jueves, 15 de noviembre de 2007

UT PORTET NOMEN MEUN (Novela breve en fascículos)


Entrega 16
No se equivocaron los ignacianos cuando eligieron esta villa como cabecera de su provincia del Paraguay (1) - pensé cruzando el patio- ¡Yo también siento su embrujo!... hasta he meditado si mis frecuentes viajes desde mi sede en Santiago del Estero se deben a mis necesidades pastorales, o a la forma en que me apetecen los aires cordobeses... ¿No debería quizás trasladar mi sede a esta Córdoba?... Si fuera sólo por satisfacer mis apetencias, que Dios me perdone, ya lo estaría haciendo... ¡Vamos, tampoco exageres!- me dije deteniendo una sesión de autoflagelación que ya parecía inminente- si los jesuitas han sentado sus reales aquí y si tú vienes a ella frecuentemente es porque ves las posibilidades que su ubicación tiene, el genio de sus habitantes, su entrega al estudio, su búsqueda permanente de la verdad, su orgullo de ser lo que son; ¿orgullo dije?... ¡sí, orgullo!, pero uno bien entendido, que no se satisface en abrir las plumas como un pavo real, sino que los impulsa a esforzarse en trascender, en no aceptar imposiciones injustas, en entregarse con alma y vida a defender lo que creen justo... Mientras así pensaba había retornado a la cripta, y me encaminaba tras un fraile, profundo conocedor de los arcanos corredores, que, hachón en alto me guiaba con paso firme y en respetuoso silencio sólo roto para anunciar alguna incidencia del sinuoso túnel: “aquí hay escalones”; “cuidado la viga que es baja”; “hay un charco de agua”... El silencio, lacerado a veces por chillar de cerrojos y goznes o el tintinear de las inmensas llaves, y la oscuridad de la catacumba me transportaron nuevamente a mi mundo interior. Los viejos recuerdos volvieron a revolotear: los de Asunción con aroma a flores silvestres, con rumor de agua serpenteando en mil arroyos y ríos, con la musicalidad del guaraní acompañando a los indios en su creativo laboreo, o en su remar acompasado en ágiles canoas, y los del querido Perú, en cuyos claustros maduré. Mientras caminaba me esforcé en recordar lo soñado. No tan sólo voces, murmullos; también había escenas en esa ensoñación; sentimientos, muchas veces contradictorios, que tal vez por la fuerza de sus contrastes debieron ser los que más material habían echado en el crisol, aleando el metal en el que se cinceló mi existencia. Tal sino me llevó a un pasado embargado por sinsabores y alegrías: la muerte temprana de mi padre, y la pronta aparición de un nuevo padre; luego nomás el nacimiento de un hermano que acaparó la atención de todos, arrebatándome, en un golpe de preferencia por la sangre que lo había engendrado, el mayorazgo que me correspondía y el favor de la familia que se agrandaba día a día con más hermanas.. ¿Ignorado?... No, no fui nunca ignorado, pero sí viví rodeado por una fría indiferencia: como segundón, que no lo era, fui inducido a tomar estado y tras la decisión de vestir los hábitos abandoné el calor de la familia en Asunción, para emigrar a Lima donde por la gracia del Señor me educaría. Con el tiempo, ya sacerdote, aparecía nítida la alegría de recibir bajo mi responsabilidad la provincia franciscana del Perú que tanto llegué a amar, y la tristeza de tener que dejarla; en ese contraste triunfó el alborozo de recibir la bendición de mayores responsabilidades en el Tucumán que, además de la apasionante labor pastoral a la que había consagrado mi vida, ineludiblemente me llevaría a enfrentarme con el poder secular, como siempre había sucedido en el convulso mundo en el que actuaba... Caminaba y meditaba siguiendo el hachón de mi guía, pretendiendo desentrañar los secretos que continuaban inescrutables, al socaire de ese olvido que suele cerrarse ocultando lo vivido en los sueños...
(1)En 1599, veinte y seis años después de la fundación de la ciudad, la Compañía de Jesús la eligió como centro de difusión de su grandiosa acción, no tan sólo religiosa sino cultural y social, a todo el territorio de esa provincia jesuítica que comprendía los jurisdicciones actuales de Argentina, Uruguay, Paraguay, Sur de Brasil y Chile.
CONTINUARÁ- LAS ENTREGAS SE HARÁN LOS MIÉRCOLES Y DOMINGO. Si desea leer reunidas todas las entregas busque en la columna de la derecha, en ETIQUETAS y cliquee en NOMEN.
Alfonso Sevilla

domingo, 11 de noviembre de 2007

UT PORTET NOMEN MEUN (Novela breve en fascículos)


Entrega 15
-¡Es un varón!, es un varón!- gritaba corriendo escaleras abajo una mujer; aparecía una de aquellas esporádicas escenas.
-¡Hernando será su nombre!- dijo mi padrastro mientras subía a grandes zancadas hacia la habitación de mi madre.
Esas palabras me laceraron tan hondamente que a punto estuve de emerger a la realidad, mas permanecí deambulando en la estrecha región que separa la vigilia de la ensoñación. “¡Hernando soy yo, no me quitéis también mi nombre!”, me pareció decir mientras me revolvía con la cabeza reposando sobre la mesa. Lentamente la angustia dejaba de clavar sus dientes en mi alma, y el ansiado desaparecer en la nada tendió su manto tibio sobre mi cuerpo; se apagaron las luces en mi interior, y me sumergí nuevamente en la paz absoluta del mero reposo atemporal, hasta que en algún momento algo comenzó a moverse. Era un balanceo, ¡sí! el balanceo del canasto en el que me encontraba me hacía reír, me reía como cuando mi padre me arrojaba por el aire; podía ver mis manitas extendidas hacia lo alto, como si quisiera alcanzar el palo de donde pendía el canasto, y las cabezas de los indios que portaban el madero sobre sus hombros. Aquella noche la escena me pareció más real que nunca... hasta creo haber escuchado el dulce canturreo de los indios, mientras las paredes vegetales del túnel pasaban lentamente a mi lado; antes de diluirse la imagen intuí un rostro recortado sobre el techo verde... era mi madre que se asomaba para mirarme y vi su mano acariciándome la frente con un pañuelo; en la ilusión del sueño me pareció que era el de las iniciales MC, hallado en la cripta... el pañuelo de mi abuela...
El verde que lo envolvía todo lentamente se hacía más profundo, hasta asfixiar la escena en su totalidad, retornando la tranquilidad ausente de imágenes, una y otra vez interrumpida por nuevas escenas inexplicablemente borradas de mi mente en el momento en que me desperté. Ya dueño de mi ser, en la penumbra apenas alumbrada por la agonía de la única vela que aún ardía, me esforcé por revivirlas pero me fue imposible, enardeciendo al duende que había retornado a deambular por la mesa atormentado en el potro de la curiosidad; sólo pude columbrar que en mi interior habían retumbado profundos cánticos en latín que se complementaban con el aroma a incienso que, me pareció, aún persistía en la cripta... algunos flecos de aisladas conversaciones rondaban en mi cabeza...”Eminencia, rogaremos para que la Santísima Trinidad os bendigan en vuestra acción pastoral”, saliendo desde dentro de un pardo hábito, retumbaba la voz hueca del recuerdo en mis oídos. Guardé todo lo que había retirado del muro en su escondrijo, tomé el candil y subí la escalera por la que se asomaba la claridad de un amanecer apenas insinuado en el patio. Fui a mis aposentos, me lavé, y el buen hermano barbero me rasuró como todas las mañanas. Una vez con ropas más dignas que las que me había puesto para descender al sótano me dirigí presuroso a la capilla doméstica donde me aguardaba el discípulo de San Ignacio, padre Diego de Torres, con quién concelebramos la Santa Misa, para dirigirnos luego al refectorio a desayunar.
-No se preocupe Vuestra Paternidad- le dije al despedirnos en el patio- Hoy cierro con el notario lo que habíamos hablado sobre los fondos necesarios; avanzaremos padre, avanzaremos “ad majorem Dei gloriam”, tal como os manda la “Societas Jesu”, que mucho ha hecho para ayudar mi tarea evangelizadora. De regreso en el patio, las campanas de la Córdoba que tanto me atraía comenzaban tímidamente a saludar un despejado día de invierno; el frío cortante que cabalgaba el viento serrano se atenuaba con la tibieza de un sol que tomaba coraje, animado por el crescendo de los bronces llenando el aire.
CONTINUARÁ- LAS ENTREGAS SE HARÁN LOS MIÉRCOLES Y DOMINGO. Si desea leer reunidas todas las entregas busque en la columna de la derecha, en ETIQUETAS y cliquee en NOMEN.
Alfonso Sevilla

sábado, 10 de noviembre de 2007

ROSARIO (ARGENTINA), CIUDAD PRODIGIOSA


Territorio abonado por una sólida tradición plástica, desde Fontana a Berni, dobló la apuesta por las nuevas tendencias con la apertura del Macro
Sábado 10 de noviembre de 2007 , adnCULTURA, La Nación. Buenos Aires, Argentina


En el mundo globalizado, el arte contemporáneo hace la diferencia. Hay ciudades que se destacan, casi exclusivamente, por las fortísimas apuestas que realizan a favor de las nuevas tendencias. Bilbao o Kassel no serían nombres familiares para el público culto si en la primera no se hubiera levantado la sede del museo Guggenheim, que diseñó Frank Gehry, o si en la segunda no se alojara Documenta, la mayor de las megamuestras del arte actual. En una escala menor, Rosario vive un proceso similar que la está convirtiendo en un potente centro argentino contemporáneo. Esta movida se apoya en un terreno abonado por una sólida tradición plástica, que incluye a algunos de los nombres más destacados de la primera mitad del siglo pasado: desde Leónidas Gambartes y Augusto Schiavoni hasta Antonio Berni o Lucio Fontana. Abundan también los artistas rosarinos entre los innovadores de la década del 60, que realizaron experiencias vanguardistas tan memorables como Tucumán Arde , una de las primeras manifestaciones del arte político.


Entre los más interesantes artistas actuales se encuentran muchos rosarinos, como Román Vitali, Daniel García, Nicola Costantino, Max Cachimba, Fabiana Imola o Leo Battistelli. Rosario cuenta con una importante oferta de espacios dedicados al arte: desde el tradicional Museo Castagnino hasta el más nuevo de los museos de arte contemporáneo (el Macro), pasando por el Centro Cultural Parque España (CCPE), uno de los principales foros para el debate y la difusión de las nuevas tendencias en la ciudad. La actual movida surgió hacia fines de la década del 90, cuando el crítico y curador Fernando Farina (director del Castagnino) comenzó a formar una importante colección, centrada en el arte argentino producido a partir de la década del 60. Hacia comienzos de este siglo, la colección había alcanzado tal envergadura que se hizo necesario crear una institución capaz de contenerla y, a partir de ella, difundir y reflexionar sobre las nuevas tendencias. Así surgió el Macro, dirigido también por Farina, en unos silos reciclados que se levantan a orillas del Paraná.
SI DESEA LEER EL ARTÍCULO COMPLETO HAGA CLIC AQUÍ.
Por Daniel Molina
Para LA NACIÓN

miércoles, 7 de noviembre de 2007

UT PORTET NOMEN MEUN (Novela breve en fascículos)


Entrega 14
Este siniestro sujeto, celoso de la intromisión española en lo que creía eran sus dominios, convenció a Dña. Mencia para que se trasladara con toda la gente a su real; él se comprometía a tenerlos como huéspedes y hacerlos llegar a Asunción a la brevedad. “¡Comida acabada, amistad terminada!” Después de quince meses de esperar el cumplimiento de la promesa, “La Adelantada” escapó con las doncellas y el resto de su gente de las garras del perdulario portugués y regresó a San Francisco, desde donde partió adentrándose en la selva con rumbo a la Asunción.
Con la imagen del pequeño caserío perdiéndose entre la niebla del tiempo y el verde manto de la selva, caí en las profundidades del sueño; atrás dejaba el mundo de cartas y bitácora para sumergirme en otro más apasionante, el de mi propia inconsciente elaboración, en el que rutilaban las decenas de imágenes de otros tiempos, las más de las veces entremezclando épocas y personajes que pasaban de un escenario a otro provocando un mundo irreal e incoherente.
De pequeño poco supe de mi padre, no tengo recuerdos físicos de él. Cuando lo evoco, una voz grave llena el espacio de la imagen ausente... una voz grave y el sentirme lanzado hacia el aire entre risas; después... después, un gran vacío, el llanto de mi madre siempre asociado a su ausencia, y con el tiempo la eterna duda:
-Madre, ¿y mi padre?- preguntaba de tanto en tanto, hiciera lo que hiciera; esa incertidumbre aparecía siempre en mis primeros recuerdos de Asunción.
-Está en el cielo, hijo- la repuesta corría un velo de soledad en torno a mi personita, velo que se hacía más opresivo cuando llegaba la noche y, al pie de la cama, rezaba junto a mi madre por su descanso en la Gloria de Nuestro Señor. Esas oraciones me recordaban la ausencia a la que era tan sensible, y en la penumbra del candil que permanecía velando mis sueños, ya solo, me aferraba a la almohada y la humedecía con alguna lágrima, como si rogara “al que se fue” que me hablara con su voz ronca y me arrojara por los aires para recibirme en sus brazos entre risas y la entrañable aspereza de la barba tan querida. Pero lo que más me confundía era ese otro señor a quien también llamaba padre, alguien muy respetado. Estas imágenes solían repetirse, iban y venían en el espacio infinito de los sueños, alternando el protagonismo con otra escena que me intrigaba, a la vez que me causaba un profundo sentimiento de intranquilidad: mi madre aparecía con mis dos padres, sobre nubarrones que danzaban dibujando un torturado telón de fondo.
La figura de mi madre bien definida y resplandeciente como siempre, y las de mis dos “padres” apenas delineadas; el ausente avanzaba ganando nitidez al dejar atrás los nubarrones. Con el rostro cubierto por un velo, iba hacia mi madre que lo esperaba con los brazos tendidos, estallando en el silencio del sueño sólo dos palabras: “María”, modulaba la voz grave de mis recuerdos, “Hernado”, cristalina contestaba mi madre; breve diálogo que preludiaba al tierno beso en que se fundían. Lentamente, envuelta por la tormenta, se borraba la imagen de mi padre tan querido, dejando lugar a mi otro “padre” del que sí tengo recuerdos físicos, esbelto, varonil, ligeramente arrogante, aguardaba a mi madre; “Querida Señora”, decía él con acento comedido, “Mi Señor”, contestaba ella, insinuando una muy leve reverencia, suspendida por la mano solícita del caballero. A esas dos escenas centrales, casi siempre presentes de una u otra forma en mis sueños, se sumaron aquella noche otras, que como fusilos aparecían y desaparecían.
Continuará- Las entregas se harán los miércoles y domingo
Alfonso Sevilla

martes, 6 de noviembre de 2007

CONFUSIÓN (Cuento)


Juan despertó aun con sueño, apagó el despertador que marcaba las seis y se sentó en la cama. Pensó en el día que tenía por delante para recorrer. Era un día igual que los demás. En la casa todos dormían, miró a Julia. Desde la cama parecía observarlo, sin embargo dormía. Siempre lo había asombrado esa forma de dormir con los ojos semiabiertos. Su cuerpo se alargaba en la cama, una pierna descansaba sobre la otra. Sus brazos ágiles terminaban en unas manos prestas siempre al movimiento o a indicar algo. Pensó en los veinte años que llevaban juntos e instantáneamente se acordó de los nueve niños: un promedio de un hijo cada dos años.
Al final se separó de la cama yendo al baño. El contacto del agua fría en la cara terminó por despabilarlo. Se cepilló con cuidado los dientes mientras caminaba. Ese había sido siempre su rito. Cepillar, mirarse en el espejo y caminar, cepillar y a otro cuarto, cepillar y a la cocina, cepillar y a ver los niños, cepillar y pensar, cepillar y volver al baño. Mientras se enjuagaba la boca viajaba con los pensamientos. Eso lo hacia disfrutar. En realidad vagar mentalmente había sido siempre su escape a todo lo que no le agradaba.
Pese a la hora y al frío se sentía bien dispuesto, terminó de peinarse y se miró en el espejo. El reflejo de su imagen lo dejó satisfecho. Tenía cincuenta y cinco años y todavía no peinaba canas, el rostro casi liso sin arrugas, los ojos claros y aun vivaces. Volvió al cuarto por la ropa se puso las medias, los pantalones, la camisa, los zapatos, luego se hizo cuidadosamente el nudo de la corbata, se colocó el saco, buscó sus papeles y al fin salió sin despertar a Julia.
Al pasar entró a mirar a los niños sin ningún cuidado, sabía que dormirían hasta las ocho cuando Julia enérgica y despiadada entraría a despertarlos. Los repasó con la mirada, algunos descansaban plácidamente otros inquietos ya se movían. Juan imaginó sus movimientos posteriores: las carreras para ganar el baño, los manotazos por el jabón y la toalla, las corridas luego hacia la cocina, las peleas por las tazas, por la manteca, por el dulce y por lo que fuere. Sonrió divertido, más aún al pensar que estaría fuera de ese pequeño pero tumultuoso campo de batalla.
Al salir de la casa recogió el diario y lo guardó entre sus papeles. Nunca había podido leerlo mientras viajaba, tampoco lograba comprender a los que lo hacían. Recordó sus primeros intentos cuando comenzó a trabajar como pibe de los mandados a los diecisiete años. Se sentía importante leyendo la primera hoja con los titulares mas salientes. Luego cambió por un diario en inglés. Tenía la cabal sensación de que todos lo observaban admirados. Pavadas de la edad. Cuando en realidad tuvo interés y ansiedad por leerlo, los movimientos del colectivo o el subterráneo lo mareaban entre las letras dejándolo al borde del vómito. Aún hoy, ya de grande, no podía leer en un vehículo.
La calle lo golpeó en el rostro. Soplaba un aire frío y estimulante. Apuró el paso y pasó la avenida casi sin fijarse en las indicaciones del semáforo. Al cruzarse con un par de personas les sonrió con simpatía. Eran sus primeros semejantes en esa desnuda madrugada. Entonces comenzó a notar hasta que punto era diferente aquella mañana de la de todos los días. Sabía que las ciudades, sus calles y avenidas, sus habitantes estén siempre cambiando. Siempre muestran fases y humores diversos, sea por el día, sea por la hora y por la zona. A pesar de ser un día de semana, para Juan esa mañana tenía la sensación de un tono distinto.
Se concentró así en ese viernes que llegaba a él con jubiloso impulso, como anticipo del fin de semana. Su cuerpo erecto y ágil acompañaba su paso apurado. Se sentía saludable y vibrante. Miró hacia ambos lados, izquierda y derecha, luego hacia atrás y hacia adelante, recorrió con la mirada las calles, negocios y edificios aún vacíos. El sol apenas comenzaba a asomar. Cruzó la última avenida y el fin llegó a su escritorio. Allí sonriente saludó el mayordomo. El hombre ni siquiera contestó y sin mirarlo se alejó. Con sorpresa Juan comprobó que la corriente eléctrica de los ascensores estaba cortada y que pese a la hora, la mole de concreto y acero dormía por completo. ¿Sería posible que no se trabajara? ¿De que feriado se trataba? ¿Podría ser que fuera un sábado o un domingo? Asombrado no encontraba explicación a sus preguntas. ¿Se habría confundido? Al fin sacó su diario y miró la fecha. Estupefacto advirtió que era sábado, un día no laborable. ¿Como pudo haberle sucedido eso? Pegó la vuelta en el acto, volvería a la casa a tiempo para participar en el pequeño campo de batalla. Podría jugar con los niños y estar con Julia que así no se quejaría. Comenzó a experimentar una enorme sensación agradable. Era un gozo que nacía incipiente en él, comenzaba a crecer y así tomaba la dimensión de un inmenso placer que le recorría el cuerpo de punta a punta, que le llenaba todo su continente y contenido físico.
Otra vez se sintió vibrar. Era como un torrente y torbellino que se abatían sobre él y lo arrebataban, lo agitaban y lo lanzaban casi al espacio. Se sintió vivo y fuerte, poderoso e invencible. Comenzó a caminar más rápido luego casi a correr. Cada salto suyo sonaba en sus oídos y todo en su ser era un binomio triunfal, vibraba por la sola convicción de existir. Se sentía feliz, alegre y pleno.
Entonces emprendió ya veloz carrera hacia los niños, hacia Julia, hacia donde tanto ansiaba llegar luego de su increíble error. Al fin al doblar la esquina vio su casa, todo parecía igual que al dejarla esa mañana. Agitado, sudoroso pero feliz entró y abrió la puerta. Cuando sorprendido brutalmente, como si hubiera sido atravesado por un rayo, pudo ver los ornamentos mortuorios. De repente recordó la mirada ausente del mayordomo y como lo ignorara esa mañana. Tuvo la visión del enorme edificio totalmente dormido. Volvió a revivir su asombro y su confusión: ¡Trabajar en un día sábado! Ahí de repente se hizo la luz en su cerebro, sintió que se fragmentaba en mil pedazos y entonces desolado comprendió que había muerto.
José Luján

domingo, 4 de noviembre de 2007

UT PORTET NOMEN MEUN (Novela breve en fascículos)


Entrega 13
Pese a lo absorto que me tenía el relato, arrebujado en mi capa, así como en el brasero se escondían las brazas entre las cenizas, y con las velas que comenzaban a agonizar, no pude evitar que un lento sopor lastrara mis párpados haciendo de la lectura un claroscuro donde alternaban las luces del texto con la penumbra de la ensoñación, provocando un bailoteo ridículo de mi cabeza; la narración se tornaba ininteligible y creo que por momentos se amalgamaba la realidad atrapada en el papel, con situaciones que mi imaginación tallaba en las sombras de mi mente adormecida, quizás teniendo por modelo recuerdos de lo por mí vivido. A tal punto llegó la confusión resultante que creo haber entrelazado a mi padre, a quien nunca conocí por ser yo muy pequeño cuando falleció, en la trama de los sucesos, llegando a verlo como capitán al lado de “La Adelantada” fundando la ciudad de San Francisco, en un lugar donde habían encontrado una gran cruz clavada sobre los morros, sin duda para que fueran avistadas por cristianos que llegaran a ese paraje. Sobre el madero había gravado de un lado el nombre del Santo Padre, Papa Alejandro VI; el del Rey de Francia, Luis XII; el del Almirante de Francia, Luis Mallet de Granville, y otros nombres, y del otro lado: en latín, lo que en nuestra lengua quiere decir: "Aqui Binot Paulmier De Gonneville plantó este objeto sagrado." “La Adelantada” relataba en su escrito... ¿o en mi ensoñación?... ¡no, estoy seguro que figura en sus escritos!... que el real fundado por franceses había sido poco tiempo después abandonado y que ella tomaba posesión de esos reinos por mandato del Cesar D. Carlos, y clavaba la picota de la fundación de una nueva ciudad que se llamaría San Francisco y a la que, con el correr del tiempo, los lusitanos nombrarían Sao Francisco do Sul. Diligentemente se construyeron casas de barro y paja y una iglesia de madera en donde se entronizó una imagen de Nuestra Señora de Gracia, y que todo esto acontecía en 1553, suceso que regocijó a la fundadora ya que con él se daba cumplimiento a uno de los mandatos que el Emperador había encomendado a su marido, el difunto adelantado D. Juan de Sanabria. El nombre del fallecido despabiló al duende de la curiosidad (los duendes no duermen totalmente, sólo lo hacen a medias, atentos siempre a los sucesos que hacen a su razón de ser), el geniecillo dio un brinco e irrespetuosamente engarfió sus dedos en mi ropaje y sin miramiento alguno la emprendió a zamarrearme gritando desaforadamente: “¡Ea, señor, las iniciales, las iniciales!” La sugerencia, ¿u orden debería decir?, me sacó sobresaltado del sopor en el que me debatía y, esta vez sin ningún disimulo, busqué el papel correspondiente en donde anoté JS, apresurándome a revolver el desorden de la mesa en procura de la escarcela y los anillos... ¡efectivamente, en uno de ellos campeaban las letras en cuestión, primorosamente enlazadas! El impacto del hallazgo hicieron que los sentidos se adueñaran por completo de mi cuerpo, retornando la lucidez a mi mente; algo indescriptible se apoderó de mí, tierno, nostálgico, por momentos mis ojos se nublaron con el acuoso velo de la nostalgia y, sin saber bien porqué, envolví con unción al anillo en el pañuelo, como si con mi acto pretendiera que los esposos se reencontraran en un tierno abrazo dentro de la intimidad de la escarcela, en donde los dejé reposar. A partir de aquí todo se tornó muy confuso, no tanto por lo destruido del papel, sino por el batiburrillo de mi sesera en donde colijo que cada vez tenían más injerencia las ensoñaciones. Creo que en algún momento destelló en ese mare magnum una boda de gran importancia entre un capitán y María, una de las hijas de Dña. Mencia, suceso feliz opacado por la entrada en escena de un torvo personaje. Un tal Thome de Souza; lusitano de alto porte, tez morena burilada por la viruela, gesto ora irónicamente sonriente que no se privaba de mostrar una dentadura amarillenta y llena de ausencias, ora desdén de labios apretados bajo el acento de una cicatriz que se descolgaba por sobre un ojo; ¡imagen de la ruindad, la del gobernador portugués de San Vicente!
(Continuará- Las entregas se harán los miércoles y domingo)
Alfonso Sevilla

sábado, 3 de noviembre de 2007

MULTIMEDIA MUY BIEN LOGRADO. MOTIVO LA FOTOGRAFÍA


No se pierda el multimedio de sobre la fotografía presentado en adn CULTURA, cuyo link se encuentra en la columna de la derecha, en links de interés, bajo el contador de entradas.