Sadismo y Masoquismo. Es del argentino Enrique Anderson Imbert. Es corto, así que lo transcribo:
Escena en el infierno. Sacher-Masoch se acerca al Marqués de Sade y masoquísticamente le ruega: ¡Pégame, pégame! ¡Pégame fuerte, que me gusta! El Marqués de Sade levanta el puño, va a pegarle, pero se contiene a tiempo y con la boca y mirada cruel, sadísticamente le dice: No.
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lunes, 28 de noviembre de 2011
sábado, 26 de diciembre de 2009
CUENTOS Y NOVELAS CORTAS PUBLICADAS EN ESTA PÁGINA

Estos cuentos, salvo uno, LICANTROPÍA, de Don ENRIQUE ANDERSON IMBERT, pertenecen a la pluma de algunos de los amigos que conformamos este cincuentenario grupo que generó Clave 88 y su Suplemento Cultural.
Para acceder a ellos haga clic sobre el título seleccionado.
EL BULULÚ
BEATRICE
CUENTOS VARIOS
NOMEN
OSCURIDAD
UNA BOTELLA AL MAR
VIDA Y MUERTE
Si alguno de nuestros lectores desea publicar un relato de su pluma lo puede poner a consideración de nuestro Consejo de Publicaciones, enviándolos a lasheras1958@gmail.com
Las condiciones son:
-Pueden ser firmados o con seudónimos. Rogamos que los autores especifiquen si desean que se publique alguna dirección electrónica por si alguien desea hacerles comentarios personales.
-Todo comentario que se haga sobre una obra publicada podrá ser subido a esta página como “Comentario de lectores”, siempre que se ajusten a las normas del respeto y buenos usos.
-Como comprenderán nuestros lectores la brevedad es necesaria. En caso de sobrepasar las 1300 palabras deberán ser presentadas las obras divididas por entregas.
-No se admitirán temas que puedan herir creencias religiosas, culturales, políticas o implicar cualquier forma de discriminación.
-En todo caso Clave 88 se reserva el derecho de publicar o no las obras.
-Los derechos intelectuales de cada trabajo corren por cuenta de los autores, no siendo responsabilidad de esta redacción.
sábado, 27 de diciembre de 2008
EL BULULÚ
(Cuento.- Entrega III Y ÚLTIMA)
(CLIC PARA IR A ENTREGA II)
La escena había sido tan impactante para esa ingenua gente, que boquiabierta tardó un instante en reaccionar con gritos de aprobación y un nutrido aplauso.
Mi pánico había dejado lugar al asombro, apretando con ambos brazos las rodillas contra el pecho, mientras intrigado me mordía las uñas. Un vistazo en búsqueda del rostro tranquilizador me convenció de que aún estaba allí, riendo, mientras me hacia gestos de tranquilidad con ambas manos.
El silencio que siguió al aplauso, acompañado por la flauta que había acallado sus sones, le indicaron al bululú que su público estaba ansioso por saber como continuaba la historia.
Aguardó un instante más, y luego, pausadamente, recomenzó su actuación a la vez que la niña interpretaba una melopea apenas perceptible en sus comienzos para continuar en un sostenido crescendo.
La forma fantasmal comenzó a moverse perezosamente bajo la capa, como si tras su velo un cuerpo abandonara el ovillo fetal. Brazos y piernas se insinuaban desplegándose lenta y trabajosamente, a la vez que el cuerpo se retorcía convulsionado girando sobre sí mismo, hasta incorporarse de un salto dejando la capa tendida en el suelo.
El cambio de ritmo de la actuación, la nueva máscara de mono del juglar y sus posaderas adornadas por un largo rabo peludo, arrancaron del auditorio un murmullo de sorpresa.
-Enfurecido el Maligno al ver lo mal que le había salido su creación- dijo el bululú, mientras señalaba la nueva estampa que mostraba a un simio en medio de un paisaje similar a los anteriores- quiso vengarse de su fracaso en el inocente mono, y tomándolo por el cuello le atizó tremenda puñada que dio con el animal por el suelo. Avergonzado el Señor de las Tinieblas corrió a esconder su bochorno en su natural refugio, las profundidades del Infierno, donde permanece aguardando la oportunidad de hacer alguna maldad... –mientras esto decía el bululú se arrancó su máscara y quedó a cara limpia, continuando-¡Así querido y sabio público de Manzanares, queda demostrado que Creador hay uno sólo, y que cuando alguien quiere imitar su obra, sólo logra engendros, tristes remedos que en nada se parecen al original!- mientras esto decía y aprovechando una reverencia de saludo, tomó la capa que estaba en el suelo y en el revoleo para echarla sobre su espalda cambió su máscara por la dorada del primer cuadro, diciendo como cierre- ¡El Diablo quiso hacer un hombre y creó al mono que porta cola para recordarles a todos, la maldad de quién lo puso en este mundo!
Aplausos y vítores del auditorio premiaron al bululú y algunas monedas fueron a parar al cestillo que la niña pasaba presurosa entre los asistentes, aprovechando el entusiasmo logrado por el brillante final. Sentí que la moneda me quemaba en la mano y se me presentó una duda... ¿Premiaba al artista con mi tesoro, o compraba la hogaza?... Sin saber bien porqué, mi dinero fue a parar al fondo de la canastilla y alegre me confundí entre la gente en dirección a donde había visto a D. Diego.
-¿Vas a comprar tu pan?- me preguntó el caballero.
-No, D. Diego.
-¿Haz dado tu moneda al bululú?- D. Diego sin duda ya conocía la respuesta.
-Si- sintiéndome en falta, había bajado la vista.
-¿Y porqué lo haz hecho?
-Porque me gustó lo que hizo, D. Diego... me divirtió y divirtió a todo el pueblo.
-No esta mal premiar el esfuerzo de un artista. Ese hombre lo es, y no lo hace mal. ¡Me gustó la historia que contó!
-¿Porqué no escribís algo sobre ella, D. Diego?- me entusiasmé.
-Tal vez... Aquí tienes otra moneda, ve por tu pan. Yo te esperaré en algún lugar de la plaza.
***
Un ruido sordo me sobresaltó. Arrebujado en el sillón volví a paladear con fruición el sabor de carbernet que persistía en mi boca. Me incorporé a medias en el sillón donde me había quedado dormido, buscando la causa del ruido.
Allí, sobre la alfombra, algo despatarrado estaba “Poesía completa” de Don Diego Hurtado de Mendoza, uno de mis predilectos que seguramente había huído de entre mis dedos cuando envuelto en la sutil verba como por una telaraña, y arropado por el cabernet; el silencio de la siesta; y la dulce pesadez de la digestión, las letras fueron perdiendo las formas duras del plomo que las habían parido.
Lentamente, como en un crisol, se habían fundido en una nebulosa que lentamente dio vueltas en un remolino que nunca llegó a cuajar, haciéndose de pronto luces tenues, sonidos, formas en movimiento que me envolvieron introduciéndome en el mundo mágico del cual jamás hubiera querido salir.
Última entrega
Diciembre 2008, a 50 años de constituirse nuestro grupo de amigos.-
Alfonso Sevilla
Nota: 1) Este cuento está inspirado en los versos 125 a 130 (Pag. 356) de la “Epístola en alabanza de la cola” de Don Diego Hurtado de Mendoza, “Poesía completa”, editado por José Ignacio Díez Fernández, Editorial Planeta/Autores Hispánicos.
***
miércoles, 24 de diciembre de 2008
EL BULULÚ
(Cuento.- Entrega II de III)
(CLIC AQUÍ PARA IR A ENTREGA I)
-El Mal sentía como sus tripas se anudaban al ver el fruto de la creación divina correr libre por el bosque, reír al sentir su perfección y adorar a Nuestro Señor en agradecimiento por haberle regalado la vida y con ella su condición de Rey de toda la creación- hubo una mirada picaresca del juglar y una breve pausa en el relato- ¡Esta creación que fue hecha para todos los hombres, y no para que sólo algunos disfrutaran de ella!- Lucifer cambió entonces su actitud de amenazadora a meditante; agachó su cabeza y su gesto se tornó pausado y sobrio.
Un estudiado movimiento embozando la capa, subrayó el compás de espera. Sorpresivamente- a mí me pareció que enviado por la Divina Providencia- un perro flaco de andar perezoso ingresó distraído al centro del improvisado escenario, y se sentó a contemplar con desparpajo y aire aburrido las evoluciones del bululú, mientras su boca se abría en un ruidoso bostezo. Un murmullo de la gente y algunas risas contenidas estuvieron a punto de disipar la magia del ambiente, creado con oficio y esfuerzo. ¡El éxito de la actuación se encontraba a punto de naufragar por obra y gracia del vagabundo can, que se rascaba con desenfado el flaco costillar! En ese momento en mí renacía la alegría con mi atención más fija en el podenco, que en la obra del artista.
-Quiera Dios nuestro Señor, que le atice un mordisco- pensé balanceándome nerviosamente sobre mis posaderas.
-¡Atento Lucifer, que Yavé te ha enviado un ángel para castigar tu maldad!- se escuchó una voz desde el público, coreada por estruendosas de carcajadas.
El juglar, ante la adversidad de las circunstancias, reaccionó con oficio y rapidez. Un certero garrotazo con el tridente, arrancó un aullido al inoportuno chucho, haciéndole desaparecer de escena. Dio un fuerte golpe a la caja, y con un par de saltos de volatinero quedó junto a las pintarrajeadas telas, arrancando el lienzo del primer plano al tiempo que la niña atacaba con vehemencia una música alegre y pegajosa.
Ahora en el bastidor una nueva lámina mostraba al demonio haciendo un muñeco de barro. El bululú no esperó un segundo. Había retomado la atención de su público y no estaba dispuesto a perderla nuevamente...
-¿Porqué no puedo yo, señor de las tinieblas, hacer una criatura tan prodigiosa como la de Yahvé?- El gesto del bululú, con una mano levantada hacia los cielos y la otra señalando con la horquilla el suelo hacia donde su máscara de diablo miraba, causaron entre los rústicos la ilusión de que realmente se hallaban ante un hombre de barro tendido a sus pies, escapando del auditorio un murmullo de admiración y respetuoso temor.
Me aferré a la anónima pierna a mi lado... No, no podía creer que el Demonio, allí, frente a todos, hubiera logrado igualar la obra del Creador... Algo pasaría... ¡Algo tenía que pasar!... ¿Porqué Dios no había hecho que ese perro arruinara todo, antes de que el Demonio terminara su obra?
Ya el bululú se había adueñado totalmente del auditorio, al que percibía presa de pánico y admirado por el prodigio que su arte había generado. La horquilla apuntó hacia el supuesto cuerpo yacente, diciendo:
-Satisfecho Satanás con su obra, alzó ambos brazos al cielo- el juglar seguía con sus gestos la actitud que describía- Ya todo él era soberbia en su desafío al Poder Divino- vociferaba- ¡Ese era el momento para hablarle a Dios de igual a igual!... ¡Ya lo había igualado en su obra máxima!... ¡Oh Yahvé, ved aquí a una creatura tan perfecta como la que tú hiciste! ¡Reconoce en mí a tu igual y entrambos repartamos el poder de manejar al Universo en sus destinos!
El silencio de la gente era absoluto, la tensión de sus espíritus pendía de un hilo, ante un desenlace que pondría en juego incluso lo más profundo de sus creencias.
Estaba aterrado y me aferré a las enseñanzas del buen Padre Juan y a fuerza de fe soporté la última escena sin perder la confianza de que finalmente el Bien triunfaría sobre el Mal. Busqué con mis ojos temerosos algo en que aferrar mis inseguros conocimientos viendo sólo caras angustiadas o nerviosas sonrisas. De pronto, tras el grupo de gente, encontró un rostro moreno que sobresalía por sobre el resto. Su aspecto era divertido, con una amplia sonrisa endulzando sus facciones, mientras su mirada se paseaba escrutadora, más atentos a las expresiones del público que a la actuación del bululú. En su recorrida, su mirada encontró la mía, y me saludó alegremente con la mano.
El alma volvió a mi cuerpo... ¡Si D. Diego estaba tranquilo, todo iba bien!... ¡A disfrutar del espectáculo!...
El artista mientras tanto había continuado su relato:
-Sólo haz hecho lo más fácil, Satanás, un muñeco de barro. ¡No haz sido capaz de darle vida!... ¿Te atreves?- decía, mientras agazapaba su cuerpo, cubriéndose con un trozo de capa, representando la consternación de Satanás ante la voz tonante del Creador.
Hubo un corto silencio... El Demonio de un salto se puso de pié exultante de soberbia. Miró desafiante a los cielos y con voz de trueno respondió:
-¡Si que le daré vida, Yahvé! ¡Y veras un ser tan perfecto como el que tú hiciste!- el bululú se arrodilló como si se encontrara al lado de un cuerpo yacente al que miraba con fijeza, y con los brazos en alto, desplegando la capa en toda su amplitud, sopló aparatosamente... Permaneció un instante inmóvil saboreando el silencio del auditorio y como castigado por un rayo dio una serie de volteretas en el aire golpeando acompasadamente el pandero, repitiéndose la explosión de colores y el sonar de cascabeles. En el frenesí de sus cabriolas había descubierto otro lienzo cayendo por fin a tierra convertido en un informe bulto íntegramente cubierto por la capa.
(Última entrega el domingo 28)
Diciembre 2008, a 50 años de constituirse nuestro grupo de amigos.-
Alfonso Sevilla
domingo, 21 de diciembre de 2008
EL BULULÚ
(*) (Cuento.- Entrega I de III)
-¿Podéis padre, comprar pan en la tahona?
-¿Padre?- se rió el señor- Anda, corre y cómprate ese pan- la moneda lanzada al aire me obligó a saltar para atraparla, iniciando una rápida carrera hacia la plaza. ¡Siempre me fascinó la Plaza de Manzanares el Real! Miré la moneda con los ojos brillando por la pura avaricia de mis ocho años, no por lo que ella significaba en riqueza, ni por la esfinge de Carlos V Emperador campeando en una de sus caras; sino pensando en la hogaza aún caliente y perfumada en la que la transformaría. ¡Me ilusionaba ir a la plaza!... Podía jugar con otros niños de mi edad, corretear entre los carros, ver abrevar a las bestias en la fuente, o colarme en la venta donde los parroquianos jugaban al boliche (1) , bebían y chanceaban con voces ásperas templadas por las inclemencias del clima y el grueso vino de la tierra. ¡Siempre pasaba lo mismo!... Aparecía la bolichera; gruesa y ruda matrona acostumbrada a expulsar borrachos; para recordarme con sus escobazos que ese no era lugar para reunión de niños. Impenitente pecador, regresaba una y otra vez atraído por el sabor de lo prohibido y la disimulada protección de las mozas de servicio, anónimas cómplices que hacían la vista gorda, sin faltar alguna que diera la voz de alerta cuando la impiadosa escoba estaba próxima.
En la plaza algo fuera de lo común aglutinaba en uno de sus extremos tanto a niños como a mayores, dejando casi desierto el resto. Dudé un instante y emprendí rápida carrera hacia el corro, ¡el pan podía esperar en la tahona! Aprovechando mi escasa talla serpenteé por entre las piernas logrando llegar a la disputada primera fila.
De inmediato me atrapo la febril actividad de un hombre que con hábiles maniobras disponía contra un muro una serie de lienzos primitivamente pintados pendientes de un marco de madera. Vestido con estrafalario jubón de mangas y piernas de dispares y chillones colores; abarcas cuajadas de cascabeles haciendo juego con los que pendían de las numerosas puntas de su gorro y el toque mágico que le daba una remendada capa negra; trozo de nocturno cielo donde fulguraba una pléyade de astrales signos.
Entre el bufón y la gente que se apiñaba, una niña, señuelo y pregón, tocaba la flauta acompasando con su música las monerías de una cabra, despertando la hilaridad de los rústicos. Terminando el acto, con plástica cabriola el animalito se encaramó a una pequeña columna de madera sobre una improvisada mesa, permaneciendo con sus cuatro patitas juntas en precario equilibrio. Un estudiado grito de la niña arrebatando la columna en exagerado gesto, a la vez que la cabra saltaba al suelo y permanecía sentada sobre sus patas traseras, arrancó un nutrido aplauso de los villanos retribuido por la reverencia de la pequeña que dirigía con su gesto la atención hacia el multicolor personaje, en ese momento de espaldas e inmóvil. Un golpe de pandero lo activó girando velozmente, sorprendiendo a todos con la máscara dorada de exagerada nariz aguileña y prolongado mentón, que cubría su rostro. La voz impostada y el gesto exagerado del aquel ser me sacó de mi momentánea evasión devolviéndome a la plaza, en el momento en que el artista comenzaba su parlamento:
-Inspirado por los duendes del bosque, y conocedor del secreto del Gran Gigante, he venido ha relatar a la hermosa y avisada gente de esta villa sobre las hechuras del Maligno cuando quiso superador al Creador, para abrir las entendederas de tanta buena gente como aquí veo- un silencio en su discurso y otro golpe de pandero tensó la atención de su público, acallando las voces de algunos niños que persistían en sus rencillas para acomodarse en un puesto de privilegio.
Embozado con la capa, con afectado movimiento echó hacia atrás al primer lienzo, que a modo de telón cubría otro de pintura multicolor representando una floresta rica de frutos, en donde presidía la escena una figura con aires y ropajes de emperador romano coronado por apéndices que tanto podían ser rectos cuernos, rayos de luz divina o ridícula corona, mientras con su brazo derecho señalaba a un hombre que pugnaba por salir de una informe masa de color pardusco. En el fondo del dibujo, tras un árbol se encontraba el rostro de un demonio espiando la escena, envuelta al cuello su larga cola con punta de saeta.
-Hace más de cinco milenios, cuándo Yahvé, como entonces se llamaba Dios Nuestro Señor, creó el mundo donde hoy por su gracia habitamos- continuó su discurso señalando con ampulosa gesticulación a la figura con aspecto imperial- Hizo también al primer hombre, Adán, con el polvo del suelo y las aguas de los ríos que regaban el jardín donde vivían.
El bululú rompió su pausada actitud con un sorpresivo salto hacia atrás para caer en actitud de felina amenaza, sazonada con el cantar de los cascabeles, provocando una exclamación de admiración del público sorprendido por la cabriola y el mágico cambio de la máscara que ahora representaba a un demonio de grandes cuernos.
Lucifer se retorció en una carcajada empuñando un rojo tridente e inició una rápida corrida amenazando a su público que retrocedió, entre nerviosas risas de los mayores y gritos de espanto de los pequeños.
Me agazapé aterrado abrazándome a una pierna anónima, aterrado por la sonora voz del Diablo.
-No había escapado a la malvada curiosidad del Demonio- señalaba el fantoche con su tridente el rostro que espiaba detrás del árbol en el pintado lienzo- el prodigio que Yahvé había hecho, haciendo de barro un hombre, e insuflándole vida con su aliento.
La flauta de la niña había subido su volumen, acompañando el crescendo del juglar que describía con sus contorciones y movimientos espasmódicos la lucha interior del Maligno aprisionado entre la admiración y la envidia atacando con sorna su parlamento.
(*) bululú. (Voz imit.). m. Farsante que antiguamente representaba él solo, en los pueblos por donde pasaba, una comedia, loa o entremés, mudando la voz según la calidad de las personas que iban hablando. (RAE)
( 1 )Juego que consistía en arrojar una bola en una mesa cóncava con orificios, dependiendo el puntaje que se lograba, del orificio donde se introducía.
(Continuará el miércoles 24)
Diciembre 2008, a 50 años de constituirse nuestro grupo de amigos.- Continuará el miércoles 24.
Alfonso Sevilla
martes, 6 de noviembre de 2007
CONFUSIÓN (Cuento)

Juan despertó aun con sueño, apagó el despertador que marcaba las seis y se sentó en la cama. Pensó en el día que tenía por delante para recorrer. Era un día igual que los demás. En la casa todos dormían, miró a Julia. Desde la cama parecía observarlo, sin embargo dormía. Siempre lo había asombrado esa forma de dormir con los ojos semiabiertos. Su cuerpo se alargaba en la cama, una pierna descansaba sobre la otra. Sus brazos ágiles terminaban en unas manos prestas siempre al movimiento o a indicar algo. Pensó en los veinte años que llevaban juntos e instantáneamente se acordó de los nueve niños: un promedio de un hijo cada dos años.
Al final se separó de la cama yendo al baño. El contacto del agua fría en la cara terminó por despabilarlo. Se cepilló con cuidado los dientes mientras caminaba. Ese había sido siempre su rito. Cepillar, mirarse en el espejo y caminar, cepillar y a otro cuarto, cepillar y a la cocina, cepillar y a ver los niños, cepillar y pensar, cepillar y volver al baño. Mientras se enjuagaba la boca viajaba con los pensamientos. Eso lo hacia disfrutar. En realidad vagar mentalmente había sido siempre su escape a todo lo que no le agradaba.
Pese a la hora y al frío se sentía bien dispuesto, terminó de peinarse y se miró en el espejo. El reflejo de su imagen lo dejó satisfecho. Tenía cincuenta y cinco años y todavía no peinaba canas, el rostro casi liso sin arrugas, los ojos claros y aun vivaces. Volvió al cuarto por la ropa se puso las medias, los pantalones, la camisa, los zapatos, luego se hizo cuidadosamente el nudo de la corbata, se colocó el saco, buscó sus papeles y al fin salió sin despertar a Julia.
Al pasar entró a mirar a los niños sin ningún cuidado, sabía que dormirían hasta las ocho cuando Julia enérgica y despiadada entraría a despertarlos. Los repasó con la mirada, algunos descansaban plácidamente otros inquietos ya se movían. Juan imaginó sus movimientos posteriores: las carreras para ganar el baño, los manotazos por el jabón y la toalla, las corridas luego hacia la cocina, las peleas por las tazas, por la manteca, por el dulce y por lo que fuere. Sonrió divertido, más aún al pensar que estaría fuera de ese pequeño pero tumultuoso campo de batalla.
Al salir de la casa recogió el diario y lo guardó entre sus papeles. Nunca había podido leerlo mientras viajaba, tampoco lograba comprender a los que lo hacían. Recordó sus primeros intentos cuando comenzó a trabajar como pibe de los mandados a los diecisiete años. Se sentía importante leyendo la primera hoja con los titulares mas salientes. Luego cambió por un diario en inglés. Tenía la cabal sensación de que todos lo observaban admirados. Pavadas de la edad. Cuando en realidad tuvo interés y ansiedad por leerlo, los movimientos del colectivo o el subterráneo lo mareaban entre las letras dejándolo al borde del vómito. Aún hoy, ya de grande, no podía leer en un vehículo.
La calle lo golpeó en el rostro. Soplaba un aire frío y estimulante. Apuró el paso y pasó la avenida casi sin fijarse en las indicaciones del semáforo. Al cruzarse con un par de personas les sonrió con simpatía. Eran sus primeros semejantes en esa desnuda madrugada. Entonces comenzó a notar hasta que punto era diferente aquella mañana de la de todos los días. Sabía que las ciudades, sus calles y avenidas, sus habitantes estén siempre cambiando. Siempre muestran fases y humores diversos, sea por el día, sea por la hora y por la zona. A pesar de ser un día de semana, para Juan esa mañana tenía la sensación de un tono distinto.
Se concentró así en ese viernes que llegaba a él con jubiloso impulso, como anticipo del fin de semana. Su cuerpo erecto y ágil acompañaba su paso apurado. Se sentía saludable y vibrante. Miró hacia ambos lados, izquierda y derecha, luego hacia atrás y hacia adelante, recorrió con la mirada las calles, negocios y edificios aún vacíos. El sol apenas comenzaba a asomar. Cruzó la última avenida y el fin llegó a su escritorio. Allí sonriente saludó el mayordomo. El hombre ni siquiera contestó y sin mirarlo se alejó. Con sorpresa Juan comprobó que la corriente eléctrica de los ascensores estaba cortada y que pese a la hora, la mole de concreto y acero dormía por completo. ¿Sería posible que no se trabajara? ¿De que feriado se trataba? ¿Podría ser que fuera un sábado o un domingo? Asombrado no encontraba explicación a sus preguntas. ¿Se habría confundido? Al fin sacó su diario y miró la fecha. Estupefacto advirtió que era sábado, un día no laborable. ¿Como pudo haberle sucedido eso? Pegó la vuelta en el acto, volvería a la casa a tiempo para participar en el pequeño campo de batalla. Podría jugar con los niños y estar con Julia que así no se quejaría. Comenzó a experimentar una enorme sensación agradable. Era un gozo que nacía incipiente en él, comenzaba a crecer y así tomaba la dimensión de un inmenso placer que le recorría el cuerpo de punta a punta, que le llenaba todo su continente y contenido físico.
Otra vez se sintió vibrar. Era como un torrente y torbellino que se abatían sobre él y lo arrebataban, lo agitaban y lo lanzaban casi al espacio. Se sintió vivo y fuerte, poderoso e invencible. Comenzó a caminar más rápido luego casi a correr. Cada salto suyo sonaba en sus oídos y todo en su ser era un binomio triunfal, vibraba por la sola convicción de existir. Se sentía feliz, alegre y pleno.
Entonces emprendió ya veloz carrera hacia los niños, hacia Julia, hacia donde tanto ansiaba llegar luego de su increíble error. Al fin al doblar la esquina vio su casa, todo parecía igual que al dejarla esa mañana. Agitado, sudoroso pero feliz entró y abrió la puerta. Cuando sorprendido brutalmente, como si hubiera sido atravesado por un rayo, pudo ver los ornamentos mortuorios. De repente recordó la mirada ausente del mayordomo y como lo ignorara esa mañana. Tuvo la visión del enorme edificio totalmente dormido. Volvió a revivir su asombro y su confusión: ¡Trabajar en un día sábado! Ahí de repente se hizo la luz en su cerebro, sintió que se fragmentaba en mil pedazos y entonces desolado comprendió que había muerto.
José Luján
sábado, 29 de septiembre de 2007
CUENTO

OMEGA
Se movían como fantasmas horadando el polvo entre gris y anaranjado que disolvía los objetos en su entorno, el horizonte no existía, el campo visual apenas tenía una veintena de metros.
¿Qué había más allá?... Sólo lo intuían descifrando los mensajes en sus sensores mediante bip... bip... bip en sus auriculares, y los gráficos, símbolos o guarismos que aparecían en las pantallas verdosas de los visores de sus escafandras, parte vital de las ridículas vestimentas, “trajes de oso” les decían, que dificultaban sus movimientos tras el objetivo de protegerlos... ¿Realmente los protegían?, se había preguntado a medida que el tiempo transcurrió; de ese tiempo que devenía inexorablemente en tedio, en angustia, en pérdida del ideal de ser los constructores de un orden más justo para la humanidad. La realidad se había esfumado suplantada por bips, diagramas verdes en las pantalla, ordenes impersonales en los audífonos; había sido substituida por un insulso modelo informático...
Dentro de las escafandras reinaría el silencio, si no fuera esos bips electrónicos y el ¡Toc... Toc...! del corazón apurado por la adrenalina. Parecían no tener prisa; en realidad no deseaban ir a parte alguna, avanzaban con un mínimo de voluntad, tanto como para no parecer remisos ante las indicaciones que los auriculares o pantallas transmitían. ¡Toc!... Ya no sabían si era mejor andar a pie, cargando las livianas Arple (apócope de Arma Múltiple, que tanto permitía dispara munición convencional inteligente, como granadas, descargas eléctricas paralizantes, rayos sónicos o disparos láser), o en los vehículos, “cucarachas” les llamaban, donde, si bien había aire acondicionado y protección contra la radioactividad, eran blanco más fácil para misiles que podían aparecer de cualquier lado tras esa bruma anaranjada. ¡Toc!... ¡Toc!
“¡Valores!”, alguna vez había pensado él,... “¡Valores!, ¿que son los valores?”, se había interrogado confundido, cuando todo se esfumaba tras la niebla de la barbarie que él también habían colaborado a generar. ¡Toc!... Del otro lado del “traje de oso” o fuera de las “cucarachas” siempre esa niebla claustrofóbica ¡Bip!... deformando ruinas arqueológicas de ciudades y pueblos del siglo XXI, alternando con los restos de algunas “cucarachas” incendiadas, despanzurradas, humeantes; ¡Toc!... rostros de mujeres famélicas; hombres de barbas y ojos renegridos chispeantes de odio; niños escuálidos que ya no pedían más una limosna o un bocado de comida... ahora mendigaban un sorbo de agua. ¡Toc! ... Esos entes odiosos ¡Bip!... eran representación de la humanidad a la que le dijeron en la Academia Global de Hacedores de Paz, que había que salvar de la barbarie, de la opresión, de la tiranía; ¡Toc!... que había que ayudar a encaminarlos hacia la justicia, hacia la igualdad, hacia la posibilidad de decidir su propio destino. ¡Toc!... Él había visto más de una vez a esos espectros interponerse sin protección alguna, sin “trajes de oso”; pretendiendo evitar que ellos los condujeran hacia la felicidad; a ese paraíso en el que querían convertir a este mundo, aún cuando fuera necesario meterlos a empujones o tiros en él...¡Toc!
“Será posible, válgame Dios”, se había dicho cuando aún creía en Él, “que se resistan a ser felices; que se opongan obcecadamente a la libertad que nosotros les daremos y por la que hemos dejado atrás trabajo, tranquilidad, placeres, familia, y el privilegio de ser ciudadanos del único Estado indispensable en este maldito mundo”. ¡Toc!... ¡Bip!... Cambiaron los diagramas en la pantalla de la escafandra. “Halcón Azul, preséntese con su fracción a Alfa. Las “cucarachas” lo esperan en Centauro”, la voz sonó tan impersonal como siempre. ¡Toc!... “Recibido “Halcón Dorado”, contestó automáticamente, ¡Bip!... y también automáticamente dio las instrucciones para la nueva misión. ¡Toc!... “Seguramente medirán las cargas de nuestros dosímetros”, pensó, y maldijo la costumbre de que las “lapiceras”, como llamaban a los instrumentos colgados en el pecho, sobre el “traje de oso”, sólo pudieran ser leídas en el comando. Nunca nadie sabía cuantos Gray había acumulado.¡Toc!... “Es lógico”, pensó, “Eso evita el pánico, y el sistema sabe cuando debe retirar a un hombre antes que la dosis sea peligrosa” ¡Toc!... Todo se cumplió como estaba previsto. Llegaron a Alfa, entraron en la serie de contenedores enterrados que formaban un aséptico, luminoso y cómodo puesto de mando. Ya bañados y con una especie de quimonos cubriendo sus cuerpos, se encolumnaron frente a una puerta con un cartel que decía “Lectura de dosímetros”. El sistema dejaba entrar a los hombres uno por vez a una sala pequeña en donde trabajaba personal con “trajes de oso”, pero esta vez blancos. Él entregó la “lapicera”. El “oso polar” (así los llamaban) introdujo el dosímetro en una computadora, lo sacó y se lo devolvió. “Apriete el pulsador”, dijo sin mirarle a la cara. “¡A ver si tenemos suerte!”, pensó el Teniente, sabiendo que aleatoriamente el pulsador hacía sonar un timbre, lo que significaba que su tiempo de servicio había terminado y que había sido sorteado para retornar a la vida civil. Casi se desmaya cuando sonó el timbre y una baliza parpadeó en el pasillo donde esperaban sus hombres. Sus piernas se le aflojaron por la emoción; el “oso polar” se paró y le dio la mano. “Lo felicito. Ya ha cumplido con su deber, Teniente. Pase a la sala de descanso donde esperará no más de una hora para que le entreguen el uniforme de calle y sus pertenencias, y de ahí, al avión que sale dentro de dos horas. Mañana estará en su casa. Es indispensable que beba abundantemente del zumo que encontrará en la sala, para solucionar la deshidratación que tiene. Que no es poca”. “¿Puedo despedirme de mis hombres?”, preguntó con la voz temblorosa por la emoción. “No, de ninguna manera, por la asepsia. Ud. entiende, y ellos ya conocen los procedimientos; son todos veteranos”.
La sala de descanso estaba tan ordenada como el resto del puesto de mando; blanca, con muebles funcionales y pantallas en las paredes que reproducían, unas tras otras, obras de arte, registros digitales que eran en su mayoría lo único que quedaba de lo que fueron museos. El aire acondicionado era muy agradable. Se sentó con un vaso de zumo en la mano en una reposera que lo devoró entre sus mullidos almohadones, a ver el holograma de la TV en la que se proyectaba una película de cine en tres dimensiones. El cansancio y la tranquilidad que había vuelto a su espíritu lo relajaron, haciendo que los párpados comenzaran a pesarle... ¡Toc!... otro sorbo de zumo... ¡Toc!... Volvían los sonidos de los “trajes de oso” en su ensoñación... ¡Bip!... Los tocs se hacían más espaciados y los bips se sucedían con intervalos irregulares... Se vistió con el uniforme nuevo y subió al avión... ¡Toc!... Lo llevaron desde el aeropuerto a su hogar... ¡Toc!... ¡Bip!... La felicidad se hizo completa realidad cuando vio a su mujer y sus dos hijos esperándolo en el parque de su casa... ¡Toc!... Corrió hacia ellos con los brazos abiertos... ¡Bip!... ¡Toc!... ¡Bip! ¡Bip! ¡Bip! El paisaje se disolvió en una intensa luz blanca, tan brillante como tranquilizadora... ¡Toc!...¡Biiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiip
En el quirófano del puesto de mando los “osos polar”, apagaron los scanner de signos vitales. “Se fue”, dijo uno cubriendo la cabeza del Teniente con la sábana, “¡El sistema funciona!”, contestó otro. “Con la radiación que tenía acumulada le quedaban pocos días. ¡Este invento de la computadora conectada con la alarma de sorteo, y el zumo de frutas "condimentado", hacen las cosas mucho más fáciles”.
Alfonso Sevilla
jueves, 20 de septiembre de 2007
ENRIQUE ANDERSON IMBERT, BRILLANTE INTELECTUAL ARGENTINO(1910/2000)

Próximos al aniversario de su fallecimiento, Clave 88 Cultural quiere rendir un merecido homenaje a Don Enrique Anderson Imbert, quién nació en Córdoba (Argentina) el 12 de febrero de 1910. De adolescente residió en La Plata publicando cuentos y ensayos en medios locales y se integró al grupo filosófico de Alejandro Korn. En 1928 se traslada a Buenos Aires y colabora en la revista literaria de La Nación, Claridad, Nosotros, Sur, y dirigió la página literaria de La Vanguardia (1931/9). Ingresó a la Facultad de Filosofía y Letras (1931). Se graduó de profesor (1940) y obtuvo el doctorado (1945). Su novela Vigilia (1934) obtuvo el tercer Premio Municipal de Literatura (1935) y el ensayo La flecha en el aire (1937) lo destaca como intelectual. El mentir de las estrellas (1940) es su primera colección de cuentos. En 1946 publicó tres libros: Ensayos, Ibsen y su tiempo y Las pruebas de caos.
Fue docente en Mendoza y de Tucumán. En 1946 recibe la beca Guggenheim y estudia en la Universidad de Columbia. Dictó cátedra en la Universidad de Michigan y la Universidad de Harvard creó para él la cátedra de Literatura Hipanoamericana. En 1965 obtuvo el Master of Arts, Harvard University, EEUU. Su crítica literaria incluye el controvertido libro Antiborges (junto a Pedro Orgambide y Scalabrini Ortiz) en el que vaticina un futuro poco promisorio para quien lo inspira. Fue secretario de la SADE cuando era presidida por Mallea y el criticado Borges. Su estilo creativo está signado por una marcada lógica. En 1994 fue candidato al Premio Cervantes que finalmente recayó en Vargas Llosa. Entre crítica y ficción ha publicado alrededor de treinta obras que incluyen tres novelas y nueve colecciones de cuentos. Retirado de la docencia en 1980 regresó a Argentina donde recibió el Premio Konex (1984). Fue miembro de la Academia Argentina de Letras, Real Academia Española, American Society of Arts and Sciences, Academia Norteamericana de la Lengua, Academia Chilena de la Lengua, Academia de Artes y Ciencias de Puerto Rico. Ha sido un destacado intelectual reconocido más en medios internacionales que en su patria y ha recibido múltiples galardones por su aporte a las letras. Falleció en Buenos Aires el 6 de diciembre de 2000.
miércoles, 19 de septiembre de 2007
CUENTO DE ENRIQUE ANDERSON IMBERT

LICANTROPÍA
Me trepé al tren justo cuando arrancaba. Recorrí varios coches. ¡Repletos! ¿Qué pasaba ese día? ¿A todo el mundo se le había ocurrido viajar? Por fin descubrí un lugar desocupado. Con esfuerzo coloqué la valija en la red portaequipaje y dando un suspiro de alivio me dejé caer sobre el asiento. Sólo entonces advertí que tenía al frente, sentado también del lado de la ventanilla, nada menos que al banquero que vive en el departamento contiguo al mío. Me sonrió ("¡qué dientes!", diría Caperucita Roja) y supongo que yo también le sonreí, aunque si lo hice fue sin ganas. A decir verdad, nuestra relación se reducía a saludarnos cuando por casualidad nos encontrábamos en la puerta del edificio o tomábamos juntos el ascensor. Yo no podía ignorar que él se dedicaba a los negocios porque una vez, después de felicitarme por el cuento fantástico que publiqué en el diario, se presentó tendiéndome una tarjeta: Rómulo Genovesi, doctor en ciencias económicas y me ofreció sus servicios en caso de que yo quisiera invertir mis ahorros. —Usted —me dijo— vive en otro mundo; yo vivo en éste, que lo tengo bien medido a palmos; con que ya sabe, si puedo serle útil... En otras ocasiones, mientras el ascensor subía o bajaba dieciocho pisos, Genovesi me habló de las condiciones económicas del país, de empresas, bancos, intereses, pólizas, mercados y mil cosas que no entiendo. Tal era el genio de las finanzas que me estaba sonriendo cuando me dejé caer sobre el asiento. Yo hubiera querido olvidar mi pobreza, pero la sola presencia de ese especulador me la recordaba. Me había dispuesto a descansar durante el resto del viaje y de golpe me veía obligado a ser cortés. Si en la jaula del ascensor yo respetaba el talento práctico de mi vecino, ahora, en el vagón de ferrocarril, temía que ese talento, justamente por adaptarse a la realidad ordinaria —realidad que rechazo cada vez que invento una historia— me resultara fastidioso. Mala suerte. El viaje horizontal en tren más largo que el viaje vertical en ascensor, iba a matarme de aburrimiento. Para peor, el éxito que Genovesi obtenía en sus operaciones económicas no se reflejaba en un rostro satisfecho, feliz. Al contrario, su aspecto era tétrico. Teníamos la misma edad, pero (si el espejo no me engañaba) él parecía más viejo que yo. ¿Más viejo? No, no era eso. Era algo, ¿cómo diré?, algo misterioso. No sé explicarlo. Parecía ¡qué sé yo! que su cuerpo, consumido, desgastado, hubiera sobrevivido a varias vidas. Siempre lo vi flaco, nunca gordo; sin embargo, la suya era la flacura del gordo que ha perdido carnes. Más, más que eso. Era como si la pérdida de carnes le hubiera ocurrido varias veces y de tanto engordar y enflaquecer, de tanto meter carnes bajo la piel para luego sacarlas, su rostro hubiera acabado por deformarse. Todavía mantenía erguidas las orejas, prominente la nariz y firmes los colmillos, pero todo la demás se aflojaba y caía: las mejillas, la mandíbula, las arrugas, los pelos, las bolsas de las ojeras... Desde sus ojos hundidos salía esa mirada fría que uno asocia con la inteligencia, y sin duda Genovesi debía de ser muy inteligente. No había razones para dudarlo, tratándose de un doctor en ciencias económicas. Lo malo era que esa inteligencia, ducha en números, cálculos y resoluciones efectivas, a mí siempre me aburre. ¡Ni que hubiera adivinado mi pensamiento! Abandonó esta vez su tema, la economía, y arrimó la conversación al tema mío: la literatura fantástica. Y del mismo modo que en el ascensor me había dado consejos para ganar dinero, ahora, en el tren, me regaló anécdotas raras para que yo escribiese sobre ellas "y me hiciera famoso..." ¡Como si yo las necesitara! Yo, que con una semillita de locura hacía crecer toda una selva de cuentos sofísticos o que con un suceso callejero construía torres de viento, palacios inhabitables y catedrales ateas; yo, veterano; yo, emotivo, fantasioso, arbitrario, espontáneo, grandílocuo y genial, ¡qué diablos iba a necesitar de ese vulgar agente de bolsa para escribir cuentos! Su fatuidad me sublevó, pero acallé la mía (por suerte, cuando me envanezco oigo en la cabeza el zumbido de una abeja irónica) y lo dejé hablar. Su monólogo tuvo forma de espiral. Genovesi fue apartándose del punto central, exacto, lógico que hasta entonces yo suponía que era la residencia permanente de todas las profesiones técnicas. La primera vuelta de la espiral fue poco imaginativa. Se limitó a proponerme que yo escribiera un cuento sobre el caso "rigurosamente verídico" de dos hermanos siameses, unidos por la espalda, que fueron separados a cuchillo en el quirófano del sanatorio Güemes. Cada uno de ellos, para no sentir dolor durante la operación, había convocado por telepatía a un anestesista diferente. Uno de los siameses llamó a un hindú, que lo hizo dormir, y el otro llamó a un chino, que le clavó alfileres. Desde luego que semejante truculencia a mí no me inspiró ningún cuento. Ni siquiera me asombré demasiado de que un doctor en ciencias económicas recontara en serio la atrocidad que le oyó a la cuñada del primo de la enfermera —después de todo la curación por acupuntura, hipnosis y parapsicología, aunque no ortodoxa, ha sido aceptada por algunos médicos— pero sí me asombré bastante cuando, en una segunda vuelta de la espiral, Genovesi dejó atrás a curanderos y manos santas y se apartó hacia la región de las conjeturas seudocientíficas; una: la de que nuestro planeta ha sido colonizarlo por seres extraterrestres. ¡Nada menos! Y en una tercera vuelta se adhirió a la causa de brujos, chamanes, nigromantes y espiritistas. Por rara coincidencia, a medida que Genovesi incurría en el oscurantismo, la oscuridad del anochecer iba borrándole la cara. Ya casi no se la distinguía cuando, en otra expansión de su fe, la palabra pasó del mito a la quiromancia y de la astrología a la metempsicosis[1]. No paró allí. En las siguientes espiras de su monólogo Genovesi se alejó hacia lo que está oculto en el más allá. Él, que como economista jamás hubiera firmado un cheque en blanco, extendía el crédito a cualquier milagrería. Aprovechándose de las críticas a la razón, que la limitan a conocer meros fenómenos, postulaba que debía de haber facultades irracionales y extrasensoriales capaces de conocer la realidad absoluta, y de su axioma deducía que hay que estar predispuesto a creer que aun lo increíble es posible. Posible era que el hombre pudiera vivir en tiempos cíclicos, paralelos o revertidos; posibles eran las reencarnaciones y las telekinesias[2], la premonición y la levitación, el tabú y el vudú... Genovesi desenterraba los mismos fantasmas que yo he visto, vivido y vestido en mis propios cuentos, con la diferencia de que para él lo sobrenatural no era un capricho de la fantasía. Le faltaba el don de los poetas para convertir los sentimientos irracionales en bellas imágenes. ¿Cómo explicarle a ese crédulo que la única magia que cuenta es la de la imaginación, que impone sus formas a una amorfa realidad sin más propósito ni beneficios que el de divertimos con el arte de mentir? Y aun esa imaginación no es espontánea pues sólo vale cuando se junta con la inteligencia. La razón es una débil, novata, vacilante y regañada sirvientita, recién advenida en la evolución biológica, pero que sin sus servicios no podríamos disfrutar del ocio, la libertad y la alegría. Ah, Genovesi sería muy hábil en sus tejemanejes con los bancos pero, en su comercio de ficciones conmigo, el pobre emergía de pantanosos sueños con el delirio de un neurótico, la inocencia de un niño y el miedo de un salvaje. Aceptaba todo menos la razón. Cuando por ahí, sin saberlo ni quererlo, merodeó por la frase unamuniana "la razón es antivital", tuve que reprimir las ganas de retrucarle con la frase orteguiana: "El hombre salió de la bestia y en cuanto descuida su razón, vuelve a bestializarse". Gracias a que todavía no habían encendido las luces del vagón, la noche del campo, una noche sin Luna y sin estrellas, penetró por las ventanillas y reinó adentro tanto como afuera. De no ser por la voz, yo no habría estado seguro de que ese bulto enfrente de mí seguía siendo Genovesi, hasta que el tren se acercó a aquella ciudad perdida en la pampa y faroles a los lados de las vías empezaron a perforar la obscuridad. Cada destello alumbraba a Genovesi por un instante. Mientras el discurso continuaba desenvolviendo la espiral de supersticiones, su rostro reaparecía y desaparecía, y cuando reaparecía ya no era igual. Genovesi se transfiguraba. Los intermitentes resplandores que desde los costados del tren en marcha alteraban sus facciones coincidían con los saltos que la voz daba de una creencia a otra. Lo que yo veía y lo que yo oía se complementaban como en el cine, y el filme era una pesadilla. En eso entramos en un túnel más tenebroso aun que la noche, y Genovesi fue solamente una voz que me sonó extrañamente ronca. Esa voz se puso a contarme que hay hombres que se convierten en lobos. —Bah, el cuentito del licántropo[3] —le dije—. Lo contó Petronio en el Satiricón. —No, no —y su voz salió de la tiniebla misma—. Déjese de licántropos griegos. En la provincia de Corrientes los llamamos lobisones. Le aseguro que existen. Aúllan en las noches sin Luna, como ésta, y matan. Lo sé. Lo sé por experiencia. Créame. Matan... Entonces sucedió algo espeluznante. Los pelos a mí, o a él, se me pusieron de punta cuando al salir del túnel y entrar en la estación, los focos iluminaron de lleno la cara de Genovesi. Espantado, noté que mientras repetía "créame, lo sé, el lobisón existe", se metamorfoseaba. Y cuando terminó de metamorfosearse vi que allí, acurrucado en su cubil, el genio de las finanzas se había convertido en un grandísimo tonto.
[1] Metempsicosis: Doctrina religiosa y filosófica de varias escuelas orientales, y renovada por otras de Occidente, según la cual las almas transmigran después de la muerte a otros cuerpos más o menos perfectos, conforme a los merecimientos alcanzados en la existencia anterior (N del E).
[2] Telekinesia o telequinesia: Desplazamiento de objetos sin causa física, motivada por una fuerza psíquica o mental (N del E).
[3] Licántropo : hombre lobo (N del E).
lunes, 17 de septiembre de 2007
CUENTO- Una tarde de río.

Es una tarde húmeda y feliz en los campos. Amaina por fin la lluvia casi sempiterna y entonces sale contento a trotar. Lo hace tras un pájaro y muchas otras cosas. Así corriendo y jugando llega al borde del río. Con una mirada domina el campo que se extiende más allá del otro borde. Enseguida lo tienta la gana de hundirse en esa línea de agua que lo llama y ya está respirando en el aire.
El cielo plomizo, tinto por oscuros nubarrones se mueve lentamente. Bandadas de gorriones se arrojan en vertical hacia el suelo para luego remontarse casi al infinito. Sabe que es en vano pero igual los persigue sin lograr atrapar ningún pájaro. Al enfrentarse con las bandadas se arrima a tientas, se agacha, se abalanza. Confirma otra vez que cuanto hace es inútil. Las pequeñas aves levantan y se alejan raudamente. Piensa que tendría que ser como el aire o como ese viento que le suena amenazante. Sin embargo lo que escucha es el estrépito del agua y su constante fragor. Ese cielo oscuro tan bajo lo hace pensar que está asediado por fantasmas. Casi hunde sus pies en el verde o en el barro. Imprime otra dirección a sus trancos y así se interna en el agua. Comienza a mover brazos y piernas y pronto está nadando.
Tranquilo ve alejarse la costa aunque no olvida las repetidas advertencias paternas. Ya no toca el fondo mientras la corriente veloz lo aleja. Ve pasar el puente viejo, luego el puente nuevo y por último la fábrica militar de pólvora. Trata de salirse, pero un remolino lo atrapa y lo arrastra. Finalmente lo lanza hacia el medio del torbellino líquido que ahora adivina a su enemigo. Aunque está francamente asustado mantiene una esperanzada calma pues aún permanece a flote.
De pronto cree escuchar una voz que se extiende en el campo y queda vibrando en el río. Siente como si lo envolviera un llamado poderoso que lo empuja y domina más que el torbellino líquido mismo. Se pregunta si es la voz del agua que le habla o es el viento. ¿O son las voces de los numerosos muertos por ese caudal traidor? Está en eso y está cada vez más asustado. Suena otra vez la voz y vuelve a preguntarse: ¿quién me llama? Con sobresalto mira para todos lados, y como puede, hacia atrás. Sólo ve ambas márgenes desnudas y las garitas vacías de los centinelas de la fábrica de pólvora que se van desdibujando.
Recuerda a su padre y cree reconocer en aquellos llamados el acento de su firme voz. Lo adivina casi saliendo de entre el follaje costero y ya corriendo en su auxilio. Inconmovible la correntada lo sigue arrastrando más y más rápido. El tiempo corre vertiginosamente y los minutos se le hacen segundos. Todo está mal y comprende que no podrá continuar mucho más. Pero a la vez trata de convencerse de que no es así.
Lo intenta pero ahora no recuerda como pudo llegar a esa situación. Empieza a sentir que su cuerpo es una carga inútil que tampoco logra manejar. Los recuerdos fluyen rápidos al ritmo de sus por momentos manotazos y por otros semibrazadas. Rápidos, caóticos, invertidos, se entrecruzan las imágenes presentes con los recuerdos y las angustias actuales. Todo es un aquelarre de impresiones y sonidos. Y de pronto, finalmente el agua que lo ahoga y lo sofoca. Trata en un último intento sacar la cabeza afuera pero no lo consigue. Luego el fin, la nada, no más pasado, no más presente, no más futuro. Una pantalla en blanco, muda y fría contra la cual se estrella como para toda la eternidad.
Gira el cuerpo con lentitud sobre la cama y se endereza apoyándose en los codos. Escucha pasos que caminan y voces que por momentos se acercan y alejan. Aún no sabe si sueña o está despierto, si logró nadar o si lo salvaron, si está vivo o muerto, si está en el cielo o en el infierno.
Se revuelve en un torbellino de dudas tan sofocante como la masa líquida que antes lo ahogó. Por fin comprende que la sensación del no ser se acabó. Que ya no podrá salir correteando y jugando hacia el río. Que ni siquiera los recuerdos de la niñez tendrán vigencia. Una vez más la voz ausente del coadjutor siempre ordenando, le confirma otro largo y penoso día de cárcel
José Luján
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