, el espejismo y el deseo. Será que fuera del invernadero todo recupera su tamaño normal. Sus buenas maneras. Hay desayunos y cuentas a pagar. Romeo mira tele, Julieta pica cebolla. Y no hay amor que pueda contra eso.
© LA NACION

PERFIL

Son mayoritariamente mujeres.
Son muy dependientes. Muestran fragilidad emocional.
Se deslumbran con la "popularidad" de su pareja criminal.
Prima en ellas el pensamiento mágico (no racionalizan porque desde la razón su conducta se revelaría inexplicable y peligrosa).
Aparecen fantasías de poder ("lo voy a domar").
Presentan rasgos infantiles, como lo es encapricharse en una relación así.
Asesoró: Dr. Enrique Foyo, médico legista
PRESO DE TU AMOR

Doce años atrás, Jacqueline Wilcox Bayley publicó el que tal vez sea el primer libro de no ficción en hablar de las enamoradas del muro. Se llamó Dream Lovers: Women Who Marry Men Behind The Bars (" Amantes ideales: mujeres que aman a hombres tras las rejas ") ,y por sus páginas desfilan casos felices, inexplicables y también trágicos. Entre estos últimos, el de dos devotísimas hermanas llamadas Avril y Rose. Ambas estaban casadas cuando conocieron -y se enamoraron- de reclusos. Se divorciaron y se casaron con sus nuevos novios. Cuando estos salieron de prisión, una fue muerta a martillazos por su nuevo marido; la otra, torturada y mutilada por el suyo. Pero el libro da cuenta, también, de muchas historias sin final ensangrentado. Por caso, el de David Shearing y Heather Ennis, quien se casó con él sabiendo que había matado a seis personas, incluidas dos niñas.
En Women Who Love Men Who Kill ("Mujeres que aman a hombres que matan") , es otra mujer -Sheila Insenberg- quien pone el foco en los amores carcelarios y cree descubrir en muchos de ellos puro apetito de notoriedad. Habla de "groupies de asesinos seriales" para referirse a los centenares de mujeres que les han escrito con intenciones románticas a personajes como Charles Manson o Ted Bundy, un asesino tan violento como hermoso. Mató a treinta mujeres y terminó casándose en prisión con otra, llamada Caron Ann Boone. Richard Ramírez es otro de los asesinos seriales que -condenado y todo- tampoco tuvo problemas en encontrar a alguien a quien querer. Se llama Doreen Lioy y no titubeó en dar el "Sí" en la cárcel de San Quintín, aun sabiendo que la mano en la que colocaba el anillo de bodas había violado y desmembrado a trece personas en rituales satánicos.
HASTA QUE LA MUERTE NOS SEPARE
En Estados Unidos, el mercado de los corazones solitarios tras las rejas lo lideran dos grandes sitios de Internet. Uno es www.WriteaPrisoner.com y el otro es www.prisonpenpal.com . En los archivos del primero están registrados los perfiles de casi 6000 reclusos con detalle de la cárcel donde están cumpliendo su pena, el delito que se les imputa y hasta la fecha estimada de liberación, cuando la hay. Y la mayoría de ellos publica, cómo no, una foto suya y un breve perfil de presentación. Es curioso ver hasta qué punto la lógica del marketing atraviesa este sitio, en el que cada nuevo candidato a recibir correspondencia aparece con una indicación de "¡Nuevo prisionero!", como quien anuncia la llegada de un par de jeans de la última temporada. Si bien ambas páginas electrónicas se definen como organizaciones que buscan una mejor calidad de vida para los presos, a cada uno de ellos se le cobra una pequeña tarifa por publicar un anuncio personal. En el caso de www.prisonpenpals.com el sistema es similar, con la diferencia de que allí los detenidos pueden -pagando lo que corresponda, claro- optar por un aviso de oro o de platino que los destaca entre los demás. Lo que figura en el perfil de todos es la raza, la religión, el motivo de la condena y, además., qué es lo que buscan: mujeres, asesoramiento legal o directamente ayuda económica. En Argentina no existe ninguna página parecida a estas y todo se maneja a la vieja usanza. Según Gustavo Batista, jefe de prensa del Servicio Penitenciario Bonaerense, "lo que hay son muchas presentaciones personales. Por ejemplo: a los presos llamados 'parias', que son los que no reciben visitas, un compañero puede invitarlo a compartir su propia visita. O bien ofrecerle a traer a alguien que lo visite a él, tal vez una prima o una amiga de su propia novia. Y así es como se van armando parejas", precisa.

NOTA DE CLAVE 88: Los hermanos Schoklender, ¿no han sido considerados por que no tienen enamoradas, o porque no les da la talla de parricidas?
Quizás hasta podría haber discriminación…

viernes, 19 de marzo de 2010

PARANOIA

La Nación, ADNCultura, Buenos Aires, Argentina, 30Ago08
¿Hasta qué punto una serie televisiva moldea y condiciona la manera de ver la vida cotidiana? La respuesta que sugiere el notable escritor mexicano es contundente: después de ver 24, no se puede volver a confiar en nadie
FOTO: Juan Villoro
Por Juan Villoro
Para LA NACION
El conteo comienza: 12 p. m.


El conteo comienza: 12 p. m.
Llegué a la cita y encontré la mirada insomne que a últimas fechas encuentro en muchas partes. Jacinto Van Beuren, coguionista de un proyecto en el que me embarqué a última hora, había pasado varias noches en vela viendo un DVD tras otro de la serie de televisión 24 . Lo mismo me ocurría a mí. No recuerdo otro programa tan adictivo, capaz de alterar tanto la conducta y la percepción de la realidad.
24 narra una historia de acción pura en el perturbador ritmo del tiempo real. Durante un día, el agente Jack Bauer vive acribillado de intrigas. En esa jornada sin tregua, la paranoia se convierte en la forma elemental del sentido común. Sólo sobrevive quien sabe desconfiar. Poco importa que un fleco de la trama carezca de lógica; los sucesos se precipitan a tal velocidad y con tal sentido de la urgencia que el espectador no tiene otro anhelo que llegar al final. 24 exige ser vista con el angustioso impulso de los fugitivos: la única forma de sobreponerse a la presión es seguir adelante.
La atmósfera de la serie depende de la amenaza terrorista. En un planeta donde la guerra ha perdido las nociones de línea de fuego, retaguardia y tierra de nadie, el espanto puede surgir de cualquier parte. A diferencia de otros combatientes, el terrorista no busca ganar sino persistir. Su estrategia no es la del triunfo sino la del daño. Uno de sus recursos básicos consiste en infiltrar al enemigo para afectarlo en mayor proximidad. Por eso el combate del terrorismo implica una doble defensa: contra el adversario y contra los compañeros que pueden estar a su servicio. En esta encrucijada nada es tan difícil ni peligroso como creer en alguien.
La influencia social de 24 es decisiva para entender lo que me pasó con Van Beuren. Nos habían pedido que hiciéramos una adaptación del episodio de los gemelos prodigiosos del Popol-Vuh , libro sagrado de los mayas. Como la mayoría de los proyectos cinematográficos, nadie sabía si éste se llegaría a filmar pero el guión se necesitaba para ayer. Unos productores norteamericanos confiaban mucho en el México prehispánico porque habían visto la película que Mel Gibson rodó en maya. Mis credenciales para participar eran las siguientes: mi madre es yucateca, escribí un libro de viajes por la península y me gusta el fútbol (los gemelos del Popol-Vuh practican el juego de pelota y para los productores eso tenía que ver con el soccer ). Por su parte, Jacinto tenía a su favor haber estudiado antropología, ser chiapaneco y escribir con solvencia en inglés. Mi colega adquirió esta última destreza en Los Ángeles, donde se dedicó a la dianética durante algunos años.
Nos pareció estupendo trabajar de noche. Habíamos visto suficientes películas policiacas para envidiar la energía de quienes luchan a deshoras. Antes de reunirnos hablamos por teléfono. Jacinto ofreció llevar un estupendo café de Tapachula.
Al llegar a la oficina, respiré el aroma del café. Me serví la primera de las muchas tazas que esperaba convertir en episodios de película. El café me supo raro, pero no dije nada. De cualquier forma, cometí un error protocolario. Le pregunté a Jacinto si le gustaba la serie 24 . "¿Cómo sabes?", se mostró extrañado. ¿Debía contestarle que se veía tan desvelado como el agente Jack Bauer? Sus ojeras eran tan preocupantes como las mías. Me limité a comentar que se trataba de la serie de moda. "¿Crees que me gusta lo que está de moda?", preguntó con un filo agresivo. Respondí que a veces lo magnífico se pone de moda. Esto no lo tranquilizó.
"¿Todavía te odian en Yucatán?", me vio como si dispusiera de información confidencial. El tema podía ser delicado. Los productores se habían interesado en mí por mi libro sobre Yucatán, pero algunos lectores habían sentido que yo ridiculizaba a la gente del lugar sin conocerla. Como no quise entrar en esa polémica, dije una frase del general Torrijos: "Uno escoge a sus amigos pero no a sus enemigos". "¿Te gusta el café?", me preguntó. Sabía a sopa de ratón. "Está buenísimo", bebí un largo trago para confirmarlo y me despellejé el paladar. "Lo compré en Coyoacán -informó él-. Se me acabó el café de Chiapas y traje esta porquería". Entonces recordé que los grandes grupos de rock convierten sus pleitos en música. Nuestro guión tenía futuro.
Van Beuren había ordenado la trama del Popol-Vuh en estampas, al modo de un cómic. El recurso era útil para situar las escenas. Ahora necesitábamos encontrar el tono de la narración. "Me han dicho que eres bueno para eso", Jacinto metió una cuchara en su taza y la hizo girar con parsimonia, en espera de que yo comentara algo. "¿Soy bueno para tener un tono?", le pregunté. "Eso dicen", contestó, como si se tratara de una habilidad parecida a la de depilar cejas.
Me asomé a la ventana y vi una camioneta blanca. Recordé la película Traffic . La camioneta podía estar llena de radares para captar nuestra conversación. ¿Estábamos en una oficina de seguridad o en una oficina cualquiera? ¿De dónde salía Van Beuren? ¿Me estaba alterando con una técnica dianética o simplemente era insoportable?
Encendí la computadora en la página de Google. Busqué "Jacinto Van Beuren". Nada. En una esquina de la pantalla vi la agenda electrónica que me envió mi amigo Philippe. Un directorio muy completo de escritores. Ahí sí estaba Van Beuren. Anoté su teléfono. ¿Era tan mal guionista que no había alcanzado una mención en Google?
A las 2:32 a. m. Jacinto fue al baño. No eran horas para hablar por teléfono pero yo estaba ante una emergencia antiterrorista. Marqué el número que había copiado de la agenda electrónica. Una voz pasmosamente despierta me informó que Jacinto Van Beuren ya no vivía ahí. No vivía ahí porque estaba muerto.
Colgué de inmediato, temiendo que mi llamada fuera interceptada.
Si Jacinto Van Beuren había muerto. ¿Quién era la persona que salía del baño y se me quedaba viendo? "Te tiemblan las manos", dijo.
"Es por el café", contesté.
El conteo se detiene: 12 a. m.
El homo videns se deja influir por lo que mira. Esto cobró especial relevancia a las 3:23 de la mañana. Me encontraba en una oficina para escribir un guión sobre el Popol-Vuh . Mi coguionista se había presentado como Jacinto Van Beuren y yo acababa de averiguar que la persona que respondía a ese nombre estaba muerta. A esas alturas no había lugar para las simples coincidencias. Descarté la posibilidad de que el verdadero Jacinto Van Beuren tuviera tocayos. Estaba ante un impostor. Tuve ganas de decir que yo era Jack Bauer, agente antiterrorista, pero me contuve. No podía revelar mis cartas.
Fui al baño y me lavé la cara con agua fría. Me vi al espejo: "Has visto demasiada televisión; estás grave", me dije, pero no sirvió de nada.
El café se había enfriado en mi taza. Sabía aún peor que antes. Sentí un leve mareo. Jacinto no había bebido nada después de su primer sorbo. ¿Por qué anunció tanto que llevaría café? ¿Me estaría envenenando? No: yo no le servía muerto; me necesitaba vivo; subordinado, pero vivo.
Después de discutir por una escena de persecución, me preguntó: "¿No tienes visa para Estados Unidos, verdad?" Era cierto, mi visa estaba vencida. Se lo había dicho a uno de los productores. En caso de que hubiera una reunión en Los Ángeles, yo no podría asistir. Esto le daba ventajas a Jacinto. Aprobó mi idea para la secuencia de persecución. Tal vez lo hizo porque podría modificarla en una reunión en Los Ángeles.
A las 5:56 me atreví a preguntarle si usaba seudónimo. "A veces -respondió-, cuando el trabajo me avergüenza." Nos volvimos a dirigir la palabra a las 6:25. ...l trabajó más que yo. Me dediqué a vigilarlo y a pensar en su seudónimo.
No tengo teléfono celular y aproveché que él se agachó a recoger una galleta para quedarme con el suyo. Fui al baño y le hablé a mi amigo Philippe. En voz bajísima le di el teléfono del "otro" Van Beuren y le pedí que averiguara cuándo y de qué había muerto. "¡Son las 6:48!", protestó, como si eso importara. "Si no hablas, estas palabras serán las últimas que oigas", colgué con manos trémulas. Me pregunté si Jacinto podría rastrear la llamada que yo acababa de hacer. De cualquier forma volví a hablar con Philippe. "No me pude comunicar, está descolgado", informó. Aunque podían haber descolgado para evitar más llamadas a deshoras, temí que mis imprecisos enemigos hubieran entrado en casa de Van Beuren.
Regresé a confrontar al falso Jacinto. "Estuve revisando Internet", me dijo en tono acusatorio. Desvié la vista a un grueso libro de historia de los mayas. Jacinto lo había consultado para sacar datos. Un regusto amargo me subió a la boca. El guionista me había dado un café infame y quizá tóxico, y el verdadero Jacinto Van Beuren estaba muerto. Eran las 7:13 y las manos me temblaban. Actué obedeciendo un impulso ciego. Tomé la historia de los mayas y me lancé sobre Jacinto. Lo golpeé con el lomo, abriéndole la mejilla. Arranqué una hoja y la presioné sobre su sangre para tener una muestra y poder identificarlo. "¿Quién eres?", le pregunté.
Jacinto logró zafarse: "¡Estás enfermo!", gritó. Luego señaló una página de Internet: "Te estoy investigando. Hoy tienes que entregar un artículo para adn CULTURA. Es jueves, publicas los sábados. No has dormido en toda la noche. No has ayudado en nada en el guión. Estás pensando en otra cosa. ¿Por qué propusiste que trabajáramos hoy?", preguntó. "Yo no lo propuse", contesté. "¡No mientas! Te dije que nos viéramos mañana, pero insististe en que fuera hoy. Sé cómo operas: no tienes información fresca, has salido del circuito, tus fuentes han dejado de confiar en ti, la presión te está afectando: necesitas un tema para un artículo, lo del guión no te interesa", me vio con ojos encendidos. "¡Jacinto Van Beuren está muerto!", lo confronté. Con inquietante sangre fría me dijo: "¿Y?" "¿Por qué usas su nombre?" "Soy poeta. Me da vergüenza escribir guiones. Jacinto era amigo mío", y añadió, con resignado desprecio: "...l se hubiera conformado con esto", hizo una pausa, se tocó la mejilla: "¿Tenías que partirme la cara? ¿Tan desesperado estás? ¿A qué hora cierran en adn CULTURA?"
Le pedí disculpas pero advertí que un objeto le abultaba la cintura. Me sorprendió no haber notado antes su pistola. "¿Estás armado?", señalé el bulto. Se levantó la camiseta y mostró el estuche de su celular. Le volví a pedir disculpas. Luego pensé en su capacidad de manipulación y dije: "Has visto demasiados programas de 24 ". "¿ Yo he visto demasiados programas?", tomó un abrecartas y se acercó hacia mí: "No me hables golpeado, Jack Bauer. Estás aquí para buscar un artículo. Nunca quisiste escribir el guión", sentí el abrecartas en mi yugular.
A partir de las 8:22 estuve de acuerdo en todo con Van Beuren. ...l me dio el tema de este artículo. Juro que no se me había ocurrido antes. Su estrategia fue infame y perfecta: desvió mi atención para quedarse como único guionista. Es un conspirador de alta escuela. A las 11:30 me dijo: "Son las 11:30". Esto significaba que en media hora iban a ir por el guión. "Muéstrame lo que has hecho", Van Beuren sonrió: mis apuntes eran un desastre. Había pasado la noche en blanco sin hacer otra cosa que desconfiar de él.
"Es mejor que entreguemos mi versión y quedes fuera del proyecto. Estás a tiempo para entregar en adn CULTURA; si no escribes de esto estás liquidado." Pensé en otros temas. Todos eran pésimos. Me rendí a las 12 a. m. Mi tiempo con Van Beuren había terminado.
Terminé este artículo a las 19:20. A pesar del cansancio tardé en dormirme. "Es el café -me dije-, el café de Jacinto Van Beuren." A las 24 horas, poco antes de entrar en el sueño, escuché una voz en mi cabeza: "Soy el agente Jack Bauer y éste es el día más largo de mi vida".

martes, 29 de diciembre de 2009

PENSAMIENTOS INCORRECTOS: UNA MUJER DESNUDA

La Nación, Buenos Aires, Argentina, 29Dic09
Por Rolando Hanglin



- Hola, Beatriz. ¿Dónde vas a pasar la Navidad?
- En casa de mis suegros. Bah... Mis ex-suegros. Yo los sigo llamando así porque son los abuelos de mis hijos. Son mi familia.
- ¿Y tu ex -marido?
- ¿Qué tiene?
- ¿Va también a la fiesta?
- ¡Noooo! El no.
- Ah. Pero... ¿Tus hijos ven al padre?
- ¡No, hace once años que no lo ven!
- Qué pena. ¿Y vos no pudiste hacer nada?
- ¿Para qué?
- Para que los chicos vieran a su padre, aunque sea en Navidad, o en los cumpleaños...
- Ah no. Yo no hice nada para favorecer eso. ¡Lo único que faltaba! Yo soy buena, pero no tan, tan buena...
- Tal vez sería saludable para tus hijos.
- ¿Y qué querés que le haga, si el tipo los agarró un día y les dijo que se iba a vivir con otra mujer, y que la otra estaba por tener un hijo y que de acá en adelante no contaran con él? Ni para la plata ni para nada...
- ¿Hizo eso?
- ¡Claro!
- ¿Y para qué hizo eso? ¿Qué necesidad tenía?
- No sé, preguntale a él. Los chicos tenían tres, cuatro y cinco añitos. Ahora, por suerte, ya son grandes, pero no lo volvieron a ver.
- ¡Qué barbaridad! ¿Y la casa de quién era?
- ¿Qué casa?
- La casa donde vos vivías. Cuando estaban todos juntos...
- Ah, era una casita que le había regalado su papá. Así que cuando se enloqueció con esa chiquilina, no tuvo más alternativa que irse. ¡Era la casa de sus tres hijos!
- Y la casa suya, también. ¿Ustedes estaban casados?
- No. Juntados, nomás.
- Ah!, entonces te regaló su casa. Bueno, le dejó la casa, que era su única propiedad, a sus tres hijos y a la madre de sus hijos. Por eso...
- ¿Por eso qué?
- Por eso les habló así. Les habrá dicho: chicos, yo tengo otra mujer, que está embarazada, y les dejo esta casa para que vivan con su madre. De ahora en adelante voy a tener que alquilar un lugar para vivir y no voy a contar con plata, para nada. Por eso no les voy a poder dar dinero. Ustedes cuentan con su mamá y con esta casa que les dejo...
- ¡Lo hacés parecer un santo!
- No, tanto no. Pero se portó muy bien con vos y con los hijos.
- ¡A nosotros nos abandonó porque estaba encaprichado con una adolescente... y para colmo la embarazó!
- ¿Qué edad tenía la adolescente?
- Diecinueve.
- ¿Y tu marido?
- Veintisiete.
- ¡Entonces eran más o menos de la misma edad! ¿Y ahora siguen juntos?
- Sí, por ahora le dura. No creo que llegue lejos. Tienen dos hijos.
- ¡Ah, son una familia constituida!
- ¡Familia era la que tenía con nosotros! Esto que tiene ahora, aunque esté casado por la ley, es un arreglo... qué se yo... precario. No va a durar, porque él bebe mucho y cuando está borracho le da por pegar...
- ¿Cuánto tiempo lleva con esta mujer?
- ¿No te dije? Once años. Cuando ella vea lo que es este monstruo, lo va a dejar. Además, sigue alquilando un departamentito de mala muerte. Sigue trabajando en un taller mecánico. Un desastre.
- Y para colmo vos le arrebataste la casa, los hijos y los padres.
- ¡Ay, no hables así! Me vas a hacer llorar.
- Es que fijate... él ya vivió con esa adolescente, que es mamá de dos hijos, más años que vos. Porque vos...
- Nosotros estuvimos juntos sólo cinco años. Yo fui madre muy joven.
- ¿Y formaste otra pareja?
- ¡No! Yo soy mujer de un solo hombre.
- Pero ese hombre es borracho, infiel y golpeador. Digamos que sos mujer de... ningún hombre. ¿No es cierto, Beatriz?
- Ahora sí, lo lograste, me hiciste llorar. ¡Machista!

lunes, 27 de julio de 2009

EL PAISAJE INALTERABLE


La Vanguardia, Barcelona, España, 27Jul09
Viaje en autobús a través del territorio luo camino de una Nairobi anclada en el tiempo. Por primera vez veo los tractores de las compañías que explotan la tierra. Cuando iba a Nairobi, el barón mandaba limpiar el territorio de señoras

Ocho horas de autobús entre el lago Victoria y Nairobi.

Es el medio de transporte más usado en un país con escaso tráfico aéreo y con carreteras deterioradas. Es domingo y los poblados lucen un colorido especial por las vestimentas de gentes que acuden a las más variadas iglesias.
Una nota peculiar del viaje son las inmensas hileras de ropa tendida en las laderas que el sol tropical enjuaga en pocas horas. Cuánta ropa lavan las mujeres en África.
Lo hacen a mano, agachadas, con faldas que rozan el suelo y exprimiendo las piezas sobre un cubo de agua que han traído de lejos, habitualmente sobre sus cabezas.
El autobús sale puntualmente de Kisumu y va directo a la capital. Pero se detiene siempre que un pasajero levanta la mano en la carretera y sube silenciosamente para ocupar un asiento mientras que un pillo entra y discute con el conductor el cobro de una pequeña comisión, nada, veinte o treinta céntimos. El autobús sigue, la discusión se mantiene viva hasta que el chófer detiene nuevamente el autobús e invita a bajar al comisionista. Son las pequeñas corruptelas que se desprenden de la corrupción a los más altos niveles.
Se atraviesan grandes extensiones de plantaciones de té y de caña de azúcar. Por primera vez he visto tractores que son propiedad de las grandes compañías que explotan las zonas más fértiles de Kenia.
La pendiente hace renquear a un autocar que lleva más de treinta años trotando por carreteras escasas de asfalto y con respetables socavones. Es territorio luo y el gobierno de Nairobi, siempre en manos de un presidente kikuyo, ha invertido más bien poco en esta parte de Kenia. Las elecciones últimas fueron denunciadas por los luos y se saldaron con más de seiscientos muertos.
Se alcanzó un pacto y ahora hay un presidente kikuyo y un primer ministro luo.
Estas tierras occidentales merecen mayor atención del gobierno.
Se alcanza la cresta del gran valle del Rift, una depresión de casi cinco mil kilómetros que transcurre desde el mar Rojo a Mozambique y que es tierra volcánica y seca. El pronunciado declive es espectacular. En el horizonte se dibujan las montañas que cerrarán la depresión que se prolonga por casi ochenta kilómetros. La piedra y la vegetación de la sabana se extienden por una llanura sin fin hasta la otra cordillera que lleva a las planicies que conducen a Nairobi.
El presidente Obama describe su paso por esta carretera, en su libro Los sueños de mi padre,diciendo que "el árido paisaje estaba salpicado de matorrales, frágiles acacias espinosas y piedras negras de aspecto extraordinariamente duro. Dejamos atrás pequeños rebaños de gacelas. Unas cebras y varias jirafas se adivinan en la lejanía, apenas visibles en la distancia. Por espacio de casi una hora no vimos persona alguna, hasta que, a lo lejos, apareció un pastor masái con un rebaño de bueyes a través de la desértica llanura. Su cuerpo era tan enjuto y recto como su bastón".
Han transcurrido quince años desde que Obama pasó por aquí en busca de sus raíces africanas. Es lo mismo, los mismos animales, las innumerables acacias solitarias que sirven de paraguas para el sol tropical, algún pastor de vacas y el viejo ferrocarril británico, espléndidamente narrado por Winston Churchill cuando era periodista en 1908. A mi lado viaja un respetable señor, maestro de profesión, que me ilustra sobre la riqueza visual del paisaje y me cuenta historias de los colonos británicos que poseían miles de hectáreas que pasaron a manos de los nuevos dirigentes del país tras la independencia en 1963. Su nombre es Andrew Okumu y viene de Mumias, una localidad cercana a la frontera con Uganda.
En la mitad del valle el autobús hace la parada reglamentaria. Mi acompañante y guía desciende para comprar veinte kilos de patatas que le cuestan lo equivalente a cincuenta céntimos de euro. Un vendedor con una gallina viva en cada mano regatea el precio de la pieza. Se ofrece ropa de segunda mano, zapatos gastados y botellas de cerveza de medio litro. Proseguimos hasta la parada oficial de mitad de trayecto y el autobús se detiene en Ukuro, la ciudad principal en el centro del Rift.
Volvemos a empinar la otra vertiente de la depresión geológica. Al llegar a la cúspide se contemplan dos lagos en el valle, y poblados perdidos en la lejanía. El compañero de viaje, persona ilustrada que conoce su historia, me habla de los dos grandes propietarios británicos que adquirieron miles de hectáreas en esta zona de mayoría de masáis.
El tercer barón de Delamere pensaba que África era un país de blancos a pesar de la evidencia de que los negros eran una aplastante mayoría. Adquirió muchas tierras, cultivó maíz, té y azúcar y exportó miles de toneladas de productos a Inglaterra que eran transportados por ferrocarril hasta Mombasa y fletados hacia los puertos de la metrópoli. Ahora sólo queda el nombre.
El otro gran terrateniente ha dejado el nombre y la leyenda. Se trata del cuarto barón Egerton of Tatton, una vieja saga de la nobleza del condado de Cheshire. Era un innovador y un hombre de habilidades técnicas relevantes, un pionero de la aviación, fotógrafo y productor de cine mudo, un motorista y un gran viajero. Se enamoró de una dama cuyo nombre se desconoce, le construyó un castillo que se encuentra a pocos kilómetros de la carretera, no le gustó a la señora, construyó otro tan extravagante que no tenía parangón ni en Inglaterra ni en Francia. La fiesta de inauguración fue la más sonada de la historia de África hasta entonces. Vinieron huéspedes de Zimbabue, de Mali, de Sudán y la aristocracia colonial que le felicitaron por aquel prodigio arquitectónico que todavía se conserva.
Al llegar la pretendida de Europa lo descalificó diciendo que era un museo y un monumento a la vanidad. Lo peor fue que la dama escapó a Sudáfrica con el responsable de la explotación de sus inmensas propiedades y no se supo más de ella. El barón cogió tal berrinche que no quiso ver más a ninguna mujer. Cuando viajaba a Nairobi enviaba a docenas de trabajadores para limpiar el territorio de señoras. Sólo acudía a las recepciones si le aseguraban que no habría señoras. Un excéntrico que hoy estaría en un psiquiátrico. Historias y leyendas de un país que fue dominado y explotado por los colonizadores. El autobús se acerca a la capital. Pasa por los barrios miserables antes de entrar en el caos circulatorio de una ciudad que está casi igual que cuando la visité hace más de treinta años.

miércoles, 27 de agosto de 2008

PERROS DE LA GUERRA DE MALVINAS


TOM - EL PERRO ARTILLERO.
Relato del Cbo 1º VGM Omar Liborio del GA 101 EA

El camión me esperaba afuera, junto a mis soldados y los equipos. Tomé un gran manojo de camperas y me dirigí a la carrera, pero se me cruzó un perro de la base que habíamos criado desde cachorro y me hizo caer. Me levanté maldiciendo, tomé otra vez las camperas y retomé mi camino, pero a los pocos metros otra vez el perro me hizo caer. De la bronca, lo tomé y le dije 'Estás jodiendo, entonces venís con nosotros a Malvinas' y lo subí al camión. Al ver el perro, el soldado Cepeda me preguntó asombrado - '¿Y eso mi Cabo Primero? ¿Como se llama el perro?' Entre risas le contesté - 'Desde hoy se llama Tom, porque vamos al Teatro de Operaciones Malvinas' Al poco tiempo se transformó en el ser mas mimado y querido entre todos, pero debíamos ocultarlo de los superiores, por eso en las inspecciones siempre estaba dentro de algún bolso, campera o saco de dónde solo salía su hocico para respirar. Luego de unos días de espera en Santa Cruz partimos en un Hércules hacia las Islas Malvinas transportando a nuestro personal, dos cañones Sofma, un Unimog y desde luego a Tom, que para esa altura ya era otro soldado movilizado del Grupo de Artillería 101. En Malvinas Tom se comportó como un bravo artillero. Cuando tirábamos con la máxima cadencia de fuego hacia los británicos, él se paraba delante del cañón como el mejor de los combatientes; siempre ladraba y jugaba con aquél que estaba bajoneado en los momentos de calma para darle ánimo; cuando había 'alerta roja de bombardeo naval' era el primero en salir del refugio para buscar a los más alejados y el último en entrar a cubrirse; y muchas veces su instinto canino presintió los bombardeos aéreos antes que se gritara la alarma, lo cual manifestaba con ladridos que ya conocíamos. Compartía con nosotros la comida y los soldados le fabricaron un abrigo con los gorros de lana y bufandas.
El 11 de junio, a las 11:15 hs, un avión pirata se lanzó frenéticamente sobre nuestra posición bombardeando nuestro cañón y haciéndolo estallar, nosotros corrimos a cubrirnos y Tom, como siempre, parado sobre una roca ladraba dando la señal de alerta.
El avión efectuó otra pasada, esta vez ametrallando con furia nuestra tropa que repelía el ataque con fusiles, en ésta oportunidad varios fueron heridos (yo entre ellos), y Tom, que corría avisándoles a los más distantes fue alcanzado por las esquirlas. El humo y el olor a pólvora cubrieron el lugar. Como pudimos, heridos, buscamos a Tom y lo encontramos tendido sobre una piedra inmóvil, con sus grandes ojos negros mirándonos y despidiéndose lentamente de sus camaradas. Allí quedó para siempre nuestro cañón y el mejor testigo de esta Gesta, nuestro querido Tom. Allá en la fría turba malvinera él es otro bastión argentino, que junto a los héroes que dieron su vida por la Patria , significan soberanía y un especial estilo de vida. Cuando volví al continente, en honor a él, todos los perros que tuve se llamaron Tom y mientras yo viva así lo haré.
Tom en Malvinas fue mi mejor amigo. ¡Y yo... jamás olvido a mis amigos!

jueves, 30 de agosto de 2007

¡CIERTO QUE ES LINDO UN MATE, CHE!


EL MATE Y EL ALMA...
El Zacarías y yo tomamos mate. Siempre. A cualquier hora. Las veces que estuvimos a punto de separarnos, las veces que llegó un hijo nuevo a casa, cuando lo echaron del trabajo, cuando Argentina salió campeón del mundo, cuando se cayeron las torres gemelas. Cuando murió mamá... Entre el Zacarías y yo hubo días sin besos a la mañana, semanas sin dirigirnos la palabra, meses enteros sin juntar los pelos, años larguísimos sin un peso en el bolsillo. Pero no hubo nunca en nuestro matrimonio un solo día sin que él o yo nos sentáramos en silencio a tomar mate.
El mate no es una bebida, corazones de otro barrio. Bueno, sí. Es un líquido y entra por la boca. Pero no es una bebida. En este país nadie toma mate porque tenga sed. Es más bien una costumbre, como rascarse. El mate es exactamente lo contrario que la televisión. Te hace conversar si estás con alguien, y te hace pensar cuando estás sola. Cuando llega alguien a tu casa la primera frase es “hola” y la segunda “¿unos mates?”.
Esto pasa en todas las casas. En la de los ricos y en la de los pobres. Pasa entre mujeres charlatanas y chismosas, y pasa entre hombres serios o inmaduros. Pasa entre los viejos de un geriátrico y entre los adolescentes mientras estudian o boludean. Es lo único que comparten los padres y los hijos sin discutir ni echarse nada en cara. Peronistas y radicales ceban mate sin preguntar. En verano y en invierno. Es lo único en lo que nos parecemos las víctimas y los verdugos. Los buenos y los hijos de puta.
Cuando tenés un hijo, le empezás a dar mate cuando te pide. El Caio empezó a pedir a los cinco. La Sofi a los nueve. El Nacho a los tres. Se lo das tibiecito, con mucha azúcar, y se sienten grandes. Sentís un orgullo enorme cuando un esquenuncito de tu sangre empieza a chupar mate. Se te sale el corazón del cuerpo. Después ellos, con los años, elegirán si tomarlo amargo, dulce, muy caliente, tereré, con cáscara de naranja, con yuyos, con un chorrito de limón.
Cuando conocés a alguien por primera vez, te tomás unos mates. La gente pregunta, cuando no hay confianza:
—¿Dulce o amargo?
El otro responde:
—Como tomés vos.
Yo les escribo siempre a ustedes con el mate al lado del teclado. Leo los comments con el mate al lado. Los teclados tienen las letras llenas de yerba. La yerba es lo único que hay siempre, en todas las casas. Siempre. Con inflación, con hambre, con dictadura, con democracia, con cualquiera de nuestras pestes y maldiciones eternas. Y si un día no hay yerba, un vecino tiene y te da. La yerba no se le niega a nadie. Escribo esto por algo. Hoy llegamos todos de la calle y el Caio estaba tomando mate solo. Nunca antes había tomado mate solo. Siempre con un amigo, con la hermana, o con nosotros. Solo jamás.
Éste es el único país del mundo en donde la decisión de dejar de ser un chico y empezar a ser un hombre ocurre un día en particular. Nada de pantalones largos, circuncisión, universidad o vivir lejos de los padres. Acá empezamos a ser grandes el día que tenemos la necesidad de tomar por primera vez unos mates, solos. No es casualidad. No es porque sí. El día que un chico pone la pava al fuego y toma su primer mate sin que haya nadie en casa, en ese minuto, es porque ha descubierto que tiene alma. O está muerto de miedo, o está muerto de amor, o algo: pero no es un día cualquiera.
El Caio no sabe qué carajo le pasa. No va a recordar este día. Ninguno de nosotros nos acordamos del día en que tomamos por primera vez un mate solos. Pero debe haber sido un día importante para cada uno. Por adentro hay revoluciones. Yo no me acuerdo de mi día. Zacarías tampoco. Nadie se acuerda. Pero hoy el Caio empezó a tomar mate solo. Hoy, 8 de enero del 2004, a la madrugada. Su padre y yo, escondidos en el pasillo, empezamos a mirarlo con respeto.
Mirta Bertotti http://mujergorda.bitacoras.com/2/

miércoles, 11 de julio de 2007

VENIMOS DE OTROS TIEMPOS (II de II)


(Entrega 2 y última)En casa teníamos un mueble con cuatro cajones. El primer cajón era para los manteles y los repasadores, el segundo para los cubiertos y el tercero y el cuarto para todo lo que no fuera mantel ni cubierto. Y guardábamos. ¡¡Cómo guardábamos!! ¡¡Tooooodo lo guardábamos!! ¡Guardábamos las chapitas de los refrescos! ¡¿Cómo para qué?! Hacíamos limpia calzados para poner delante de la puerta para quitarnos el barro. Dobladas y enganchadas a una piola se convertían en cortinas para los bares. Al terminar las clases le sacábamos el corcho, las martillábamos y las clavábamos en una tablita para hacer los instrumentos para la fiesta de fin de año de la escuela. ¡Tooodo guardábamos!
Las cosas que usábamos: mantillas de faroles, ruleros, ondulines y agujas de primus. Y las cosas que nunca usaríamos. Botones que perdían a sus camisas y carreteles que se quedaban sin hilo se iban amontonando en el tercer y en el cuarto cajón. Partes de lapiceras que algún día podíamos volver a precisar. Cañitos de plástico sin la tinta, cañitos de tinta sin el plástico, capuchones sin la lapicera, lapiceras sin el capuchón.
Encendedores sin gas o encendedores que perdían el resorte. Resortes que perdían a su encendedor. Cuando el mundo se exprimía el cerebro para inventar encendedores que se tiraban al terminar su ciclo, inventábamos la recarga de los encendedores descartables. Y las Gillette -hasta partidas a la mitad- se convertían en sacapuntas por todo el ciclo escolar.
Y nuestros cajones guardaban las llavecitas de las latas de paté o del corned beef, por las dudas que alguna lata viniera sin su llave. ¡Y las pilas! Las pilas de las primeras Spica pasaban del congelador al techo de la casa. Porque no sabíamos bien si había que darles calor o frío para que vivieran un poco más. No nos resignábamos a que se terminara su vida útil, no podíamos creer que algo viviera menos que un jazmín. Las cosas no eran desechables. Eran guardables.
¡¡Los diarios!! Servían para todo: para hacer plantillas para las botas de goma, para poner en el piso los días de lluvia y por sobre todas las cosas para envolver. ¡Las veces que nos enterábamos de algún resultado leyendo el diario pegado al cuadril! Y guardábamos el papel plateado de los chocolates y de los cigarros para hacer guías de pinitos de navidad y las páginas del almanaque para hacer cuadros y los cuentagotas de los remedios por si algún remedio no traía el cuentagotas y los fósforos usados porque podíamos prender una hornalla de la Volcán desde la otra que estaba prendida y las cajas de zapatos que se convirtieron en los primeros álbumes de fotos. Y las cajas de cigarros Richmond se volvían cinturones y posamates y los frasquitos de las inyecciones con tapitas de goma se amontonaban vaya a saber con qué intención, y los mazos de cartas se reutilizaban aunque faltara alguna, con la inscripción a mano en una sota de espada que decía "éste es un 4 de bastos". Los cajones guardaban pedazos izquierdos de palillos de ropa y el ganchito de metal. Al tiempo albergaban sólo pedazos derechos que esperaban a su otra mitad para convertirse otra vez en un palillo.
Yo sé lo que nos pasaba: nos costaba mucho declarar la muerte de nuestros objetos. Así como hoy las nuevas generaciones deciden "matarlos" apenas aparentan dejar de servir, aquellos tiempos eran de no declarar muerto a nada. Ni a Walt Disney.
Y cuando nos vendieron helados en copitas cuya tapa se convertía en base y nos dijeron: "Tómese el helado y después tire la copita", nosotros dijimos que sí, pero, ¡minga que la íbamos a tirar! Las pusimos a vivir en el estante de los vasos y de las copas.
Las latas de arvejas y de duraznos se volvieron macetas y hasta teléfonos. Las primeras botellas de plástico se transformaron en adornos de dudosa belleza. Las hueveras se convirtieron en depósitos de acuarelas, las tapas de bollones en ceniceros, las primeras latas de cerveza en portalápices y los corchos esperaron encontrarse con una botella.
Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se desechan y los que preservábamos. ¡ No lo voy a hacer.!
Me muero por decir que hoy no sólo los electrodomésticos son desechables; que también el matrimonio y hasta la amistad es descartable. Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas. Me muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria colectiva que se va tirando, del pasado efímero. No lo voy a hacer.No voy a mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron perenne. No voy a decir que a los ancianos se les declara la muerte apenas empiezan a fallar en sus funciones, que los cónyuges se cambian por modelos más nuevos, que a las personas que les falta alguna función se les discrimina o que valoran más a los lindos, con brillo y glamour.
Esto sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares. De lo contrario, si mezcláramos las cosas, tendría que plantearme seriamente entregar a la bruja como parte de pago de una señora con menos kilómetros y alguna función nueva.
Pero yo soy lento para transitar este mundo de la reposición y corro el riesgo de que la bruja me gane de mano ...y sea yo el entregado. (Fin)
Autor anónimo

lunes, 9 de julio de 2007

VENIMOS DE OTROS TIEMPOS (I de II)


Si no entiendes nada o te aburre lo escrito abajo, es que eres muy joven, entonces, hacedle feliz el día a tus viejos y dadles a leer este magnífico artículo.
Lo que me pasa es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y cambiándolas por el modelo siguiente sólo porque a alguien se le ocurre agregarle una función o achicarlo un poco. No hace tanto con mi mujer lavábamos los pañales de los gurises (en Argentina: pequeños). Los colgábamos en la cuerda junto a los chiripás; los planchábamos, los doblábamos y los preparábamos para que los volvieran a ensuciar. Y ellos, nuestros nenes, apenas crecieron y tuvieron sus propios hijos se encargaron de tirar todo por la borda (incluyendo los pañales). ¡Se entregaron inescrupulosamente a los desechables!
Sí, ya sé. A nuestra generación siempre le costó tirar. ¡Ni los desechos nos resultaron muy desechables! Y así anduvimos por las calles guardando los mocos en el bolsillo y las grasas en los repasadores. Y nuestras hermanas y novias se las arreglaban como podían con algodones para enfrentar mes a mes su fertilidad.
¡Nooo! Yo no digo que eso era mejor. Lo que digo es que en algún momento me distraje, me caí del mundo y ahora no sé por dónde se entra. Lo más probable es que lo de ahora esté bien, eso no lo discuto. Lo que pasa es que no consigo cambiar el equipo de música una vez por año, el celular cada tres meses o el monitor de la computadora todas las navidades. ¡Guardo los vasos desechables! ¡Lavo los guantes de látex que eran para usar una sola vez! ¡Apilo como un viejo ridículo las bandejitas de espuma plástica de los pollos! ¡Los cubiertos de plástico conviven con los de alpaca en el cajón de los cubiertos!
Es que vengo de un tiempo en que las cosas se compraban para toda la vida. ¡Es más! ¡Se compraban para la vida de los que venían después! La gente heredaba relojes de pared, juegos de copas, fiambreras de tejido y hasta palanganas y bacinillas de loza. Y resulta que en nuestro no tan largo matrimonio, hemos tenido más cocinas que las que había en todo el barrio en mi infancia y hemos cambiado de heladera tres veces.
¡Nos están jodiendo!¡¡Yo los descubrí. Lo hacen adrede!! Todo se rompe, se gasta, se oxida, se quiebra o se consume al poco tiempo para que tengamos que cambiarlo. Nada se repara. ¿Dónde están los zapateros arreglando las medias suelas de las Nike? ¿Alguien ha visto a algún colchonero escardando sommiers casa por casa? ¿Quién arregla los cuchillos eléctricos? ¿El afilador o el electricista? ¿Habrá teflón para los hojalateros o asientos de aviones para los talabarteros?
Todo se tira, todo se desecha y mientras tanto producimos más y más basura. El otro día leí que se produjo más basura en los últimos 40 años que en toda la historia de la humanidad. El que tenga menos de 40 años no va a creer esto: ¡¡Cuando yo era niño por mi casa no pasaba el basurero!!¡¡Lo juro!! ¡Y tengo menos de........... años! Todos los desechos eran orgánicos e iban a parar al gallinero, a los patos o a los conejos (y no estoy hablando del siglo XVII). No existía el plástico ni el nylon. La goma sólo la veíamos en las ruedas de los autos y las que no estaban rodando las quemábamos en San Juan. Los pocos desechos que no se comían los animales, servían de abono o se quemaban.
De por ahí vengo yo. Y no es que haya sido mejor. Es que no es fácil para un pobre tipo al que educaron en el "guarde y guarde que alguna vez puede servir para algo" pasarse al "compre y tire que ya se viene el modelo nuevo".
Mi cabeza no resiste tanto. Ahora mis parientes y los hijos de mis amigos no sólo cambian de celular una vez por semana, sino que además cambian el número, la dirección electrónica y hasta la dirección real. Y a mí me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer, la misma casa y el mismo nombre (y vaya sí era un nombre como para cambiarlo).
Me educaron para guardar todo. ¡¡¡Toooodo!!! Lo que servía y lo que no. Porque algún día las cosas podían volver a servir. Le dábamos crédito a todo.
Sí. ya sé, tuvimos un gran problema: nunca nos explicaron qué cosas nos podían servir y qué cosas no. Y en el afán de guardar (porque éramos de hacer caso) guardamos hasta el ombligo de nuestro primer hijo, el diente del segundo, las carpetas del jardín de infantes y no sé cómo no guardamos la primera caquita. ¿Cómo quieren que entienda a esa gente que se desprende de su celular a los pocos meses de comprarlo? ¿Será que cuando las cosas se consiguen fácilmente no se valoran y se vuelven desechables con la misma facilidad con que se consiguieron? (Continuará el martes)
Autor anónimo