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miércoles, 28 de noviembre de 2007

UT PORTET NOMEN MEUN (Novela breve en fascículos)



Entrega 20 y última
-Ese debe haber sido quizás el pecado que avasallaba a D. Martín Suárez de Toledo- se me escapó el pensamiento en un susurro, sorprendiendo al dolorido duende y al escribano.
-¿Algún dictado para incorporar a vuestra disposición?- dijo el fedatario, mirándome por entre los barrotes de sus cejas.
-¿Martín Suárez de Toledo?- me susurró al oído el trasgo, sentado en mi hombro.
-Nada notario, no deis crédito a mis palabras, sólo un pensamiento en voz alta- dije con acento imperativo, impulsándolo a terminar de una vez por todas con su escrito, cuya extensión comenzaba a preocuparme.
-¿Quién es D. Martín Suárez de Toledo?- insistió en mi interior el genio.
-El segundo marido de mi madre, la hija de Dña. Mencia Calderón- respondí, debiendo echar mano a los restos de mi paciencia para mantener la calma.
-¿El que os apartó de vuestro mayorazgo?- preguntó el espectro, insidioso como siempre, y con la voz deformada por una risa que pugnaba por estallar.
-Sí- dije, sin darle importancia a su falta de cortesía.
-¡MST!- sus palabras se arrebujaban en un manto de crueldad.
-¿Qué dices?- contesté mirando a su rostro, que era ahora la representación de la crueldad.
-Las iniciales en el anillo, ¿recordáis señor nuestro hallazgo en la cripta?- me molestó el “nuestro”, me molestó lo descomedido del tono, me molestó la forma en que parecía regocijarse cuando descubría algo que podría serme desagradable.
Todo él me molestaba, quizás por la certeza con que arrojaba sus estocadas, y esta vez me molestaba más que nunca:
-Los únicos anillos que guardó vuestra madre, envueltos en el pañuelo de “La Adelantada”, fueron los de su padre, y el de su segundo marido- el fantasma, más espectro que nunca, lanzó sin tapujos una risotada tan cruel como plebeya- ¡De D. Hernando de Trejo, vuestro padre, nada!
Lo miré sin responderle, mientras en lo profundo de mi ser rezaba un Ave María, para apartar de mí esas dudas que de tanto en tanto me atormentaban, esos pensamientos que no eran propios de un buen cristiano, y que pese a haber dominado en mis manifestaciones externas se encarnaban en los dichos del duende; sus palabras nacían del estigma que yo llevaba en el fondo de mi alma.
-Hernado, igual que vos, señor, le puso a “su” primogénito- el “su” venía diabólicamente sazonado por el destello de los ojos del trasgo- Y para colmo no fue un don nadie, ya sabemos lo que significa en el Río de la Plata el caudillo en que se convirtió... ¿Quién no conoce a “Hernandarias”(1) en estos reinos?- la risita mefistofélica volvía a apuñalar mis carnes interiores, lacerándome hasta casi interrumpir la profundidad en que intentaba sumergirme para apartar de mí ese pensamiento cruel que, de tanto en tanto, salía de las cavernas del infierno interior que cada uno lleva consigo.
Gracias a Dios, algo dijo el notario liberándome de los sufrimientos íntimos que me atenazaban. Retornando a la superficie de la realidad me encontré con el fedatario que me extendía los folios producto de su trabajo, pidiéndome que los leyera antes de suscribirlos. Confiado en su meticulosidad, los ojeé en forma rápida, una vez más con mi inquisidor trepado sobre mi hombro haciendo, de tanto en tanto, algún comentario al que no prestaba ninguna atención.
-Bien señor notario, habéis interpretado al pie de la letras las instrucciones que os di- dije, agradeciendo en mi interior a Nuestro Señor que me hubiera permitido dar ese paso tan deseado en este invierno de 1613, y empuñando la pluma que me tendía solícito y halagado el escribano, estampé al pie mi firma: Hernando de Trejo y Sanabria Episcopus Tucumanae. (2)
Dejé en libertad al funcionario y, charlando como lo había hecho a mi llegada, me despedí de D. Francisco de Mendoza, agradeciéndole su gentileza en prestarme su encomienda y su reserva para esos menesteres que quería conservar en la mayor intimidad posible, ingresando, previo paso por la capilla, al túnel donde me aguardaba mi guía, antorcha en mano. Caminé en silencio un lapso, mis pensamientos no bullían ahora en el caldo del pasado, sino que se habían disparado espontáneamente al futuro, hacia el fruto de todo lo que me había conmovido en las últimas horas, hacia esa universidad que brillaba como la antorcha en el túnel que transitaba, pero esta vez en un túnel horadado en el tiempo; un laberinto apenas esbozado hacia el futuro, que más que transitarlo habría que construir, y en cuya trazado esa casa de estudios soñada sería la brújula marcando el rumbo: “Ut portet nomen meun coram gentibus” “Univertas Cordubensis Tucumanae”. (3)
-Eminencia- por primera vez el duende empleaba el tratamiento que me correspondía- ¿Quién puso nuestro hallazgo dentro del muro?- no me importunó lo más mínimo la pregunta, ni aún el “nuestro” que solía molestarme, y contesté con un indiferente encoger de hombros.
-Eminencia- insistió el gnomo- ¿Os acordáis de los dientecitos en el tubo de plata, los que seguramente habían pertenecido a un infante muy querido, sin duda al predilecto de la prole?- su voz ahora era meliflua, halagadora, casi obsecuente, lo que me hizo poner en guardia.
-Sí.
-¿Serían de Hernandarias o vuestros, Eminencia?- sin esperar mi respuesta el duende, de un salto, huyó a cobijarse en los obscuros vericuetos de mi espíritu. (4)

(1)Hernando Arias de Saavedra, no es de extrañar que en esta época los hijos no tomaran el apellido de sus padres. Esto no significaba desprecio para sus progenitores.
(2)Los medio hermanos Hernado de Trejo y Sanabria y Hernando Arias de Saavedra, Hernandarias, fueron hitos del americanismo en el Río de la Plata; el uno, primer criollo consagrado obispo y fundador de la Universidad de Córdoba, en cuya empresa fue secundado magistralmente por el provincial de los jesuitas, Diego de Torres; el otro, primer criollo designado gobernador, y caudillo indiscutido de estas tierras.
(3)El lema de la Universidad de Córdoba no le fue impuesto por el obispo Trejo y Sanabria.
(4)El obispo D. Hernando de Trejo y Sanabria salió al año siguiente (1614) a misionar a las sierras de Córdoba, retornando enfermo. Acompañado entre otros por su confesor, el padre Juan Darío, inició viaje a la sede de su diócesis en Santiago del Estero, pensando que el clima de esa villa lo reconfortaría. Falleció a sólo ocho leguas de su partida, el 24 de diciembre de aquel año.
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Alfonso Sevilla

domingo, 25 de noviembre de 2007

UT PORTET NOMEN MEUN (Novela breve en fascículos)


Entrega 19 y penúltima
Encaramado en el hombro del notario, quien por supuesto no podía percibir su presencia, leía el escrito dirigiendo hacia mí sus ojos, ora alarmados por el contenido de determinadas partes del texto, ora interrogantes en los momentos en que, me pareció, el decir hermético propio de la profesión notarial, labraba párrafos para él (y para muchos) incomprensibles, hasta que de pronto se deslizó reptando hasta encaramarse en mi hombro, susurrándome al oído:
-¡¿Toda la herencia?!
Divertido, asentí con mi cabeza.
-¡¿Al padre Diego de Torres?!
-¡Claro que sí! ¿Porqué no a él? ¡Y ten mucho cuidado de faltar al respeto al provincial de los jesuitas, bellaco!- contesté en mi interior. Por la proximidad con que ahora lo contemplaba, o tal vez acentuada por mi admonición, pude ver lo profundo que había calado la transfiguración en el rostro del trasgo, que antes sólo percibida en sus movimientos: sus ojos habían trocado su habitual brillo picaresco por un toque de sombra angustioso subrayado por profundas ojeras, no existía más en ellos ese signo de interrogación que arrastraba a seguirlo en sus sugerencias, en su lugar ahora flotaba un ambiguo aguaitar desesperanzado; sus labios, en el sótano curvados por un gesto alegremente irónico, habían dejado caer sus comisuras cargadas por el peso de la decepción; el sino del duende había dejado de ser la curiosidad arrolladora, siempre plena de vida, optimista, ansiosa de futuro, para virar hacia su contracara: la duda. No era más un gnomo, me atrevería a decir que ahora era un espectro. Dejé a un costado al ser fantasmal, para meditar sobre mi legado, llegando una vez más a la conclusión que para nada me arrepentía de lo que había dispuesto. Este era un tema que no había surgido sorpresivamente, había sido analizado largamente en el interior de mi conciencia, y madurado en mis conversaciones con el padre Diego; no había improvisación, ni arrebato de magnanimidad: así como en Santiago del Estero había fundado el primer seminario del Tucumán, ahora quería ver una casa de estudios superiores, tal la universidad que había conocido en Lima, pero esta vez en Córdoba de la Nueva Andalucía.
Como siempre mis pensamiento bullían con mayor rapidez que mi capacidad para expresarlos o, como en este caso, de verlos desfilar ordenadamente ante los ojos de mi visión interior. De pronto, en un salto atrás de mis recuerdos, me vi escribiendo un párrafo de la carta que hacía dos años había dirigido al sabio seguidor de San Ignacio “...me obligo dar para ella veinte mil ducados de Castilla y cumplidos entregados al Padre Provincial que eso fuera de esta provincia o al Rector desta casa...” Cada vez que recuerdo este hecho siento el latigazo del remordimiento por un acto que con el tiempo juzgué motivado por la vanidad, y que para mi tranquilidad y salud de mi alma, he reparado con el sentido arrepentimiento; sin duda caí en pecado cuando terminé el párrafo escribiendo: “... el Padre General me ha de recibir por fundador de dicho colegio.” Vanidad, pensaba mientras el notario parecía a punto de terminar su escrito, cuantos pecados arrastra tras su cola esa horrible palabra; y como siempre me sucedía, una idea arrastraba a otra en una extensa cadena que terminaba distante del motivo que había dado origen al primer eslabón. Muchas veces el final inesperado estallaba con luz propia iluminando una realidad que por momentos me dejaba perplejo.
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Alfonso Sevilla

miércoles, 21 de noviembre de 2007

UT PORTET NOMEN MEUN (Novela breve en fascículos)


Entrega 18
En la quinta había varias construcciones de adobe con techos de paja. La más importante, hacia la que nos dirigíamos, parecía ufanarse de su galería anterior sostenida por rústicos parantes de madera, casi troncos; no obstante, la casa la ostentaba orgullosa, como símbolo distintivo de su posición social en medio de sus congéneres: ser la morada del amo, D. Francisco de Mendoza. En nuestra plática caminando hacia ella revistamos las novedades políticas, yo comentaba lo acaecido en Santiago del Estero, con figura central en el gobernador, D. Luis de Quiñones Osorio, y él relataba los sucesos en Córdoba, siendo la diana de sus afiladas flechas el Teniente Gobernador, D. Fernando de Toledo Pimentel. El último tramo de nuestro andar lo hicimos a la vera de un ancón, de donde nacían acequias espejadas por el sol jugueteando entre las cabelleras de los sauces, y acompasadas en su corretear por los quejidos de algunas norias trasegando las aguas hacia los cuadros de cultivo.
-Os aguarda el notario- me dijo D. Francisco, a punto ya de entrar a la vivienda.
Hubo saludos protocolares, exagerados por el fedatario, especie que, creo, siempre le gustó desplegar hasta la exageración tanto las reverencias como los latinajos. Ya sentados alrededor de una rústica mesa, y después de tomar una taza de soconusco, que me supo como nunca sazonado por el frío del invierno cordobés, se retiró el encomendero aduciendo la necesidad de atender tareas en la quinta, lo que evidentemente era mero pretexto para dejarnos en soledad trabajar.(1)
El letrado había abierto su escribanía portátil y de su interior sacaba los instrumentos de su oficio: tintero, plumas de ganso, y folios cuyo número me hicieron temblar al pensar que si pensaba llenarlos a todos me pasaría el día entre obviedades, frases hechas y otras menudencias a la que son tan afectos los de su menester. Con suma atención revistó el corte de las plumas, sus ojos de aguilucho brillando bajo unas cejas que trepaban tormentosas hacia lo alto, como si de un general se tratase, pasando minuciosa inspección a las espadas de su tropa en la hora crucial que preludia la batalla. Acarició los folios, campo donde libraría el combate, hasta que finalmente seleccionó uno al que contempló satisfecho; levantó el mentón entrecerrando sus ojos como si se tratara de un artista buscando su musa, o un sacerdote a la hora de la consagración, abrevó la pluma en el tintero y dejó flotar un instante la mano portando su arma, hasta que, en forma decidida, la dejó caer sobre el papel donde trazó la señal de la cruz, dejando fluir la pluma portadora de su sapiencia: “En el nombre de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, un solo Dios Verdadero, y de la Gloriosa Virgen María su madre, Nuestra Señora, a quien toma por abogada, en el asiento de la Ciudad de Córdoba de la Nueva Andalucía....”... El escribano susurraba lo que escribía, pausando su letanía en los lapsos en que, concentrado en un concepto o en el tallado de una filigrana, sacaba la punta de la lengua por una comisura de sus labios y entrecerraba sus ojos modificando la posición de su cabeza sobre la blanca peana de seda alechugada.
El monótono hacer del notario, y mi poco protagonismo, ya que había entregado al notario una minuta con las bases del escrito que necesitaba, me condujo rápidamente al ensimismamiento que caracteriza mi manera de ser; no me cuesta confesarlo, ni trato de corregirlo; antes bien, gozo apurando el proceso cuando lo sé a punto de acaecer, y en aquella oportunidad hice como siempre, empujándome a las profundidades de mi ser. Esta circunstancia hizo reaparecer al geniecillo, ahora instalado en el escenario en que se movían mis pensamientos, aún cuando sus modos fueran otros; en casa ajena, el trasgo parecía cohibido, sus movimientos, antes vivaces y contagiando permanentemente un dinamismo que invitaba a avanzar sin freno hacia lo desconocido, ahora se habían vuelto calmos, temerosos, calculadores; las cabriolas habían desaparecido y ahora, extremadamente sigiloso, caminaba en puntas de pie acercándose al escriba. De tanto en tanto, mientras acortaba la distancia, me miraba buscando mi aprobación... o complicidad, haciéndome reír en mi interior.
(1) La quinta es el origen de un barrio tradicional cordobés, “Quinta Santa Ana”, en el que existe aún la capilla en donde se sigue oficiando el culto.
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Alfonso Sevilla

sábado, 17 de noviembre de 2007

UT PORTET NOMEN MEUN (Novela breve en fascículos)


Entrega 17
-Dios ajusta pero no ahorca, hermano- me pareció que alguien me había dicho, como si de una respuesta se tratara; y nuevamente tuve la sensación de haber actuado en el proscenio de la ensoñación, a la vez que me contemplaba desde fuera de la escena, como un simple espectador... ¡Ah, las luchas con el poder secular!... ¡Es lo que menos deseaba!... Difusamente, la historia de un enfrentamiento anterior pasó ante mis ojos...
-Finalmente el gobernador Lerma terminó con grillos y enviado a España- traté de tranquilizarme en el diálogo reiniciado conmigo mismo, pensando en las rencilla en que se vio envuelto mi antecesor, Victoria.
-¿Y de que le sirvió al portugués?- intervino el duende que apareció avanzando entre cabriolas delante mío, remarcando lo de “portugués”, como si pretendiera, al recordar el origen de Victoria, despertar en mí algún sentimiento de encono, o exacerbar reacciones que por mi estado no me debía permitir.
-De mucho: ganar la eterna batalla entre los que defendemos a los infieles como hijos de Dios, y los que sólo buscan explotarlos hasta el límite de sus fuerzas, estimado compañero- contesté en tono amigable.
-Lamentablemente la victoria fue pírrica, a su fin sólo quedaron tres sacerdotes en toda la diócesis- lanzó una carcajada el trasgo, olvidando los aires doctorales con que había iniciado su parlamento.
-¡Será posible que no se te pueda tratar como a gente!- me causó gracia la supuesta riña que había planteado, la que olvidé para concentrarme en temas más importantes- Veinte años luché inmerso en esa realidad- me dije- y el Señor me bendijo con el éxito de un Tucumán floreciente, con mi acción pastoral trascendiendo más allá de lo espiritual, tal como lo había hecho, pese a sus sinsabores, “el portugués”. Gracias a su acción, por vez primera se vendió en Brasil(1) un importante cargamento de productos elaborados por manos del Tucumán.
Entre las nieblas de mi meditación me pareció escuchar la voz del hombre de la antorcha preguntándome hacia donde deseaba ir. Sacudí la cabeza para obligarme a regresar de mi vuelo hacia el campo onírico, arrastrando a mi ser a su realidad de caminante en el túnel, y vi a mi guía bajo la antorcha, detenido ante el interrogante de una bifurcación de la caverna, con el rostro desformado por la luz que caía de lo alto, estirando sus facciones en espectral gesto.
-A la quinta de D. Francisco de Mendoza- ordené. Pocos minutos después el túnel se enroscaba en una escalera de caracol; trepé por ella hacia lo que era una diminuta capilla tan hermosa como rústica sus piedras, transité unos pasos sobre sus lajas rugosas y, arrodillándome a un costado del altar, recé unas oraciones ante la imagen de Santa Ana entronizada en una hornacina. En tal menester piadoso me encontraba cuando el gorjeo de unas espuelas a mis espaldas me sacaron de la contemplación interior. Ante mi se hallaba un hidalgo rural, delgado, alto, de anchas espaldas, nariz aguileña y piel curtida por la intemperie, al que tuve que contener para que no pusiera su rodilla cuando besaba mi anillo.
Mientras caminábamos charlamos en susurros en la capilla, y ya fuera, acariciados por el sol, en alta voz que permitía al hidalgo derramar su personalidad extrovertida abierta en gestos oportunos, subrayados de tanto en tanto por su risa franca. Nos hallábamos en una hondonada entre lomas de greda que encrespaban sus lomos al poniente y se diluían al naciente, fluyendo hacia la hoya donde se veía a un cuarto de legua la ciudad amodorrada, como un niño en su cuna; dije veía, pero creo que más exacto sería expresar “intuía”: lo único nítido tras la distancia y la niebla, último aliento de la escarcha derretida, eran los campanarios de sus iglesias portando en sus topes, como moharras, los símbolos de la Verdadera Fe.
(1) El 2 de setiembre de 1587 se efectuó lo que se considera la primera exportación de manufacturas argentinas. A eso se debe que desde 1921, por disposición del gobierno nacional, se reconoce ese día como “Día de la Industria”.
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Alfonso Sevilla

jueves, 15 de noviembre de 2007

UT PORTET NOMEN MEUN (Novela breve en fascículos)


Entrega 16
No se equivocaron los ignacianos cuando eligieron esta villa como cabecera de su provincia del Paraguay (1) - pensé cruzando el patio- ¡Yo también siento su embrujo!... hasta he meditado si mis frecuentes viajes desde mi sede en Santiago del Estero se deben a mis necesidades pastorales, o a la forma en que me apetecen los aires cordobeses... ¿No debería quizás trasladar mi sede a esta Córdoba?... Si fuera sólo por satisfacer mis apetencias, que Dios me perdone, ya lo estaría haciendo... ¡Vamos, tampoco exageres!- me dije deteniendo una sesión de autoflagelación que ya parecía inminente- si los jesuitas han sentado sus reales aquí y si tú vienes a ella frecuentemente es porque ves las posibilidades que su ubicación tiene, el genio de sus habitantes, su entrega al estudio, su búsqueda permanente de la verdad, su orgullo de ser lo que son; ¿orgullo dije?... ¡sí, orgullo!, pero uno bien entendido, que no se satisface en abrir las plumas como un pavo real, sino que los impulsa a esforzarse en trascender, en no aceptar imposiciones injustas, en entregarse con alma y vida a defender lo que creen justo... Mientras así pensaba había retornado a la cripta, y me encaminaba tras un fraile, profundo conocedor de los arcanos corredores, que, hachón en alto me guiaba con paso firme y en respetuoso silencio sólo roto para anunciar alguna incidencia del sinuoso túnel: “aquí hay escalones”; “cuidado la viga que es baja”; “hay un charco de agua”... El silencio, lacerado a veces por chillar de cerrojos y goznes o el tintinear de las inmensas llaves, y la oscuridad de la catacumba me transportaron nuevamente a mi mundo interior. Los viejos recuerdos volvieron a revolotear: los de Asunción con aroma a flores silvestres, con rumor de agua serpenteando en mil arroyos y ríos, con la musicalidad del guaraní acompañando a los indios en su creativo laboreo, o en su remar acompasado en ágiles canoas, y los del querido Perú, en cuyos claustros maduré. Mientras caminaba me esforcé en recordar lo soñado. No tan sólo voces, murmullos; también había escenas en esa ensoñación; sentimientos, muchas veces contradictorios, que tal vez por la fuerza de sus contrastes debieron ser los que más material habían echado en el crisol, aleando el metal en el que se cinceló mi existencia. Tal sino me llevó a un pasado embargado por sinsabores y alegrías: la muerte temprana de mi padre, y la pronta aparición de un nuevo padre; luego nomás el nacimiento de un hermano que acaparó la atención de todos, arrebatándome, en un golpe de preferencia por la sangre que lo había engendrado, el mayorazgo que me correspondía y el favor de la familia que se agrandaba día a día con más hermanas.. ¿Ignorado?... No, no fui nunca ignorado, pero sí viví rodeado por una fría indiferencia: como segundón, que no lo era, fui inducido a tomar estado y tras la decisión de vestir los hábitos abandoné el calor de la familia en Asunción, para emigrar a Lima donde por la gracia del Señor me educaría. Con el tiempo, ya sacerdote, aparecía nítida la alegría de recibir bajo mi responsabilidad la provincia franciscana del Perú que tanto llegué a amar, y la tristeza de tener que dejarla; en ese contraste triunfó el alborozo de recibir la bendición de mayores responsabilidades en el Tucumán que, además de la apasionante labor pastoral a la que había consagrado mi vida, ineludiblemente me llevaría a enfrentarme con el poder secular, como siempre había sucedido en el convulso mundo en el que actuaba... Caminaba y meditaba siguiendo el hachón de mi guía, pretendiendo desentrañar los secretos que continuaban inescrutables, al socaire de ese olvido que suele cerrarse ocultando lo vivido en los sueños...
(1)En 1599, veinte y seis años después de la fundación de la ciudad, la Compañía de Jesús la eligió como centro de difusión de su grandiosa acción, no tan sólo religiosa sino cultural y social, a todo el territorio de esa provincia jesuítica que comprendía los jurisdicciones actuales de Argentina, Uruguay, Paraguay, Sur de Brasil y Chile.
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Alfonso Sevilla

domingo, 11 de noviembre de 2007

UT PORTET NOMEN MEUN (Novela breve en fascículos)


Entrega 15
-¡Es un varón!, es un varón!- gritaba corriendo escaleras abajo una mujer; aparecía una de aquellas esporádicas escenas.
-¡Hernando será su nombre!- dijo mi padrastro mientras subía a grandes zancadas hacia la habitación de mi madre.
Esas palabras me laceraron tan hondamente que a punto estuve de emerger a la realidad, mas permanecí deambulando en la estrecha región que separa la vigilia de la ensoñación. “¡Hernando soy yo, no me quitéis también mi nombre!”, me pareció decir mientras me revolvía con la cabeza reposando sobre la mesa. Lentamente la angustia dejaba de clavar sus dientes en mi alma, y el ansiado desaparecer en la nada tendió su manto tibio sobre mi cuerpo; se apagaron las luces en mi interior, y me sumergí nuevamente en la paz absoluta del mero reposo atemporal, hasta que en algún momento algo comenzó a moverse. Era un balanceo, ¡sí! el balanceo del canasto en el que me encontraba me hacía reír, me reía como cuando mi padre me arrojaba por el aire; podía ver mis manitas extendidas hacia lo alto, como si quisiera alcanzar el palo de donde pendía el canasto, y las cabezas de los indios que portaban el madero sobre sus hombros. Aquella noche la escena me pareció más real que nunca... hasta creo haber escuchado el dulce canturreo de los indios, mientras las paredes vegetales del túnel pasaban lentamente a mi lado; antes de diluirse la imagen intuí un rostro recortado sobre el techo verde... era mi madre que se asomaba para mirarme y vi su mano acariciándome la frente con un pañuelo; en la ilusión del sueño me pareció que era el de las iniciales MC, hallado en la cripta... el pañuelo de mi abuela...
El verde que lo envolvía todo lentamente se hacía más profundo, hasta asfixiar la escena en su totalidad, retornando la tranquilidad ausente de imágenes, una y otra vez interrumpida por nuevas escenas inexplicablemente borradas de mi mente en el momento en que me desperté. Ya dueño de mi ser, en la penumbra apenas alumbrada por la agonía de la única vela que aún ardía, me esforcé por revivirlas pero me fue imposible, enardeciendo al duende que había retornado a deambular por la mesa atormentado en el potro de la curiosidad; sólo pude columbrar que en mi interior habían retumbado profundos cánticos en latín que se complementaban con el aroma a incienso que, me pareció, aún persistía en la cripta... algunos flecos de aisladas conversaciones rondaban en mi cabeza...”Eminencia, rogaremos para que la Santísima Trinidad os bendigan en vuestra acción pastoral”, saliendo desde dentro de un pardo hábito, retumbaba la voz hueca del recuerdo en mis oídos. Guardé todo lo que había retirado del muro en su escondrijo, tomé el candil y subí la escalera por la que se asomaba la claridad de un amanecer apenas insinuado en el patio. Fui a mis aposentos, me lavé, y el buen hermano barbero me rasuró como todas las mañanas. Una vez con ropas más dignas que las que me había puesto para descender al sótano me dirigí presuroso a la capilla doméstica donde me aguardaba el discípulo de San Ignacio, padre Diego de Torres, con quién concelebramos la Santa Misa, para dirigirnos luego al refectorio a desayunar.
-No se preocupe Vuestra Paternidad- le dije al despedirnos en el patio- Hoy cierro con el notario lo que habíamos hablado sobre los fondos necesarios; avanzaremos padre, avanzaremos “ad majorem Dei gloriam”, tal como os manda la “Societas Jesu”, que mucho ha hecho para ayudar mi tarea evangelizadora. De regreso en el patio, las campanas de la Córdoba que tanto me atraía comenzaban tímidamente a saludar un despejado día de invierno; el frío cortante que cabalgaba el viento serrano se atenuaba con la tibieza de un sol que tomaba coraje, animado por el crescendo de los bronces llenando el aire.
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Alfonso Sevilla

miércoles, 7 de noviembre de 2007

UT PORTET NOMEN MEUN (Novela breve en fascículos)


Entrega 14
Este siniestro sujeto, celoso de la intromisión española en lo que creía eran sus dominios, convenció a Dña. Mencia para que se trasladara con toda la gente a su real; él se comprometía a tenerlos como huéspedes y hacerlos llegar a Asunción a la brevedad. “¡Comida acabada, amistad terminada!” Después de quince meses de esperar el cumplimiento de la promesa, “La Adelantada” escapó con las doncellas y el resto de su gente de las garras del perdulario portugués y regresó a San Francisco, desde donde partió adentrándose en la selva con rumbo a la Asunción.
Con la imagen del pequeño caserío perdiéndose entre la niebla del tiempo y el verde manto de la selva, caí en las profundidades del sueño; atrás dejaba el mundo de cartas y bitácora para sumergirme en otro más apasionante, el de mi propia inconsciente elaboración, en el que rutilaban las decenas de imágenes de otros tiempos, las más de las veces entremezclando épocas y personajes que pasaban de un escenario a otro provocando un mundo irreal e incoherente.
De pequeño poco supe de mi padre, no tengo recuerdos físicos de él. Cuando lo evoco, una voz grave llena el espacio de la imagen ausente... una voz grave y el sentirme lanzado hacia el aire entre risas; después... después, un gran vacío, el llanto de mi madre siempre asociado a su ausencia, y con el tiempo la eterna duda:
-Madre, ¿y mi padre?- preguntaba de tanto en tanto, hiciera lo que hiciera; esa incertidumbre aparecía siempre en mis primeros recuerdos de Asunción.
-Está en el cielo, hijo- la repuesta corría un velo de soledad en torno a mi personita, velo que se hacía más opresivo cuando llegaba la noche y, al pie de la cama, rezaba junto a mi madre por su descanso en la Gloria de Nuestro Señor. Esas oraciones me recordaban la ausencia a la que era tan sensible, y en la penumbra del candil que permanecía velando mis sueños, ya solo, me aferraba a la almohada y la humedecía con alguna lágrima, como si rogara “al que se fue” que me hablara con su voz ronca y me arrojara por los aires para recibirme en sus brazos entre risas y la entrañable aspereza de la barba tan querida. Pero lo que más me confundía era ese otro señor a quien también llamaba padre, alguien muy respetado. Estas imágenes solían repetirse, iban y venían en el espacio infinito de los sueños, alternando el protagonismo con otra escena que me intrigaba, a la vez que me causaba un profundo sentimiento de intranquilidad: mi madre aparecía con mis dos padres, sobre nubarrones que danzaban dibujando un torturado telón de fondo.
La figura de mi madre bien definida y resplandeciente como siempre, y las de mis dos “padres” apenas delineadas; el ausente avanzaba ganando nitidez al dejar atrás los nubarrones. Con el rostro cubierto por un velo, iba hacia mi madre que lo esperaba con los brazos tendidos, estallando en el silencio del sueño sólo dos palabras: “María”, modulaba la voz grave de mis recuerdos, “Hernado”, cristalina contestaba mi madre; breve diálogo que preludiaba al tierno beso en que se fundían. Lentamente, envuelta por la tormenta, se borraba la imagen de mi padre tan querido, dejando lugar a mi otro “padre” del que sí tengo recuerdos físicos, esbelto, varonil, ligeramente arrogante, aguardaba a mi madre; “Querida Señora”, decía él con acento comedido, “Mi Señor”, contestaba ella, insinuando una muy leve reverencia, suspendida por la mano solícita del caballero. A esas dos escenas centrales, casi siempre presentes de una u otra forma en mis sueños, se sumaron aquella noche otras, que como fusilos aparecían y desaparecían.
Continuará- Las entregas se harán los miércoles y domingo
Alfonso Sevilla

domingo, 4 de noviembre de 2007

UT PORTET NOMEN MEUN (Novela breve en fascículos)


Entrega 13
Pese a lo absorto que me tenía el relato, arrebujado en mi capa, así como en el brasero se escondían las brazas entre las cenizas, y con las velas que comenzaban a agonizar, no pude evitar que un lento sopor lastrara mis párpados haciendo de la lectura un claroscuro donde alternaban las luces del texto con la penumbra de la ensoñación, provocando un bailoteo ridículo de mi cabeza; la narración se tornaba ininteligible y creo que por momentos se amalgamaba la realidad atrapada en el papel, con situaciones que mi imaginación tallaba en las sombras de mi mente adormecida, quizás teniendo por modelo recuerdos de lo por mí vivido. A tal punto llegó la confusión resultante que creo haber entrelazado a mi padre, a quien nunca conocí por ser yo muy pequeño cuando falleció, en la trama de los sucesos, llegando a verlo como capitán al lado de “La Adelantada” fundando la ciudad de San Francisco, en un lugar donde habían encontrado una gran cruz clavada sobre los morros, sin duda para que fueran avistadas por cristianos que llegaran a ese paraje. Sobre el madero había gravado de un lado el nombre del Santo Padre, Papa Alejandro VI; el del Rey de Francia, Luis XII; el del Almirante de Francia, Luis Mallet de Granville, y otros nombres, y del otro lado: en latín, lo que en nuestra lengua quiere decir: "Aqui Binot Paulmier De Gonneville plantó este objeto sagrado." “La Adelantada” relataba en su escrito... ¿o en mi ensoñación?... ¡no, estoy seguro que figura en sus escritos!... que el real fundado por franceses había sido poco tiempo después abandonado y que ella tomaba posesión de esos reinos por mandato del Cesar D. Carlos, y clavaba la picota de la fundación de una nueva ciudad que se llamaría San Francisco y a la que, con el correr del tiempo, los lusitanos nombrarían Sao Francisco do Sul. Diligentemente se construyeron casas de barro y paja y una iglesia de madera en donde se entronizó una imagen de Nuestra Señora de Gracia, y que todo esto acontecía en 1553, suceso que regocijó a la fundadora ya que con él se daba cumplimiento a uno de los mandatos que el Emperador había encomendado a su marido, el difunto adelantado D. Juan de Sanabria. El nombre del fallecido despabiló al duende de la curiosidad (los duendes no duermen totalmente, sólo lo hacen a medias, atentos siempre a los sucesos que hacen a su razón de ser), el geniecillo dio un brinco e irrespetuosamente engarfió sus dedos en mi ropaje y sin miramiento alguno la emprendió a zamarrearme gritando desaforadamente: “¡Ea, señor, las iniciales, las iniciales!” La sugerencia, ¿u orden debería decir?, me sacó sobresaltado del sopor en el que me debatía y, esta vez sin ningún disimulo, busqué el papel correspondiente en donde anoté JS, apresurándome a revolver el desorden de la mesa en procura de la escarcela y los anillos... ¡efectivamente, en uno de ellos campeaban las letras en cuestión, primorosamente enlazadas! El impacto del hallazgo hicieron que los sentidos se adueñaran por completo de mi cuerpo, retornando la lucidez a mi mente; algo indescriptible se apoderó de mí, tierno, nostálgico, por momentos mis ojos se nublaron con el acuoso velo de la nostalgia y, sin saber bien porqué, envolví con unción al anillo en el pañuelo, como si con mi acto pretendiera que los esposos se reencontraran en un tierno abrazo dentro de la intimidad de la escarcela, en donde los dejé reposar. A partir de aquí todo se tornó muy confuso, no tanto por lo destruido del papel, sino por el batiburrillo de mi sesera en donde colijo que cada vez tenían más injerencia las ensoñaciones. Creo que en algún momento destelló en ese mare magnum una boda de gran importancia entre un capitán y María, una de las hijas de Dña. Mencia, suceso feliz opacado por la entrada en escena de un torvo personaje. Un tal Thome de Souza; lusitano de alto porte, tez morena burilada por la viruela, gesto ora irónicamente sonriente que no se privaba de mostrar una dentadura amarillenta y llena de ausencias, ora desdén de labios apretados bajo el acento de una cicatriz que se descolgaba por sobre un ojo; ¡imagen de la ruindad, la del gobernador portugués de San Vicente!
(Continuará- Las entregas se harán los miércoles y domingo)
Alfonso Sevilla

miércoles, 31 de octubre de 2007

UT PORTET NOMEN MEUN (Novela breve en fascículos)


Entrega 12
En realidad las líneas contenían una serie de veladas quejas; Dña. Mencia esperaba que el “Sr. Adelantado no tardaría en “seguirla” (la frase, tal como estaba redactada, destilaba ironía, sazonada con unas gotas de desprecio). Sólo faltaba, pensé, que rematara sus líneas con el refrán peruano: “Lo que no alcanzan barbas, lo consiguen faldas”. Sin esperar la advertencia del geniecillo escribí en la “hoja de las iniciales” JSE por el piloto, sin muchas esperanzas, ya que me parecía que los anillos debían pertenecer a la familia y no a quienes hubieran servido en la empresa, y me dispuse a continuar con los documentos. Los folios que había colocado a continuación me intrigaron desde el primer momento, y si aún no los había inspeccionado era sólo por respetar el orden cronológico que me había propuesto seguir. Se trataba de algo que podría definir como bitácora, anotaciones de viajes hecha por Dña. Mencia; serie de hojas cosidas por manos poco expertas en encuadernar papeles, no todas eran del mismo tamaño ni textura, incluso había algún documento que estaba escrito en portugués. La lectura me atrapó, y por ella supe que la travesía de la Mar Océano había sido más desafortunada que lo habitual. Me impresionó sobremanera como las anotaciones, a medida que las fechas de los asientos pasaban, se tornaban más escuetas, por momentos poco coherentes, ¿pero que otra cosa se podría esperar de aquellos infelices viviendo permanentemente en estado de zozobra? No obstante lo trágico del relato, en ningún párrafo encontré una sola queja hacia la Divina Providencia que los ponía en tan terribles pruebas, ¡sólo había bendiciones al Altísimo por sacarlos siempre con bien! Su lectura me llenó de paz y creo que por su influjo aquella noche renové mi compromiso de servicio a Dios Nuestro Señor. La travesía de la Mar Océano había sido más desafortunada que lo habitual.
El calvario comenzó con una persecución de piratas que ya por aquellos días habían comenzado a pulular en la Mar del Norte, atraídos por el oro de los galeones españoles, situación ideal para los carroñeros ingleses que no tan sólo lograban riquezas con sus andanzas, sino títulos de nobleza con los que su corona premiaba lo único que apreciaban, la riqueza. En las maniobras para eludirlos, lo que finalmente se consiguió, la flota de Dña. Mencia llegó a las inmediaciones de las costas africanas, debiendo desde allí retomar rumbo a Poniente, cosa dificultosa por la dirección de los vientos, para corregir la deriva a la que se habían visto obligados.
Escaparon de las garras de los ladrones de la mar para caer en otras no menos peligrosas: las tremendas tormentas que los azotaron durante semanas enteras empujándolos hacia las costas del Brasil en donde debieron recalar por el estado de postración de las naos, desarboladas por los vientos y carcomidas por las diminutas alimañas de aquellas aguas. Finalmente atracaron en una bahía a pocas leguas al Septentrión de la isla de Santa Catalina, quedando atrapados sobre la playa de arenas blanquísimas, entre los morros exuberantes de vegetación y la mar profundamente azul.
Dña. Mencia, “La Adelantada” como ya comenzaban a apellidarla, que al parecer no dudaba en ejercer la autoridad de caudillo en que las circunstancias la colocaron, despachó a Asunción, por tierra, al capitán D. Cristóbal de Saavedra para que avisara lo que había acontecido, y pidiese ayuda a su hijo, D. Diego, al que hacía ya en aquella ciudad. En el escrito había numerosas apostillas, seguramente escritas “a posteriori” en los amplios márgenes que pienso se habían dejado “ex profeso”, y en el caso que ahora comento se leía con claridad: “Por esta expedición llegó a Asunción la primera noticia de que había nuevo adelantado, e Irala despachó río abajo a Ñuflo de Chávez en algunos bergantines a buscarnos a la isla de San Gabriel (1) , en la boca del Río de la Plata, pensando que habríamos logrado arribar allí. Al no encontrarnos, y como no podía navegar la mar con embarcaciones de tan poco porte, regresó a Asunción.”
(1) Isla pedregosa y pequeña, se encuentra a poca distancia al SE de Colonia del Sacramento, y era habitualmente usada en la época por los españoles, quizás temerosos de la ferocidad de los aborígenes de las costas.
(Continuará. Las entregas se harán el domingo y miércoles)
Alfonso Sevilla

martes, 23 de octubre de 2007

UT PORTET NOMEN MEUN (Novela breve en fascículos)


Entrega 11
-No está mal...65, 66, 67,... nada mal... 72, 73, 74,... engrosarán mi herencia, con la que dotaré a... 84, 85, 86... al Provincial “Societatis Jesu”... 93, 94, 95... - pensaba en alta voz, mientras contaba las monedas haciendo pilas de a diez. Sobre la mesa, tendido cuan largo era, el duende, fantasma de mi curiosidad, dormía despreocupado. A él, el dinero no lo excitaba. Contadas las piezas de oro, volví a los papeles no leídos. Seleccioné el que a mi criterio seguía por cronología, desgraciadamente tan maltrecho como los anteriores. Sin duda se trataba de un borrador de otra epístola, sumamente corregido, lleno de tachones y frases superpuestas. Como borrador que era no tenía frases protocolares, pero sí, lugar y mes: Sevilla, abril del Año de Nuestro Señor de 1550. ¿Porqué un borrador? ¿Tal vez porque a la misiva se le asignaba gran importancia y no se quería improvisar? ¿Y el lugar y mes? Quizás sólo se pensara remitirla en determinadas circunstancias, siempre en el mes de abril de ese año. La autora era sin duda la viuda del adelantado y la destinaba a su hijo Diego, heredero del título. Si bien era poco lo legible, algunos extremos de importancia quedaban claros, entre ellos el nombre de la dama: Dña. Mencia Calderón.
-Vueseñoría debería anotar las iniciales- me susurró al oído el trasgo, que había vuelto a la vigilia al pasar el oro a segundo plano- ¿Recordáis Señor los anillos con anagramas, y el pañuelo bordado?
Lo miré, esta vez sin rencor, parado sobre mi hombro; creo que hasta le sonreí mientras tomaba un papel y escribía MC. No obstante, para no sentar precedente, lo desbarranqué espalda abajo con un ademán de quien quita una brizna de polvo de su capa, lo que en vez de enfadarlo pareció causarle hilaridad. El muy truhán había encendido en mí la chispa de la intriga, y si no me apresuré a buscar anillos y pañuelo, fue sólo para no demostrarle al duende la influencia que podía llegar a tener sus sugerencias. Unos segundos después, y como al descuido, tomé el pañuelo... ¡y, sí; las letras sobre la seda eran MC! ¿Así que la viuda del adelantado era Mencia Calderón? Pues, ya había cobrado otra braza del hilo de Ariadna; el ovillo en mis manos comenzaba a engordar y el laberinto dejaba de parecerme infinito. Toda la misiva, o su borrador, estaba cargada de un aire de desilusión: ¿el de una madre que no ve en su hijo el empuje que ella soñaba?, ¿o quizás la frustración al tomar conciencia de que sus ordenes no eran acatadas? Conociendo como creo conocer al ser humano, y a las mujeres, es muy probable que una amalgama de ambos sentimientos hubieran movido su pluma.
A punto estaba de decir “informaba” a su hijo que ante las dificultades que él tenía para hacerse a la mar, ella se haría cargo de zarpar con tres naves para dar comienzo de cumplimiento al mandato que el adelantazgo conllevaba, pero me parece más preciso emplear el término “echaba en cara” (creo que esta expresión es más fiel al aire que se respira en todo el apunte), la partida sería en la fecha que ponía bajo la cruz; que la acompañarían todas sus hijas mujeres (me pareció que se regodeaba en marcar la palabra “mujeres”, como si quisiera resaltar que las agallas de la familia las portaban las hembras); que las “doncellas para poblar” eran cincuenta; que como piloto y conocedor del Río de la Plata llevaba a D. Juan de Salazar y Espinosa que había sido el primer alcalde de Nuestra Señora de la Asunción; y que la tropa, pequeña en número, iba a las órdenes de varios capitanes, todos de muy buen talante y disposición, y sobre todo contenidos (me pareció que había estado tentada de escribir que no era cuestión de poner “a los zorros a cuidar el gallinero”). (Continuará, las entregas se hacen los miércoles y los domingos)
Alfonso Sevilla

miércoles, 17 de octubre de 2007

UT PORTET NOMEN MEUN (Novela breve en fascículos)


Entrega 10
-“¿En donde te has metido, insignificante demonio?- dije en voz alta, atisbando en todas direcciones.
-“Ante vuestros ojos, para serviros”- me contestó el muy truhán recostado sobre la mesa, con las manos enlazadas tras la nuca y los pies cruzados sobre uno de los tinteros de la escribanía, remedando la posición de mi cuerpo, ¡vaya majadero!
-“Vueseñoría cada vez que descubre algo, en vez de una respuesta, encuentra una nueva duda, ¿no?”- dijo, hurgando su daga en mi herida, al tiempo que se esfumaba en las tinieblas, privando a mis manos del placer de propinarle el bofetón que el bellaco merecía.
Libre del molesto demonio, y con la conciencia en paz, medité sobre todo lo leído. Intentaba dar coherencia a la serie de datos que pacían libres en el prado de mi mente; debía reunirlos, poner a su frente una yegua madrina, darles una dirección por la que marcharan seguros, es decir, que dejaran de ser sólo ideas sueltas para conformar un relato coherente; ¿no era eso acaso el hilo de Ariadna por el que clamaba? Y ya tenía una punta del cabo tan ansiado: el nombrado adelantado para el Río de la Plata que no llegó a zarpar nunca desde España por haber fallecido antes. El desgraciado cristiano había tenía por misión fundar un ciudad sobre la Mar Océano, para que sirviese de cobijo al tráfico marítimo entre su jurisdicción y España, y además debía llevar un contingente de mujeres para casar con los hombres de Asunción, terminando con sus prácticas aberrantes, y metiéndolos en vereda. La esposa del adelantado se encargó de armar la expedición, reclutar a los hombres principales y seleccionar las hembras que debían embarcar, empresa en la que invirtió parte importante de la fortuna de la familia. ¿Porqué no tomó semejante responsabilidad el propio adelantado? No lo pude dilucidar, pero las posibilidades no son muchas: o el caballero se encontraba enfermo, quizás del mal que lo llevó a la tumba, o bien su esposa tenía más agallas que las habituales y había tomado las riendas del asunto. Me pareció seguro que antes de fallecer el adelantado, hecho que debió ocurrir entre fines de 1547 y comienzos de 1548, ya sintiendo muy próxima su comparencia ante el Altísimo, haya nombrado sucesor a su hijo D. Diego, el que por diversas causas no se mostraba demasiado activo o dispuesto a lanzarse a la empresa.
Su madre, en otro rasgo que confirma la fortaleza de su carácter, lo instó enérgicamente a acaudillar la flota, evidenciando gran astucia en la selección de los argumentos que enrostró a su hijo para acicatearlo: uno de carácter material, los dineros empeñados; y otro de índole moral, la necesidad de mantener impoluto el honor familiar. Sin duda, pensé, la trunca frase debía destacar que era inevitable que la honra del apellido se viera menguada si se fracasaba en la misión, y más aún, si se desistía de ella por no atreverse a desafiar los riesgos que le fueran anejos.
-Vaya, vaya, como primer tramo de hilo, es bastante lo que tengo... pero a decir verdad, para el ovillo entero me falta bastante- pensé en voz alta, a la vez que tomaba la bolsa de cuero.
Abrí su jareta y derramé su contenido sobre la mesa, haciendo tintinear un buena cantidad de castellanos de oro que corretearon, se atropellaron, giraron como peonzas y, ya fatigados, fueron cayendo sobre el algarrobo. En una rápida inspección me apercibí que todos eran del mismo cuño. Tomé uno y lo examiné con detenimiento; en el anverso, envolviendo los perfiles superpuestos de los soberanos, se leía claramente una orla: “FILIPO Y MARÍA, POR LA GRACIA DE DIOS, REYES DE INGLATERRA Y ESPAÑA”, y en el reverso, el rostro del Emperador en el marco de otro filete: “FILIPO, REY DE LAS ESPAÑAS” (1) .
(1)Primera moneda batida en Lima (1557) con motivo de los festejos de la proclamación y jura de D. Felipe II.
(Continuará. Las entregas se harán los miércoles y jueves)
Alfonso Sevilla

domingo, 14 de octubre de 2007

UT PORTET NOMEN MEUN (Novela breve en fascículos)


Entrega 9
-“Señor, mañana tenéis mucho que hacer y debéis descansar algo. Vuecencia no debería perder tiempo y entrar de lleno a la faena para dilucidar el misterio de vuestro hallazgo”.
Con gesto de mi mano, casi una bendición, asentí dejándome convencer que lo importante era dar rienda suelta a la curiosidad y no concentrarme en los pensamientos que hacían a la esencia de mi servicio; en fin, que todos encontramos excusas cuando nos justificamos ante otros, o nosotros mismo. Y con la conciencia tranquila a medias, cogí el papel que a mi criterio seguía en orden cronológico. Lamentablemente era una de las cartas más destruida e ilegible de todo el lote, y la había colocado en esa ubicación, más por intuición, que por haber obtenido datos fehacientes en la primera rápida lectura que hice. La fecha no era legible salvo las dos últimas cifras: 48; la carta estaba dirigida a un tal D. Diego; esforzándome pude leer los siguientes párrafos: “... la desgraciada muerte de tu padre, el Adelantado...”; “... por tal... (hay algunas palabras borrajeadas)... recae en tu persona tan dignísimo cargo...”; “... ya sabes que en armar la empresa hemos empeñado la fortuna familiar, y es por lo tanto indispensable que pongas todo... (falta el trozo de papel)... yo ya tengo seleccionadas, por encargo de D. Juan, a quien Dios N... (la tinta está diluida e ilegible)... las mujeres y gente de pro que nos ha de acompañar ... (nuevamente el escrito se torna ilegible)...” “... Recuerda que en ello va el honor de... ”
Poco es lo que pude rescatar, pero con harto contenido, pensé. Bebí unos sorbos de vino acompañados por algo de pan que sobraba, encabrité nuevamente la silla sobre sus patas traseras, y me distendí colocando los pies sobre la mesa y las manos entrelazadas tras la nuca, con la intención de tomarme unos instantes para redondear las ideas. Tuve en ese momento la sensación de que cada vez que avanzaba un paso en el laberinto en el que me había introducido, todo por seguir a un duende, más me alejaba tanto de la entrada como de la salida (al pensar en el trasgo escuche como si en la lejanía el eco jugueteara con una risita sardónica). Lo que inicialmente me pareció un pasatiempo de unas dos horas iba para largo y, además, conociéndome, sabía que no huiría del desafío que por mi imprudencia me había planteado; continuaría hasta el final, aunque tuviera que posponer quehaceres previstos. ¿Puede parecer duro lo que digo? Tal vez, sobre todo por mi investidura, pero es solamente la verdad. Lo hacía sin sentimiento de culpa, nada me reprochaba, ni quedaban en mi alma cicatrices de remordimiento; sabía que transpuesto el charco de frivolidad que era seguir los designios de mi curiosidad, me entregaría en cuerpo y alma a mis obligaciones y ganaría con creces el tiempo... ¿perdido?... quizás para algunos... para mí tan sólo el único remanso que me permitía de tanto en tanto en mi vida ajetreada, de dedicación, de entrega absoluta al deber, de pensamiento frío y acción empecinada. Era como un alto en la posta para cambiar cabalgaduras, ¿acaso en ese tiempo no se deja de marchar? Pues claro, pero sin él no sería posible avanzar con velocidad otra jornada; y sobre eso de tragar jornada tras jornada nadie me podía dar lecciones a mí que había recorrido cientos de leguas a lo largo y lo ancho de estos reinos donde habitaba mi grey, ya fueran cristianos viejos, guaraníes, calchaquíes, comechingones, negros, mulatos o mestizos. Es probable que el duende leyera mis pensamientos, porque nuevamente su ironía pobló el silencio con su consabida risa que esta vez se agigantó hasta la estatura de una carcajada, espantando a los ratones que corretearon nerviosos en las penumbras, lanzando histéricos chillidos.
(Continuará, las entregas se hacen los miércoles y sábados)
Alfonso Sevilla

miércoles, 10 de octubre de 2007

UT PORTET NOMEN MEUN (Novela breve en fascículos)


Entrega 8
Lo que acontecía, se relataba, era que ante la ausencia de mujeres cristianas con quien casar, los buenos españoles tomaban entre las indias tantas barraganas como querían o podían soportar, exponiendo a esos reinos a degenerar atrapados entre el pecado y la molicie. Y continuaba expresando que en el Consejo de Indias se decía que nada mejor para ponerlos en vereda, que llevar un contingente de mujeres españolas de buena formación y fuerte carácter, con quien se casaran, de grado o por la fuerza; “Ansí desaparecerá todo olor a barraganía, habrá la moral ganancia y se amansarán los genios turbulentos”. Ya sabrían las ibéricas matronas meterlos en cintura, aún a los más “mahomas” de todos esos rufianes; una escoba bien blandida por hembra española, apoyada por la autoridad del gobernador, tiraría mucho más que una yunta de bueyes.
Cuando leí este párrafo, el duende, nuevamente recostado en la mesa y con la cara apoyada en ambas manos atisbando el papel, lanzó una carcajada decididamente irrespetuosa, obligándome a disimular la sonrisa que insinuaba mi boca, a la vez que le solté un bofetón, por cierto sin alcanzarlo, ya que de dos saltos tan ágiles como los que dan todos los duendes, se perdió en la oscuridad. Aquellas frases me refrescaron la memoria. Antaño ya había sucedido algo semejante en el Perú, y política parecida adoptó un virrey, lo que le valió el apodo de “El Casamentero”. Este señor, cuyo nombre no recuerdo con certeza, aunque creo que fue D. Andrés Hurtado de Mendoza, Marqués del Cañete, pensaba que el hombre casado no tan sólo estaba menos expuesto a caer en el pecado de la carne, sino que perdía la tan destructiva agresividad que durante años arrojó a esos reinos a la Gehena de las guerras civiles. Algunas veces lo he meditado, y creo que Su Excelencia no estaba equivocado: la mujer al que lo une el sacramento matrimonial y una buena prole de críos bien ata al díscolo a la realidad y hace que piense dos veces antes de lanzarse a aventuras alocadas. ¿No sería esta la idea que iluminó la decisión de traer mujeres para los “asuncenos”? No estoy seguro cual de los hechos aconteció primero, pero valdría la pena analizar las fechas en que se produjeron ambos acontecimientos.
Lo estudiaría, ¡claro que lo estudiaría!; que para lograr decisiones gubernamentales que ayuden a vivir de acuerdo a las enseñanzas de Nuestro Señor, en ocasiones pesan más los argumentos políticos, que los teológicos, como si fuera más importante evitar revueltas que llevar al rebaño por el camino de la Gracia de Dios. Una vez más había retornado a perderme del hilo principal de mi búsqueda, para caer en una serie de disquisiciones sobre el trasfondo teológico de la cuestión, por algo había dicho el Creador: “No es bueno que el hombre esté solo”, afianzando la frase bíblica en mi experiencia que me había llevado a colegir que un soltero que vive con la capa al hombro y sin grillos en el corazón esta a toda hora dispuesto para aventuras y motines. Los hombres, ¡ah los hombres!, lo mismo en el Nuevo Mundo como en Europa, parecieran que son como niños grandes necesitando siempre de la vigilancia de sus mayores para que no se desmanden en sus comportamientos; no basta su Fe, que la tienen, ni basta la educación que han recibido; desgraciadamente es necesario siempre el ojo del amo que, a fe, engorda el ganado; no en vano la guasa popular dice: “Con viento se limpia el trigo y los vicios con castigos”. “¡Vox populi, vox Dei!” Mas, lucubré, si ese amo, antes de tener que castigar, busca las causas que inducen al pecado para hacerlas desaparecer, tanto más sabio demostraría ser.
El duende, que a la sazón colijo no era demasiado amante a las disquisiciones piadosas, se asomó tras del candelabro y, esta vez muy formal y respetuoso, me dijo:
-“Señor, mañana tenéis mucho que hacer y debéis descansar algo. Vuecencia no debería perder tiempo y entrar de lleno a la faena para dilucidar el misterio de vuestro hallazgo”.
(Continúa los miércoles y sábado)
Alfonso Sevilla

viernes, 5 de octubre de 2007

UT PORTET NOMEN MEUN (Novela breve en fascículos)


Entrega 7
Lo tomé con una mano que, más que posesiva, era maternal; mientras lo acercaban para observarlo los dedos lo acariciaron, recorrieron con placer las deliciosas volutas en cuyos recovecos encontraron recuerdos que me transportaron al Perú querido, a esa Lima tan lejana en el tiempo pero tan próxima en mi corazón. Por un momento me pareció que recién llegaba a la Ciudad de los Reyes, en 1568, estrenando mis quince años en medio de una tormenta de sentimientos en pugna. Ante mis ojos perdidos en la penumbra de la cripta aparecieron en rápida sucesión, como relámpagos de una tormenta de verano, imágenes congeladas de aquellos años: la tristeza de los primeros días en los claustros ausentes del calor de familia; el rigor de la enseñanza, que transcurrido el tiempo llenó mi espíritu de satisfacción al develarme interrogantes que desde muy pequeño me habían intrigado; hasta me pareció que fue entre esas adustas paredes donde vi por primera vez al duende de la curiosidad arrastrándome de una mano para hundirme en los misterios que los libros encerraban; retornaron los tiempos idos a desfilar atropelladamente, y me pareció que en rápida carrera transitaba aquella metamorfosis embriagante que me llevó desde la niñez, pasando por la juventud, hasta la edad viril. Creí sentir por un instante el placer de vestir por primera vez la garnacha; gozar una vez más del embeleso de sentirme, como antaño en los brazos de mi madre, esta vez protegido por la sonoridad profunda del latín y arrullado por los cánticos de voces masculinas; hasta tuve la certeza que esas sensaciones conformaban, entre arabescos de azulado aroma a incienso, un cubículo cálido, hornacina cóncava, acogedora como el vientre materno; ahora puedo afirmar que en ese útero se gestó un nuevo ser: el que soy ahora, bendecido por haber recibido y escuchado el llamado celestial de servir a Nuestro Señor, y haberlo hecho en la regla de San Francisco.
-“¡A los papeles, a los papeles!”- me acució en mi interior la voz chillona e imperativa del duende, cuyas súplicas se transformaban paulatinamente en demandas. Pese a mi indignación, acepté las exigencias del fantasma imaginario. El turno le tocó al folio que me parecía segundo en la cronología, extrañamente era uno de los mejor conservados. Como todos, comenzaba con el trazo de la cruz en la parte superior y estaba fechado en Valladolid a los 30 días del mes de julio del año de Nuestro Señor de 1547. No sé a quien estaba dirigida, ya que el autor usaba permanentemente el tratamiento de “Mi Señora”, pero, por los términos en que se expresaba, debía tratarse de su esposa. La carta, exultante y optimista, se congratulaba por haber finalizado las negociaciones, pudiendo finalmente firmar las capitulaciones para su adelantazgo. Mas adelante se relataba detalladamente los serios inconvenientes que debió sortear: la dureza de los funcionarios del Consejo de Indias, a los que era más fácil arrancarles una muela que alguna ventaja, o mera concesión; el mar de papeles que se escribían en la corte vallisoletana antes de lograrse una resolución, mar que, si habitualmente era de navegación difícil, ahora se había encrespado al empuje de la tormenta gestada por el traslado de toda la documentación de los distintos Consejos, al castillo de Simancas. Cuando se lograba la aprobación de un folio no se encontraba el anterior, extraviado en la esterilizante vorágine en la que danzaban los documentos. Mientras leía me daba la impresión que el autor, más que pretender describir las dificultades, procuraba exaltar su propia genialidad, su carácter firme que contra viento y marea lograba torcer el brazo a las dificultades y llegar al puerto que a él y a su familia les convenía.
La última parte de la carta daba detalles sobre el contenido de lo acordado: el adelantazgo, que sería vitalicio y con derecho a nombrar sucesor, tenía dos mandatos principales: fundar una ciudad sobre la Mar del Norte (1) al Septentrión de la boca del Río de la Plata, para cobijar la larga navegación desde España, y en segundo término acabar con el “paraíso de Mahoma” en que se había convertido Asunción, aguas arriba navegando el Río de la Plata.
(1)Nombre que en la época se daba al Atlántico, por contraposición al “Mar del Sur”, es decir el Pacífico.
(Continuará miércoles y sábados)
Alfonso Sevilla

martes, 2 de octubre de 2007

UT PORTET NOMEN MEUN (Novela breve en fascículos)


Entrega 6
-Sin duda un mensaje mandado por paloma- dije en voz alta al evaluar su tamaño, lo fino del papel en donde se apretujaban las letras diminutas, la carencia absoluta de formalidades protocolares, y la cápsula que lo protegía.
El mensaje era el más antiguo de los que había encontrado, datado en Valladolid en algún día de 1546, y digo algún día porque la fecha había desaparecido junto con el trocito de papel que la contenía. Estaba dirigido a un tal D. Juan e informaba que Alvar Núñez había sido destituido de su adelantazgo y desterrado a África. “El cargo ha quedado vacante- decía la esquela- ya que las capitulaciones no establecen derecho a nombrar sucesor. V.E. cuenta con posibilidades si Dios, Nuestro Señor, lo ayuda y se mueven las piezas a los escaques convenientes.” Sin salutaciones, el escrito terminaba con un escueto: “Su Servidor. P”
Esta esquela, único documento de esa caligrafía, al decir tan poco abría el campo para el vuelo de la imaginación, si de conjeturar significados se trataba; la leí y releí buscando cuando menos la punta del hilo de Ariadna que necesitaba para guiarme en el laberinto de papeles y tinta en el que me había enzarzado cuando seguí al duende en su intuitiva carrera hacia el boquete. Contemplado por mi pequeño compañero, ahora tendido de costado cuan largo era sobre la mesa, la cabeza apoyada en una mano y la mirada socarrona, como si se sintiera satisfecho de haberme embarcado en un problema tan distinto al que inicialmente me impulsaba; nuestras miradas se cruzaron y creí ver en sus ojos un destello de complicidad, tal como si dijera: “¡Vamos, vuecencia!, no sé si será tan importante como Séneca, pero sí con seguridad más divertido.” Me aferré al extremo de la hebra que la pequeña esquela me proporcionaba y, cual otro Teseo, comencé a jalar con prudencia del hilo dejando que mi intuición escudriñara datos ocultos tras las líneas leídas, como un alarife busca con afán la piedra angular de su construcción. Columbraba una noche en vela y no permitiría que fuera en vano; no, no era posible seguir por mera frivolidad el rumbo marcado por el geniecillo. Aún por respeto a Séneca, la incógnita tras la que corría debía valer la pena, tener un desenlace con más enjundia que la satisfacción de una inquietud simplemente pueril totalmente desacorde con mi persona... En principio, si habían sido guardados estuche y mensaje pese a su brevedad, quiere decir que se le debió atribuir importancia- pensaba mientras bebía unos sorbos de vino con la silla echada hacia atrás-... Alvar Núñez no puede ser otro que Cabeza de Vaca y por lo tanto el famoso adelantazgo debe necesariamente ser el del Río de la Plata... ¡Ajá, no vamos tan mal! No se trataba de una simple chaquira de buhonero; el Río de la Plata es un trofeo digno de codicia, ahora y en 1546.
-¿No opináis lo mismo, estimado amigo?- le susurré al duende, obteniendo por repuesta una graciosa reverencia de asentimiento, apantallada por la pluma de su birrete. Bueno, allí vamos, me dije, y a punto estaba de continuar con la lectura de los documentos, cuando sin querer miré en dirección a la escarcela; a su vera, asomándose entre las sombras, apareció el “tupu” despertado por el chisporroteo de una vela en su último estertor. (Continuará los domingos y miércoles)
Alfonso Sevilla

sábado, 29 de septiembre de 2007

UT PORTET NOMEN MEUN (Novela breve en fascículos)


Entrega 5
Al terminar la tarea me sentí satisfecho: tenía la certeza de que iba en buen rumbo, y así como yo entraba en un remanso de tranquilidad, mi amigo el duendecillo retornaba a la escena; al principio sólo se atrevió a asomarse tímidamente por breves instantes, hasta que envalentonado por mi pasividad reapareció sentado a la turca sobre la escribanía devorándose las uñas y con sus ojos brillantes de ansiedad saltando desde los folios en la mesa, a mi rostro. Yo que lo conocía desde siempre sabía que la impaciencia lo quemaba; no retornaría a reposar entre los pliegues de mi alma hasta que no hubiera desentrañando hasta el último arcano que yaciera tras mi hallazgo.
Ante la desesperación del trasgo, abandoné la cripta en búsqueda de un sirviente que me bajara algunas viandas, un bracero y buen número de velas, seguro como estaba que no suspendería la búsqueda hasta no terminarla en su totalidad.
Ya de regreso, mientras comía algo y bebía unos tragos de vino, dejé de lado los folios para abocarme al resto de los objetos que los habían acompañado en su sueño en el interior de la pared. La escarcela de terciopelo, de profundo color lacre, no había sufrido menos los embates de sus peripecias que los folios y su cartapacio; originalmente bordada, de los hilos de oro que en días de esplendor la engalanaron, sólo sobrevivían algunas hebras deslucidas de lo que parecía haber sido un escudo de armas, ya irreconocible. Con más delicadeza que la usada para manipular el cordobán, abrí la jareta que la amordazaba, derramando sobre una servilleta extendida sobre la mesa su contenido: un crucifijo, tal vez de ébano con Cristo de marfil, de menos de un jeme de largo, con pequeñas fichas de nácar incrustadas en su reverso que por su cantidad y numeración romana me pareció que eran para rezar la devoción del Via Crucis; dos anillos de oro de varón, ambos de sello y con anagramas, en uno con las iniciales JS, y en el otro MST; un “tupu” (1) de “tumbagua” (2) , que me arrastró a mis días en el Perú; diversas monedas portuguesas; un largo rosario con los quince misterios (que extraño pensé, en vez de la cruz tradicional, de su extremo pende una de la Orden de Montesa); un tubito de plata finamente burilado y con tapa de presión, en cuyo interior habían numerosos dientes de leche, recuerdos seguros del crecimiento de un infante muy querido, y un pañuelo de dama con puntillas de Flandes y las iniciales MC bordadas en una de sus esquinas, cuya seda marfilada mostraba el paso del tiempo. Me intrigaron los anagramas en anillos y pañuelo; el duendecillo, al que ahora me lo imaginaba aferrado a uno de mis antebrazos para no perder detalle de lo que mis manos descubrían (me recordó a un gerifalte de cetrería pero sin capirote), había llegado a tal grado de excitación que se atrevió por primera vez a hacerse escuchar, gritando con aguda voz: “¡A la bolsa de cuero, Vuecencia, a la bolsa de cuero!”
Sé que es grave falta el hacer sufrir, el someter a tormento, aún cuando un trasgo fuera el penado, ¡cómo lo podría ignorar en mi condición! “Pero si esto en realidad no está sucediendo”, pensé; una sonrisa arqueó mis labios regodeándome por la forma en que jugaba mi imaginación, y siguiendo mi chanza solitaria e interior adelanté la mano hacia la bolsa, sintiendo el temblor de satisfacción del geniecillo, para desviarla al fin de su vuelo hacia los documentos. Y si la curiosidad, esencia del duende, lo enloquecía (ahora había dejado escapar un ligero sollozo de desengaño), también guió a mi mano eligiendo como primer folio a leer uno pequeño, más pequeño aún que la palma de mi mano y de papel extremadamente delgado. En realidad el imán que me atraía no era tanto el papel, sino el pequeño tubo de ligerísimo cobre en el que lo había hallado, no más largo que una pulgada, y que apareció cosido a uno de los tantos folios que clasifiqué.
Notas
(1)Tupu: en quechua, el alfiler con que los aborígenes del Perú prendían sobre un hombro el manto con que se cubrían.
(2)Tumbagua: denominación en quechua del oro de baja ley con que generalmente confeccionaban sus joyas los indígenas peruanos
(Continuará- Las entregas se harán los miércoles y sábados)
Alfonso Sevilla

miércoles, 26 de septiembre de 2007

UT PORTET NOMEN MEUN (Novela breve en fascículos)



(Entrega 4)
-¡Bah!- aventé en alta voz mis convencionalismos- Veamos de que se trata, y terminemos de jugar a las escondidas.
Mi inclinación natural hacia los documentos hizo que mi mano dudara poco, revoloteó un instante sobre la mesa posándose sobre la carpeta de cuero. Casi instintivamente mis dedos tiraron de la cinta que lo aprisionaba desatando el moño; las tapas, como ijares de un caballo al que se le afloja la cincha, se hincharon con alivio, esponjándose en su interior las hojas que aprisionaban. Recién en ese momento tomé conciencia de lo débil que había quedado el cordobán tras su viaje a lo largo del tiempo y de los roedores, y de la escasa hospitalidad del agujero donde había dormido; los bordes habían dejado de ser rectos, los ángulos no existían, el repujado había perdido definición, y de lo que alguna vez fuera policromada terminación sólo quedaban vestigios indefinidos. Con una punta de mi abrigo intenté quitarle el polvo, pero debí desistir al ver la forma en que el más leve roce desgranaba al cuero. Puse el mayor cuidado al abrir sus tapas, sin poder evitar que el lomo se rasgara derramando sobre la mesa una treintena de folios manuscritos, amarillentos, roídos hasta el punto que algunos trozos faltaban; pese a todo, a primer golpe de vista, me parecieron legibles. ¿Por dónde comenzar?, me pregunté, y luego de pensar unos instantes resolví que lo mejor sería: si es que hubieran folios con distintas caligrafías, agruparlos por autores, para después, grupo por grupo, reunirlos por documentos y finalmente, de ser posible, por fecha.
-Recién después de darles un orden, podremos sacar algún provecho de su lectura- le dije a mi imaginario compañero, dándole participación con el plural de mis palabras, y columbré que aceptaba mi proposición con un guiño entre cómplice y resignado; y así fue como comencé mi tarea. Ya lanzado al trabajo, que no fue nada fácil, me sorprendí al encontrar que los papeles eran más recientes de lo que pensaba: los más viejos apenas tenían poco más de cien años; quizás el estado de decrepitud en que se encontraban se debían más al maltrato que habían sufrido; los cambios de clima, ya que colegí, habían tenido una vida trashumante; la acción directa del agua que había dejada sus huellas inconfundibles en la forma de goterones delimitados por aureolas de tinta diluida, y, sin duda, el diente de los roedores, y tal vez de otras alimañas, no había sido ajeno a la obra de destrucción; mi formación en las sabias enseñanzas de San Francisco se conmovió, y no pude dejar de sonreír al pensar que un momento antes me había regocijado al pensar que la pluma de ganso de la escribanía pudiera haber servido para saciar el hambre de alguno de esos animalillos de Dios.
En mi tarea di idas y vueltas cambiando los folios de lugar según me parecían que correspondían a diversas caligrafías; a cada fallido intento le seguía un nuevo comienzo, siempre contemplado, casi diría acuciado, por mi compañero, el trasgo de la curiosidad, que de tanto en tanto desaparecía para reaparecer en los lugares más inverosímiles: abrazado a una vela, suspendido de un arco del techo, danzando nervioso sobre la mesa, desaprobando con abucheos mis fracasos, o dándome ánimos con sus grititos de alborozo las veces que acertaba; tanto importunó el geniecillo, que colmó mi paciencia sacándome de tal forma de mis casillas que le arrojé un trozo de calicanto, lo que hizo que por un lapso desapareciera de mi imaginación, tranquilizando mi búsqueda que pudo llegar en paz a su fin. Clasificarlos por fecha dentro de los grupos fue algo más fácil ya que algunos estaban datados, sirviendo de mojones en el camino de mi búsqueda, entre los que intercalé al resto siguiendo mi intuición o los indicios que me daban los sucesos relatados. (Continuará- Las entregas se harán los miércoles y sábados)
Alfonso Sevilla

domingo, 23 de septiembre de 2007

UT PORTET NOMEN MEUN (Novela breve en fascículos)




(Entrega 3)
-Ya haré que los pongan en lugar más útil- dije en voz alta, poblando el silencio con mi voz multiplicada por el eco, mientras seguía pasando uno tras otro los volúmenes latinos. Decepcionado encaminé mi búsqueda hacia nuevos rumbos, para tropezar con el trozo de calicanto caído del muro e instintivamente busqué en la pared el lugar de donde había salido, encontrando en su sitio la mancha negra de un agujero. Rápida como siempre se despertó en mi la curiosidad, ese vigilante geniecillo oculto entre los pliegues de mi alma; el duende me miró en mi interior con sus irresistibles ojos pícaros, tentadores, irresistibles; casi podría asegurar que tras hacerme un guiño dio un respingo y corrió a introducirse en el boquete. Las “Epístolas morales” pasaron a segundo plano y aproximé el bizarrón al agujero. Empinándome en la punta de mis pies atisbé hacia su interior descubriendo un pequeño recinto que se ampliaba dentro del muro; no estaba vacío, en su interior vislumbré algunos objetos tras los cuales se deslizó mi mano.
Palpé algo que me pareció un envoltorio de terciopelo; retirado de su escondrijo resultó ser una escarcela que no tardó en pender de mis dientes, volviendo la mano a explorar en el agujero. Esta vez acaricié lo que me pareció era una bolsa de cuero rústico que salió también del cubículo sorprendiéndome con su peso, yendo ambas a parar sobre la mesa. Algo excitado por el hallazgo retorné rápidamente a la búsqueda, para engrosar el tesoro con una daga y un cartapacio de cuero conteniendo numerosos folios. De algún lado bajo el polvo reconquisté una silla, la aproximé a la mesa, y me senté al amor del candelabro para investigar mi descubrimiento. Como siempre que me enfrentaba a una situación en que la incertidumbre llevaba la voz cantante, me tomé unos instantes para contemplar el conjunto, sin pretender analizar cada una de sus partes. Efectivamente, la bolsita era una escarcela de terciopelo y la mayor, la pesada, una bolsa de cuero crudo; la daga, antigua, bastante oxidada y de gavilán cincelado; y el cartapacio, de cordobán, ceñido por una cinta carmesí y con folios en su interior, ostentaba numerosas cicatrices de lo que me imaginé podrían ser destrozos causados por roedores. En esas observaciones estaba, cuando una risita, entre nerviosa e intrigante, tintineó en mi interior; imaginariamente me volví para encontrar sobre mi hombro, sentado con los brazos oprimiendo sus rodillas, al geniecillo que con su cuerpo temblando de curiosidad incontenible clavaba en mí las brasas nerviosas de sus ojos. Lo imaginé rogándome que terminara con ese suplicio de Tántalo, que quitara de una vez por todas el velo de intriga que cubría los hallazgos, que explorara el contenido de la escarcela, que averiguara porqué pesaba tanto la bolsa de cuero, que leyera hasta la última de las letras que seguramente campeaban sobre los folios... Me reí en mi fuero íntimo, ¿no sería que mi imaginación me ofrecía una coartada para disimular la infantil ansia que me embargaba, y que me parecía impropia de mi condición? (Continuará- Las entregas se harán los miércoles y sábados)
Alfonso Sevilla

viernes, 21 de septiembre de 2007

UT PORTET NOMEN MEUN (Novela breve en fascículos)


Entrega 2
Busqué casi a tientas el candelabro que sabía adormilado sobre la mesa donde solía trabajar, y lo encendí espantando algo más las penumbras. Invocados por el nuevo halo de claridad aparecieron otros habitantes de la cripta hermanados por el polvo y las telarañas que cubrían la vieja escribanía de plata burilada por manos de la Tierra Nueva, eterna habitante del algarrobo hecho mesa, de donde, para mi sorpresa, había desaparecido la pluma de ganso.
-Tal vez sirvió de alimentos a los ratones- dije en voz alta que se ahuecó en las concavidades del eco, y mi alma, formada en las sabias enseñanzas de San Francisco, vibró regocijada.
La ausencia de la pluma enhebró lo que quizás fuera la primera cuenta del consabido rosario de disquisiciones que ya comenzaba a tomar cuerpo; conjurados por el túnel aparecieron sus silentes habitantes danzando voluptuosos entretejidos de oscuridades y resplandores de las velas, haciendo del acre olor a encierro y humedad el son que entretejía esa caravana, la eterna y buscada caravana de recuerdos: ideas, imágenes... y esta vez parecía que a las consideraciones teológicas les había tocado ir en punta, quizás evocadas por la mención de mi patrono, San Francisco. Séneca... ¿porqué siempre buscaba inspiración en un pagano, para más tutor de quién fuera el Nerón concupiscente y cruel, yo que por mi posición dentro de la Iglesia no podía permitirme caer en error, como cualquier ignorante labrador?... ¡No lo sé!... quizás porque necesitaba afirmarme en el pensamiento profundo y unívoco de un varón virtuoso, sin importarme la religión que lo cobijara, ni quién hubiera sido su pupilo...
-Nunca lo convenceré al P. Juan Darío- dije en alta voz mientras retiraba folios y más folios del cofre donde buscaba el volumen perdido, al ver aparecer la figura de mi confesor lentamente encendida en mi mundo interior.
-¡No olvide que Séneca, en el momento de su muerte, se encomendó a Júpiter Liberador!- resonó en mis oídos la admonición del religioso que, preocupado por mi afición al gran filósofo y moralista, se había convertido en un exégeta de su obra, buscando cargarse de argumentos para apartarme de la desviación en la que me veía a punto de caer.
No estaba Séneca en ese cofre, y tampoco en los otros tres que pesquisé. Atisbé en diversas direcciones, alcé el candelabro ampliando el globo de claridad en el que me encontraba, y me dirigí hacia una barricada de trastos que dormitaban recostados contra una de las paredes de redondas piedras, y allí, agazapada en la penumbra, divisé una biblioteca abarrotada de libros.
-¡Allá debe estar!- pensé, mientras abría brecha en el desorden que se interponía en mi camino y coloqué el candelabro sobre una saliente de la irregular pared, laja que pese a su aparente solidez escapó de su alvéolo y cayó al suelo con gran estruendo arrastrando tras de si el blandón. Si no hubiera sido por el candil olvidado sobre la mesa me habría quedado en la más absoluta oscuridad y no en la penumbra en la que me hallaba, enturbiada aún más por la carencia de mis gafas venecianas que, aprovechando la confusión, huyeron de mi nariz. Retorné a la mesa guiado por el faro del candil, encontré el candelabro, acomodé las maltrechas velas en sus cunas y las encendí, buscando a tientas mis cristales. Con las velas encendidas y las gafas cabalgando nuevamente frente a mis ojos desapareció el tul que cubría las formas, retornando la nitidez a los anaqueles y yo a mi búsqueda entre sus libros: “La Iliada”; Séneca por fin... pero lamentablemente se trataba de “Tratados filosóficos”; “Los doce Césares”, de Suetonio; “Los anales”, de Tácito; “Los nueve libros de la Historia”, de Herodoto; “Oraciones”, de Demóstenes. ¡Que lástima!- pensé- ¡tan buenos libros desperdiciados aquí abajo! ¿Será posible que no estén las “Epístolas morales”? (Continuará- Las entregas se harán los jueves y domingos)
Alfonso Sevilla

sábado, 15 de septiembre de 2007

UT PORTET NOMEN MEUN (Novela breve en fascículos)


(Entrega 1)
Aquel anochecer de invierno bajé, como tantas otras veces, la escalera de piedra; tirabuzón tenebroso que descendía hacia el sótano. Olor a humedad; telarañas hechas hilos de plata por sortilegio de la vela; ahuecado eco, voz del desparejo calicanto; fresca brisa que parecía huir de la oscuridad en la que me sumergía.
Danzando al compás de mis pasos, la luz cimbreante del candil empujaba las penumbras horadando una caverna de tenues resplandores y huidizas sombras. Mis pies, casi ausentes en la frontera entre lo perceptible y la oscuridad, se volvían cautelosos tentando los peldaños de húmedas piedras desgastadas; mi cuerpo, arqueado por el peso del techo, descendía lentamente, la mano ausente de candil adelantada, ora buscando apoyo en las paredes, ora abriendo brecha en el entramado de telarañas.
Finalmente llegué a mi meta: la escalera se derramó en una estancia de fronteras difusas poblada por un bosque de recias columnas, soporte del techo abovedado. Elevé todo lo que pude el candil, perdiendo la llama su timidez. La cúpula de claridad, en cuyo centro me había convertido, se amplió y, paulatinamente, siempre aprisionados por la red de telarañas, comenzaron a aparecer los habitantes de las penumbras: objetos del culto, utensillos diversos, aperos de labranza, muebles en desuso; restos en desorden abandonados por muchos alguien; caóticos despojos de naufragio en la mar del tiempo, donde, en lugar de peces, curioseaban inquietos ratones de chirriantes cotilleos.
De lo que allí había, nada, o muy poco era mío, aunque la mayoría de los objetos me resultaban conocidos ya fuera porque en alguna oportunidad los había usado para determinadas tareas, o bien por haberlos avistado en otras incursiones a ese reino oscilante entre el pasado y el presente. Siempre que bajaba a ese sótano, otros sótanos venían a mi memoria evocando en mí la dulce nostalgia de tiempos idos; allí me rodeaban los fantasmas queridos de seres o circunstancias rescatados del olvido, invocados como genios de un relato de la Alhambra moruna. Cada objeto desataba un recuerdo que se hacía jalón en el camino de mi vida, o bien traía hasta el presente a seres entrañables ya ausentes. A unos los había conocido personalmente, a otros sólo por relatos; ¿podría haber algunos que sólo existieran modelados por mi imaginación en el alfahar del tiempo?... Muchas veces he pensado que sí; probablemente mi mente los había creado algún día, y de tanto evocarlos se habían abierto paso en el universo de lo vivido, ocupando finalmente un sitial entre mis realidades.
No estoy seguro de lo que acabo de decir, lo que tampoco me preocupa demasiado; sólo me regodeo habitando esta hornacina de penumbra socavada en el tiempo y las tinieblas. Cada vez que, llevado por mis responsabilidades, recalaba en la ciudad, encontraba una excusa para descender a lo que habitualmente llamo “mi sótano”, pero que en realidad no es tal, sino el primer eslabón de una infinita sucesión de criptas amplias y angostos pasadizos separados por rejas de gruesos cerrojos, chillantes goznes y pesadas llaves, primer eslabón de un largo túnel que se desdobla y entrecruza tejiendo la malla que repta bajo la villa; en ese, “mi túnel”, dejo al espíritu revolotear libre en el mundo fantástico donde se amalgama la realidad con los sueños.
Y por eso, cada vez que me zambullo blandón en mano en búsqueda de algo, por acuciado que estuviera por la prisa, siempre demoro horas en hallarlo, deteniéndome la más de las veces en la contemplación de objetos ajenos a aquel cuya necesidad me apremia. Esta vez eran “Las epístolas morales” de Séneca, obra en la que a menudo busco inspiración cuando de escribir algo importante se trata; no la había encontrado en la biblioteca, y algo me decía que otro ejemplar estaba aquí abajo, arrumbado en este reino de la magia, el desorden, la diversidad, y el tiempo ido. (Continuará- Las entregas se harán los miércoles y sábado)
Alfonso Sevilla