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martes, 31 de julio de 2007

OSCURIDAD (Novela corta en fascículos)


(Última entrega)
Creo recordar el chirrido de unos goznes... un resplandor de candil enrojeciendo las telas que me envolvían, y manos anónimas colocándome en lo que presiento era un cofre de madera lleno de paja, para ser “cargada” en un carruaje, y ya no me ruboriza pensarme en mi realidad de “carga”, para bambolearme por días en mi oscura cama vegetal. No estoy segura, como de tantas otras cosas de esa época, pero columbro que junto conmigo viajaban los dos hombres que decidieron mi futuro, y cuando pienso esto, sí que me indigno: ¡unos míseros humanos decidir mi futuro! Me indignara o no, terminaron por bajarme en algún lugar tan recoleto como la cava de la que venía, sin sacarme de la cuna en la que dormitaba... No sé el lapso que transcurrió, pienso que breve, hasta que de madrugada fui nuevamente llevada en carruaje a lo que vi, cuando me liberaron de mi prisión de madera y paja, era tierra de labradío, para colocarme en una fosa similar a la que me acunó durante lo que creo fueron siglos, pero para mi sorpresa no me taparon... ¡Estaba tan confundida, más aún cuando escuché decir que acababan de encontrarme en ese lugar!... Confusión que enredó los sucesos de esos días: gente que venía a verme de la villa cercana, mi encierro nuevamente en el cofre de la paja, más traqueteos y barquinazos, parloteo de quienes manipulaba mi caja, pasos que subían escaleras, y por fin nuevamente el sol en lo que era un balcón suspendido sobre una plaza. Allí fui instalada por dos días para que el pueblo me adorara, y llegue a conmoverme al ver la gran cantidad de fieles que concurría a contemplarme en bulliciosa oración...
Algo ha quedado grabado con nitidez de ese lapso: un señor venido desde la Galia a verme, al que trataban con mucha deferencia. Mucho me observó, atusándose sus ridículos bigotes enhiestos como astas de toro. Sin duda reconoció mi origen divino y se interesó en comprarme; hasta ahí el halago, y luego, ¡luego la vejación del chalaneo!... Me pareció que aquellos truhanes debían ser fenicios por la forma en que negociaban, hasta que finalmente columbré que se había cerrado un trato y retorné a sumirme en la íntima niebla de mi vida interior dentro de mi urna, mientras se reiniciaban las subidas y bajadas de carruajes, las breves esperas en lugares silenciosos, el dulce mecerse de un viaje por mar, y nuevamente el subir y bajar de vehículos...
Así llegue a mi suntuoso penúltimo templo, donde desde arriba de una columna podía contemplar a mis adoradores en los que veía rostros de todas las razas del mundo, que me contemplaban con admiración y en respetuoso silencio. Eso me entusiasmó por pocos días ya que el gentío terminó por hastiarme, dejándome caer sin resistencia al reparador gozar de los recuerdos, a vivir dentro de mi cáscara de piedra, a recordar lo que ahora recuerdo.
Pienso que a medida que el tiempo ha pasado, más profundamente caigo en los pozos de oscuridad y hasta creo que ya poco me importa salir de ellos... ¿Hubo otro viaje?... Sí, lo hubo, después me enteré que de regreso a Hispania, siempre dentro de un sarcófago, pero no me interesa recordar los detalles; prefiero olvidarlos tras la dulzura de mi sopor. Una sola cosa conmovió por aquellos días la quietud de la nada en la que, de tanto en tanto, meditaba: ¿qué sería de la Historia sin mi mano al timón de la Guerra, la vieja partera de su evolución?... Nunca lo pude saber con certeza, encerrada en mi templo y sin posibilidades de otear el presente y futuro como otrora, pero sí confío en que los milenios bajo mi férula no pueden haber pasado en vano para la Humanidad, deben haber dejado simiente en su espíritu; no es posible que halla tirado por la borda los esfuerzos que hice para que el gobierno de sus destinos estuviera en manos de los más aptos para dominar, imponer, esclavizar a los ineptos e inferiores, asegurando la marcha permanente por la empinada cuesta del progreso, siempre resbaladiza por la sangre, las lágrimas y el sudor; y con esa idea tranquilizadora torné a hundirme en las profundidades del olvido...
Solamente rompió la oscuridad de mi no existir los resplandores de extrañas cajas negras, engendros de Júpiter ayudado por su herrero Vulcano, seguramente, el día en que me entronizaron en mi nuevo templo en Hispania; donde diariamente cientos de fieles me contemplan. Pero ya nada de lo que ahora suceda me interesa, prefiero quedarme en mi única realidad, en ser yo misma, Ishtar, la hija de Antú, la amante de Tammuz; la Shaushka de los hititas; Astarte para los filisteos; Indrani en los confines de la India; Tanit entre los cartagineses; Danu para los celtas; la Hathor de los egipcios; Afrodita para los griegos; la que gobernó la Guerra y el Amor; la Gran Señora que desde siempre ha moldeado a su antojo a la Humanidad, como un alfarero al barro entre sus manos; la misma para quien el Gran Rey Salomón hizo construir un templo en las cercanías de Jerusalén...
Desde el día en que los resplandores perturbaron por primera vez mi ser, me sumerjo cada vez más en la oscuridad inicial, aquella anterior al escoplo fatal que me sacó de la roca; en esta oscuridad en donde floto sólo perturbada por un pensamiento que da vuelta en mi sesera como un eco infinito que resuena repitiendo una y mil veces: “Qué triste realidad de aquel ser que como yo se ha visto obligada a resignar sus atributos divinos, para quedarse únicamente con los dones de la memoria y la comprensión, aún cuando para una piedra no es poco... Que tristeza profunda me embarga cuando tomo conciencia de estar atrapada por las telarañas de la vejez que embotan mi mente y la hacen deambular por un laberinto desorientador en donde todo se confunde: la realidad actual, los recuerdos de la eternidad transitada y los fantasmas de la ensoñación, hasta el punto de no poder discernir si realmente mis fieles de hoy me llaman respetuosa y devotamente “La Dama de Elche” , o es sólo una fantasía engendrada en las profundidades de mi ancianidad atemporal....”

La “Dama de Elche” se encuentra actualmente en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid, España.





La "Dama de Elche" y una fotografía de cuando fue llevada para exponerla en el museo de El Prado de Madrid.
Ultima entrega.
Alfonso Sevilla

viernes, 27 de julio de 2007

OSCURIDAD (Novela corta en fascículos)



(Entrega 11 y penúltima)
Después de un tiempo que no puedo ahora calcular, una noche volví a sentir los brazos del romano que sin muchos miramientos me extrajeron del saco para bajarme a un nicho, a punto estuve de decir sarcófago ya que las paredes del pozo donde me encontraba habían sido recubiertas con lajas, y allí quedé por unos instantes gozando de un cielo profundo plagado de estrellas que me saludaban respetuosas con sus guiños, al reconocer mi calidad divina. De pronto las manos suaves de Frigia comenzaron un ritual de caricias mientras me uncía con fragante óleo y murmuraba alabanzas a la Gran Señora de la Guerra, la Fecundidad y el Amor pronunciadas con voz quebrada por sollozos, y por última vez me sentí envuelta en el vaho que escapaba del diminuto pebetero que Frigia siempre encendía en mi honor. La esclava estaba arrodillada en la tierra, recortando su silueta sobre el tapiz de las estrellas, y mientras sus manos recorrían mi cuerpo de piedra sus trenzas rozaban mi rostro, y sus lágrimas se mezclaban con el aceite sagrado sumándose a aquel rito de adoración, quizás el más sentido que recuerde. Más arriba, proyectando la negra silueta de su cuerpo hacia las estrellas, la recia figura de Julius, cuya rostro nunca conocí, urgía a Frigia a terminar de una vez con la despedida. Una mano del esclavo se posó sobre el hombro de la persa y ella volvió su cabeza para mirar a su amado, retornó sus ojos a mí, apenas dos destellos de devoción en la sombra de su rostro, depositó a un lado de mi cabeza el pebetero y sus manos corrieron sobre mi otra laja, trozo de oscuridad absoluta que cegó la única comunicación con el mundo de los mortales... Las tinieblas se hicieron y el sonido de la tierra que caía sobre la laja se convertía en vibraciones que pesaban sobre mí para sumirme en el fondo de la oscuridad que lentamente se iría convirtiendo en nada, en ausencia de todo, en universo vacío en el que solamente flotaba yo... un yo que lentamente dejaba de tener conciencia de si mismo al sumirse en el sopor total, confundiéndose en la masa silenciosa de la eternidad por la que tantas veces había transitado...
Y así la nada absoluta retornó a ser mi única realidad, así como la eternidad mi medida del tiempo, hasta que en algún momento fui conmocionada por vibraciones que licuaban la extraña solidez de lo infinito... Un escalofrío recorrió mi cuerpo de piedra, como cuando el cantero me liberó de la roca, allí en la lejana y hermosa Rodas, reviviéndome una experiencia que por repetida, fue para mí mucho menos lacerante. Otra vez las vibraciones se hicieron sonido, y nuevamente el tiempo retornó a ser comprensible para mí. Como en tantos otros momentos de mi existencia de piedra volvió la luz a herir mis pupilas pétreas, pero esta vez no fue un mar enceguecedor: la luminosidad, colada por las hendijas entre la laja que hacía de tapa y las paredes de mi rústica hornacina, se hacía finos estiletes que trazaban sus cicatrices en la nube de polvo de mi sarcófago.
En mi esfuerzo por recordar en estos tediosos días de sopor en mi actual y último templo en que estoy entronizada, puedo reconstruir sólo jirones de lo que fue mi existencia después de abandonar mi obligada era de navegar eternidades tenebrosas. Por mi mente fatigada transitan episodios aislados, difíciles de ser puestos en un orden que permita reconstruir la totalidad de lo acontecido; todo queda tras una nebulosa tan cerrada como el misterio del tiempo en que aletargada permanecí en la tumba o escondrijo, nunca lo supe bien, hasta que algo me ayudó a salir del sopor... Era la sensación de ser asida por manos de ásperos dedos que con torpeza se introdujeron bajo mi espalda, intentando sacarme de la hornacina recién abierta y fallaron al primer intento.
-“Vaya, como pesa”- dijo una voz áspera en un idioma que si bien entendía, era la primera vez que escuchaba.
Las manos buscaron un mejor asidero y para mi vergüenza se introdujeran en la cámara que habían labrado en mi espalda.
-“¡Anda!, si tiene un “aujero” en el lomo”- dijo la voz, deformada por el esfuerzo que hacía para retirarme de mi pequeño santuario.
En mi rememoración una oscura silueta se recorta sobre el fondo de un cielo brillante de verano... aparezco fuera del pozo frente a un hombre rústico vestido con una serie de tubos de tela, negros los que cubrían sus piernas y blancos los de su torso y brazos, que se quitaba un gorro muy apretado a su cabeza con el que se secaba el sudor de su frente... No sé de sus facciones, sólo su desparpajo al mirarme se ha grabado en mi ser... ¿sus labios sostenían un tubito amarillento del que chupaba humo, o únicamente esa imagen es producto de la ilusión de mi mente anquilosada por el sueño de siglos?... no lo sé... pero sí estoy segura de que sus ojos eran vivarachos, agazapados bajo negras cejas y que saltaban de mi persona de piedra a mi diminuto sarcófago.
-“Coño, que la niña traía sus petates con ella”- dijo arrodillándose para sacar de la fosa el pebetero totalmente deslucido por el verdín, dejándolo en el suelo sin darle ninguna importancia; ¡así terminaba el piadoso exvoto de Frigia! El hombre permaneció unos instantes contemplándome con los brazos en jarra, desató un mulo atado a una aparejo con una cuchilla enterrada en el suelo y unos maderos que se abrían hacia el cielo como astas de un toro, lo montó y, mientras se alejaba, mirándome dijo:
-“Esto seguro le interesará a D. José.”
Me quedé sola y aturdida por los tremendos cambios que habían pasado en tan poco tiempo, y fue en ese contemplar el paisaje aletargado por el calor, cuyas líneas se hacían lánguidas como si se derritiera bajo ese sol de mediodía... Y en esa contemplación perdí la nitidez del recuerdo, me sumergí en el sopor, las imágenes se hicieron nuevamente trazos aislados y el tiempo dejó momentáneamente de existir...
Dos hombres arrodillados a mi lado, aproximaron a mi rostro imperturbable sus bigotes ridículamente atusados... Quizás uno de ellos se quitó un vidrio que llevaba sobre uno de sus ojos para mirarme con mayor precisión... cuchicheos entre ambos...
-“Sin duda es antigua, ¿no te parece?”
-“¡Y vaya si lo es!, habría que hacerla ver por alguno que sepa...”
-“¿Y tú conoces a alguien?”
-“Yo conozco a Don Pedro, ¡tú sabes a quién me refiero!...”
-“Ya, ya. Hace un tiempo anduvo en algo parecido, ¿no fue él?”
-“... un sobrino político creo...”
-“... guardar esto en secreto... ¡esta misma noche viajo a Valencia!”
-“... la guardamos en el cortijo... ¿Quién sabe de esto, además de nosotros?”
-“... el Anselmo... es de confianza...”
Creo haber sido cargada en un carruaje envuelta en trapos sucios... barquinazos... zangoloteos... frases sueltas, trozos inconexos de algo que me comenzó a parecer una tramoya, pero no de las que a mí me agradan en la que se juegan el destino de naciones e imperios, sino de otra de objetivos tan mezquinos que en distinta circunstancia ni hubiera perdido el tiempo en escuchar.
-“... que ya en una oportunidad vendieron una...”
-“... no, con el gobierno no querrá negocio, que todavía no ha cobrado ni un real...”
-“...Anselmo, escóndela bien en la cava... y quédate con el chisme de bronce que encontraste en el hoyo, eh. Y recuerda, ¡sordo y mudo!, toma estos duros y a callar.”
El bochorno me sacó del dormitar el olvido... Jamás me sentí tan vejada, ni aún en El Pireo, cuando era manoseada por marineros y prostitutas, pero yo ya nada podía hacer, ¡solo aguardar mi destino de estatua!
Fuerzo la memoria y algunas sensaciones reaparecen abriendo camino a otras... acre olor a humedad, oscuridad, barricas de vino... esta vez no eran las ratas mis compañeras, sino las arañas que cansadas de trenzar sus sutiles trampas entre barriles, les debe haber parecido creativo anclar algunos de sus cabos en una diosa... Pasó el tiempo ... ¿algunas semanas?... es posible... En el silencio de la bodega en el que me adormecí, resentida esta vez con la buena de Frigia por haberme sacado de Numancia, ya que estaba segura de que me había privado del espectáculo de la inevitable victoria romana y el escarmiento posterior, seguramente mucho más pródigo en sangre, fuego y orgía que en Mileto, el que tanto me satisfizo; pero en fin, las viejas diosas de piedra nos vamos resignando con el paso de los siglos a ser juguete de los acontecimientos, los que otrora manejáramos a nuestro antojo. (Continuará- Última entrega se hará el miércoles)

Alfonso Sevilla

martes, 24 de julio de 2007

OSCURIDAD (Novela corta en fascículos)


(Entrega 10)
Ya había tenido experiencias como esas así que no me sorprendí para nada; todo parecía una escena de la vida real que sucediera en una madrugada de tenue luz, entre jirones de nieblas, y con las alucinaciones propias de lo onírico. Tomé al joven romano tiernamente pasando un brazo por sobre sus hombros, como si su abuelo realmente fuera, y lo conduje hasta lo alto de un otero cercano, desde el que se podía ver la totalidad del mundo. El joven no cabía en si de su asombro al sentir a su antepasado a su lado retornado de la muerte, y en un momento su emoción fue tal que comenzó a llorar en mi hombro; en la figura de su abuelo lo abracé tiernamente y mientras lo acariciaba le prohibí aflojarse a sus sentimientos, y señalándole la ciudad de Cartago que la teníamos muy próxima, le dije: “¿Ves aquella ciudad, que fue forzada por mí á rendirse al pueblo romano? Pues ahora renueva las antiguas guerras y amenaza nuevamente a nuestra Roma. En este bienio serás cónsul y la destruirás, y eso te valdrá que te llamen “Africano Menor”.
Pese a mi dureza de diosa, no pude dejar de emocionarme por la forma en que mi “nieto”, se inflamaba de amor patrio, hinchaba su pecho y sus ojos brillaban exaltados ante la bendición de poder servir para mayor gloria del Imperio.
En realidad nunca supe si cuando obraba así, perforando el tiempo en mis vuelos por la eternidad, hacía vaticinios o simplemente, pudiendo mirar el pasado y el futuro, decía lo que sabía que en alguna dimensión temporal ya había sucedido, o si bien mis predicciones eran las que forzaban a que los acontecimientos sucedieran, aún cuando yo los viera en el futuro... Ese es uno de los pocos misterios que mi condición de diosa no ha logrado penetrar, pero tampoco importaba mucho a mis fines, lo que me preocupaba es que la historia siguiera el curso que habíamos previsto, y como lo que veía en el futuro era siempre lo que deseaba que sucediera, quiero creer que era yo con mis visiones la que disponía el decurso de los acontecimientos.
En fin, nuevamente mis pensamiento vuelan en disquisiciones fútiles, apartándome de lo importante, Escipión. Continué jugando en su ensoñación, y siempre desde el otero del mundo reanudé mi discurso al joven romano: “Hijo- le dije- después de celebrar el triunfo en la Roma de nuestros amores serás nuevamente elegido cónsul para terminar una guerra tremenda en aquella península que ves, Hispania, que ya para aquel entonces le habrá costado a nuestra Roma el prestigio que con nuestra sangre ganamos: más de veinte mil soldados hijos de la loba fueron derrotados y vejados por los celtíberos fortificados en aquella ciudad que allí ves levantar sus murallas, y cuyo nombre es Numancia”
Satisfecha vi como los ojos del joven se inflamaban cuando le relataba las humillaciones de nuestras águilas arrastradas por el lodo, y sus soldados reducidos a la esclavitud o sacrificados en masa. El odio, junto al amor a la patria, me habían servido de mucho en el pasado y ahora nuevamente los tenía a mi disposición. Había que darle un toque de optimismo y exaltar su orgullo, por qué no, con el almíbar del reconocimiento de la Patria.
Y continué diciéndole: “Tú, “Africano Menor”, vengarás la dignidad vejada de Roma, levantarás del suelo sus águilas y asolarás a Numancia. Pero la Fortuna sólo te será favorable si te esfuerzas, si te preparas a ti mismo y si logras que tus legiones sean las que mejor combatan de las que portan águila a su frente. Si así procedes devolverás la dignidad de la Patria, que te distinguirá agregando a tu cognomento de “Africano Menor”, la de “Numantino”, todo para que Roma retorne a la cúspide del mundo.”
Esto fue todo lo que hablamos en sueño, Escipión el Africano Menor, y yo en la figura de Publio el Africano Mayor, y esas fueron las simientes que a través del tiempo fructificaron de la forma que yo esperaba. Sé que años después un tal Marco Tulio Cicerón mencionó en su “De la República” este sueño, pero recargado con adornos que no son reales. No importa, en mis pensamientos yo sé que ese sueño fue tal como lo rememoro en este momento... aunque quizás Escipión, en su ensoñación, vio cosas que yo jamás sugerí.
Esa fantasía que por mi voluntad viví en el tiempo, el espacio y la voluntad de uno de los grandes de Roma me sacó del sopor en el que había permanecido en aquel tiempo oscuro de Hispania, y así comencé a tomar conciencia de la realidad que se vivía en Numancia. Viriato había sido asesinado; Escipión, mi nieto en el sueño, comenzaba a establecer el cerco de la ciudad, sin pausa, sin apresuramientos pero con una calidad de experto que no habían demostrado sus antecesores. En la fortaleza nada sería igual desde la llegada de ese romano; el fantasma aterrador de la derrota se asomaba tras el horizonte del futuro, pero la posibilidad de quedar a merced de Roma no fue nunca aceptada por los numantinos. Ya fueran los grandes señores, o aún los esclavos, nunca caerían vivos en manos del enemigo... Claro, cada uno tenía sus formas de no caer vivos, la mayoría inmolándose en el combate o juramentándose a matarse entre si en caso de ser vencidos... Otros, muy pocos, pensaron en la huida cuando todavía el cerco no estuviera cerrado. Tal el caso de Frigia, mi sierva de ojos de gacela, que en aquellos días cada vez lucían más tristes... de noche permanecía postrada a mis pies concentrada en su oración, o bien me encendía incienso en el humilde pebetero que ella había traído para mí.
Su empecinamiento terminó por atraer mi atención y nada me costó leer sus súplicas: la niña estaba enamorada de un soldado romano desertor que había caído en mano de los numantinos; de nada le valió su defección y fue reducido a la triste situación de esclavo, y por sus condiciones de soldado dedicado a enseñar el arte de la guerra a los jóvenes de la casa. Frigia y el romano, Julius creo que se llamaba, estaban decididos a huir hacia una libertad difícil, pero siempre mejor que caer en manos de las legiones de Escipión que querrían con seguridad hacer un escarmiento bañando con la sangre de Numancia la faz del mundo, o por lo menos la de toda Hispania... y a Julius de nada le serviría su situación de prisionero ya que estaba convencido de que su nombre figuraba en la lista de desertores que tan prolijamente llevaban los romanos.
Ya he recordado la forma en que había aprendido a apreciar a Frigia: su devoción, su capacidad para reconocerme como la diosa de sus padres, la Gran Ishtar, habían abierto mi espíritu a sus súplicas y estaba dispuesta a usar de todos mis poderes para que sus deseos se hicieran realidad, y así fue... Cuando recuerdo a mi adoradora, se cruza en el tul de mi pasado otra súplica, también de una mujer, Aspacia... Pero no deseo mezclar tiempos, personajes ni sentimientos, que ya para embrollo, ¡suficientes con fantasmas de veinte y cinco siglos!
Arreglé mediante mis artes un escape nocturno lo que no me costó nada, acostumbrada como estaba a jugar con piezas mucho más pesadas... El problema de Frigia y Julius era para mi un juego de niños que no me exigiría esfuerzo alguno. Y así fue como ambos lograron trasponer murallas, guardias celtíberas y patrullas romanas, todo de acuerdo a lo que yo había previsto... ¡salvo una cosa que cambiaría mi existencia posterior!: mi adoradora no quiso desprenderse de la diosa de sus padres, y la noche en que ambos dejaban Numancia sentí los fuertes brazos de Julius que me abrazaban en la oscuridad, para introducirme en lo tenebroso de una alforja, y mi sueño de eternidad fue acompasado por días de cabalgar entre tinieblas o bajo soles lacerantes que caldeaban la bolsa que me acunaba. (Continuará- próxima entrega el sábado)

Alfonso Sevilla

viernes, 20 de julio de 2007

OSCURIDAD (Novela corta en fascículos)


(Entrega 9)
Ya en la intimidad de mi penumbra solitaria sentía que alguien en aquella casa me adoraba, que alguien me percibía como un ser superior, que alguien sufría por el vejamen que había sufrido, que alguien se ponía bajo mi protección divina. Mi percepción había sido acertada, un día, desde las sombras apareció una esclava persa; creo que la llamaban Frigia por su lugar de origen; fue la única persona, si tal se puede llamar a una esclava, que me miraba con respeto, creo que hasta con temor; sin duda había reconocido en mi a la Ishtar venerada en su tierra... En ese mi primer encuentro Frigia, con sus ojillos vidriosos por las lágrimas, con devoción y mano temblorosa me limpió del polvo de caliza que me cubría, en unos de actos de adoración más sinceros que recuerde. Hasta mis días actuales ha quedado en mi memoria profunda algo del aroma del incienso que alguna noche encendió ante mí, y el destello de sus negros ojos de cervatillo temeroso brillando a la luz de un candil...
¡En fin!, pese a esa alentadora y cálida compañía, una gota apenas en medio de la mar de iniquidad y olvido que me rodeaba, pienso que estaba transitando el más negro de mis períodos de piedra, digno tan solo del olvido y la oscuridad, y en el que me sumí en el sopor más profundo que me fue posible, como forma de evadirme de tanta humillación...
Había pensado que la última vez en que pude influir directamente sobre los hombres fue cuando insté al Tirano de Mileto a encender la chispa de la guerra, y a medida que me sumerjo en la profundidad de mi mente descubro que en mi período hispánico pude realizar otra de mis jugadas maestras, esta sí la última, en la que empeñé lo que restaba de energía divina atesorada en mi cuerpo de piedra.
No sé de donde surgió la idea primigenia, indago e indago, como lo hacían los atenienses, en la búsqueda de la causa primera y ésta se hace esquiva, me evita, se oculta entre las telarañas de mi vejez que dificultan mi investigación; quizás también en mis épocas atenienses se me pegó el vicio de la racionalización, o quizás el origen de todo se debe al vestigio de divinidad que queda en mí y que me hizo entrever otra de las grandes oportunidades de encender una hoguera que iluminara la posteridad.
Por aquellos días el Imperio Romano, al que, como ya pensé con anterioridad estaba aprendiendo a admirar, parecía haberse atascado en Hispania. Pese a la brillantez con que había dominado a Cartago, después de la batalla de Zama no había concluido en forma la tarea y había dejado las larvas de ese poder naval y comerciar con el que no se podía convivir; yo necesitaba un Amo del Mundo indiscutido y tan poderoso que produjera un gran cataclismo a su turno de caer, para que con su estruendo diera un nuevo empellón hacia delante a mi hija dilecta, la historia. Y para mi desilusión la península ibérica comenzaba a transitar un camino de tranquilidad, similar a aquel del Mediterráneo que me enervó a tal punto de obligarme a desencadenar las Guerras Médicas...
¿Cómo era posible que el poderío de Roma conviviera con los bastos celtíberos?... ¿Por más federación que fuera el Emporión, Gádiz, y Ebessus, podían pretender hablar de igual a igual con quien habíamos destinado a ser el dueño del mundo?... ¡No, si Roma aceptaba esa situación humillante no sería digna del papel previsto para ella!... ¿Y si no era ella, quién podría empujar los tiempos en su evolución constante? No había nadie a la vista, y en lo que presentía era mi última actuación como alarife de la evolución constante, algo debía hacer para cerrar con dignidad mi trayectoria brillante a lo largo de los milenios; mi última obra debía ser transitada a pasos seguros hacia el futuro, evitando el vacilante andar de un párvulo indeciso entre cuadrúpedo y bípedo.
En un esfuerzo, quizás el postrer, me introduje entre los misterios del devenir del hombre, y como en aquella oportunidad en que la figura del Tirano de Mileto apareció ante mis ojos, así también atisbé un pueblo, el lusitano, y un caudillo, Viriato; ambos serían capaces de plantarle cara a los romanos, sólo había que ayudarlos. ¿Cómo?... Al pueblo, haciendo uso de mis últimas energías de diosa, lo cargué de orgullo nacional y valor; y al caudillo le metí en la sesera el férreo sentido de responsabilidad ante su gente, a la que no podía dejar librada a los designios de unos extranjeros venidos del Norte, por más poderosos que fueran, aún cuando hubieran sido quienes derrotaron al Gran Aníbal... Todo iba bien, pero la genialidad mía estuvo en ponerles al frente a jefes mediocres del Imperio Romano, de forma tal que los éxitos primeros fueran de los lusitanos lo que encorajinaría a los celtíberos a sumarse al alzamiento... ¡y así sucedió! Yo no necesitaba impulsar a los romanos, que de por si no permitirían un levantamiento en Hispania. Recuerdo que por aquellos días yo parecía decidida a dejar el escenario armado como estaba, pero otra chispa de mi divinidad me iluminó para dar el golpe realmente artístico a la que intuía sería mi obra póstuma.
En las nieblas de la eternidad descubrí a un romano, Publio Cornelio Escipion Emiliano, nieto del “Africano Mayor”, Paulo, el vencedor en Zama. El, siguiendo los pasos de su abuelo, destruyó Cartago, lo que le valió el mote de “Africano Menor”, terminando para siempre con la amenaza cartaginesa en el Mediterráneo...
Para mí, arrancar al Senado romano la orden “¡Delenda est Cartago!” no había sido tarea fácil, y no podía permitir que todo se viniera abajo por unos bárbaros. La jugada haría había sido brillantemente urdida; logré que el “Africano Menor” fuera designado gobernador de la Hispania Cisterior, pero mi posibilidad de manejarlo como lo había hecho con otros personajes no era tan fácil; por más que hurgué en su personalidad no encontré a mis grandes aliadas, la ambición, el endiosamiento del ego, la capacidad de traición... ¿Qué hacer?... ¿En donde hallar un apoyo para que mi palanca moviera la historia? Esa duda carcomió mi interior de caliza por un tiempo, en el cual mis “dueños”, y lo pienso así, en tono totalmente despectivo, una noche se fueron... ¿o quizás debería decir huyeron?, a Numancia, hacia el interior de la península, en el fértil valle del Duero.
Nunca me preocupó las causas que los impulsaron a dejar el Emporión, concentrada como estaba en armar en detalle el descalabro que necesitaba, y tanto buscar entre los vericuetos de la mentalidad de “El Africano Menor”, hallé algo, que si bien no era lo ideal, podría servir para mis fines. Mi “peón” había exaltado hasta la sublimación su amor hacia Roma, y él como gobernador no podía permitir que Roma, su “Ciudad Ídolo” se derritiera en las aguas de su fracaso... ¿Sería eso suficiente?, pensé durante días y meses, y me pareció que no podía dejar el futuro de la historia sostenido por una sola columna; o había que plantar una más, o había que reforzar la existente.
Hasta ese momento todo se basaba en la personalidad de los actores del drama, pero realmente poco había usado de mis potencialidades de diosa, y no era este, en la elaboración de mi obra postrera, oportunidad para abandonar tan valioso instrumento.
Durante días me ensimismé en hacer de mi magia divina el sello que pusiera mi impronta a la obra, y el esfuerzo no fue en vano. Una noche mi espíritu de diosa voló, perforando tiempo y espacio, hasta el campamento de Massinisa, el rey númida que tanto colaboró con el abuelo del caudillo que ahora me preocupaba, amigo dilecto de su familia desde las épocas de Zama. Yo sabía que con el númida se encontraba Escipión de visita por unos días, y por esa magia de la eternidad en la que me movía di un salto hacia atrás en el tiempo para encontrarlo aún joven, dirigiéndose a su tienda después de haber cenado con su anfitrión. Con sumo sigilo repté hasta el interior de los sueños del romano amansando con mi soplo y dando forma con mis manos, a las nubes que su ensoñación comenzaba a condensar, y de pronto me encontré que mis esfuerzos eran premiados ya que yo, en ese sueño de Escipión, me transformé en la imagen de su abuelo, “El Africano Mayor”. (Continuará, próxima entrega el día miércoles)

Alfonso Sevilla

martes, 17 de julio de 2007

OSCURIDAD (Novela corta en fascículos)


(Entrega 8)
Incluso llegué a despreciarlo en un sentimiento que surgía del interior de mi ser de piedra, pero, ¿a qué se debía ese impulso? me he preguntado innúmeras veces... y no lo sé; quizás a la indiferencia que mostraba por la política, mi gran aliada en la creación de enfrentamientos; tal vez por el énfasis que ponía en predicar la justicia, el amor y la virtud como bienes que entendía supremos y que yo los sé por mi eterna sabiduría de diosa: no son más que expresiones decadentes tras la que se refugian aquellos que no son capaces de dominar, de saltarse las reglas, de traicionar, de vejar, de eliminar a los más débiles... Tampoco me preocupa demasiado ese personaje, ¡así le fue!... Bien lo tenía calado Aristófanes que permanentemente lo denigraba desde su triclinio tratándolo como un tendero de mercado en la venta de ideas, en la que la peor siempre aparecía finalmente como la óptima... Me tiene sin cuidado que fuera preso o le dieran la cicuta; bien tonto debía ser porque siempre asistía a las tenidas en el andrón mientras se trataban temas del espíritu, pero cuando se comenzaba a montar la bacanal consabida, que yo no dudo, algo de culto a Ishtar tenía, o cuando menos homenaje a mi persona de piedra, el diminuto pelado se retiraba echando toda clase de maldiciones sobre los presentes a los que acosaba con su dedo agitado al aire, y si no me equivoco, en más de una vez me apuntó a mí con su apéndice acusador...
A tal nivel de confusión he llegado en mis últimos tiempos, que hasta me he planteado el porqué dedicarle tanto tiempo a este insignificante, y porque se me ha quedado grabado entre las remembranzas importantes, ¿tal vez un juego sucio de los años que degrada mi condición divina?... No lo sé y creo que en mi decrepitud, hasta me repito en ideas que comienzan a hacerse recurrentes; sin duda, más que diosa, soy ahora casi exclusivamente busto de piedra memorioso...
Pasaron los tiempos en el andrón y la brillantez de la vida en ese lugar, por cotidiana comenzó a hacerse tediosa, a pasar desapercibido su esplendor, sensación que creo me hundió en uno de los tantos estanques profundos de olvido en los que he sumergido mi existencia. A esas profundidades sólo llegaron la vibración de pocas ideas o sucesos, quizás grabados en mi memoria porque eran precursores de cataclismos que darían un empellón de sangre a la historia en cuyo escenario Grecia ya había jugado el rol que le habíamos asignado...
¡Guerra!, por suerte había retornado, ¿entre quiénes? No lo sabía, ya que mi capacidad de atisbar en los tiempos se me había adormecido junto con la plenitud de mi divinidad... Pericles arrojado por el pueblo como caudillo de Atenas... La peste, otra gran aliada de la guerra, llegó hasta mi en el lamento de los deudos, los quejidos de los moribundos, el rumor de la huida de aquellos que querían salvar sus vidas... El dolor por la muerte de Pericles a manos de la peste... ¡y el silencio!, el silencio de la eternidad adormeciéndome, ya acallado el estallido de la genialidad...
En el sopor en que me hallaba, apañada por las sedas de los recuerdos, sólo existía un polo de luz, una estrella destellando en el infinito: Atenas, que en mi ensoñación aparecía con dos facetas distintas: faro proyectando su brillo más allá de su tiempo, y vórtice succionador de la magia creativa y el talante razonador de su época, despoblando de genialidad a todo el mundo helénico. En realidad, pensé en algún momento de lucidez, muy pocos atenienses brillantes había conocido en la Atenas de Pericles...
No se lo que pasó posteriormente, no tengo recuerdos de aquellos tiempos salvo la oscuridad del manto de mi inexistencia, aún cuando con el tiempo, en algunos momentos de gran concentración he llegado a intuir que fui llevada a Massalia, lo que posteriormente se conoció como Marsella, colonia griega focense por aquellos días. Muchas veces he meditado a qué se debió mi viaje, pero no lo puedo recordar, o bien lo hice en algún cofre o cajón que sumó oscuridad a la amnesia de esos tiempos; de una sola cosa si estoy segura: no me llevó Aspacia, mi adoradora, ya que entre la niebla del olvido logro rescatar imágenes fugaces y diálogos entrecortados; la viuda de Pericles contrajo poco tiempo después de la muerte de su marido un nuevo matrimonio, esta vez con un hombre de negocios muy rico, y en su andrón no se habló más de política o de ciencias, sino de precios, caravanas, flotas, barcos de carga, puertos... ¡en fin!... quizás ese cambio de temática fue el que contribuyó a sumirme en el pozo de depresión que recién recordaba...
Lo de Massalia y el periplo posterior es recuerdo tan fugaz que no puedo precisar si demandó años o siglos, lo mismo que no puedo definir si mis desconocidos dueños emigraron llevándome, fui vendida o bien robada; sí estoy segura de haber sido sacada de un cofre en una casa en el Emporión, en lo que actualmente creo llaman puerto de La Escala, cerca de Gerona, en el país de los celtíberos. Se trataba seguramente de comerciantes griegos tan ricos como ignorantes, o por lo menos así los califique en comparación de los helenos que había conocido en lo de Aspacia; nunca se me asignó un sitio acorde a mi jerarquía, y quizás lo más interesante que escuche en un período de duración indefinida fue la conversación de los siervos, no tan enjundiosa como las de Atenas, pero si llena de frescura y autenticidad. Entre ellos había de todo: algunos con cierta cultura dedicados a la educación de los jóvenes y niños hijos de los dueños de la casa, que miraban con desprecio al resto de sus congéneres y cuyas charlas y afectadas disertaciones, en el griego más cursi imaginable, me aburrían en extremo; caballerizos, mozos de faena y mujeres seguramente dedicadas a las tareas de la casa, de cuerpos toscos y hablar cantarín en un celtíbero que me causaba gracia; y hembras jóvenes bien formadas, de idiomas, color de tez, ojos y facciones provenientes de todas las costas del Mediterráneo; mi mirada avezada supo de inmediato que estas niñas no se debían quebrar el espinazo en tareas domésticas, sino que estaban dedicadas al solaz del señor de la casa y de sus hijos ya garañones, y posiblemente algunas podrían ser esclavas personales de la señora.
Por esos días viví uno de los momentos más traumáticos como estatua: un día, sin el más mínimo miramiento que mi condición exigía, fui llevada a un patio interior, lindante con las caballerizas, en donde me aguardaba un celtíbero de fuertes brazos, que sin el menor pudor me levantó, me colocó sobre una rústica columna de madera, y sin sensibilidad alguna comenzó a golpear con un escoplo mi espalda; sorpresivamente no me causó dolor alguno, pareciera como si la vejez de mi piedra la hubiera privado de la sensibilidad que originalmente poseía, la que descubrí se había refugiado por entero en mi espíritu, y fue allí donde el dolor se hizo bochorno al sentirme profanada por un mal cantero que agujereaba mi espalda, según me enteré por los comentarios de los siervos que se agolparon en su rededor, para que sirviera de urna funeraria que cobijaran las cenizas de la “señora” para cuando exhalara su último aliento. Tan primitiva fue su tarea, y tan poco arte exigía que no creo que le llevara al obrero más de dos días terminarla. Fue el mismo picapedrero el que me alzó en sus fuetes brazos y me llevó a mi recoleto refugio inicial, me colocó displicentemente en mi lugar, y se quedó unos instantes contemplándome con su rostro indeciso entre la sorna y la curiosidad. Al retirarse, en lo que me pareció era un comentario dirigido a él mismo y no a mí, dijo: ”Mujer, vaya peinado que te han hecho.” (Continuará)

Alfonso Sevilla

miércoles, 11 de julio de 2007

OSCURIDAD (Novela corta en fascículos)


(Entrega 7)
Aquellas reuniones eran de hombres solos, tal la costumbre griega, siendo Aspacia la única mujer de categoría en estar presente, y digo de categoría, ya que la comida era amenizada por grupos de bailarinas profesionales que a medida que la política y el intelecto iban apagando sus fuegos, encendían otros, los del deseo carnal, terminando para mi satisfacción estas tenidas en enloquecidas bacanales; aquellos hombres no necesitaban de incentivos para lanzarse a la hoguera de la pasión desenfrenada, pero creo que mis efluvios en algo avivaron el fuego que los consumía. Allí comprobé lo que siempre había pensado: el amor, la guerra, y en esos días lo aprendí, también la política, son juegos en lo que todo vale; más aún entre mis anfitriones griegos que a esa altura de los acontecimientos se tornaban muy amplios en sus límites; no miraban siquiera el sexo del eventual compañero de placer, claro, siempre era indispensable que el conjunto fuera armónico, ¡la estética era el bálsamo que legitimaba todo!... o por lo menos tras esa excusa tan intelectualizada disimulaban ellos sus “rarezas”, que yo ya enjuiciara cuando pensaba acerca de Ibiza...
En esos días, meses, años, llegué a meterme en el meollo de la mente helénica: esos genios de las ciencias abstractas y de todo lo que tuviera que ver con la exaltación espiritual eran unos incondicionales amantes de lo viril hasta el punto de olvidar su esencia, para quedarse sólo con la exteriorización del cuerpo y de su belleza pulida en la desnudez de los gimnasios, en luchas de cuerpos entrelazados rodando por la arena, en competencias exclusivas para hombres; habían sido formados desde la niñez alejados de la familia para convivir en un medio exclusivamente masculino y gran parte de su adolescencia y juventud había transcurrido entre hombres en los campamentos militares. Los hacedores del imperio cultural más grande de todos los que yo haya conocido parecían mostrar el camino a otros constructores de imperios, más próximos a los tiempos en que vivo en mi último templo, que han escondido sus desviaciones tras el disfraz de una moral tan férrea como falsa... ¡por lo menos los griegos eran más francos!
Mi sino de diosa me premió con la mayor satisfacción que he sentido, sólo superada por el placer de sentirme la violenta acicateadora de la historia: fui testigo de las conversaciones, polémicas y juegos dialécticos más interesantes que en milenios escuché, brotando a borbotones de la pléyade de genios que pululaban en el andrón en el que yo reinaba: Herodoto con sus amenos relatos de viajes y su concepción de la historia como estricto relato de los actos de los hombres, posición de pretendida objetividad que su viva personalidad traicionaba de tanto en tanto dejando aflorar sus apostillas personales cuya ironía hacía reír a carcajadas a Pericles y abastecía a Aspacia de argumentos para influir en la urdimbre que allí permanentemente se tejía, y que sin duda había desplazado al Ágora como yunque de la política.
¡Herodoto!, mi naturaleza divina hizo que sintiera de inmediato una particular simpatía por este personaje de la Jonia... busco y busco en la profundidad de mi mente y no encuentro la causa de ese sentimiento bastante extraño en mi; no estoy segura, pero creo que puede haberse debido a que pese al racionalismo que lo entornaba, hacía aparecer, sabiamente dosificada, la mano de los dioses guiando a los hombres en sus actos, cinceles que esculpían la historia.
Y en este torbellino de recuerdos y vivencias que rondan mi cabeza, el solo pensar en “escoplo” hace inevitable que vuelen mis ojos interiores hacia la evocación de Fidias, otro de los contertulios habituales en esas tardes y noches inolvidables. Fidias, aquel que trasformaba la roca en bellas estatuas o grandiosas construcciones trasmutadas por su genio en etéreas estructuras que parecían flotar en el aire, y lo que digo no es porque yo las haya visto, ya que nunca salí del andrón, sino por lo que escuché en aquellos tiempos inolvidables. En estos últimos días he escuchado a los fieles que peregrinan a mi nuevo templo, dudar que Fidias hubiera dado con sus manos forma a obra alguna, que su papel había sido exclusivamente el de guía de los verdaderos artistas que ejecutaban sus creaciones... ¡Qué equivocados están! El vivió entre el polvo de la roca que desbrozaba y cientos de obras salieron de su genio, lo sé porque así lo he escuchado por aquellos días, y porque lo vi durante semanas dibujar y esculpir en el andrón una estatua de Atenea, cuyo modelo era la mismísima Aspacia, elegida por él, gran admirador de su belleza... ¿o fue tal vez para lisonjear a Pericles?... no lo sé, pero tampoco me interesa indagar algo tan secundario: lo real es que la estatua fue terminada, mantenida en el andrón para que la admirara la flor y nata que allí se reunía, y pasado el tiempo Pericles ordenó se la entronizara en el Partenón cuando fuera terminado... Y vuelvo a enredarme en buscar la causa que motivó esa decisión... ¿era por la calidad artística que en ella veía, o como forma de autosatisfacción, para recordarle eternamente al mundo lo bella que era la mujer que él poseía?...
Porque Pericles, además del conversador de genio vivo y ácido humor, era un ególatra frío y sagaz, pero con una concepción tan firme del bien común que mitigaba esos defectos al tomar cualquier decisión política. A tal punto había llegado en su autodominio que no se permitía odiar, frenesí al que pretendía arrastrarlo su carácter; estaba convencido que la pasión obnubila la razón, y el necesitaba de todas sus capacidades para obrar, y si fuera necesario, hacer al enemigo el mayor daño posible; en realidad, el tipo de hombre que a mi me agrada. Aunque pensándolo bien, el decir agrado es demasiado, ya que sólo quiero a los que puedan ser mis instrumentos y habiéndolo meditado durante centurias, creo que a él no lo hubiera podido manejar como hice con al Tirano de Mileto...
Y los recuerdos siguen dando vuelta en el torbellino de mi mente fatigada. Ahora, en este templo en el que me expongo a la adoración, debo reconocer que mi capacidad de concentración no es la de mis días en el andrón de Pericles y Aspacia y frecuentemente me disperso, como me sucede en este momento en que después de un vacío de eternidad reaparece Fidias; surge en mi memoria sin haberlo buscado y su imagen se proyecta junto a Pericles; ambos hablan acaloradamente, encendidos por la pasión que los unía: la Belleza como concepto, y la necesidad de convertir a Atenas en la más bella de las ciudades del mundo...
Las imágenes se suceden vertiginosamente fundiéndose en la masa informe de la confusión, para luego, en rápida sucesión, reconstruir personajes, situaciones, visiones que pasan ante mis ojos ya cansados de atisbar los siglos, los milenios, la eternidad... A veces son sólo nombres sin imagen definida asociados a alguna idea, como el caso de Anaxágoras, al que únicamente distingo por su origen jonio, su amistad hacia Pericles, la forma golosa en que atisbaba a Aspacia, y su criterio de que el sol no era un dios y que la luna reflejaba su luz, así como por su afán para demostrar que todo las cosas estaban formado por pocos elementos, átomos o moléculas existentes desde la eternidad, amalgamadas en un comienzo formando una masa homogénea e informe que comenzó a evolucionar y diferenciarse impulsada por la fuerza de la rotación... Creo que terminó preso por esas ideas o le dieron a beber cicuta, pero no estoy segura, o bien los recuerdos se me han entrecruzado... ¿no sería Sócrates el de la cicuta?... Este es otro de los nombres sin rostro que rondan mis ensoñaciones, su imagen es únicamente la de sus ideas... siempre negando su propia sabiduría, regando a sus interlocutores con preguntas como si los obligara a buscar dentro de ellos mismos verdades ocultas... A mi no me agradó nunca, que si el mundo le hubiera hecho caso en su prédica para perfeccionar el alma, a mí, Diosa de la Guerra, me hubiera sido mucho más difícil empujar el carro de la historia. El sentimiento de antipatía debía ser mutuo, ya que cada vez que pasaba por mis cercanías me miraba con sus ojillos irónicos que herían mi percepción; sin duda el hombrecillo negaba mi majestad divina. (Continuará- Las entregas se hacen los jueves y domingos)
Alfonso Sevilla

viernes, 6 de julio de 2007

OSCURIDAD (Novela corta en fascículos)
















Entrega 6
Indagué en la eternidad, en la que me sumía en momentos de gran concentración, y como en ella se amalgama el presente con el pasado y el futuro, pude saber que la batalla que en parte había contemplado sería llamada de Salamina, y que después de años de guerra la victoria finalmente fue griega, entronizando a Atenas como el poder dominante después de disputarlo con Esparta, lo que me llenó de satisfacción porque comprobaba una vez más que el plan maestro se continuaba cumpliendo sin alteraciones.
Le conté al casco el resultado de mis investigaciones, y me pareció que las noticias no le satisfacían; lógico, él era espartano y hasta percibí sorna en su réplica, en la que ponía en duda la capacidad de un trozo de piedra sumergida para indagar en el futuro, como si un oráculo fuera. Yo di por terminado el diálogo ya que no quería enemistarme con el único ser con quien podía hablar en esas circunstancias, y me pareció que el casco aceptaba evitar el enfrentamiento, no sin antes transmitirme: “Si puedes ver el futuro, ¿cómo no predijiste la tormenta que te arrojó al agua?”, dicho que preferí ignorar para no entrar en una discusión sobre la eternidad y sus enigmas, que sólo los dioses podemos comprender.
Se sucedieron los días y las noches, los meses y los años y la arena subía y subía hasta llegarme a mí al cuello y al casco hasta la cimera, cuando un día numerosos botes comenzaron a surcar el espejo ondulante de la superficie, perforado por nadadores que se zambullían aquí y allí y retornaban cada tanto a los botes que levaban anclas y cambiaban de ubicación.
Interrogué al casco que debía conocer más esas pequeñeces de los mortales y me respondió que seguramente eran buscadores de despojos que escudriñaban entre los pecios. Así debía ser porque ni bien atisbaron la cimera verdosa del casco lo desenterraron, izándolo hacia la superficie; todo fue muy rápido, pero me pareció que sus vibraciones me transmitieron una despedida ahogada en sollozos.
No tardaron los buceadores en encontrarme y seguí el mismo camino que mi compañero de infortunio. Mi salida a la superficie, mi primera exposición al sol del mediodía, me produjo una impresión casi tan lacerante como la que experimenté cuando destaparon por primera vez mis ojos, y sentimientos encontrados transitaron por mi espíritu: por un lado la nostalgia de abandonar el ámbito silente y mágico de los azules, útero donde había madurado mis recuerdos; por otro la alegría de retornar al medio en el que siempre me había encargado de apurar la historia en su inexorable avance, y finalmente y aunque parezca paradójico, la felicidad de sentirme liberada de la parte inferior de mi cuerpo; nunca la extrañé ya que para nada me servía. A una diosa de piedra lo único que le importa es la cabeza y si algo le molesta es ser arrumbada entre trastos indefinidos, como lo fui en esa oportunidad... Ahora que lo pienso más reposadamente, hubo algo que extrañé: la tibieza del león a mis pies, único ser que conocía mis secretos, y cuyas reacciones percibía a través de mi piel de piedra.
Por un tiempo indeterminado permanecí en ese lugar al que nunca pude identificar, envuelta como fui en lonas parecidas a las que me cegaron cuando me robaron del palacio en Mileto, pero sin duda se debía tratar de la trastienda de algunas de las tabernas del puerto de El Pireo, y decir trastienda es darle demasiada dignidad a lo que percibía como una cueva oscura, húmeda, plagada de ratas que transitaban sobre mi, me orinaban y cuyos dientes roían las lonas que me arropaban.
Alguien algún día me sacó de mi tumba. Nuevamente la luz me hirió pero ya no pienso en ello porque era un fenómeno al que me estaba acostumbrando; fui liberada de las lonas, y en lo que me pareció un patio, cuidadosamente lavada, casi con ternura, por ásperas manos marineras y otras algo más suaves de las que sin duda eran meretrices portuarias.
Recuerdo sus diálogos y no puedo evitar una sonrisa interior, se hablaba en diversas lenguas: griego, arameo, egipcio, y algunos otros idiomas que si bien no conocía, comprendía por mi don de lenguas que como diosa poseo, y lo que me causaba gracia es que cada uno hablaba su propio idioma, entendiendo a los demás; pensé que para un espectador extraño a ese medio aquello debería parecer lo que los hebreos llamaban “Torre de Babel”, pero con la diferencia de que aquí no había desentendimiento. El aire general era festivo, y los comentarios rondaban el buen negocio que habían hecho con la “señora”, interpretando yo que se referían a mi persona. Tal tratamiento en boca de esas bestias levantó mi autoestima, la que no tardó en reducirse a su mínima expresión al darme cuenta que la dama en cuestión era quien me había comprado; yo sólo era un trozo de piedra sacado de la mar y si por algo me respetaban era por los dineros que aportaría a sus bolsas...
En ese momento tomé conciencia de que después de mi cercenamiento había quedado reducida a una altura que puesta en el piso llegaba aproximadamente a la altura de las rodillas de los hombres, y entonces si que añoré mi parte ausente, que si bien había pensado no me servía para nada, por lo menos me permitía mirar por sobre el común de la gente.
Ya no hacían falta carros para transportarme; debidamente acicalada fui colocada en el interior de la albarda de un mulo, y acompañada por algunos hombres salimos a un camino empedrado que para mi sorpresa estaba protegido de ambos lados por una muralla, como si de una ciudad se tratase, y como ya me había enterado que nos dirigíamos a Atenas colige la importancia que le daban los amos de esa ciudad a su puerto... ¡No, si la guerra despierta a todos, como un susto espabila a un borracho!, pensé para levantar algo mi ego de Ishtar reducida a liviana carga sobre el lomo de una acémila.
Mi compradora era una tal Aspacia de Mileto; extraña combinación de belleza, sensualidad de cortesana, y brillante formación cultural, que había generado en su rededor con su astucia y los dineros que le proporcionaba su productivo comercio, un grupo que amalgamaba la flor y nata del pensamiento y las artes de la Atenas de aquellos tiempos, siendo acreedora del elogio del mismo Sócrates, un desconocido para mí en aquellos días.
Los buitres que me habían tenido aprisionada en la oscura sentina apuntaron bien cuando me ofrecieron a esa poco convencional hetera; sabían que ella apreciaba las artes y que pagaría por mí más de lo que se podía esperar de otro comprador... y yo creo no equivocarme cuando entreveo que la milesiana a más de apreciarme como antigüedad sentía una profunda admiración por mi condición de diosa. Mi sensibilidad divina no me podía engañar, y eso lo supe desde el momento en que, sin discursos ni falsía como en Mileto, me entronizó sobre una hermosa columna dórica en el andrón de su casa, o más bien debería decir palacio. En sus ojos vi profunda devoción, y cuando sus finas manos encendieron incienso en mi honor descubrí la misma unción con que me había tratado el Gran Assurbanipal siglos atrás; permaneció un largo rato junto al pebetero humeante sin decir palabra, pero percibí una súplica en sus ojos color de miel que me invitó a introducirme en el marasmo de sus pensamientos y allí atisbé que lo que realmente ambicionaba era lograr que el Gran Pericles, por aquellos días su amante, repudiara a su esposa para casarse con ella...
Mi naturaleza divina me obliga a ser fría, pero esa mujer me impresionó de tal forma desde el primer día en que nos conocimos no dudé en poner en su ayuda todo mi poder de Diosa del Amor, y no me costó mucho que sus deseos se convirtieran en realidad; a partir de ese momento Pericles presidió las cenas que semanalmente se realizaron en el andrón de Aspacia, con la flor y nata de la sabiduría y la política de Atenas reclinada en los triclinios. Había pensado que Pericles presidía, pero en realidad era yo quien lo hacía desde lo alto de mi columna, y mientras contemplaba el degustar de manjares, la libación de los mejores vinos del Mediterráneo, y me sentía acunada por melopeas armonizadas por coros, flautas y cítaras, aprovechaba para iluminar con mis vibraciones a aquellos que en esas cenas urdían el tejido político y las construcciones intelectuales que sustentaban a Atenas en la cumbre del mundo griego, que es lo mismo que decir de la totalidad del universo mediterráneo de esos tiempos... (Continuará- Las entregas se harán jueves y domingo)

Alfonso Sevilla

miércoles, 4 de julio de 2007

OSCURIDAD (Novela corta en fascículos)


(Entrega 5)
Varios días navegamos en un mar calmo en busca del puerto de El Pireo, bajo el tibio sol que acariciaba mis ropajes impuestos, hasta que en un atardecer el viento cambió sorpresívamente de dirección, electrizando a la tripulación; la tranquilidad se tornó carreras y voces de mando que exigían asegurar las cargas y arriar la vela, a la vez que el tambor aceleraba su ritmo acicateando a los remeros.
-¡Timonel, pon la proa hacia la costa!... ¡No permitas que dejemos de bojear!- la voz, con tono más de ruego que de orden, horadó el rumor del viento que por momentos se convertía en aullido.
-¡Ya no veo la costa, patrón!- contestó desesperado alguien a mis espaldas.
-Piloto, ¿podemos caer hacia la isla de Egina?- suplicó la voz del patrón.
-No señor, ya la dejamos a nuestra popa- sonó a lamento la frase, última que como tal escuche, ya que después todo fueron alaridos, sacudones, rolidos, cabeceos...
Alguien pretendió aferrase a mi cuerpo cuando la nave se inclinó brutalmente sobre unas de sus bordas y en ese momento escuché el quejido vegetal del mástil que se partía castigándome con tal fuerza que cercenó mi cuerpo bajo los senos, rodando mi parte superior sobre la cubierta. El dolor de mi amputación fue tan brutal, ya que las piedras con memoria y razonamiento también tenemos sensibilidad, que me hizo olvidar las laceraciones que sufrí al dar tumbos como un guijarro por la cubierta rebotando contra todo, hasta que un bandazo me arrojó fuera de la embarcación. Mi hundimiento fue rápido, acompañado por un racimo de burbujas que pronto me abandonó para huir hacia la superficie, y sentí que me depositaba con suavidad sobre un lecho suave, casi me atrevería a pensar acogedor, envuelta en una oscuridad que de tanto en tanto se diluía por los fogonazos de los relámpagos que allí arriba estallaban. Nunca supe la suerte de la embarcación que me transportaba, creo que no zozobró, por lo menos en ese lugar, ya que no vi sus restos hundirse... ¡Si así fuera no puedo dejar de echar en cara al Poseidón o Neptuno de turno que permitiera que tan ineficaces marinos surquen sus aguas sin el consabido castigo!...
En fin, no nos quejemos los dioses de lo mal que andan las cosas si no ponemos orden en nuestros dominios; por mi parte estoy tranquila, el tema de la guerra siempre lo he manejado con astucia e inteligencia, ¡creo que he dejado tarea a los hombres para muchos siglos!
Mi primer amanecer en el fondo marino marcó su impronta en mi espíritu: estaba en un bajío y la luz llegaba hasta mí con diafanidad dibujando todo en azules que aumentaban de intensidad en la lejanía, haciéndose impenetrables en un más allá de horizonte inexistente. El gran maestro de ceremonias de ese mundo era la superficie que vista desde la profundidad asemejaba un espejo movedizo y ondulante, batuta que acompasaba el danzar de los flecos de vegetación, y que cincelaba a su antojo los rayos de luz dando vida con sus filigranas al lecho de arena que me acogía. De tanto en tanto algunos peces, cardúmenes en otras oportunidades, rondaban erráticos y balbuceantes por mis dominios; al principio se me acercaban con su curiosidad idiota hasta casi pegar sus hocicos a mi cara, llegando los más atrevidos a intentar mordisquear mi rostro o las joyas que me engalanan.
Con el tiempo se acostumbraron, y no se que me hirió más, si su atrevida curiosidad inicial, o la posterior despectiva ignorancia; pero en fin, me gustara o no, así transcurrió un lapso cuya magnitud no puedo precisar, adormecida por la monótona sucesión de días y noches sólo rota por las tormentas que de tanto en tanto enloquecían el ondular de la superficie.
En ese tiempo de inacción creo que maduré muchos de los recuerdos que después han ido aflorando en sucesión en distintas oportunidades de mi pétrea vida, y fue en esos días también cuando perdí la mayor parte de la pintura que me cubría, porque cuando fui sacada de la piedra el seudo artista que desbrozó la caliza me pintó con los colores más chillones que pudo encontrar y que en aquellas lejanas épocas, puedo dar fe, estaban de moda... Me imagino que el agua de mar y el tiempo hicieron una tarea compasiva al librarme de esos afeites de tan de mal gusto.
Una madrugada, cuando ya la arena del fondo había cubierto parte de mi pecho, la superficie se pobló de cientos de quillas de barcos en veloz carrera chocando alocadamente unos contra otros, y sus ondulaciones dejaron paso a un hervidero de remos, acompasados al principio y simplemente enloquecidos después; de alguna nave brotó un resplandor rojizo que saltó a otra y otra, tiñendo las aguas con sus destellos... por primera vez en mi vida submarina una sonrisa iluminó mi interior; ahora estaba segura de que mis semillas seguían germinando, mis esfuerzos no habían sido en vano...
Y a medida que avanzaba el día más brillaba mi interior, estaba segura que el destino quiso que esa batalla naval, que no otra cosa era lo que contemplaba, se celebrara sobre el lugar donde yo, la Gran Ishtar; estaba sumergida para que pudiera ser testigo de mis éxitos y creo, sin ser por ello vanidosa, como forma de homenaje a quien la había hecho posible... Mi felicidad fue completa cuando los despojos de la contienda comenzaron a poblar mis alrededores de maderos, cuerdas, escudos, armas, cadáveres, los más de los cuales por sus barbas y vestimentas pertenecían sin duda a marinos persas...
En mis proximidades cayó un casco de bronce, alta cimera, protector para la nariz y amplias carrilleras; y allí quedó enfrentándome, casi como si las cuencas vacías de sus ojos me miraran. Pasó el tiempo y el brillo del casco se fue perdiendo tras el cardenillo, en la misma medida que en mí crecía la idea de que algo había entre el casco y yo... Al principio había sido sólo unas vibraciones que me hicieron recordar aquellas primeras que había percibido cuando aún dentro de la piedra, comencé a tomar conciencia del mundo exterior, pero a medida que transcurría el tiempo, que debió ser bastante porque cuando esto sucedía ya un pequeño pulpo había anidado en su interior; esas sensaciones se fueron transformando en pensamientos, al comienzo meras imágenes, para después hacerse diálogo coherente entre el bronce y yo.
El casco me contó que había pertenecido a un espartano, Eucibíades, que respondiendo a Temístocles, el estratega heleno, mandaba la flota griega en esa guerra que tan bien había montado yo. Los persas de Jerjes tuvieron gran éxito al comienzo, relataba el casco, invadiendo todo el norte griego, ocupando Atenas y saqueándola. El capacete hacía grandes esfuerzos para transmitirme que si algo bien se hizo fue gracias a su dueño, Eucibíades, pero yo, conocedora de los secretos de los hombres en la comedia de la guerra, supe desde un primer momento que el genio había estado en Temístocles y que el espartano sólo había conducido bien las acciones que el estratega preparara... En fin, que cada uno trata de llevar agua para el molino de sus afectos, y el casco no escapaba a la norma. El se había caído al agua en unos de los avatares de la lucha, pero creía que su dueño había resultado ileso, y como eso sucedió al terminar la batalla no dudaba de la victoria helena. (Continuará- Las entregas se harán los jueves y domingo)

Alfonso Sevilla

sábado, 30 de junio de 2007

OSCURIDAD (Novela corta en fascículos)



(Entrega 4)
Esa noche, invocada por los hados de la destrucción y el placer, retornó a mi memoria otra de mis obras maestras, y en mi confusión de tiempos y sucesos se me presentó como actual la forma en que generé, más de diez siglos antes, las condiciones para que el conflicto pudiera desatarse en un tiempo que para mí, en aquel momento, era el futuro... Mi larga experiencia de Señora de la Guerra me había enseñado que las confrontaciones no deben ser libradas a que surjan por generación espontanea, arrastradas por el viento de las circunstancias; deben responder a un plan cuidadoso, leudado en un nido de paciente inteligencia... y para que haya conflicto, ¿qué hace falta?... ¡poderes con intereses contrapuestos!
En aquellos tiempos el Mediterráneo era un bello mar en el que el único peligro eran las tormentas y algunos piratas sin trascendencia histórica, y eso no bastaba... Busqué y busqué, y al fin, donde nadie hubiera sospechado, mi ojo atisbador descubrió la posibilidad.
Mientras así rememoraba, una voz corrió como un huracán interrumpiendo la orgía que había durado varios días: “Los de Mileto serán deportados hacia el interior de Lidia”... Y nuevamente gocé al ver como los recios y viriles persas olvidaron el favor carnal que les habían dispensado las helenas, para agruparlas en majadas que fueron arriadas palacio afuera, semidesnudas y apuradas en su paso por látigos que suplantaron los besos, las tazas de vino, las sabias caricias que mis adoradores habían aprendido de las enseñanzas de mis sacerdotes...
El placer de ver a los vencidos tratados como se merecen por su ineptitud y debilidad confunde nuevamente mi interior, se amalgaman tiempos y sucesos, y debo esforzarme para poner cada cosa en su lugar, cada tiempo en su momento, y cada acontecimiento en su tiempo, y así, esforzándome en ordenar la madeja enredada de mis evocaciones logro retornar (no sé si pensar en pasado, cambiando el “logro” por el “logré”) a mi pensamiento anterior, a los tiempos en que el Mediterráneo era un mar sin peligros, y enhebro las ideas que en esos momentos rondaban por mi cabeza de diosa. Los griegos habían sembrado las costas de Canaán y Siria con innúmeras colonias que al pasar del tiempo fueron llamadas fenicias, y posteriormente filisteas. Aquellos hombres no me merecían inicialmente ninguna simpatía, no eran los guerreros que yo añoraba sino comerciantes y navegantes, y además, pese a adorarme, me habían reducido al papel secundario de fertilizante del mundo, actividad que como ya había pensado antes, no era la que más me entusiasmaba... No bajé los brazos, aticé el fuego bajo la retorta de mi alambique de ideas, y finalmente por su caña, gota a gota, comenzó a surgir el elixir de un plan maestro que daría sus frutos siglos después; eso lo lucubré desde el primer momento, pero el tiempo no es un problema que angustie a los dioses.
El comercio genera riquezas, dije para mi, las riquezas despiertan las ambiciones y cuando las ambiciones chocan, como el hierro y el pedernal, hacen saltar la chispa que inicia el incendio... ¿y qué otra cosa buscaba sino eso?
Agucé mi ingenio divino y, como siempre me sucede, tarde o temprano algo genial se enciende dentro de mí y esta vez atisbé la posibilidad de tornar en ventaja una marcada debilidad... ¿Qué para los fenicios yo solamente era Astarté, la Gran Fecundadora?... bueno, ¡a cumplir con ahínco esa función! Bendije a esas colonias con proles numerosas y absoluta paz interior, hacinando en las pobres tierras costeras una abundante población. ¡Nunca me he felicitado tanto por la forma en que armaba una jugada!... La “amansada” Ishtar, sin reinar sobre la Guerra, estaba sumando leños a la pira en la que se incineraría el Mediterráneo. ¿Qué opción tenían esas colonias de navegantes superpobladas para poder sobrevivir apretadas entre el mar y el desierto?... La solución se la dejé librada a los hombres, pero las posibilidades no eran muchas, y como preveía se lanzaron a la mar emigrando masas de población en la búsqueda de nuevas tierras. Y así, mal que les pesara a los fenicios, yo la diosa de la Guerra, poblé de pacíficas e industriosas colonias de comerciantes el entorno del Mediterráneo: en África floreció Kart-Hadast, la que los bárbaros llamaron Cartago; en Iberia, numerosas en el levante y Gades o Gadir, después Cádiz, más allá del estrecho que se abre a la Gran Mar; Ebessus, la que según me he enterado por comentarios de mis adoradores en mi templo actual, ahora la llaman Ibiza donde creo que mi culto está muy difundido por la forma sabia en que dicen se practica el sexo, pese a la proliferación de bujarrones, “rarezas” que nunca motivaron mi admiración; ... ¡y sólo menciono a las más importantes de esos enclaves!. ¿Qué no creé ningún imperio belicoso?, ¡ya lo sé!, pero si tejí una malla de establecimientos fenicios dedicadas al comercio que no tardaría en chocar con los intereses griegos, y posteriormente romanos.
De mi genio habían surgido el germen de las guerras que luego llamarían médicas y púnicas, y con ellas la historia caminaría sobre las ruinas de persas, griegos y cartagineses para entronizar como amo absoluto al Imperio Romano...
En realidad nunca tuve mucha simpatía por esos bárbaros, pero si eran herramienta de destrucción me serían útiles para continuar empujando a la humanidad por la senda que habíamos previsto. Tampoco quiero ser demasiado dura con los romanos, quizás con el tiempo hasta llegué a apreciarlos por su capacidad para saltarse a la torera las disquisiciones racionales a que tan afectos eran los helenos, por su vocación dominadora, su dedicación obsesiva a las cosas concretas, la prudencia que demostraron al no arrojar por la borda todo el avance que los griegos habían logrado con sus devaneos intelectuales y, sobre todo, por su destreza para gobernar un imperio que cubrió todo el mundo mediterráneo. ¡Cada pieza en su lugar, cada pueblo a cumplir su destino, cada avance en su momento preciso! ¿Si esto no es una obra maestra digna de Ishtar, la Señora de la Guerra, a qué se podría llamar tal?...
Cuando pienso en mi creación no puedo menos que sonreírme en el interior de mi cáscara de piedra, pensando si ese Marte que tanto ronda a Zeus hubiera sido capaz de una obra como la mía... y pienso, pienso, y cada vez me convenzo más de que para generar conflictos nada mejor que una mujer, y si es diosa, tanto mejor...
En mi fárrago de recuerdos retorno al caos de los días que siguieron a la deportación de los jonios de Mileto. ¡Caos!... Contra lo que muchos pueden llegar a pensar cuanto, lo odio; sólo ha servido para desprestigiar la violencia fecunda, la que ha sido mi sueño y a la que he dedicado mis mayores esfuerzos, mis desvelos, toda mi energía de diosa...
Aprovechando el aquelarre alguien una noche me envolvió en ásperas telas, velas de navío me parecieron, y sin ningún respeto fui arrastrada, zamarreada, seguramente trepada a un carruaje porque el traqueteo del tránsito por calles empedradas retorna a mi mente cada vez que caigo en el pozo negro de los recuerdos amargos; marcha lacerante en la que las telas que me cubrían se teñían con el rojo zigzagueante, huidizo, esquivo de los incendios, y en mis oídos anidaba nuevamente el rebumbio del saqueo...
Finalmente fui cargada a bordo de una nave y el vaivén de la mar me hizo retornar a mi vergonzante viaje desde Rodas, pero esta vez aún más vejatorio ya que presentía terminar en una venta de almoneda, con buitres de nariz alfanjada pujando por mi posesión. En realidad siempre supe que formaba parte del botín sacado de Mileto, y que había sido vendida por vaya a saber quien a unos fenicios, porque tal era el idioma que se hablaba en la nave, y me sentí como si yo pagara tributo con mi vejación por la hermosa obra que estaba construyendo para la historia; lamentablemente esta vez no podía gozar del espectáculo de los remeros encadenados y azotados, embozada como estaba en las pestilentes lonas que nunca removieron; sólo el temblor temeroso del león a mis pies me sirvió de compañía en mi segundo viaje marítimo, que lamentablemente no sería el último... (Continuará- Las entregas se harán los jueves y domingos)

Alfonso Sevilla

miércoles, 27 de junio de 2007

OSCURIDAD (Novela corta en fascículos)



(Entrega 3)
¡Ah, esos días!, esos días con sus noches estrelladas y con la luna que fundía en plata la mar, para luego hacerse cobre y oro en los amaneceres con resplandores de alquerías incendiadas o destellos de sangrante lucha entre la oscuridad declinante ante el día que se imponía con su afán de dominación... ¡Esos tiempos dejaron huella profunda en mi ser, que se hace imagen de tanto en tanto en mi interior!
Del viaje a Mileto poco recuerdo, o bien algunos jirones del pasado que como prófugos se escabullen ante mis ojos, quizás avergonzados por el tratamiento de “carga” que se me dio. Como tal fui estibada, y digo esta palabreja con toda intención ya que yo, una diosa, me sentí tratada como los cientos de ánforas de vino que eran mis compañeras de viaje. El león a mis pies temblaba, pero sé que no era por la desconsideración con que se nos manipulaba, sino por su aprensión al agua que nos rodeaba.
Desde mi sitial, y así denomino a mi ubicación para no herir demasiado mi dignidad, al pie del mástil donde me habían amarrado, podía contemplar parte de la cubierta y la proa de la nave de cuyos flancos surgían decenas de remos, convirtiéndola en ciempiés de cedro caminando sobre las aguas. Lo único agradable que atesoro de esa navegación es el espectáculo de los remeros encadenados a sus bancos, brillantes sus cuerpo de sudor por el esfuerzo que les imponía el ritmo del tambor y el estímulo del látigo sobre sus espaldas... ¡nada más grato para mí que ese cuadro, representación de la vida, en que el más fuerte impone sin límites su voluntad a los vencidos!
Todo cambió a mi llegada a Mileto en donde se me aguardaba con el boato que por mi majestad correspondía: el puerto engalanado; el pueblo volcado a las calles, música de flautas y cítaras por todas partes; las ovaciones de la multitud entusiasmada por la nueva Señora de la Ciudad que tenía como culto la entrega sexual; jovencitas apenas cubiertas con túnicas vaporosas regando de pétalos el camino que transitaría; y yo, al frente de la comitiva, en un carruaje de brillantes bronces, sobre una alta peana, sobresalía dominando a todos...
Durante el recorrido triunfal mi percepción eterna me hizo pensar que la fuerza que arrastró a esa multitud a mi encuentro estaba menos motivada por mística devoción, que por la posibilidad de encuentros carnales que mis ritos exigían; las sonrisas en los rostros femeninos, el brillo chispeante de sus ojos, los codazos que se daban por lo bajo cuando contemplaban a algún joven sacerdote de mi séquito; las miradas lascivas de los hombres, sobre todo los más viejos, así me lo hicieron columbrar. Ni me molestó, ni me sorprendió; mi culto había funcionado bien en todo el mundo, y hasta había logrado quitarle súbditos a los adoradores de ese dios Yahvé que ataba con su ascetismo a algunas tribus del desierto, miserables esclavas de los babilonios. El hombre es el mismo, esté donde esté, y no podía pretender que en Mileto fuera distinto...
De la nebulosa de mi interior surge vívido el momento en que fui entronizada en el palacio de Aristágoras, en un rincón privilegiado de la galería de esbeltas columnas jónicas que enmarcaba el atrio, patio principal en cuyo centro espejeaba una alberca. La aristocracia de la ciudad, autoridades persas venidas desde Sardes, y un numeroso grupo de sacerdotes y sacerdotisas de mi culto, dio un majestuoso marco al ruego humilde del Tirano implorando mi protección para él y todos sus súbditos; alabó desenfadadamente al imperio persa y a su amo, al que juró lealtad sin límites, jugándome a mí como prenda y testimonio de su sumisión... ¡Ya vería el Señor de Mileto con quién se metía!, a quién pretendía usar, y de lo que era capaz un trozo de piedra caliza en la que él no creía, y a la que consideraba sólo un escalón más en su escalera hacia la gloria.
En aquellos días, desde mi sitial en el lugar más concurrido del palacio, mucho fue lo que escuché y vi, y para mí no todo fue dedicarme a echar leña al fuego que yo había encendido, sino que también tuve oportunidad de solazarme con las conversaciones tan inteligentemente tejidas por los jonios. De entre sus barbas bien cuidadas surgían atinados juicios que siempre me interesaban, aún cuando desde mi sabiduría de diosa supiera que muchas veces estaban equivocados. Disfrutaba la forma inteligente en que jugaban con los argumentos; sin duda su capacidad de razonamiento era superior a la que había percibido en todos los otros pueblos sobre los que yo reinaba.
De los personajes que oí mencionar, y que habían marcado su impronta en Mileto, vienen a mi memoria tres: Tales, Anaximandro y Anaxímenes. De ellos, yo había seguido los pasos al primero ya que sabía que era un estudioso de los mesopotámicos donde yo había desarrollado gran actividad en el pasado. Sobre él, desde mi sitial de diosa, escuché comentarios laudatorios, mencionándose siempre que con sus cálculos había predicho un eclipse de sol. Aquello no pudo menos que arrancarme una sonrisa irónica, únicamente captada por el león que yacía a mis pies, quien movió como muestra de aprobación la punta de su rabo; yo sabía que eso no era creación del jonio, sino de mis adoradores de Lidia, donde yo había visto a Tales al servicio de su monarca, pero pensándolo bien ese chispazo de ironía que cruzó por mi rostro no era para quitarle mérito al milesio, sino que surgió al comprobar una vez más que el hombre, cualquiera fuera su sabiduría, siempre guarda un resto de vanidad; él nunca había mencionado la fuente de sus conocimientos a los que seguramente mejoró con la profundidad de su razonamiento.
Para algo habíamos puesto los dioses a las colonias griegas en la Anatolia, generando lo que se llamó Jonia; por lo que veía, los hombres que las habitaban no hacían más que cumplir con la finalidad que les habíamos asignado: ser un puente entre los conocimientos de oriente y Egipto, y la capacidad de razonamiento de los griegos que serían los encargados de recibir esas ideas, organizarlas, desarrollarlas, perfeccionarlas y emplearlas como base de sustentación para nuevos desarrollos, dándoles trascendencia histórica... y ahora que pienso en esto, otra idea ronda mis entendederas: ¿no sería esa mueca mía que al principio califiqué de ironía, muestra de satisfacción al comprobar que el plan que habíamos trazado desde la eternidad se cumplía fielmente?...
De los otros personajes nada sabía anteriormente; a través de los comentarios que escuché, ciertamente fragmentados ya que era difícil que se detuvieran a mi lado a sostener una conversación prolongada, me sorprendió el afán que tenían por hallar el principio único que dio origen a todas las cosas y la forma en que exprimían sus cacúmenes tratando de ir un paso más allá en la búsqueda del origen de los orígenes, de las esencias vitales... ¡pobres humanos, tan inteligentes, y en todas sus lucubraciones olvidaban el poder de los dioses que habíamos originado el Universo!, solamente tenían fe en su poder de razonar... No obstante, insisto, me admiró su afán por llegar al fondo de los problemas, a los orígenes, como ese tal Pitágoras del cual escuché que sostenía, entre otras cosas, que la tierra es redonda y gira alrededor del sol. Nadie se lo había dicho, no lo pudo comprobar nunca, todo salió de su raciocinio... ¡Y era verdad!, lo sostengo porque yo he visto al Universo flotar ante mis ojos, en el mar de la eternidad...
No sé porqué ha volado mi pensamiento en una dirección tan distinta a la que llevaba originalmente, quizás porque así funciona la mente, pero deseo retornar a Mileto y al desarrollo de los acontecimientos en ciernes...
Todo sucedió como yo lo había previsto, Aristágoras no me defraudo: en su canallada sugirió a los persas, traicionando a su propia sangre, un ataque a la helena isla de Naxos, la perla de las Cícladas... y como yo lo sabía desde siempre todo terminó en un fracaso. Los persas, siguiendo la idea que yo les había insuflado en su cabeza, creyeron que habían sido traicionados por mi peón, el que acorralado levantó la bandera de unión de los griegos contra el Imperio que ahora lo asediaba... Y finalmente la bendición de la guerra se desató bañando de sangre a las colonias helénicas; Mileto fue cercada, derrotada, y saqueada... y en el palacio en donde estaba entronizada organizaron los vencedores una de las más bellas orgías de sangre y fuego que atesoro como una de mis obras maestras. Las llamas de las hogueras danzaban en el gran patio, y a su luz los vencedores se entregaron a matar, beber y violar... Ante mis ojos reaparece una y otra vez aquella hermosa visión ondulando voluptuosamente al ritmo de las llamas en su danza... En mi excitación dije violar, y quiero aclarar que las violaciones no fueron muchas, ya que las mujeres se entregaban con placer a los brazos de los vencedores impulsadas por el vino, y lo que es más embriagador aún, el halo de atracción que el vencedor genera... Alaridos de dolor y placer, risas brutales, música enloquecida de flautas y cítaras; componían una sinfonía a cuyos sones los cuerpos desnudos reptaban entrelazándose en una masa ondulante, sudorosa, babeante; como si de un foso lleno de víboras se tratara, aquelarre que yo bendecía con la mirada de mis ojos de piedra...
Veía con satisfacción como había logrado hacer parir para la historia un nuevo cataclismo; para mi placer, nacía el hermoso período de luchas, sangre y destrucción que terminaría con la hegemonía persa y haría avanzar los tiempos, como si fueran mariposas atraídas por la luz del candil, hacia el brillo incomparable de la supremacía helénica... No es vanidad, pero creo que merezco mi propia alabanza, ya que nadie ha levantado su voz en mi honor. (Continuará- Las entregas se harán los jueves y domingo)

Alfonso Sevilla

domingo, 24 de junio de 2007

OSCURIDAD (Novela corta en fascículos)


(Entrega 2)
Pensaba que sólo vibro al son de la sinfonía que componen los mil matices del poder, ese instrumento hipnótico, embriagador, erótico; su evocación hace aparece en mi fantasía el cuerpo atlético de Tammuz, mi hermano, el único ser que me hizo temblar de placer entre sus brazos, hasta la locura... Su recuerdo, los gemidos de goce que juntos exhalamos, retornan para hacerse cálido vaho y estoy segura que me harían ruborizar, si de piedra no fuera.
Y me ruborizaría no por mi entrega a la pasión, sino el pensar que alguien me pudiera haber visto ablandar mi fortaleza, desfallecer, no ser yo la dominadora, para entregarme por entero a la voluntad de aquel que me poseía... Tal vez fueron esos eternos momentos de brutal y sabio apareamiento los que hicieron surgir en mi mente la idea de agregar a mi culto la entrega sexual como un rito más, para lo cual doté a mis santuarios de lujosos lupanares donde jóvenes de ambos sexos, mis sacerdotes y sacerdotisas, bendecían con la entrega de sus cuerpos y la posesión carnal, a los hombres y mujeres que llegaban hasta mí para adorarme...
Pese a ser una diosa me confundo cuando hurgo en la neblina de mi memoria eterna; allí se mezclan en horrible confusión lo que sé desde siempre por mi condición divina, con las vivencias que por mis pétreos sentidos penetraron hasta mi alma de estatua, durante mi larga vida de piedra antropomorfa...
Es tal la maraña en que me debato, que en algunas de mis ensoñaciones atisbo una partición, difusa pero partición al fin, labrada por el escoplo que me liberó de la roca. Antes, absolutamente diosa... después... después, no me atrevo a decirlo, pero es como si algo de mi deidad se hubiera evaporado, como si se hubiera perdido arrastrada por las lascas que caían a mi derredor y por el baño de las aguas del tiempo... Siento como si hubiera dos eras; un antes omnipotente, y un después atisbado por pupilas de piedra... Y en el medio, separando dramáticamente ambas eras, el escoplo del cantero... escoplo que yo misma impulsé cometiendo el gran error en el que antes meditaba. Esa percepción lentamente se hizo lucha en mi interior: ¿por qué mi impulso de llamar liberador al artesano autotitulado artista?... ¿de qué me liberó?... ¿de mi gloria plena, condenándome a mera representación de mi esencia?, no lo sé... ¡y esta duda tampoco la hubiera tenido en mi época de absoluto poder divino!...
No, no lo sé con certeza, dudo y me revelo contra mi propia limitación, si es que una diosa pudiera estar en algo limitada, para establecer la frontera que separa ambos ámbitos; pero me guste o no, satisfaga mi ego omnipotente o tienda un velo de vergüenza sobre mi orgullo, esa es la realidad de mi mundo interior. A cada instante de este viscoso transitar las penumbras del tiempo, pareciera que más me aparto de mi esencia eterna para atarme a la mediatez del tiempo, dentro de mi caparazón de piedra confinada en el templo en que ahora he sido entronizada; hasta me parecería que los cientos de peregrinos que diariamente concurren a él y se agolpan a contemplarme, insignificantes escarabajos sin personalidad, lo hacen con menos devoción que el Gran Señor del Mundo, Assurbanipal, que desde su grandeza se humilló para rendirse ante mi majestad divina...
A medida que medito me reafirmo en mi sospecha, dolorosa por cierto: ¡ya soy más estatua que diosa!, de mi deidad sólo quedó la capacidad de dotar de memoria a una piedra; memoria y capacidad de percibir y razonar... Memoria, madre de los recuerdos... ¡que difícil es traerlos hechos imágenes, sensaciones, cuando el bagaje se remonta a veinticinco siglos de mi vida como estatua, a los que se le suman las nieblas indescifrables de la eternidad en la que viví como diosa! Hoy ya no son tan nítidos como en mis primeros tiempos de piedra; hay veces que caigo en un foso de confusión, como si los efluvios del pasado se mezclaran en una sinfonía ininteligible; otras, los recuerdos surgen pujantes, nítidos, pero en tal cantidad que me sería imposible atender a todos y recrearlos en su frescura original. Ante ese sino me parece como si en un viaje alternara las soleadas crestas de la montaña donde todo es paisaje, luz y color, con los valles umbríos, tenebrosos incluso los más profundos. En los momentos de mayor lucidez debo concentrarme en unas pocas rememoraciones, y es lo que intento hacer ahora; trataré de poner toda mi atención en aquellas que han dejado las huellas más profundas en mi alma de piedra.
Quizás la evocación que más me ha marcado, y a la que suelo volver cuantas veces puedo, es la que originó mi pasaje de diosa absoluta a esfinge pétrea... Muchas veces trato de desentrañar la causa estigmatizante de este recuerdo... ¿será porque ella marcó la transición entre mis dos esencias?... ¿tal vez porque fue la última vez en que pude, en total plenitud, trascender a la distancia, sugerir acciones, injertar ideas en la mente de los elegidos para que obraran en mi nombre como parteros de la historia?... quizás la amalgama de ambas cosas hizo que ese lapso se marcara a fuego en mi inconsciente.
En aquellos tiempos, yo, la diosa del Amor y la Guerra, había entrevisto una hermosa oportunidad para conmocionar al universo apresurando el paso de los cambios; no la podía ignorar, hacerme la distraída y mirar para otro lado. Presentía que las piezas se acomodaban en el tablero y que si obraba con la astucia que eternamente me había caracterizado, podría desatar un sismo sangriento, brutal, que sembrara la tierra de destrucción y terror siempre grato a mi particular sensibilidad... ¡la posibilidad de asegurar la supervivencia de los más aptos y apresurar la eliminación de la escoria, se encontraba a la vista!
Mi percepción de diosa atisbó en el laberinto de la eternidad la personalidad de Aristágoras, el griego caudillo de Mileto, en la Anatolia, embriagado de ambición y temeroso de que su poder se disolviera en la pequeñez de su dominio ahogado en la marea del imperio persa; ¡esa era la clase de hombres que necesitaba!, sólo faltaba regar con incertidumbre la semilla de su ambición, abonarla agregando una pizca de vanidad a su genio altisonante, e insuflar en su mente un plan que asegurara el incendio que yo deseaba; ¡ah que tiempos aquellos!... una oportunidad como esa no se me escapaba... Silenciosamente me introduje en la mente de Aristágoras, exacerbé su temor a perder su majestad nacida de su origen heleno, ahogada en la marea persa y sin dudarlo encendí en el horizonte de sus esperanzas el faro salvador de la traición... ¡Traición, hermosa elegía a cuyo ritmo compuse alguna de mis creaciones magistrales!
En sus noches de insomnio Aristágoras creyó elaborar el plan maestro que yo ya había columbrado con mi experiencia de siglos: él debía aliarse a los poderosos, los persas, y un buen primer paso sería su conversión al culto imperial, es decir a mi adoración, ¡y que mejor que entronizar en Mileto una estatua de esa gran diosa que soy! Todo funcionó con precisión, se encargó al picapedrero de Rodas, la isla de las rosas, que me sacara de la roca, y tan bella me vieron las autoridades que por un tiempo estuve exhibida en la Acrópolis, encaramada en ese peñón fabuloso que tiene la ciudad de Lindos, en donde trabajó el cantero.
Muchos pensarán, en una equivocada interpretación de lo que es la sensibilidad, que la diosa de la Guerra no tiene sentido estético... ¡cuán equivocados están!... Siempre fui amante de la belleza; claro, quizás exista un matiz en el significado que se le puede dar a ese concepto: para mí es bello todo lo que sea armónico; tanto un efebo bien formado, una carga de caballería sableando a los débiles en su huida, una composición musical magistralmente ejecutada, un plan de dominación bien elaborado, o el saqueo de una ciudad... y en esos días descubrí un cuadro armónico desde mi atalaya del espolón de piedra que avanza incrustándose en la mar: la dramática anarquía del monte Attaviros; el infinito de un cielo inmaculado que se abría para dar paso al sol más brillante que haya iluminado la tierra; las aguas con sus intensos azules surcados por las aletas dorsales de algunas velas dibujando tras de si las huellas blancas de sus estelas, o las diseminadas majadas de olas arriadas por la brisa; el contraste de los sepias de la costa sensualmente sinuosa de la bahía, y a mi derredor la Acrópolis con la liviandad de sus piedras esbeltamente sostenidas por columnas de fustes tan gráciles como piernas desnudas de hermosas doncellas bailando al son de la flauta... (Continuará- Las entregas se harán los jueves y domingos)

Alfonso Sevilla